Donde termina la obediencia (Las tierras rebeldes 1) Capítulo 23. Dunvegan
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Capítulo 23. Dunvegan

Dunvegan

La carpeta se cerró el sábado por la noche, en la escuela, con la puerta abierta porque hacía calor por primera vez en el año.

Dentro fueron treinta y una hojas: la relación de los siete recibos con sus números, las entradas del libro de rentas que los contradecían, la cuenta de la casa Beaton con la letra de Ailsa y la corrección de Iseabail, la lista de las nueve casas que pagan vivienda sin arriendo, los recibos numerados del depósito de Whitsunday tal como iban a extenderse el martes y una copia del legajo Elliot, hecha aquella tarde por Flora con la plegadera al lado.

Los originales no fueron. Eso lo decidió Màiri en la primera media hora y no se volvió a discutir.

—Lo que viaja se pierde —dijo—. Y lo que se pierde en un camino se pierde para siempre y no hay a quién reclamárselo.

Después vino lo otro, que llevó más tiempo.

—Vamos seis —dijo Màiri—. Niall, Seònaid, el reverendo, mi hija no, que se queda con las copias, el señor Grant y yo. Y la señora Keir.

—Siete —dijo Seònaid.

—Siete.

—¿Y qué hace ella allí?

Lo preguntó sin mala intención y mirando a Màiri, no a Ailsa, que era la manera en que aquella mujer discutía las cosas de la comunidad.

—Autenticar —dijo Màiri—. Si un caballero de Londres pregunta de dónde ha salido una cifra, hace falta alguien que diga: la he sacado yo de tal libro, en tal casa, en tal fecha, y aquí está mi firma.

Y a un caballero de Londres eso se lo dice mejor una señora de Edimburgo que tú o que yo, y a mí me da rabia y es verdad.

—Ya.

—Y solo eso. —Màiri se volvió por fin hacia Ailsa—. Usted no habla de la finca, no habla de las casas, no dice lo que quiere la gente ni lo que le parece justo. Si le preguntan qué debería hacerse, contesta que no le corresponde. Si le preguntan por una cifra, contesta la cifra.

Ailsa oyó el «solo eso» y esperó a que le doliera.

No le dolió. Le pesó menos que su apellido, que llevaba veintiséis años cargando, y aquello la sorprendió lo suficiente como para quedarse un momento callada.

—De acuerdo —dijo.

—¿Sin discutir?

—Es lo que sé hacer. Lo demás lo saben ustedes.

Niall y Seònaid podían hablar si les preguntaban. El reverendo traducía si se lo pedían y no antes. Ewan iba a escuchar, sin cuaderno abierto en la sala y sin escribir nada de la sesión hasta que Màiri le dijera qué.

—¿Y si me preguntan a mí? —dijo Ewan.

—Usted es prensa. A usted no le van a preguntar nada. —Màiri ató la carpeta con dos vueltas de bramante—. A usted le van a dejar mirar, que es lo que a usted más le gusta.

El domingo no se hizo nada.

En el culto de la mañana, el reverendo MacRae leyó, sin comentarlo, un salmo sobre los que siembran con lágrimas, y después predicó cuarenta minutos sobre otra cosa completamente distinta, que era la paciencia, y Ailsa no supo si aquello había sido una prudencia o una advertencia hasta que vio a Iain levantarse antes del último cántico y salir.

A la puerta, Calum le pidió una cosa.

—Si le preguntan a usted por mi casa, diga la cantidad y no diga la vaca.

—¿Por qué?

—Porque si sale la vaca, en esta isla se sabrá el jueves que Calum Beaton tiene una vaca que puede venderse. —Se puso la boina—. Diga seis libras y doce chelines. Eso no se lo puede llevar nadie.

El lunes salieron a las seis de la mañana, andando, porque el camino de la costa no admite carro hasta Dunvegan y porque, como dijo Calum al despedirlos en la cuesta, andando se llega igual y se llega con las botas puestas.

Ailsa había andado antes por aquel camino en carro, en enero, con Muir y una carpeta de avisos.

A pie era otro camino. Duraba cuatro veces más, se subía por donde el carro rodeaba y se veían cosas que desde un asiento no se ven: los surcos viejos en laderas donde ya no vive nadie, un montón de piedras que había sido pared, una mujer sacando agua a media milla que levantó la mano y a la que Màiri contestó levantando la suya sin dejar de andar.

