Donde termina la obediencia (Las tierras rebeldes 1) Capítulo 21. La descarga
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Capítulo 21. La descarga

La descarga

La comisión empezó a tomar declaración el martes ocho de mayo, en Braes, y en Kilmoran se supo el miércoles por la tarde.

Lo trajo un hombre que había bajado a Portree a por clavos: que se habían sentado en una casa con las puertas abiertas, que había habido más gente fuera que dentro, y que el primero en hablar había hablado en gaélico y le habían puesto un intérprete y el intérprete había ido diciéndolo en inglés, frase a frase, y todo el mundo había esperado.

Màiri lo escuchó dos veces y después dijo, a nadie:

—Entonces se puede hablar en la lengua de uno.

Fue lo único que comentó en toda la tarde, y Ailsa la vio salir de la escuela mucho más deprisa de lo que había entrado.

Las cajas de Glasgow llegaron el martes por la mañana.

Eran tres, de madera, con el rótulo del despacho del procurador de Lachlan, y las subieron dos hombres al archivo y las dejaron junto a la mesa larga.

Lachlan levantó las tapas él mismo, una por una, y no sacó nada.

—Está todo lo que pedí en marzo —dijo—. La escritura de compra, el estado de liquidación completo con los anexos, la correspondencia de mi procurador con los acreedores del señor MacNair, los recibos de los administradores y la certificación de que la garantía quedó cancelada y anotada.

También está lo que no pedí, que es la correspondencia de mi procurador conmigo. No he separado nada.

—¿Por qué me lo dice?

—Porque va a leerlo usted y quiero que sepa que no ha pasado por mis manos antes.

Se puso el sombrero y salió, y estuvo fuera de la casa hasta la noche.

Trabajaron tres días.

Flora venía a las nueve con su propio tintero y copiaba lo que Ailsa le señalaba, en hoja aparte, con el número de caja y de legajo en la cabecera.

Màiri subía a mediodía, se quedaba de pie, preguntaba dos o tres cosas y se llevaba las copias del día antes de comer, y a la escuela llegaban antes que el pan.

Fue así como Ailsa reconstruyó, hoja por hoja, lo que ya sospechaba desde un tren de diciembre.

En marzo de mil ochocientos setenta y siete, los administradores del acuerdo matrimonial de sus padres habían prestado dinero al señor MacNair, propietario entonces de Kilmoran, con garantía sobre la finca.

La escritura estaba allí, registrada, con la firma de MacNair y con el sello del despacho de Fraser, Kinnaird y Compañía en calidad de acreedores por cuenta del fondo.

Su padre había puesto el dinero de aquel préstamo. Su madre cobraba los intereses, dos veces al año, en junio y en diciembre.

Y en el margen del libro de casa de Charlotte Square, con un lápiz violeta que llevaba dos años sin afilar, aquello se llamaba H.B. 17.

Ailsa lo tuvo delante toda una tarde antes de decírselo a nadie.

—Mi padre le prestó dinero a esta finca —le dijo por fin a Flora, sin levantar la vista—. Mi madre ha vivido doce años de los intereses de esta finca. Todo lo que yo comí desde los veinte años salió, en parte, de estas casas.

Flora siguió copiando.

—Eso ya lo sabía la gente —dijo.

—¿Cómo que ya lo sabía?

—No con esos nombres. —Mojó la plumilla—. Pero cuando el dinero se va de un sitio, en el sitio se nota. Aquí se sabe desde hace años que la renta de Kilmoran no se quedaba en Kilmoran; lo que no se sabía es a qué mesa iba a parar. Ahora ya sabemos una.

Aquella noche Ailsa empezó una carta a Charlotte Square y la dejó en cuatro líneas.

No sabía qué preguntar. Madre, ¿de dónde salía el ingreso de junio?

Lo sabía: salía de un préstamo perfectamente legal hecho por su padre con el dinero del acuerdo matrimonial, y de él habían salido también las clases de dibujo, el vestido gris perla en su primera versión y las prórrogas que ella misma había negociado con Milne y Hermanos escribiendo cartas que firmaba su hermano.

No había ningún delito en ninguna de esas líneas. Ese era el problema. Lo que había era una casa en Edimburgo sostenida por unas casas de Duirinish, con papel, con registro y con sello, durante doce años, y ella dentro.

Rompió la hoja y no la quemó, porque quemar papel era una costumbre que se le había puesto y no le gustaba.

El miércoles por la tarde, cuando Màiri subió a por las copias, Ailsa la hizo entrar en el archivo.

—Siéntese un momento.

—Estoy bien de pie.

