Donde termina la obediencia (Las tierras rebeldes 1) Capítulo 24. Cuarenta y ocho horas
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Capítulo 24. Cuarenta y ocho horas

Cuarenta y ocho horas

El reloj del vestíbulo dio las seis y Lachlan ya estaba fuera, con las llaves de la casa del factor en la mano.

Había dormido tres horas. Iain Nicolson se había presentado la noche anterior en el patio, a las diez y media, sin quitarse la gorra, y le había contado lo del término en cuatro frases: que el señor Muir había cobrado el martes en su casa como todos los años; que once casas no habían ido; que esas once habían llevado el dinero al reverendo y tenían un papel firmado; y que el señor Muir había escrito al lado de cada una de las once, en el libro, la palabra impago.

—Lo he visto yo —había dicho Iain—. Estaba en la puerta esperando para preguntar por una cosa de mi tía y lo he visto escribirlo.

—¿Delante de usted?

—Delante de mí y sin taparlo. Yo no sé leer bien, pero esa palabra la conozco.

Después se había marchado cuesta abajo sin dar las buenas noches, y Lachlan se había quedado en el patio un rato largo, entendiendo dos cosas: que aquel hombre acababa de venir a decírselo a él porque no tenía a nadie más a quien decírselo, y que le había fastidiado tener que hacerlo.

La casa del factor a las seis de la mañana estaba fría y ordenada, y olía a ceniza apagada.

Muir no estaba: había subido a la finca alta con Elliot para ver el asunto del cercado del norte, cosa que sabía todo el mundo porque Muir anunciaba sus movimientos con dos días de antelación, como se anuncia un tren.

Lachlan iba a por el rollo de rentas del término. Con la orden de acceso firmada la semana anterior tenía derecho a llevárselo, y no pensaba hacer nada más.

El escritorio del despacho pequeño era de la finca.

Estaba en el inventario de la compra, con su número, entre una cómoda y dos sillas de anea, y la llave del cajón de la derecha estaba en el llavero de la casa que Muir le había entregado en enero, porque el mueble era de la casa y las llaves de los muebles de la casa las tiene la casa.

Abrió el cajón con su llave y sin forzar nada. Esa distinción le iba a hacer falta más adelante.

Dentro estaba el rollo de rentas. Debajo del rollo había un libro pequeño, de tapas de hule negro, sin rótulo.

Lachlan lo sacó y lo abrió por la mitad, de pie, con la mano izquierda plana sobre la página para que no se cerrara.

Eran columnas. En la primera, nombres de casas de Kilmoran. En la segunda, cantidades. En la tercera, dos letras que se repetían: H y E . Y en la cuarta, una fracción.

Tardó menos de un minuto en entenderlo, porque era exactamente la contabilidad que él llevaba en el astillero cuando repartía una obra entre dos talleres: aquí tanto, allí tanto, y a mí esto.

Buscó una casa que conociera. Beaton, Calum: 10 s. H, 6. E, 4.

Fue hacia atrás, al principio. La primera anotación era de noviembre.

Fue hacia delante, hasta las últimas hojas, y allí, en una página de resumen, alguien había escrito con una letra estrecha y perfectamente legible: Remesa semestral, H.

B. 17, saldo de Kilmoran . Y debajo, una lista de fechas y una cantidad total.

Lachlan se sentó en una de las sillas de anea.

Estuvo así un rato, con el libro abierto sobre las rodillas y la ceniza apagada delante, haciendo la única cuenta que sabía hacer deprisa: seis décimas partes de lo que aquel hombre robaba a once casas de Duirinish salían de la isla dos veces al año, con una referencia que él había pagado y cancelado en octubre, hacia una cuenta de Edimburgo a nombre de la madre de su mujer.

Cerró el libro. Cogió el rollo. Cerró el cajón con la misma llave, dejó la casa como estaba y volvió a la suya con las dos cosas debajo del brazo, andando deprisa, con la cabeza trabajando a la velocidad a la que trabaja cuando el problema es solo suyo.

A las siete y cuarto estaba en su despacho con la puerta cerrada.

A las ocho, cuando el reloj del vestíbulo dio la hora, ya había decidido.

Lo decidió del modo en que decidía todo: por escrito, con una lista de cuatro puntos en el reverso de una factura del hierro.

Copiar el libro entero antes de que nadie supiera que lo tenía. Sin copia, aquel libro era un objeto que podía perderse en un incendio, en un camino o en un cajón, y la única prueba del mundo estaría en manos del hombre que la había escrito.