A media mañana el grupo se estiró de la manera en que se estiran los grupos: Niall y el reverendo delante, Seònaid con Màiri, y detrás, a treinta pasos, Ewan y Ailsa.

No fue una decisión de nadie. Ocurrió en una cuesta y se quedó así dos horas.

—¿Se lo ha dicho? —dijo Ewan.

—¿A quién?

—A Niall. Que la cuenta de su casa va en la carpeta.

—Se la leí a su madre dos veces. Y le pedí a él que la leyera antes de que la copiara Flora. —Ailsa se pasó el bastón a la otra mano—. Está en la hoja catorce.

—Va a doler en la sala.

—Va a doler en su casa, que es peor y ya está doliendo.

Anduvieron un rato sin hablar. El camino subía entre helechos nuevos, y al doblar el hombro de la loma se veía el agua a la izquierda, ancha y plana, y no había una sola casa a la vista en dos millas.

—Yo escribí esa frase suya en un cobertizo —dijo Ewan—. La corté cuatro veces y la dejé. Y llevo dieciséis días preguntándome si la habría cortado del todo con la madre delante.

—No.

—No, ¿qué?

—No la habría cortado. —Ailsa lo miró de reojo—. Usted la habría cortado si Niall se la hubiera quitado. No por Iseabail.

Ewan tardó en contestar.

—Puede ser.

—Es.

Delante, Seònaid le estaba diciendo algo a Màiri con mucha vehemencia y Màiri contestaba de vez en cuando con una sílaba. Ailsa alcanzó dos frases sueltas y en las dos aparecía la palabra memorial.

—Van a discutir todo el camino —dijo Ewan.

—Van a discutir todo el año. Seònaid quiere que en el memorial las nueve casas vayan en la primera hoja, no en la cuarta.

—¿Y Màiri?

—Màiri sabe que si van en la primera hoja hay cuatro arrendatarios que no firman.

—¿Y usted qué opina?

—Yo llevo las cuentas —dijo Ailsa—. Lo demás lo votan ellos, y ya han votado una vez por una mano de diferencia.

—Eso no es opinar.

—No, no lo es.

—¿Y eso qué le hace pensar de mí?

—Que es usted mucho mejor persona en una habitación con testigos que solo en un camino de noche —dijo Ailsa—. Como casi todo el mundo. La diferencia es que a casi todo el mundo no le pagan por lo que escribe en el camino.

Él se rió, y fue una risa corta y sin ninguna alegría, y Ailsa sintió aquella risa en el mismo sitio en que la había sentido a los dieciocho años, y siguió andando, que fue lo único inteligente que hizo en toda la mañana.

En dos horas de camino no hablaron de ellos ni una vez.

Hablaron de Niall, del reverendo, de si convenía que Seònaid dijera lo de las nueve casas en la sala o lo dejara en el papel, de las horas del vapor.

Y cuando llegaron a la vista de Dunvegan y el grupo volvió a juntarse, Ailsa comprendió que aquella conversación había sido lo más íntimo que habían tenido desde que él llegó a la isla, y que había ocurrido entera en voz de trabajo.

La sesión fue el martes.

Se celebró en una sala prestada, con las ventanas abiertas y más gente fuera que dentro. Los comisionados se sentaron a una mesa larga, con el taquígrafo al extremo. Los declarantes fueron pasando por orden, según una lista que alguien había hecho antes y que se leyó en voz alta.

Nadie de Kilmoran declaró. No estaban en la lista, no habían pedido estarlo y Màiri había dicho tres veces en tres días que no se venía a eso.

Se venía a mirar.

Al fondo de la sala, de pie contra la pared, había ocho o diez hombres con buena ropa que no eran del lugar.

Ailsa los identificó en el primer cuarto de hora sin que nadie se los presentara: dos factores, un procurador, alguien que tomaba notas para un propietario ausente.

Uno de ellos la reconoció a media mañana, le hizo una inclinación desde lejos y le dijo algo al oído al de al lado, y a partir de ese momento Ailsa supo que en Edimburgo, dentro de tres semanas, alguien contaría en una cena que la señora Keir de Kilmoran había pasado un martes entero sentada del lado de los declarantes.

Se quedó donde estaba, que era detrás de Màiri y a la izquierda de Seònaid.

Ailsa miró durante seis horas, y en seis horas llenó veintiuna páginas de un cuaderno nuevo que no contenía ni una opinión.

