Donde termina la obediencia (Las tierras rebeldes 1) Capítulo 28. El patio
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Capítulo 28. El patio

El patio

La delegación volvió de Glendale el lunes a las diez de la noche, y a las diez y media Màiri MacAskill ya estaba en el patio de Kilmoran House.

No entró. Se quedó al pie de la escalinata, con el libro de hule negro bajo el brazo y Niall detrás, y mandó a Flora a llamar.

Ailsa bajó con un chal encima del camisón.

—Mañana a las diez —dijo Màiri—. En el patio, no dentro. Que saquen la mesa grande del comedor y el mantel ese que usted dobló en enero.

—¿Y si llueve?

—Si llueve nos mojamos. Dentro de esa casa no.

—¿Quiénes vienen?

—Todos. —Màiri se ajustó el pañuelo—. Y quiero al señor Muir sentado desde el principio, no de pie y no llamado a mitad. Que venga citado por su patrón a la hora en que lo citó el jueves. Lo que tenga que decir, que lo diga con silla.

Ailsa mandó recado a la casa del factor a las siete de la mañana.

La mesa la sacaron entre cuatro hombres.

Era la del comedor, de roble, y pesaba lo que pesan esas mesas; la pusieron en el centro del patio, mirando al mar, y Ailsa extendió encima el mantel de hilo con las iniciales del antiguo propietario bordadas en la esquina, con las manchas de enero todavía en la trama, porque el ama de llaves lo había lavado dos veces y el agua de lluvia y la tinta no salen del hilo.

A las diez menos cuarto había en el patio cuarenta o cincuenta personas.

A las diez menos cinco, Iseabail Beaton subió la cuesta con su marido, con el cencerro de la parda en la mano, agarrado por la correa remendada. Cruzó el patio entera sin mirar a nadie y dejó el cencerro encima del mantel, en el centro, delante del sitio donde iba a sentarse el factor.

Nadie lo tocó en dos horas.

Cada vez que el viento entraba por el hueco de la ensenada y sacudía la mesa, el badajo daba en el hierro una vez y se paraba.

Hugh Muir llegó a las diez en punto, con su carpeta, y se sentó donde le indicaron sin hacer un solo comentario.

En el primer piso de la casa, detrás de los visillos del cuarto de invitados, había una figura de pie.

Ailsa la vio al volverse a coger el legajo y no dijo nada. Su madre había anunciado el domingo por la noche que se marchaba en el vapor del martes por la tarde y que, mientras tanto, no pensaba bajar a un patio a que la mirasen unos pescadores.

Se quedó allí las dos horas.

Màiri abrió.

—Esto no es un juicio y aquí no manda nadie —dijo, de pie, en voz alta—. Aquí se va a leer lo que hay escrito. Van a hablar cuatro personas por orden y después va a hablar el señor Muir todo el tiempo que quiera. Quien tenga que irse a la faena, que se vaya cuando le haga falta.

Después se volvió hacia Ailsa.

—Empiece.

Ailsa se puso al extremo de la mesa, con el legajo delante y sin sentarse.

Había pasado la mitad de la noche preparando aquello y lo había preparado como se prepara una liquidación: por orden y sin adjetivos.

—Voy a seguir un dinero —dijo—. Diez chelines. Los ganó Iseabail Beaton con mantequilla de siete semanas y dos madejas de lana, y los entregó el dieciocho de noviembre en la casa del factor.

Puso el primer papel sobre el mantel.

—Recibo número doscientos cuarenta y uno. Diez chelines. Firma del señor Muir. Copia autenticada; el original lo tiene la casa Beaton y está aquí.

Segundo papel.

—Libro de rentas de la finca, término de Martinmas, entrada de Beaton, Calum: diez chelines pendientes. Es decir, ese pago no está asentado.

Tercero.

—Talonario del que salió el recibo. Los contrafolios doscientos treinta y nueve y doscientos cuarenta están. El doscientos cuarenta y uno está arrancado por el cosido.

