Donde termina la obediencia (Las tierras rebeldes 1) Capítulo 26. Glendale
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Capítulo 26. Glendale

Glendale

Salieron de Kilmoran el sábado a las cinco de la mañana y a Ewan le costó veinte minutos entender por qué Niall Beaton iba con ellos.

Se lo contó el reverendo en la primera cuesta, en voz baja y en tres frases. Ewan se paró en mitad del camino.

—¿Ayer?

—A las seis y media.

—¿Y viene?

—Ha dicho que su madre le ha dicho que vaya.

Niall iba delante, con la carpeta al hombro, andando al paso de siempre. Ewan lo alcanzó y estuvo un rato a su altura sin decir nada, porque no encontraba una sola frase que no fuera a sonar a artículo.

—Lo siento —dijo al final.

—Ya.

—¿Han sido las dos?

—Las dos. Y las venden el veintinueve en Portree si no lo paramos.

—Yo puedo escribir eso.

Niall siguió andando ocho o diez pasos.

—Ya lo sé —dijo—. Por eso mi madre me ha dicho que venga y que no le cuente nada a usted por el camino.

Fue lo único que hablaron en cuatro horas.

Llegaron a media mañana por el camino de arriba y Glendale se abrió abajo, entera, con el loch al fondo.

Ewan había escrito cuatro piezas sobre aquel sitio sin haberlo visto nunca.

Lo primero que pensó, y le dio rabia pensarlo, fue que en ninguna de las cuatro había caído en que se veía tan bien el agua desde tierra: que en febrero, cualquiera que subiera a por turba había tenido el buque delante, a la vista, todo el día, sin necesidad de bajar a preguntar nada.

Un hombre que iba con ellos el último tramo se lo fue señalando sin que se lo pidieran.

Ahí fondeó. Ahí estuvo. Ahí se juntaron.

Lo decía como quien enseña una finca, con la mano abierta y sin dramatismo ninguno, y Ewan no sacó el cuaderno porque el hombre no le estaba dando una declaración: le estaba enseñando su casa.

En Glendale había más gente que sitio.

La sesión se celebró con las puertas abiertas y la mitad de los que habían venido a oír se quedaron fuera, en el prado, apoyados en la pared y en los carros. Dentro, los comisionados en su mesa, el taquígrafo al extremo, y una lista que se leyó en voz alta al empezar.

Los de Kilmoran se quedaron atrás, de pie. No estaban en la lista. Habían venido a mirar.

Ewan sacó el cuaderno en el prado y no lo abrió dentro, porque Màiri se lo había dicho una vez en abril y él llevaba desde entonces sin necesitar que se lo repitieran.

Lo que oyó aquel día lo apuntó fuera, en los descansos, apoyado en un muro, y lo apuntó de una manera que no había usado nunca: primero la frase entera de quien la había dicho, y debajo, entre paréntesis, quién era y si había pedido intérprete.

No adjetivos. Ninguna línea de las que le habrían salido solas en marzo.

Tachó tres veces en dos horas. Tachaba cada vez que la pluma iba sola hacia una cara: un hombre mayor con las manos deformadas, una mujer que no soltó el pañuelo en veinte minutos, un muchacho que se quedó callado a mitad y volvió a empezar.

Todas ellas eran la crónica. Todas eran, exactamente, lo que un editor de Londres llama color local.

Al mediodía, un hombre del lugar apareció en el prado con un periódico doblado.

No era el ejemplar de Londres. Era una reproducción, en un semanario de Inverness de la semana anterior, de lo más citado de aquella pieza, y el hombre lo llevaba abierto por esa página y se lo iba enseñando a la gente.

Leyó en voz alta, para los seis o siete que estaban alrededor, con el acento de allí y muy despacio, un párrafo entero: el del joven pescador de Duirinish, reservista de la Marina Real, de una familia cuyo pago de renta no figura en el libro.

Y leyó al final, en cursiva en el papel, la frase de las siete palabras.

Después levantó la cabeza.

—¿Y ese quién es? —preguntó, a nadie.

Alguien miró hacia Niall. Otros dos miraron.

—Tú eres de Duirinish —dijo el hombre—. ¿Eres tú?

Niall estaba apoyado en el muro con los brazos cruzados y la carpeta a los pies.

No contestó. No dijo que sí, no dijo que no y no repitió la frase, que era lo único que habría zanjado la cuestión en un sentido o en otro. Se quedó mirando la puerta abierta de la sala, donde en aquel momento estaba hablando un hombre de Milovaig, y esperó a que el otro se cansara.