Anotó el orden: quién llama, quién se sienta, quién jura y quién no.

Anotó que a un hombre que empezó en gaélico le pusieron intérprete sin que lo pidiera y que otro, más tarde, pidió intérprete y declaró entero en su lengua, y que la sala esperó las dos veces.

Anotó que a un declarante le preguntaron tres veces la misma cosa con tres formas distintas y que a la tercera contestó algo que no había contestado antes.

Anotó que cuando un hombre dijo una cifra le preguntaron de dónde la sacaba, y que cuando dijo «de lo que se sabe», la cifra no se recogió; y que cuando otro dijo una cifra y sacó un papel del bolsillo, alguien de la mesa pidió el papel y el taquígrafo escribió el número que llevaba escrito.

Anotó los silencios. Anotó que nadie de la mesa preguntó ni una sola vez por las casas que pagan sin tener tierra.

A la hora de comer, Màiri se sentó a su lado en el muro de fuera con un pedazo de pan.

—¿Qué está escribiendo?

—Cómo se hace.

—¿Cómo se hace qué?

—Esto. —Ailsa le enseñó una página—. Aquí no vale contar lo que a uno le pasó.

Vale contar lo que a uno le pasó y poder enseñar de dónde lo sabe.

Si Niall dice que le quitaron el acarreo, le van a preguntar quién se lo prometió, cuándo y delante de quién, y si no puede decirlo con nombres, se convierte en una queja.

—Niall puede decirlo con nombres.

—Ya lo sé. Por eso lo estoy escribiendo.

Màiri masticó un rato.

—Escriba también lo de las nueve casas.

—Está en la página once. Con la hora en que no se preguntó.

Salieron de Dunvegan el martes al atardecer, cuando la sesión levantó y la sala empezó a vaciarse.

El reverendo dijo que a buen paso llegaban a Kilmoran a media tarde del miércoles, durmiendo en el camino en casa de un primo suyo. Seònaid dijo que ella dormía donde durmieran todos. Niall cargó otra vez con la carpeta.

Ewan se le acercó mientras los demás se ponían en marcha.

—Mañana escribo la crónica de hoy —dijo—. Sin Kilmoran, porque Kilmoran no ha declarado. Solo la sesión.

—Enséñesela a la señora MacAskill.

—Se la voy a enseñar. —Se puso el sombrero—. Se lo digo porque quiero que sepa que lo hago sin que usted me lo pida y sin que ella me lo recuerde. Y quiero que sepa también que lo hago porque me lo han impuesto y no porque se me haya ocurrido a mí, y que en la crónica va a notarse.

—¿Por qué va a notarse?

—Porque me sale mejor cuando escribo lo que quiero.

—Entonces le va a salir peor y va a estar bien —dijo Ailsa.

Ailsa se quedó la última, mirando la sala vacía por la ventana abierta: la mesa larga, las sillas movidas, el taquígrafo recogiendo, un hombre barriendo por el fondo.

Cerró el cuaderno con el dedo dentro, en la página once, y echó a andar detrás de los otros.

Durmieron en casa del primo del reverendo, a una hora de camino, ocho personas en dos habitaciones y en la cocina.

Ailsa durmió en un banco, con el chal por manta y el cuaderno debajo de la cabeza, y no se le ocurrió que aquello fuera notable hasta que se despertó de madrugada con el cuello torcido y comprendió que en todo el día no había pensado ni una vez en la casa grande.

Antes de acostarse, Màiri se sentó a su lado junto al fuego por primera vez en tres días.

—Escriba usted lo que ha visto.

—Lo tengo escrito.

—Escríbalo otra vez para nosotros. Lo del papel del bolsillo y lo de la cifra que no se recogió. —Se ajustó el pañuelo—. Eso es lo único que nos hace falta saber antes de Portree, y usted es la única de los siete que lo ha entendido a la primera.

Fue lo más parecido a un elogio que Ailsa recibió en toda la primavera.

Salían al amanecer. Con el paso del reverendo, que era el más lento, estarían en Kilmoran a la caída de la tarde del miércoles.

En Kilmoran, aquel mismo martes, vencía el término de Whitsunday.

Ailsa lo pensó tres veces durante el camino de vuelta, y las tres se dijo lo mismo: que el reverendo había dejado el arca preparada, que el recibo estaba diseñado, que su firma iría debajo de la de él en cuanto llegara, y que hasta el miércoles no había nada que ella pudiera hacer desde un camino.