Cuarto.

—Libro particular del señor Muir, encontrado el dieciséis de mayo. Entrada: Beaton, Calum, diez chelines, hache seis, e cuatro.

Levantó la cabeza.

—La hache es una remesa semestral que sale de esta finca con la referencia H.

B. 17 y va a una cuenta de Edimburgo a nombre de lady Honoria Lennox, mi madre.

Esa referencia corresponde a una garantía que sir Hamish Lennox, mi padre, constituyó sobre esta finca en mil ochocientos setenta y siete y que quedó cancelada el diecisiete de octubre de mil ochocientos ochenta y dos, cuando el señor Keir pagó el precio de compra.

Desde esa fecha, cualquier cantidad enviada con esa referencia carece de causa.

Tengo aquí el recibo de la cancelación, firmado por los administradores y por mi madre.

Alguien, al fondo, dijo algo en gaélico. El reverendo no lo tradujo.

—La e —siguió Ailsa— es A. Elliot y Compañía, arrendataria de los pastos altos.

En el legajo que encontró Flora MacAskill el doce de mayo hay tres comprobantes de gasto de esta finca a nombre de esa compañía: drenaje en los pastos altos, treinta y siete libras; cercado de piedra en el límite norte, cincuenta y una; acarreo, dieciocho.

Y tres cartas del señor Muir al señor Elliot.

—El cercado del límite norte no existe —dijo Flora, desde donde estaba—. Subo por ahí todas las semanas. El muro es el de siempre y tiene la brecha por la que pasan las ovejas.

—Y el agua sigue bajando por donde bajaba cuando yo era novia —dijo Màiri.

Ailsa dejó el último papel.

—El resultado, casa por casa, es este. Si la familia paga otra vez, la segunda renta sí se asienta y la casa ha pagado dos veces.

Si no puede pagar dos veces, el libro dice que debe, y con lo que dice el libro se emite un aviso, y detrás de un aviso viene una diligencia.

—Miró el cencerro—. El viernes pasado, a las seis de la mañana, salieron de este pueblo dos vacas por seis libras y doce chelines de un término que estaba pagado.

Se sentó.

Màiri se levantó con el cuaderno.

Leyó los nombres. Los once, uno por uno, con la cantidad al lado y con el término; y detrás de cada nombre decía si aquella casa había pagado una vez o dos, y si tenía recibo o no lo tenía. Tardó doce minutos. Nadie se movió.

Cuando terminó, Seònaid MacLeod dio un paso adelante.

—Falta gente en esa lista —dijo—. Nueve casas. Yo soy una.

—Diga.

—Nosotros no salimos en el libro de rentas porque no tenemos arriendo.

Pagamos por la casa y por un trozo de patatal, y nos dan un papel cortado a mano, sin número.

—Se cruzó de brazos—. Yo he pagado dos libras y seis chelines todos los años durante once años.

Ese dinero entra en esta finca en una columna que se llama viviendas y varios y que no tiene ni un nombre debajo.

Y de esa columna, señora Keir, ¿usted sabe cuánto se ha ido en las remesas?

—No —dijo Ailsa—. Y lo digo aquí para que conste: en el libro particular no aparece ninguna casa sin arriendo. No sé si es que no les han robado o es que no vale la pena anotarlos.

—Ya —dijo Seònaid—. Es lo que decía.

Le tocaba a Muir.

Se levantó, se abrochó la chaqueta y esperó a que hubiera silencio, y cuando lo hubo habló con la misma voz con que había explicado dieciséis años de cuentas en aquella misma finca.

—Todo lo que se ha leído aquí es cierto en cuanto a los números —dijo—, y ninguna de las cosas que he hecho las hice sin firma o sin autorización del propietario.

Sacó de la carpeta un papel y lo puso encima del mantel.

