Capítulo 27. La letra de mi madre
La letra de mi madre
Lady Honoria llegó el sábado a las nueve de la noche, en un carruaje de Portree que había alquilado por dos días, y lo primero que dijo al entrar en el vestíbulo fue que la casa estaba fría.
Ailsa la oyó desde el rellano. No bajó.
Bajó a la mañana siguiente, domingo, porque a las nueve su madre mandó recado de que la esperaba en el salón pequeño con el desayuno servido.
—Has elegido bien el día —dijo Ailsa desde la puerta.
Se oyó decirlo y no se corrigió. Llevaba veintiséis años tratando a su madre de usted, porque en aquella casa el usted era una manera de estar a salvo, y aquella mañana el usted se le había caído por el camino de la escalera y no pensaba ir a buscarlo.
—No sé de qué me hablas.
—El domingo aquí no se reúne nadie. No hay escuela, no hay comité, no se copia un papel ni se hace una lista. —Se sentó—. Llevas cuatro meses escribiéndome sobre esta casa. Sabías perfectamente qué día venías.
Honoria le sirvió el té con la mano firme.
—Vengo el día que sale el vapor, hija.
Aquello era cierto y no era la verdad, y las dos lo sabían, y el desayuno duró veinte minutos en los que se habló del viaje, de la humedad y de un primo que se había casado en abril.
Muir se había presentado el sábado por la mañana a la hora citada.
Lachlan se lo contó a Ailsa en dos frases, el sábado a mediodía, en el corredor, porque llevaban desde el viernes sin dirigirse la palabra fuera de lo imprescindible y aquello era imprescindible: que el factor había venido a las nueve como estaba convenido; que él lo había recibido de pie y sin sentarse; y que, sin un libro que ponerle delante, lo único que había podido decirle era que la conversación quedaba aplazada al martes por la mañana, en el patio y con gente.
—¿Y qué ha dicho él?
—«Como usted disponga.» —Lachlan se quedó mirando la puerta cerrada del despacho—. Y ha preguntado si la señora Keir estaría presente.
—¿Y usted qué ha contestado?
—Que eso lo decide la señora Keir.
Aquella fue toda la conversación que tuvieron en dos días.
El domingo, después del desayuno, Honoria pidió ver el despacho de la finca.
Ailsa no la acompañó. Se quedó en el salón pequeño con la puerta abierta y oyó, a través del corredor, treinta y cinco minutos de conversación cuyo tono conocía de memoria aunque no distinguiera las palabras: la voz de su madre, que subía al final de cada frase como si preguntara, y la de Lachlan, que no subía nunca.
Salieron a las once. Su madre entró en el salón sola, se sentó y se alisó la falda.
—Tu marido ha perdido el juicio —dijo.
—¿Qué le has propuesto?
—Lo razonable. —Honoria cogió su taza—. Que yo devuelva hasta el último penique de lo que se ha cobrado de más, con intereses si se empeña.
Que el factor se marche con una liquidación y una carta de recomendación mediocre, que es como se despide a un hombre así sin que hable.
Y que esto se quede entre esta casa y la mía.
—¿Y él?
—Él me ha dicho que el libro salió de esta casa el viernes.
Honoria dejó la taza en el platillo sin ruido.
—Salió el viernes por la tarde debajo del brazo de una mujer con las botas embarradas —dijo—. Y no ha sido idea suya, porque él no tiene esa clase de ideas. Ha sido tuya.
—No. Fue de ella.
—Peor todavía.
Ailsa se levantó y fue hasta el aparador, donde había dejado, media hora antes, una caja de lata que llevaba desde abril en el fondo de su armario.
La puso en la mesa del té, entre las dos.
—Antes de que sigamos, quiero enseñarte tres cosas.
—Hija, no hace falta que...
—Sí hace falta.
Sacó la primera: la carta que había recibido en julio de mil ochocientos setenta y cinco, en la que Ewan Grant renunciaba a ella con mucha corrección, escrita en un papel que llevaba la marca de agua de una fábrica que vende a media Escocia y cortado por arriba con unas tijeras.
Sacó la segunda: la carta que Ewan había recibido aquella misma semana, con su letra imitada, cortada por arriba de la misma manera.
Sacó la tercera: una hoja pequeña, doblada en cuatro, escrita a lápiz por las dos caras, en el reverso de una cuenta del carbón.
Honoria miró las tres y no tocó ninguna.
—El devocionario —dijo.
—Se lo pedí a Oliver en marzo. No sabía para qué lo quería y no preguntó.
—Claro que no preguntó.
Ailsa puso el dedo sobre la hoja de lápiz.
—«No necesito que los cuartos sean dignos; necesito que sean nuestros.» —Levantó la vista—. En febrero, en la puerta de mi cuarto, me dijiste que yo siempre había querido cuartos que fueran míos. Llevo tres meses esperando a que me expliques cómo sabías esa frase.
Su madre estuvo callada unos segundos.
Después hizo una cosa que Ailsa no había previsto en ninguno de los ensayos que llevaba haciendo desde febrero: no negó nada, no lloró y no se puso digna. Se echó hacia atrás en la butaca, muy despacio, como quien se quita un zapato al final de un día largo.