—Siéntese, porque esto lo va a saber usted por mí y prefiero estar sentada yo también.

Se lo contó entero, en tres minutos y sin adornos: el préstamo del setenta y siete, la garantía sobre la finca, el nombre de su padre detrás de los administradores, los intereses cobrados dos veces al año por su madre y el margen violeta del libro de casa.

Màiri escuchó con las manos en el regazo.

—¿Y usted lo sabía?

—Sabía que en mi casa entraba un dinero de un fondo. Vi la clave en el margen desde los veinte años y nunca pregunté qué significaba. Eso es lo que sabía y no es poco.

—No —dijo Màiri—. No es poco.

Se quedó callada un momento, mirando las tres cajas de madera.

—Voy a decírselo a la gente.

—Dígaselo.

—¿Sin más?

—Sin más. Dígaselo usted, que es mejor que se enteren por usted, y dígales también que la mujer que lo ha encontrado en esas cajas soy yo y que lo he encontrado buscando otra cosa. —Ailsa cerró el legajo—. Y si alguien pregunta si voy a seguir leyendo, dígale que sí.

Màiri se levantó y recogió las copias del día.

—Va a haber quien diga que usted lo lee para taparlo.

—Que lo diga. Para eso están las copias en la escuela y no aquí.

El jueves por la mañana llegaron a la parte que importaba.

El estado de liquidación de octubre lo tenían desde diciembre; lo nuevo eran los anexos. Ailsa los puso en fila sobre la mesa larga y siguió el dinero con el dedo, en voz alta, para que Flora pudiera copiar el orden:

Precio pagado por Lachlan Keir. Aplicación del precio: a los acreedores hipotecarios del señor MacNair, por su orden.

Dentro de esa lista, en el tercer lugar, el capital y los intereses vencidos de la garantía de mil ochocientos setenta y siete, cobrados por Fraser, Kinnaird y Compañía en nombre del fondo.

Recibo de los administradores, con fecha del diecisiete de octubre.

Y, detrás, la certificación de la cancelación, con la nota registral al margen.

—Léelo otra vez —dijo Ailsa.

Flora lo leyó.

—Otra vez.

—Señora.

—Léelo.

Flora lo leyó una tercera vez y después dejó la plumilla.

Ailsa se sentó. Estuvo un rato con las dos manos abiertas sobre la mesa.

—El diecisiete de octubre de mil ochocientos ochenta y dos —dijo—, mi madre cobró la última libra que esta finca le debía.

Ese día se terminó. No quedó ni capital ni interés ni derecho a nada.

Desde el diecisiete de octubre, si alguien manda dinero de Kilmoran a Edimburgo diciendo que es de H.B. 17, ese dinero no tiene causa.

—¿Y lo manda alguien?

—No lo sé —dijo Ailsa—. Es lo único que ahora mismo no sé.

Aquella tarde, en el libro de rentas, en la entrada raspada de los Beaton, la letra pequeña de debajo de la línea roja seguía diciendo lo que llevaba tres meses diciendo, y ahora quería decir otra cosa.

Se lo contó a Lachlan a las siete, en el despacho de la finca, con los anexos delante.

Él escuchó de pie. Cuando ella terminó, se sentó y estuvo callado un rato largo.

—Su madre lo sabía —dijo.

—Mi madre cobró ese día y firmó el recibo. Lo tiene usted ahí, en la caja dos. —Ailsa cerró el legajo—. Lo que sé es eso. Lo demás no lo sé y no voy a decirlo hasta que lo sepa.

—Ailsa.

—No. Usted iba a decir un nombre y yo no lo he probado.

Lachlan asintió una vez.

—Hay otra cosa —dijo—. Y llevo cinco meses sin decirla, y si esta noche no la digo, mañana ya no puedo pedirle a usted que crea nada.

Se levantó y se puso de espaldas, junto a la chimenea apagada, que era la posición desde la que hablan los hombres a los que les cuesta.

—Mi madre se llamaba Morag Keir. Nació en la hondonada del noroeste, en una de las cinco casas que quedan sin techo dentro del arriendo de Elliot.

Su familia salió de ahí cuando ella tenía nueve años, en la primavera del cuarenta y siete, con lo que pudieron llevar en las manos.

Nunca me dijo en cuál de las cinco. Se lo pregunté dos veces y las dos me contestó otra cosa.

Ailsa no se movió.

—Trabajó de sirvienta en Portree, después en Glasgow.

A los veinticuatro conoció a un hombre que la puso en una casa en Govan y le dio dinero durante seis años y un apellido a su hijo que ese hijo no puede usar.

Yo aprendí a leer con una vecina. A los trece entré de aprendiz en una caldería.