El hombre se cansó. Cerró el periódico y se fue a enseñárselo a otro grupo.

Ewan se quedó con una cosa que no había previsto: la frase, dicha por aquella boca, en aquel prado, sonaba mejor que en su propio despacho de Edimburgo.

Sonaba a algo que se dice en un sitio así, que se repite y que la gente aprende.

En seis meses la iban a estar diciendo hombres que no habían visto a Niall Beaton en su vida.

Se la había quitado. Eso fue lo que entendió apoyado en un muro de Glendale, con el cuaderno cerrado: no le había robado un nombre, que era lo que él había estado defendiéndose de haber hecho durante tres semanas.

Le había quitado una frase suya y la había puesto en circulación, y ya no había manera de devolvérsela.

En el descanso de la mañana, Seònaid MacLeod se puso a su lado en el muro.

—Lleva usted dos horas escribiendo.

—Apuntando.

—¿Y ha apuntado a alguna mujer?

Ewan miró las páginas. Había apuntado a dos, y las dos habían hablado del ganado de sus maridos.

—A dos.

—¿Y a alguien que no tenga tierra?

—No.

—Pues eso es lo que yo he venido a ver. —Seònaid se cruzó de brazos—. Llevo desde las diez esperando a que llamen a uno solo que pague por una casa y nada más. En la lista de esta mañana no hay ninguno. En Dunvegan tampoco lo había.

—Puede que en Portree.

—Puede. —Se separó del muro—. Escriba eso, si le dejan. Que en dos días de comisión no ha hablado ni un cottar, y que no es porque no tengan nada que decir.

Ewan lo escribió, y lo escribió sin nombre, y por primera vez en tres semanas fue él quien pensó en el nombre antes de que se lo dijera nadie.

Después de comer hizo una cosa que llevaba tres semanas evitando: la cuenta de lo que había costado su despacho del veintiuno de abril.

La hizo con el lápiz de Flora, en la última página del cuaderno y en dos columnas, porque llevaba desde mayo viendo trabajar a la señora Keir y algo se pega.

A la izquierda, lo que había producido. Once libras y cuatro chelines.

Dos piezas más publicadas. Una serie abierta con su firma.

La atención de Londres puesta sobre una península del oeste de Skye que en marzo no le importaba a nadie.

Y una comisión real que llegaba con taquígrafo a un sitio donde el agravio ya estaba escrito desde el otoño.

A la derecha, lo que había costado. Dos semanas de acarreo, veintiocho chelines, en una casa que no tenía veintiocho chelines.

La palabra agitadores escrita al lado de un apellido en el libro de una finca.

Un hombre de veintisiete años que ya no puede decir que no es él.

Y siete palabras que han dejado de pertenecerle a quien las dijo.

Miró las dos columnas un rato largo.

Lo peor no fue que la de la derecha pesara más. Lo peor fue comprobar que la de la izquierda seguía allí, entera, y que no habría existido sin lo otro, y que si volviera al veinte de abril con todo lo que sabía en mayo, habría cortado dos detalles y habría mandado el despacho igual.

Arrancó la hoja, la dobló y se la guardó en el mismo bolsillo que las otras.

La carta de Brodie la llevaba en el bolsillo desde el jueves.

Era corta y estaba bien escrita, porque Brodie escribía bien: la serie iba muy bien, el reservista había interesado en Londres, dos diarios lo habían reproducido; y ahora, para sostener el interés hasta la comisión, necesitaba una cosa y solo una, que era el nombre.

Un nombre, decía, convierte una queja en un hombre.

Y añadía, por si acaso, que la columna quedaba confirmada desde julio.

Ewan la había leído seis veces en dos días.

Se sentó en el muro después de comer, sacó la carta, le dio la vuelta y escribió en el reverso, con la letra apretada del que no quiere darse tiempo:

No habrá nombre. Ni ahora ni en junio ni cuando termine la comisión. Los textos de esta serie los corta y los firma la señora MacAskill, del comité de Kilmoran, o no hay serie. Si esto le hace perder el interés de Londres, dígamelo por telegrama y lo entenderé.

No escribió lo de la columna. Estuvo a punto y no lo escribió, porque si lo escribía habría estado negociando, y aquello no era una negociación.

Lo leyó dos veces. Después se levantó y buscó a Niall, que estaba en el prado con el reverendo.

—Léalo.

Niall cogió el papel. Lo leyó con el ceño juntado, despacio, moviendo los labios en una línea; leyó también, porque estaba en la otra cara, lo que pedía el editor.

Se lo devolvió.

—Está bien —dijo.

—¿Nada más?

—¿Qué quiere que le diga?