—Las escribí yo —dijo—. Las dos.
—Dilo entero.
—Escribí la carta de él y escribí la tuya.
La suya me costó cuatro borradores porque los hombres jóvenes escriben peor de lo que uno recuerda.
La tuya me salió a la primera. —Miró el papel cortado—.
Y corté el encabezamiento de las dos con las tijeras de mi escritorio, porque el papel llevaba la dirección marcada en seco y eso no se puede tapar con tinta.
—¿Y la letra?
—La letra la copió el señor Baillie.
—El secretario de mi padre.
—Se le daba muy bien. Llevaba veinte años imitando la firma de tu padre en cosas que a tu padre le daba pereza firmar. —Honoria se encogió de hombros con una elegancia que a Ailsa le dio frío—. Murió en Dumfries hace seis años, en casa de una hija. Si quieres su dirección, no la tengo.
—O sea que no hay manera de probarlo.
—No hay ninguna manera de probarlo, hija —dijo su madre, y lo dijo sin ningún énfasis, del modo en que se lee un dato de una lista—.
Te lo estoy contando porque me lo has preguntado tú y estamos las dos solas.
Si mañana lo repites en un patio, yo diré que estás confundida y que desde diciembre trabajas demasiado.
Ailsa recogió las tres hojas y volvió a meterlas en la caja, una por una, empezando por la de lápiz.
—Sigamos —dijo—. H.B. 17.
—Eso sí que está en papeles y no vale la pena discutirlo. Tu padre prestó ese dinero en el setenta y siete. Estaba bien prestado y estaba bien garantizado.
—Y se canceló el diecisiete de octubre.
—Sí.
—Con un recibo firmado por tus administradores.
—Firmado por mí, además. Fui yo al despacho de Kinnaird aquella semana. —Honoria se sirvió más té—. De modo que la respuesta a la pregunta que llevas cuatro días queriendo hacerme es sí. Sabía perfectamente que la garantía estaba pagada.
—Y en noviembre empezaron a llegarte remesas con esa referencia.
—Con esa referencia y con esa cantidad, dos veces al año, como llevaban llegando desde el setenta y ocho.
—Su madre la miró por encima de la taza—.
El señor Muir me escribió en octubre, en cuanto se cerró la venta, preguntando si debía interrumpir el envío o mantener el asiento como estaba hasta fin de ejercicio. Le contesté que lo mantuviera.
Ailsa se quedó muy quieta.
—Dilo con las palabras que usaste.
—Le escribí: «Manténgalo como está. Una casa no se derrumba por un tecnicismo.»
—Sabías de dónde salía ese dinero.
—Sabía de dónde había salido siempre. De las rentas de una finca.
—No. —Ailsa levantó la voz por primera vez en cuatro meses, y solo un poco—.
Hasta octubre salía de un préstamo y era legal, y lo pagaba el propietario, que para eso lo había pedido.
Desde octubre sale de once casas a las que se les cobra dos veces la misma renta.
Iseabail Beaton pagó diez chelines el dieciocho de noviembre y esos diez chelines se partieron en dos: seis fueron a tu cuenta y cuatro se los quedó Muir por otro camino.
Y el viernes le sacaron dos vacas del establo por una deuda que ya había pagado.
—Yo no ordené eso.
—Ordenaste que se mantuviera el asiento.
Honoria dejó la taza.
—Ailsa, escúchame bien, porque esto no te lo va a decir nadie más.
Yo no he robado una vaca. Yo he cobrado un dinero que llevaba doce años cobrando, en la misma fecha y por la misma cantidad, y con el que he pagado el colegio de tu hermano, tu dote, esta boda y a los acreedores de tu padre.
Si esa suma la sacaba el factor de una columna o de otra, es asunto del factor.
—Eso no lo crees ni tú.
—Lo creo lo suficiente para dormir —dijo su madre—. Y llevo doce años durmiendo.
Se hizo un silencio largo. En el corredor se oyó pasar a alguien del servicio.
—Falta una cosa —dijo Ailsa—. La boda.
Honoria suspiró.
—Ah.
—Le dijiste a él que la idea era mía. Me dijiste a mí que la idea era suya. En diciembre pensé que era vanidad, que querías que cada uno creyera que el otro lo había buscado. No era vanidad.
—No.
—Dilo tú.
—Un comprador de una finca de Skye acaba mirando los libros de esa finca tarde o temprano.
Es lo que hacen los hombres que se hacen a sí mismos: mirar los libros.
—Honoria juntó las manos—. Si un día ese hombre encontraba algo raro en una remesa, tenía dos caminos.
Denunciarlo, y arrastrar en el escándalo a su propia esposa y al apellido de su esposa.
O arreglarlo en un despacho y callarse. Ningún hombre con astilleros y contratos del Estado elige el primero.
—Me casaste con él para que no pudiera denunciarte.
—Te casé con él para salvar esta familia, que es lo que llevo haciendo desde que murió tu padre. —Y añadió, sin un temblor—: Y sí, además, para eso.