—Autorización general de octubre. Recaudar rentas y atrasos, expedir requerimientos y avisos y emprender cuantas diligencias necesarias se sigan de ello, sin consulta previa. Firmada por el señor Lachlan Keir. Yo no me la inventé: me la mandaron desde Glasgow con el correo.

Después sacó otro.

—Y la diligencia del viernes la autorizó el señor Keir de viva voz, en su despacho, el jueves por la mañana, con estos papeles delante y después de que yo se lo pidiera expresamente, como él mismo me había ordenado en enero. Puede desmentirlo si quiere.

Se volvió hacia Lachlan por primera vez.

—Y sobre el libro que ha aparecido, quiero decir una sola cosa. Ese libro estaba en el cajón de mi mesa, en mi casa, cerrado con llave, y el señor Keir entró en mi casa un miércoles a las seis de la mañana estando yo en la finca alta.

Lachlan se puso de pie.

Estaba a la derecha de la mesa, sin papeles delante, y llevaba dos horas sin decir una palabra.

—El escritorio es de la finca —dijo—. Está en el inventario de la compra, con su número. La llave de ese cajón estaba en el llavero de la casa que usted me entregó en enero. No forcé nada.

—Es mi cajón.

—Es mi mesa. —Lachlan no levantó la voz—. Pero no he venido a discutir eso con usted, así que lo dejo en el sitio en que lo ha puesto: entré en su despacho a las seis de la mañana sin avisarle y abrí su cajón. Que conste.

Sacó una hoja del bolsillo interior y la desdobló.

—Voy a leer lo que he firmado esta mañana, y prefiero leerlo yo a que lo lea otro dentro de un mes.

Leyó de pie, despacio y sin ningún adorno.

Que la autorización general de octubre llevaba su firma y que la había firmado sin leerla, con otras cinco hojas, un jueves a las cinco menos cuarto.

Que en enero, después de leerla entera, no la había revocado, y que la razón no era jurídica: era que revocarla delante de su factor lo obligaba a admitir que había firmado sin leer.

Que tuvo el libro particular en su poder desde el miércoles dieciséis de mayo a las seis de la mañana y no se lo dijo a nadie durante dos días.

Que en ese tiempo copió el libro, escribió a lady Honoria Lennox proponiéndole una devolución en privado y autorizó de viva voz, el jueves diecisiete, la diligencia contra la casa de Beaton.

—Eso es todo lo que hice y en el orden en que lo hice —dijo—. No voy a explicar por qué, porque las razones las tengo y son buenas, y no le devuelven a esta mujer una vaca.

Dobló el papel y se lo dio a Màiri.

En el patio no aplaudió nadie. Ailsa lo agradeció con una intensidad que la sorprendió: si alguien hubiera aplaudido, aquello se habría convertido en otra cosa.

Iain Nicolson habló desde el fondo, donde llevaba toda la mañana.

—Yo voté que subiéramos el ganado el siete de mayo y perdí por siete manos —dijo—. Y ahora resulta que mientras discutíamos si subir o no subir, este hombre nos estaba cobrando dos veces y aquel de ahí lo sabía desde el miércoles.

—Lo sabía desde el miércoles —dijo Lachlan.

—No le he preguntado a usted.

—No.

—Digo esto para que conste, no para que me conteste nadie. —Iain se separó de la pared—. En agosto volveremos a votar lo del pasto. Y quiero que el que vote que no, este año, vote sabiendo lo que ha pasado en esta finca cuando decidimos esperar.

Calum Beaton se quitó la boina.

—Yo voté esperar —dijo—. Y volvería a votarlo. Pero que quede escrito que a mi casa le ha costado dos vacas esperar.

Flora lo escribió.

Iseabail Beaton habló entonces, desde su sitio, sin levantarse.

—Yo lo único que quiero saber es dónde están.

—En un corral de Dunvegan, las dos —dijo Niall—. He estado en Portree el sábado. El depositario es un tratante que se llama Ross y las vende el veintinueve en la feria si no se paga antes lo que dice el papel.