—No lo sé —dijo Ewan.

—Ya. —Niall se echó la carpeta al hombro—. Eso es lo que le pasa a usted. Que hace lo que hay que hacer y después se queda esperando.

Se fue hacia la puerta de la sala.

Ewan dobló la carta, la metió en un sobre nuevo y la echó al correo de Glendale antes de que la oficina cerrara, y fue de las pocas veces en su vida en que echar una carta le costó dinero de verdad.

Antes de volver a entrar, Màiri le pidió la crónica de Dunvegan.

Ewan la sacó de la cartera: hoja y media, escrita el miércoles por la noche en casa del primo del reverendo, con una vela mala.

Màiri se sentó en el muro y la leyó dos veces, moviendo el dedo por debajo de la línea como hacía la señora Keir, cosa que a Ewan le llamó la atención hasta que se le ocurrió que a lo mejor era al revés.

—Aquí sobra esto —dijo, y señaló una frase.

Era la mejor frase de la hoja y media.

—Es lo que hace que se lea.

—Es lo que hace que parezcamos pobres dignos. —Le devolvió el papel—. Quítelo y mándelo.

Ewan lo quitó. Le costó más de lo que estaba dispuesto a admitir, y lo que le costó no fue la frase: fue que ella tuviera razón.

Por la tarde, dentro de la sala, declaró un hombre que llevaba doce años sin poder llevar ganado a un pasto que su padre había usado.

Ewan lo apuntó entero, con el nombre, porque el hombre lo estaba diciendo delante de un tribunal y de un taquígrafo y en un acta pública, y eso era exactamente la diferencia que él había tardado seis semanas en aprender.

Al levantarse la sesión, el prado se vació despacio. La delegación de Kilmoran se quedó a dormir, porque el lunes había segunda jornada y volver era medio día de camino.

Ewan se apartó al muro bajo del final del prado, sacó el cuaderno y escribió, sin permiso de nadie y para nadie, cuatro párrafos.

Escribió una mujer de cincuenta y seis años desabrochando una correa remendada con las dos manos, con la hebilla dura, para que el animal saliera de su casa sin hacer ruido.

Escribió lo del recibo con el número impreso y la mancha de sebo.

Escribió que la deuda por la que se ejecutaba estaba pagada en noviembre y que había papel.

Le salió en veinte minutos y le salió lo mejor que había escrito en seis meses. Lo supo mientras lo escribía, que es lo peor que le puede pasar a un hombre con una pluma en la mano.

Después se quedó mirándolo.

No tenía permiso de Iseabail Beaton. No tenía permiso del comité. Sabía perfectamente qué diría Màiri y sabía también que aquellos cuatro párrafos, publicados el viernes, podían valer más que todo lo que iba a decirse en aquella sala en dos días.

Arrancó las hojas.

No las rompió. Las dobló en cuatro y se las guardó en el bolsillo interior, y eso fue lo que hizo, y lo hizo sabiendo lo que hacía: no las mandó y no las destruyó, y las llevaba encima.

A la caída de la tarde, cuando ya estaban buscando dónde dormir, se le acercó Màiri.

—El señor Keir tenía el libro del factor desde el miércoles a las seis de la mañana —dijo—. Lo firmó ayer de su puño. Se lo digo yo antes de que se lo cuente otro, porque usted va a escribir de esto algún día y quiero que lo sepa por mí y con la fecha.

—¿Y ella?

Màiri lo miró un momento largo.

—Ella escribió su declaración de pie, en dos hojas, y me la dio a las cuatro.

—Le he preguntado por ella.

—Y yo le he contestado lo que hizo —dijo Màiri—. Lo demás no es asunto mío ni suyo.

Ewan miró hacia el este, hacia el camino por el que se volvía a Kilmoran. Eran cuatro horas y media andando. Salir en aquel momento era llegar de noche.

Estuvo pensándolo el tiempo que se tarda en pensar una cosa así, que es muy poco y es todo.

Lo pensó con detalle, además, que fue lo que después le dio vergüenza: se vio llamando a la puerta de servicio; se vio a Ailsa bajando con el pelo suelto; se vio diciéndole que había venido en cuanto lo supo, y se vio, sobre todo, siendo el hombre que aparece la noche exacta en que la casa se rompe.

Se quedó en Glendale.

Durmió en un pajar con Niall Beaton a tres metros y con las cuatro hojas dobladas en el bolsillo interior, y estuvo despierto mucho rato oyendo respirar a un hombre al que le habían quitado dos vacas por una deuda que estaba pagada, y al que él, sin querer, le había quitado además una frase.