Ailsa se levantó.
Fue hasta la ventana y estuvo un rato mirando el patio vacío, la cuesta, el mar al fondo. Su madre no dijo nada; sabía esperar mejor que nadie.
—¿Sabes lo peor? —dijo Ailsa—. Que acertaste. Durante cuarenta y ocho horas acertaste del todo. Él tuvo el libro dos días en un cajón e hizo exactamente lo que tú habías calculado que haría: copiarlo, escribirte a ti y arreglarlo en privado. —Se volvió—. Mientras tanto se llevaron las vacas.
—Eso ha sido una desgracia.
—Eso ha sido una consecuencia. Tú de eso entiendes: las conoces cuando las provocas y las llamas desgracias cuando llegan.
Honoria se puso de pie por primera vez.
—Muy bien. Ya has dicho lo que tenías que decir y lo has dicho mejor de lo que yo esperaba.
Ahora vas a escucharme tú a mí un minuto, y después decides.
—Se acercó—. Si mañana esto sale de esta casa, no sale solo mi nombre.
Sale el de tu padre, porque el préstamo era suyo.
Sale el de tu hermano, que no ha hecho nada.
Sale el tuyo, porque eres una Lennox y porque has sido tú la que ha estado leyendo esos libros con tu apellido de soltera en cada firma.
Y sale el de él, que autorizó por escrito unas diligencias que no leyó.
—Lo sé.
—Y no arregla nada. Devolver ese dinero lo puedo hacer el martes; con un escándalo, tardará dos años y llegará a la mitad.
—Puede que sí.
—Entonces piénsalo esta noche.
—Ya está pensado —dijo Ailsa.
—Ailsa...
—Hay una diferencia entre las dos, madre, y es la única que importa. Tú lo llamas proteger. Yo lo llamo decidir por otro. Llevas haciéndolo conmigo desde que tenía dieciocho años y lo has hecho hasta con una carta que escribí a lápiz sentada en el suelo de mi cuarto.
—Comprender no es representar —dijo Honoria—. Eso lo decía tu padre.
—Sí. Y me lo decía a mí, siempre a mí. —Ailsa cogió la caja de lata—. Pues voy a representarme yo. Empezando hoy.
Salió al corredor.
Flora estaba esperando en el zaguán, con el chal puesto y sin sentarse, porque era domingo y no había venido a trabajar: había venido porque Ailsa le había mandado recado a las ocho de la mañana.
—No traigo nada que copiar —dijo Ailsa—. Hoy no se copia. Traigo esto, que ya existe.
Le dio la caja de lata con las tres cartas y una hoja más: cuatro páginas escritas de su puño aquella misma noche, con la hora al principio de cada párrafo, en las que constaba lo que su madre había dicho en aquel salón y en qué orden.
—Firmada y fechada —dijo—. Lo que ahí pone no está probado. Es lo que ella me ha dicho a mí, estando las dos solas, y en un tribunal no vale nada. Que conste así en la primera línea, y no lo cambie nadie por otra cosa.
Flora se lo guardó todo bajo el chal.
—¿Y esto dónde lo llevo?
—A tu casa. No a la escuela. Y que no lo abra tu madre hasta que vuelva del lunes.
En el despacho, Lachlan estaba escribiendo.
Ailsa se quedó en el vano de la puerta y no entró.
—¿Ha aceptado su propuesta? —preguntó él.
—No he tenido ninguna propuesta que aceptar. Ha venido a comprarme y no traía nada que yo quiera.
Lachlan dejó la pluma.
—Yo también he escrito dos cosas hoy. —Le dio la vuelta a la primera hoja para que ella pudiera leerla desde donde estaba—. Esta va a Glasgow mañana. Anula la instrucción que di el doce de mayo. No hay destitución discreta, no hay carta de recomendación y no hay arreglo privado con nadie.
—¿Y la otra?
—La otra la leerá el martes en el patio.
—No se la enseñó—. Es lo que firmo yo. Que la autorización general de octubre lleva mi firma y no la leí.
Que en enero no la revoqué. Que tuve el libro del factor desde el miércoles dieciséis a las seis de la mañana.
Y que el jueves diecisiete autoricé por mi boca la diligencia contra la casa de Beaton.
Ailsa no dijo nada durante unos segundos.
—Va a ser peor para usted que para él.
—Sí.
—Y no arregla nada.
—No —dijo Lachlan—. Rectificar tarde no es arreglar. Es lo único que me queda por hacer.
Ailsa asintió una vez y se fue a acostar.
Al pasar por el salón pequeño vio a su madre sentada sola con la lámpara encendida y el servicio del té todavía delante. Honoria estaba colocando la cucharilla en el platillo, con dos dedos, exactamente en el centro, como llevaba haciendo toda su vida antes de levantarse de una mesa.
Ailsa siguió andando.
En el corredor de servicio, Agnes venía con una jarra y un cuaderno estrecho bajo el brazo, abierto por una página a medio escribir. Al ver a la señora se apartó contra la pared y bajó la cabeza, y Ailsa pasó a su lado pensando en otra cosa y le dio las buenas noches sin mirarla.