Capítulo 25. El cencerro
El cencerro
Ailsa se despertó con las campanadas de las seis y con un ruido de ruedas en el camino de abajo.
Estuvo un momento boca arriba, en esa parte del despertar en que todavía se puede decidir que un ruido no significa nada. Después se levantó, se echó el chal por encima del camisón y fue a la ventana.
La niebla estaba baja y no se veía el camino, pero sí se oía: un caballo, un carro ligero, dos voces de hombre, y el ladrido de los perros de las casas de abajo pasándose el aviso de una a otra ladera abajo, como se lo pasan siempre.
Se vistió deprisa y mal, sin llamar a nadie.
Cuando salió al patio, Agnes venía del lavadero con un cubo y se paró.
—¿Va a bajar así, señora?
—Sí.
Bajó por el atajo de la fuente, que es el camino de Flora, y llegó al croft de los Beaton a las seis y veinte.
Ya estaban fuera.
El oficial era un hombre de unos cincuenta años, con levita y un sombrero que no era para aquel tiempo, y llevaba una cartera de cuero bajo el brazo.
El ayudante era joven y tenía las botas buenas.
El carro estaba parado en el camino, y detrás del carro, atadas a la trasera con una cuerda de esparto, había dos vacas.
Ailsa las vio antes de ver a nadie más: la parda, grande, con la cabeza baja, y la novilla del año detrás, inquieta, tirando de la cuerda.
Calum Beaton estaba en la puerta del establo, con la boina en la mano y un papel en la otra.
Iseabail estaba en el patio, delante del oficial.
—Ese animal está criando —decía.
—Señora, yo no valoro. Yo ejecuto lo que manda un decreto.
—Le digo que está criando y que si la mueven hoy pierde la leche.
—Consta que son dos cabezas de vacuno. —El oficial abrió la cartera y sacó un impreso—.
Aquí está el decreto, de diciembre, y aquí el requerimiento con los días cumplidos.
Se han inventariado, se han valorado por el señor que viene conmigo y se entregan al depositario.
Si la deuda se satisface antes de la venta, se devuelven.
—¿Cuándo es la venta?
—El día veintinueve, en la feria de Portree.
—¿Y cuánto es la deuda?
—Seis libras y doce chelines, más costas.
Iseabail se quedó muy quieta.
Ailsa vio el momento exacto en que aquella mujer hizo la cuenta, porque la había visto hacerla otras veces sentada en un banco de cocina: seis libras y doce chelines eran el término de Martinmas que ellos habían pagado en noviembre; de ese pago tenían un recibo con un número impreso y una mancha de sebo; ese recibo llevaba desde enero encima de una mesa, en una copia, en una escuela, en una carpeta que había ido a Dunvegan y había vuelto.
—Nosotros pagamos eso —dijo.
—Yo no puedo entrar en eso, señora.
—Está en un papel.
—Yo ejecuto lo que traigo. Si tienen ustedes un papel, hay que llevarlo a quien corresponda antes del veintinueve.
Ailsa se adelantó.
—Yo tengo ese papel.
El oficial se volvió. Miró el pelo mal recogido, el chal, las botas embarradas hasta media caña, y tardó dos segundos en decidir qué clase de mujer tenía delante.
—¿Y usted es?
—Ailsa Keir. Mi marido es el propietario de esta finca.
—Ah. —No cambió de cara—. Entonces la señora sabrá mejor que yo que estas cosas se paran antes, no aquí.
—Puedo traerle el recibo en veinte minutos.
—Yo salgo en diez.
—Entonces espere diez.
—Señora —dijo el oficial, y lo dijo sin ninguna grosería, que fue lo peor—, con todo respeto: yo tengo una orden, un inventario y dos testigos. Si usted quiere pararlo, tiene que hacerlo el que me ha llamado. Y el que me ha llamado no es usted.
Iseabail no discutió más.