Destituir a Muir de una vez y sin pleito. Un pleito duraba dos años, costaba lo que costaba y ponía a doce familias de Kilmoran a declarar en Portree contra su propio factor, con el resultado incierto y el rencor seguro.

Escribir a lady Honoria y obligarla a devolver lo cobrado. Si el dinero volvía antes de que el asunto fuera público, volvía entero y volvía a las casas; después, volvería a un juzgado, y de un juzgado no vuelve nunca entero ni pronto.

Y evitar, mientras se pudiera, que el apellido Lennox apareciera en un periódico y en una comisión real la misma primavera en que su mujer estaba autenticando cuentas con ese apellido debajo de la firma.

Los cuatro puntos eran buenos. Eso fue lo que después no consiguió explicarse: que los cuatro puntos siguieran pareciéndole buenos incluso al final.

En ninguno de los cuatro estaba escrito el nombre de Ailsa.

Tampoco el de Màiri MacAskill, que tenía en su casa siete recibos y una carpeta y que llevaba desde enero exigiendo que nada se arreglara en un despacho.

Tampoco el de Iseabail Beaton, cuyos diez chelines estaban en la página que él había leído de pie a las seis y cuarto de la mañana, repartidos en seis y en cuatro.

Se sentó a copiar a las nueve.

Copiaba despacio, con la mano izquierda sujetando la página, y el anular arrastrándose al final de cada línea. Copió toda la mañana. A la una comió de pie. Copió toda la tarde.

A las cinco escribió la carta a Charlotte Square.

Le salió corta y no la suavizó. Decía que tenía en su poder el libro particular del factor de Kilmoran; que en ese libro constaban, desde noviembre, remesas semestrales bajo la referencia H.

B. 17 a favor de una cuenta suya; que la garantía correspondiente había sido cancelada el diecisiete de octubre y que él tenía el recibo firmado por sus administradores; que esperaba de ella la devolución íntegra de lo percibido desde esa fecha; y que le rogaba venir a Kilmoran antes de que el asunto saliera de aquella casa.

La cerró y la puso en la bandeja para el correo del jueves.

El reloj del vestíbulo dio las siete y media cuando oyó llegar a la delegación.

Los vio desde la ventana del despacho: siete personas mojadas subiendo la cuesta en fila, con el reverendo el último y Niall con la carpeta al hombro.

Se separaron en el patio sin ceremonia y cada uno tiró hacia su casa.

Ailsa entró por la puerta de servicio, como entraba siempre, y subió a cambiarse.

Bajó veinte minutos después con el pelo suelto y el cuaderno en la mano.

—¿Ha cenado?

—No.

—Yo tampoco. Escuche esto.

Se sentó en el borde de la mesa, cosa que no había hecho nunca, y le leyó veintiuna páginas.

Le leyó cómo se sienta la mesa y quién habla primero. Cómo se admite una cifra y cómo se pierde. Le leyó lo del hombre que dijo «de lo que se sabe» y lo del hombre que sacó un papel del bolsillo. Le leyó, dos veces, la página once, la de la hora en que nadie preguntó por las nueve casas.

Estaba encendida. Lachlan no la había visto así en cinco meses: hablaba deprisa, se saltaba una línea y volvía atrás, se reía una vez de su propia letra.

Él escuchó veinte minutos sin interrumpir.

Después le hizo tres preguntas.

La primera fue si los comisionados admitían documentos que no llevara el declarante, sino un tercero. La segunda, si alguien había preguntado alguna vez de dónde salía el papel. La tercera, si en la lista de declarantes se podía pedir sitio con dos días de antelación o había que pedirlo en la sala.

Ailsa contestó a las tres y anotó la primera en el margen, porque no la había pensado.

—Es buena pregunta —dijo.

—Ya.

—¿En qué está pensando?

En un libro de tapas de hule negro, cerrado con llave en el cajón de la derecha de aquel mismo escritorio, a metro y medio de su mano.

Lachlan miró a su mujer, que llevaba tres días andando y había dormido en un banco y estaba explicándole con las orejas rojas cómo se prueba una cifra delante de un tribunal; y calculó, en el tiempo que tarda un hombre en contestar sin que se le note el retraso, lo que ocurriría si le decía la verdad en aquel momento.

Se lo diría a Màiri antes de dormir. Màiri se lo diría al comité. El comité querría el libro fuera de la casa aquella misma noche. Y a la mañana siguiente Hugh Muir sabría, por dos o tres puertas, que su cajón estaba abierto.

Y entonces no habría destitución sin pleito, ni devolución, ni carta a Charlotte Square que sirviera de nada.

—En que mañana quiero hablar con Muir —dijo—. Con calma.

