Capítulo 22. Lo que firma la mañana
Lo que firma la mañana
A las ocho de la mañana su mujer ya estaba en el despacho de la finca, vestida, peinada y con una lista.
Lachlan entró con el café en la mano derecha y con la extraña sensación, que le duró cuatro segundos, de estar llegando tarde a una reunión de accionistas.
—Señor Keir.
Volvió el usted.
No lo dijo con frialdad. Lo dijo del modo en que se dice el nombre completo de una herramienta cuando hay gente delante, aunque allí no hubiera nadie, y Lachlan comprendió al segundo café que aquella habitación tenía un idioma y el dormitorio del otro lado del pasillo tenía otro, y que la que había decidido eso no era la mujer que había abierto una puerta a las once de la noche, sino la que había dicho en voz alta que aquella noche no prometía ninguna otra.
—Tres cosas —dijo Ailsa—. El título de propiedad. El arriendo de Elliot completo, con los anexos si los hay. Y el original de la autorización general que firmó usted en octubre, no una copia.
—El título está en la caja uno. El arriendo lo tiene Muir en el arcón de su casa; hay un traslado en la caja tres. La autorización la tiene él.
—Entonces empecemos por lo que hay y hoy mismo pídale las dos.
Lachlan se sentó, sacó la pluma y escribió lo que ella le fue diciendo.
Se llamaba orden de acceso y él nunca había firmado ninguna en su vida, porque en un astillero lo que uno hace es abrir la puerta y decir pasa.
Ailsa se la dictó punto por punto: que la señora Ailsa Keir quedaba autorizada a examinar, sin restricción y sin consulta previa, todos los libros, registros, correspondencia, comprobantes y documentos de la finca de Kilmoran, en poder de quien estuviesen; que podía sacar copias y que las copias podían salir de la casa; que el factor y cualquier empleado quedaban obligados a entregarle lo que pidiera en un plazo de veinticuatro horas; y que la presente orden no era revocable de palabra.
—Añada la fecha y firme dos veces —dijo ella—. Una para mí y otra para el comité.
Lachlan firmó dos veces.
Se quedó mirando la segunda, con la tinta todavía húmeda, y tuvo un pensamiento que no llegó a decir: en diciembre habría considerado aquello una humillación, y aquella mañana le parecía sencillamente lo que había que hacer, y no sabía en qué mes exacto había cambiado.
Después se levantó, se sacó el llavero del bolsillo y lo dejó encima de la mesa.
—Ya que estamos.
Lo fue soltando del aro una por una. La del arcón del comedor. La del armario alto del despacho, donde estaban las escrituras y donde nadie más había entrado desde diciembre. La de la puerta de servicio, que se cerraba por las noches. Una pequeña, de latón, plana, con la paleta corta.
—Esta es del cajón de la derecha de mi escritorio. —La empujó por la mesa hacia ella—. Ahí no hay nada de la finca; hay correspondencia mía, facturas del astillero y papeles que no van a ninguna carpeta. Se la doy para que no tenga que preguntarme si hay algo ahí dentro.
Ailsa la miró un momento y la recogió con las demás.
—Y esta otra —dijo Lachlan, y desprendió la última— es la de su cuarto.
Ailsa levantó la cabeza.
—Se la prometí en diciembre y no se la di.
—Le sostuvo la mirada—. No es que se me olvidara.
En enero se la pedí al ama de llaves y la tuve dos días en el chaleco, y cada vez que iba a dársela me parecía que dársela era decirle algo, y no sabía el qué.
Y después ya llevaba tanto tiempo sin dársela que dársela decía otra cosa.
Aquí está. Es de su puerta y no hay copia.
Ailsa la cogió. La miró contra la luz, como se mira una llave que no se ha visto nunca.
—Cinco meses —dijo.
—Sí.
—¿Y me la da hoy?
—Se la doy hoy.
Ella no dijo lo evidente, que era que aquel hombre le entregaba la llave de su dormitorio la mañana siguiente a la primera noche en que no la había necesitado. Lo pensó, él lo vio pensarlo y ninguno de los dos lo dijo, y aquello fue lo más íntimo que ocurrió en aquella habitación.
—Gracias —dijo Ailsa, y se la guardó en el bolsillo, separada de las otras.
Muir llegó a las once, con la orden de acceso ya en su poder porque el muchacho se la había llevado a las nueve.