Se dio la vuelta, cruzó el patio y fue derecha a la trasera del carro. El ayudante hizo un movimiento hacia ella y el oficial lo paró con la mano.
Ailsa vio lo que hizo y no lo entendió hasta que estuvo hecho.
Iseabail le pasó la mano por el cuello a la parda, una vez, de arriba abajo, como se hace en el establo.
Después le buscó la correa del cencerro debajo de la papada, la desabrochó con las dos manos —tuvo que probar dos veces, porque el cuero estaba remendado y la hebilla iba dura— y sacó el cencerro entero, con la correa colgando.
Se lo puso debajo del brazo, contra el costado, y volvió a su sitio.
—Ya está —dijo—. Ahora llévesela.
El carro echó a andar a las seis y treinta y cinco.
La novilla tiró al principio y después fue.
La parda no tiró: anduvo detrás del carro con la cabeza baja y sin hacer ruido, y esa fue la parte que Ailsa no había previsto y que se le quedó dentro para siempre, porque un animal que camina sin cencerro no suena, y una cosa que no suena parece que no está pasando.
Calum siguió el carro hasta la curva. Volvió a los diez minutos.
—¿Qué has firmado? —le dijo su mujer.
—Lo que me han puesto delante.
—¿Qué era?
—No lo sé —dijo Calum, y se sentó en el poyo de la puerta—. Decía que se habían llevado dos.
Niall llegó del muelle a las siete, corriendo, avisado por un crío. Escuchó a su padre, escuchó al oficial que ya no estaba, miró el papel y no firmó nada, y estuvo un rato de pie en el patio, mirando el camino, con las manos abiertas.
—Voy a Dunvegan a por el recibo —dijo.
—El recibo está en la escuela —dijo Ailsa—. Y la copia está en la carpeta.
—Pues voy a la escuela.
—Voy yo. Usted vaya a Portree y averigüe quién es el depositario, dónde están las dos y qué hace falta para pararlo antes del veintinueve. Y que se lo den por escrito.
Niall se fue. Iseabail entró en la casa con el cencerro debajo del brazo y no volvió a salir mientras Ailsa estuvo allí.
En la escuela, Flora tenía las cajas ordenadas en el suelo por número.
Ailsa fue a la tercera. Sacó la carpeta de las copias del legajo Elliot, comprobó que estaba entera, la dejó.
Fue a la primera y buscó el sobre de las copias de los siete recibos y también estaba.
Después buscó la carpeta pequeña, la de las hojas que habían salido de las cajas de la humedad y que Flora había ido copiando por orden aquella semana.
Faltaba un legajo.
No un papel: un legajo entero, el que iba entre el catorce y el dieciséis, con su número escrito por Flora en el lomo de cartón. En el hueco quedaba la ficha de la copia, con la letra de Flora, y una palabra suya al lado: pendiente .
—Este no lo he copiado, señora —dijo Flora—. No lo he tenido nunca.
—Estaba en la lista.
—Estaba en la lista porque el número venía en el inventario de las cajas. Cuando abrimos la catorce, el catorce y medio no estaba. Se lo dije al señor Keir el sábado.
Ailsa se quedó con la ficha en la mano.
—¿Se lo dijo a él?
—Estaba allí, en el pupitre pequeño. Se lo dije en voz alta.
Subió a la casa grande andando deprisa y sin sentir la cuesta.
Lachlan no estaba: había salido a las siete y media hacia la casa del factor, según el ama de llaves. Aquello, en otro momento, la habría tranquilizado.
Entró en el despacho. La mesa estaba como la dejaba él, con las facturas del hierro a la derecha y el tintero cerrado.
Ailsa se sacó del bolsillo el llavero pequeño que llevaba encima desde el viernes anterior y buscó la llave de latón de paleta corta.
La había cogido aquella mañana sin pensar por qué la cogía.
Abrió el cajón de la derecha.
Dentro había un libro de tapas de hule negro, sin rótulo, y encima del libro, en un legajo aparte, cuarenta o cincuenta hojas escritas con la letra apretada de su marido, que hendía el papel al final de cada línea.