—Hable con calma —dijo Ailsa—. Y no le diga lo de los comprobantes de Elliot hasta que Flora termine la copia del legajo.

—No se lo voy a decir.

Ella recogió el cuaderno y se fue a cenar, y le tocó el hombro al pasar por detrás de la silla, sin pensarlo, del modo en que se toca lo que ya se toca sin permiso.

Aquello duró un segundo y medio y fue lo que después no se le quitó de la cabeza.

Hasta ese momento había sido un silencio. Un silencio de doce horas, con un plan de cuatro puntos detrás y una carta ya escrita.

A partir de ese momento fue otra cosa, y él lo supo mientras ocurría, y siguió copiando hasta las dos de la madrugada.

El jueves a las nueve, Hugh Muir se presentó en el despacho con una carpeta.

—Le traigo lo del término, señor. Once casas no han pagado.

—Han pagado al ministro.

—Han entregado un dinero a un tercero. —Muir dejó la carpeta en la mesa—. A efectos del libro de esta finca, la renta de Whitsunday de esas once casas no está en la caja de esta finca. Y hay dos, la de Beaton y la de MacAskill, que arrastran además el término de Martinmas.

—El de Martinmas está suspendido desde enero por orden mía.

—El cobro está suspendido, señor. La deuda no. Y en el caso de Beaton son ya dos términos. —Sacó un papel—. He preparado la diligencia. Le recuerdo que en enero me ordenó usted no ejecutar ninguna sin hablar antes con usted. Estoy hablando con usted.

—¿De dónde sale esa diligencia?

—Del decreto de diciembre. —Muir puso el papel sobre la mesa y lo giró para que se leyera desde el otro lado—.

Los atrasos de Martinmas se llevaron al sheriff en diciembre, como todos los años, y el decreto contra la casa de Beaton está firmado desde el veintiuno.

No se ejecutó entonces porque en enero mandó usted parar.

Y lo que usted paró fueron los cobros y las gestiones nuevas.

Esto no es nuevo, señor: esto lleva cinco meses en un cajón esperando a que alguien diga adelante.

Lachlan tenía el libro de hule a metro y medio, en el cajón, con la mitad copiada.

Si decía que no, Muir preguntaría por qué. Si decía que no dos veces en dos días, aquel hombre, que llevaba dieciséis años oliendo el aire de aquella casa, iría a su despacho, abriría su cajón y encontraría el hueco.

Si decía que sí, un oficial entraría en un establo.

—¿Cuándo?

—Mañana a primera hora. El oficial viene de Dunvegan y ya está avisado; si se suspende ahora, hay que pagarle el viaje igual y volver a citarlo, y eso son dos semanas.

—Dos semanas —repitió Lachlan.

—Sí, señor.

Dos semanas eran más de lo que necesitaba. En dos semanas tenía la copia entera, la respuesta de Charlotte Square y a Muir fuera de la finca con una liquidación firmada.

Y en dos semanas, también, aquel hombre tendría catorce días para preguntarse por qué su patrón le había parado una diligencia por primera vez en dieciséis años justo el día después de subir él a la finca alta.

—Está bien —dijo Lachlan.

—¿Procedo?

—Proceda con lo de Martinmas de Beaton y con nada más. Lo de Whitsunday, ni una casa. —Cerró la carpeta y se la devolvió—. Y venga usted el sábado por la mañana. Tenemos que hablar de otra cosa.

—Aquí estaré, señor.

Muir se puso el sombrero y salió, y sus pasos por el corredor tuvieron la misma medida que tenían siempre.

El viernes, a las cinco y media de la mañana, Lachlan terminó de copiar.

Le quedaban las tres últimas hojas del resumen y las hizo con la letra ya torcida. Secó la última, ordenó las copias en un legajo aparte, metió el libro de hule negro en el cajón de la derecha de su escritorio y lo cerró con su llave.

Se quedó un momento con la llave en la mano.

Era pequeña, de latón, con la paleta corta, y su mujer tenía otra igual desde el viernes anterior.

Lo pensó de una manera vaga y sin alarma, como se piensa en un tejado, y decidió que se lo contaría todo el sábado, después de hablar con Muir, cuando la copia estuviera terminada y hubiera algo que ofrecer además de un problema.

Se levantó a abrir la ventana porque el despacho olía a lámpara.

Fuera empezaba a clarear, con niebla baja sobre la ensenada, y del camino de abajo, muy lejos, llegó un ruido de ruedas y de un caballo que no era ninguno de los de la casa.

El reloj del vestíbulo dio las seis.