—Se paga hoy —dijo Lachlan.

—No —dijo Màiri.

Se hizo un silencio distinto de los anteriores.

—No, señor Keir. Usted no va a pagar esa deuda esta mañana delante de toda esta gente, porque esa deuda no existe, y si usted la paga, mañana en Portree consta que los Beaton debían seis libras y doce chelines y que el propietario tuvo la bondad de perdonárselas.

—Màiri puso la mano encima del cencerro por primera vez—.

Se paran esas dos vacas con el recibo y con el libro, no con su dinero.

Y si al final hay que pagar algo, se paga con el fondo y se lo devuelve usted al fondo después, por escrito.

—El veintinueve es dentro de siete días.

—Pues tenemos siete días.

Lachlan miró a Niall y a Ailsa, y aceptó.

Lo último fue lo de las llaves.

Lo pidió Màiri y lo dijo Lachlan en cuatro frases: que quedaba destituido desde aquel momento; que entregara las llaves de la casa del factor, el sello de la finca, los libros que tuviera en su poder y el talonario en curso; que la casa del factor era de la finca y disponía de un mes para dejarla; y que la liquidación de lo que se le debiera y de lo que él debiera a la finca la haría el contable de Inverness y no ninguno de los dos.

Muir sacó el llavero y lo puso encima del mantel, al lado del cencerro. Después el sello, envuelto en un pañuelo. Después, del fondo de la carpeta, el talonario de recibos en curso, con las hojas sin cortar.

—Está todo, señor —dijo—. Y en dieciséis años nadie de esta finca ha comido peor por mi culpa.

Nadie le contestó.

Cuando se levantó, en la ventana del primer piso ya no había nadie. El visillo se había quedado torcido.

Cogió la carpeta vacía y se fue hacia la verja, y en ese momento se dio cuenta, como se dio cuenta todo el mundo a la vez, de que su carruaje no estaba en el patio.

Lo había dejado al pie de la cuesta, junto al camino, a doscientos metros, porque por la mañana el patio estaba lleno de gente.

No había un solo criado disponible para ir a buscárselo. El mozo estaba en el muelle. El muchacho de la casa estaba de pie entre la gente, mirando.

Muir esperó cuatro o cinco segundos. Nadie se movió.

Entonces echó a andar.

Cruzó el patio entero a pie, entre cuarenta o cincuenta personas que se apartaron lo justo para dejarle sitio y ni un dedo más, y ninguna dijo nada, y aquello duró mucho más de lo que dura andar doscientos metros.

Niall Beaton estaba en mitad de ese camino, con las manos en los bolsillos.

Cuando Muir pasó a su altura, no se apartó.

—Nada en mi servicio —dijo Niall—. Todo en lo demás.

Muir siguió andando y no volvió la cabeza.

A las doce y media el patio empezó a vaciarse. La mesa se quedó fuera hasta la tarde porque hacían falta cuatro hombres para meterla y los cuatro se habían ido a comer.

Encima del mantel quedaron, durante un par de horas, el llavero, el sello envuelto en el pañuelo, el talonario sin cortar y el cencerro de la parda con la correa remendada.

Su madre se fue en el vapor de las cuatro. Se despidió en el vestíbulo, con guantes, y le dijo a su hija que le escribiera cuando se le pasara.

—No se me va a pasar.

—Se te pasará —dijo Honoria—. A todo el mundo se le pasa. Lo único que cambia es cuánto tarda y qué hay que vender mientras tanto.

Ailsa se quedó la última, recogiendo los papeles por las esquinas.

Cuando llegó al cencerro no lo tocó. Vino Iseabail a por él, se lo puso bajo el brazo y se lo llevó, y las dos mujeres se quedaron un momento frente a frente sin saber qué decirse, porque lo que había que decir no se dice el mismo martes.