Ailsa no tocó el libro. Tocó las copias.
Leyó la primera hoja de pie. Después leyó la última, que es donde los papeles dicen la verdad. Y allí, en la página de resumen, estaba escrito con una letra estrecha y perfectamente legible: Remesa semestral, H. B. 17, saldo de Kilmoran , con una lista de fechas y una cantidad.
Se sentó en la silla de él.
Buscó a los Beaton en el libro pequeño, porque necesitaba verlo ella y no en una copia. Beaton, Calum: 10 s. H, 6. E, 4.
Después abrió el copiador de cartas, que estaba en el estante de detrás, donde había estado siempre. La última entrada era del miércoles a las cinco de la tarde y estaba dirigida a Charlotte Square.
La leyó entera.
Y entonces contó, porque contar era lo que sabía hacer y porque necesitaba una cifra exacta que no le tuviera que dar nadie.
El libro lo tenía desde el miércoles por la mañana; lo decía la carta, «tengo en mi poder», escrita el miércoles a las cinco.
El miércoles a las siete y media ella había vuelto de Dunvegan.
El miércoles a las ocho le había leído veintiuna páginas sentada en el borde de aquella mesa y él le había hecho tres preguntas, y la primera había sido tan buena que ella la había anotado en el margen.
El viernes a las seis y treinta y cinco un carro había salido del croft de los Beaton con dos vacas atadas a la trasera.
Cuarenta y ocho horas.
Lo escribió en el reverso de una factura del hierro, con la letra pequeña, porque no se fiaba de su propia memoria para las cosas que iba a tener que decir en voz alta: miércoles seis de la mañana, jueves, viernes seis de la mañana. Y debajo: dos términos, el de noviembre pagado .
Lachlan volvió a las once y media.
Ailsa lo estaba esperando de pie, con el legajo de copias en la mano y el cajón abierto detrás.
Él lo vio todo desde la puerta y no fingió ni medio segundo.
—Iba a decírtelo mañana —dijo.
—Ya lo sé. Está en la carta.
—Ailsa.
—No. —Dejó las copias en la mesa—. Escúchame, porque solo voy a decirlo una vez y quiero decirlo bien, y si me interrumpes lo voy a decir peor.
Lachlan cerró la puerta y se quedó junto a ella.
—Esto no va de que me hayas mentido a mí —dijo Ailsa—. Yo he estado casada contigo cinco meses y llevo veintiséis años en una familia donde a las mujeres se les administra la verdad como se les administra el azúcar. Estoy entrenada. A mí me duele y se me pasa.
—No digas eso.
—Esto va de que a las seis y media de esta mañana Iseabail Beaton le ha quitado el cencerro a su vaca con las dos manos porque no quería que se la llevaran sonando.
—Se le rompió la voz una vez y volvió—. Se ha quedado sin leche, y sin la cría del año que viene, y sin lo que valen en la feria del veintinueve, mientras tú decidías qué parte de la verdad podíamos soportar.
—No fue eso.
—Fue exactamente eso. Tú tenías el miércoles por la mañana un libro que dice que a esa casa le cobraron dos veces diez chelines. El jueves te sentaste con Muir y le dijiste que procediera con lo de Martinmas de Beaton. Y hoy es viernes.
—Si le paro esa diligencia el jueves, ese hombre entra en este despacho el viernes, abre este cajón y quema el libro. Y entonces no hay prueba de nada, ni para los Beaton ni para los otros diez.
—Puede ser —dijo Ailsa—. Puede que tengas razón. Es la tercera vez que la tienes y es la tercera vez que la factura la paga otro.
—Iba a devolvérselo todo. Iba a destituirlo mañana y a devolver el dinero casa por casa y a...
—Iba —dijo ella.
Lachlan se calló.
—Ese es el verbo de mi madre. —Ailsa se puso los guantes despacio, porque le temblaban las manos y los guantes le tapaban las manos—.