La leyó de pie, entera, sin sentarse, y después la dobló en tres.
—Es un documento muy amplio, señor.
—Es un documento muy claro.
—El arriendo de Elliot lo tendrá la señora esta tarde.
La autorización general de octubre, también.
—Se guardó el papel—. En cuanto a la correspondencia anterior a su compra, debo advertirle de lo que ya le advertí en abril: buena parte se estropeó con las goteras del ala este antes de que yo mandara poner la cerradura nueva.
Hay cajas enteras de papel pegado. Yo no las tocaría; ese papel se rompe al abrirlo y después alguien dirá que se rompió a propósito.
—Ábranse igual —dijo Lachlan—. Y que las abra la señora Keir delante de su hija de usted, si quiere, o delante del reverendo, o delante de quien le parezca a usted mejor, para que no haya duda de quién rompió qué.
Muir inclinó la cabeza dos centímetros.
—Como disponga el señor.
El arriendo y la autorización llegaron aquella misma tarde, en mano, con un muchacho.
Ailsa los leyó en el despacho, con Lachlan delante, y él la vio hacer con la autorización general lo que le había visto hacer con el contrato matrimonial en un comedor de Charlotte Square: pasar el dedo por debajo de cada línea, sin adelantarse.
Se detuvo donde tenía que detenerse.
—«Y emprender cuantas diligencias necesarias se sigan de ello, sin consulta previa» —leyó en voz alta.
—Sí.
—¿Usted leyó esto en octubre?
Lachlan podría haber dicho cuatro cosas y todas eran ciertas: que iban seis papeles en el mismo paquete, que el correo salía a las cinco, que la fórmula es habitual, que un factor sin poderes no puede cobrar. Se oyó a sí mismo empezar la primera y se paró.
—No —dijo—. Firmé seis hojas seguidas y no leí ninguna.
Ailsa dejó el papel en la mesa.
—¿Y en enero, cuando lo leyó?
—En enero le ordené de viva voz que no ejecutara ninguna diligencia sin hablar conmigo.
—Le he preguntado otra cosa.
—Ya sé lo que me ha preguntado. —Lachlan se quedó mirando su propia firma, que era la ancha, la de los contratos importantes—. No lo revoqué. Pensé en pedirle el papel y romperlo delante de él, y no lo hice, porque para romperlo tenía que decirle antes que yo había firmado sin leer.
—Ya.
—Y me dije prudencia.
—Sí —dijo Ailsa—. Eso también se llama así.
Las cajas de la humedad llegaron el sábado por la mañana en un carro y las abrieron en la escuela, no en la casa, porque a Ailsa se le ocurrió y porque Màiri lo exigió antes de que a Ailsa le diera tiempo a proponerlo.
Lachlan estuvo allí. Se sentó al fondo, en el pupitre pequeño de siempre, y estuvo tres horas viendo cómo cuatro mujeres separaban papel mojado.
Flora tenía las manos más finas y le tocó a ella lo peor: despegar hoja por hoja, con una plegadera de hueso, los legajos que se habían quedado pegados en bloque.
Trabajaba muy despacio. De cada tres hojas, una se rompía por el pliegue; y cada vez que se rompía, ella la dejaba entera en la mesa, con las dos mitades juntas, y anotaba en el cuaderno el número de la caja y la palabra rota .
A las dos de la tarde levantó la cabeza.
—Señora. Aquí hay algo que no es correspondencia.
Era un legajo pequeño, de una veintena de hojas, con las tapas de cartón hinchadas y el cordel podrido. La mitad de arriba estaba ilegible. La de abajo, no.
Eran comprobantes de gasto de la finca, del año ochenta y del ochenta y uno, extendidos a nombre de A.
Elliot y Compañía: drenaje en los pastos altos, treinta y siete libras; cercado de piedra en el límite norte, cincuenta y una; acarreo de material, dieciocho.
Y con ellos, en el mismo legajo, tres cartas de Hugh Muir dirigidas al señor Elliot, en el papel de la finca, de las que se leían párrafos enteros.
Ailsa las puso en fila sobre el pupitre grande.
—Flora, ¿tú subes al límite norte?
—Todas las semanas. Por el atajo de la fuente.
—¿Hay un cercado de piedra nuevo ahí?