Mi madre lleva doce años iba a contármelo, iba a arreglarlo, iba a decidir contigo, hija, cuando fuera el momento.
Y no ha habido nunca un momento, porque el momento lo elige el que tiene el papel en el cajón.
Sacó del llavero la llave pequeña de paleta corta y la dejó encima de la mesa, entre los dos.
—Ahí tienes tu llave.
—No la quiero.
—Me la diste para que no tuviera que preguntarte si había algo dentro. Ha habido algo dentro dos días.
La puerta se abrió sin que llamaran.
Màiri MacAskill entró en el despacho con las botas puestas y el pañuelo mojado, y detrás de ella, en el corredor, se quedó Flora.
—Vengo por el libro —dijo.
Ailsa y Lachlan se volvieron los dos a la vez.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque mi hija le dijo el sábado al señor Keir que faltaba un legajo y desde el sábado el señor Keir no ha vuelto a preguntar por ese legajo ni una vez. —Màiri miró el cajón abierto—. Y porque llevo cuatro meses esperando a que alguien de esta casa hiciera exactamente esto.
Lachlan sacó el libro del cajón y se lo puso en las manos.
Lo hizo sin discutir y sin una sola palabra de defensa, y a Ailsa le pareció, en aquel momento, la primera cosa limpia que hacía en tres días.
Màiri abrió el libro por la mitad, lo miró diez segundos y lo cerró.
—Las copias también.
—Están ahí. Cuarenta y siete hojas. Falta el resumen final, que lo terminé esta mañana.
—Deme el resumen final.
Se lo dio.
Màiri envolvió las dos cosas en el hule que llevaba y se las metió bajo el brazo, y solo entonces los miró a los dos, de uno en uno.
—Y ahora escuchen ustedes. —Tenía la voz de siempre—.
Esto de aquí, lo que sea que están discutiendo los dos, se lo guardan.
Hoy le han quitado dos vacas a Iseabail Beaton.
Eso no es una cosa entre usted y su marido, ni una prueba de que él es de tal manera y usted de tal otra.
Es una vaca que está en un corral de Dunvegan y otra en manos de un tratante, y el veintinueve las venden.
—Voy a ir a Portree —dijo Ailsa.
—Va a ir Niall, que ya ha salido. Usted va a escribir esta tarde, con su letra y con su firma, todo lo que ha leído en ese cajón y a qué hora, y me lo va a dar a mí.
Y usted —se volvió hacia Lachlan— va a escribir cuándo tuvo ese libro en la mano por primera vez, con el día y la hora, y va a firmarlo también.
—Lo tuve el miércoles a las seis de la mañana.
—Pues escríbalo.
Se fue con el libro debajo del brazo. En el corredor se oyó cómo le decía a Flora que sacaran las cajas de la escuela aquella misma tarde y las repartieran en tres casas.
Ailsa salió detrás sin despedirse.
Escribió su declaración a las cuatro, en el archivo, de pie, en dos hojas, y la firmó. Se la llevó Flora.
Después subió a su cuarto y estuvo mucho rato sentada en el borde de la cama, con los guantes todavía puestos.
En el cajón de la mesilla estaban las dos llaves: la de hierro del archivo y la de latón del dormitorio de él.
Ailsa abrió el cajón, miró la de latón y no la sacó.
Cerró el cajón y no le echó la llave, y en aquella casa siguió sin haber una sola puerta cerrada entre los dos, que era exactamente el problema.
Abajo, en el croft de los Beaton, el establo estaba vacío desde las seis y media de la mañana.
Encima de la repisa de la cocina, apoyado contra la pared, estaba el cencerro de la parda con la correa colgando.
Iseabail no lo había colgado del clavo todavía.
Lo había dejado allí, a la vista, y cada vez que alguien pasaba por delante y movía el aire, el badajo tocaba el hierro una vez, muy flojo, y se paraba.