Flora se quedó pensando, no porque dudara, sino porque estaba comprobando su propio recuerdo antes de decirlo delante de gente.
—Hay muro. El de siempre, el que tiene la brecha por la que pasan las ovejas hacia la hondonada. Lleva con la brecha desde que yo era pequeña. —Miró el comprobante—. Cincuenta y una libras no es un remiendo, señora. Cincuenta y una libras es un muro entero.
Màiri se acercó a leer por encima del hombro de su hija.
—El drenaje también —dijo—. Ahí arriba, cuando llueve, el agua sigue bajando por donde bajaba cuando yo era novia.
Lachlan se levantó del pupitre pequeño.
Vio las tres cartas y los tres comprobantes, y le bastaron cuarenta segundos, porque llevaba doce años firmando facturas de obra y una factura de obra que no existe se reconoce igual en el Clyde que en Duirinish.
—Voy a la casa del factor —dijo.
—Esta noche no —dijo Ailsa.
—Está a diez minutos.
—Y en diez minutos entra usted allí sin la cuenta hecha, y él le dice que las obras se hicieron y se las llevó el agua, y usted se queda sin la única cosa que tiene, que es que él no sabe todavía lo que tenemos.
—Ailsa recogió el legajo—. Además, esto no lo he encontrado yo.
Lo ha encontrado Flora, en la escuela, delante de siete personas.
Si mañana él dice que apareció en su casa, hay siete que lo desmienten.
Lachlan se quedó quieto, con las manos vacías.
Era la segunda vez en cuatro meses que se lo decía, con las mismas dos palabras, y era la segunda vez que él obedecía; y las dos veces había tenido razón ella, lo cual no le hacía la obediencia más agradable, sino exactamente igual de necesaria y bastante más difícil.
—Está bien —dijo.
Volvió a la casa antes que ella. Se encerró en el despacho y escribió dos cartas a Glasgow.
La primera, a su procurador de siempre: quería saber, con carácter reservado, de qué manera podía destituir a un factor con dieciséis años de casa sin abrir pleito, qué se le debía en concepto de liquidación, qué documentos podía exigirle en el acto y de qué forma se podía restituir a las familias perjudicadas una cantidad que todavía no estaba determinada, sin que la restitución se entendiera como reconocimiento de responsabilidad de la propiedad. Subrayó dos veces la palabra reservado.
La segunda no iba a su procurador de siempre.
La escribió de pie, apoyado en el borde de la mesa, y la escribió de una vez, sin borrador, que era algo que no hacía desde los diecinueve años.
Iba dirigida a un abogado de Glasgow que llevaba los asuntos de un armador conocido suyo y con el que él no tenía ni un chelín en común.
Le preguntaba qué haría falta —qué instrumento, qué firmas, qué plazos y qué coste— para que una mujer casada con él, sin separación judicial y sin escándalo, dispusiera de capital propio, de una renta que no dependiera de él, de una casa a su nombre y de un abogado pagado por ella y no por él, de manera que aquello no se pudiera deshacer si él cambiaba de opinión.
Al final añadió una línea: Deseo que quede fuera de mi alcance, incluso si en el futuro lo pido.
Secó la tinta, cerró los dos sobres y los dejó en la bandeja del vestíbulo, uno encima del otro, para el correo del martes.
Se quedó un momento delante de la bandeja.
Estaba mandando a Glasgow, en el mismo saco y con dos días de diferencia sobre la misma mesa, una carta para arreglar en privado el daño de su finca antes de que se supiera del todo, y otra para asegurarse de que su mujer pudiera marcharse de aquella finca cuando quisiera y sin pedirle permiso.
Lo pensó exactamente en esos términos y no encontró nada raro. Las dos cosas le parecían lo mismo: poner a salvo lo que se le había confiado.
Desde la ventana del vestíbulo vio a Ailsa cruzar el patio con Màiri, las dos con el legajo envuelto en un hule, andando deprisa hacia la escuela con el viento de cara.
Iban a la misma velocidad. Eso fue lo que se quedó mirando: que su mujer y aquella mujer andaban a la misma velocidad, y que ninguna de las dos acortaba el paso por la otra, y que llevaban así, sin que él se hubiera dado cuenta, desde algún día de febrero.
Aquella noche cerraban la carpeta que se llevaban a Dunvegan, y él no estaba invitado a decidir qué iba dentro.