—Se volvió a medias—. En el setenta y nueve compré mi primera grada.

En el ochenta, mi madre se estaba muriendo y yo estaba en Barrow por un contrato, y volví dos días tarde.

—¿Le dio tiempo a hablar con ella?

—Le dio tiempo a decirme una cosa. Que yo había pasado la vida quitándole de encima todo lo que era de ella.

Que le había puesto criada, y casa con papel pintado, y que no la había llevado nunca al norte.

Y que me avergonzaba de dónde venía. —Se pasó la mano por la cara—.

No era verdad. Y era exactamente verdad. Las dos cosas.

—¿Y compró usted Kilmoran por eso?

—Cerré el trato en septiembre y se escrituró en octubre.

Dos años después de enterrarla, en cuanto supe que se vendía.

Pagué por encima de tasación para que no me la quitara un ganadero.

—Se rió sin ninguna gracia—. Y llevo desde diciembre paseándome por esa hondonada como quien va a un cementerio propio.

Ailsa se levantó.

Dio dos pasos y se detuvo, porque lo que iba a decir no se puede decir de cerca.

—Voy a decirle lo que veo —dijo—. Y no se lo digo para hacerle daño, se lo digo porque usted acaba de contármelo y porque si me lo callo esto no sirve de nada.

—Dígalo.

—Su madre salió de esa hondonada porque un propietario decidió que allí cabían más ovejas que personas.

Y usted, para arreglarlo, se ha comprado el derecho a ser el propietario.

Ha comprado la firma. Ha comprado la autorización general y el arriendo y los avisos y el poder de decirle a Calum Beaton que su vaca es de él si usted quiere.

—Le sostuvo la mirada—. Eso no repara la hondonada.

Eso es la hondonada otra vez, con usted dentro y con mejor intención.

Lachlan no se defendió.

Ailsa esperó, porque estaba preparada para las tres o cuatro cosas que un hombre contesta a eso, y él no contestó ninguna. Se quedó de pie junto a la chimenea, con la mano izquierda cerrada y el anular fuera, mirándola.

—Sí —dijo.

—¿Sí?

—Sí. Es exactamente eso, y llevo cinco meses buscándole otra manera de decirlo y no la hay. —Bajó la cabeza un momento—. Lo que no sé es qué se hace después de saberlo.

—Todavía no lo sé yo tampoco.

Subió a las once.

Se sentó en el borde de la cama, con las manos en el regazo, en un cuarto que llevaba cuatro meses siendo suyo y en el que no había una sola cosa que hubiera elegido ella.

En el cajón de la mesilla estaban las dos llaves. La de hierro del archivo, gastada, con la paleta ancha. Y la de latón, más pequeña, la que le habían puesto caliente en la palma en un pasillo de la Ciudad Nueva la noche de su boda, y que abría una sola puerta en el mundo, la de enfrente.

La cogió.

Cruzó el pasillo descalza, con la vela en la otra mano, y se quedó delante de la puerta de él contando lo que contaba siempre: cuatro pasos hasta la suya, tres de pasillo, cuatro más. Once. Llevaba cuatro meses sabiendo el número.

Metió la llave. Entró antes de darse permiso, porque el permiso ya se lo había dado abajo.

Lachlan la esperaba junto a la ventana, todavía vestido, con la camisa abierta y sin chaleco. Se volvió y no dijo nada, y ella comprendió que no iba a decir nada, y que si allí no se decía nada se acababa aquello.

—Esta puerta la ha abierto la llave que me diste tú —dijo Ailsa.

Fue el tú lo que se oyó en la habitación.

Él lo notó. Lo notó de una manera visible: bajó los hombros un dedo, como se baja el hombro cuando se suelta un peso que se lleva sin darse cuenta.

—Sí.

—No he venido a decirte que esto arregla algo. No arregla lo de tu madre, ni lo de la mía, ni lo que le has hecho a esta gente sin saberlo, ni lo que le vas a hacer sabiéndolo. Mañana por la mañana yo voy a seguir leyendo tus cajas.

—Bien.

—Y esta noche no promete ninguna otra.

—Ya lo sé.

—Dilo tú.

—Esta noche no promete ninguna otra —dijo él—. Y no le voy a pedir mañana que la promesa exista.

Ailsa dejó la vela en la cómoda.

Fue ella quien se acercó. Fue ella quien le puso las manos en el pecho, primero abiertas y después no, y la respiración de él se le fue debajo de las palmas de una manera que no había previsto y que la dejó quieta unos segundos.

Lachlan levantó las manos y las dejó a medio camino, sin tocarla, esperando; y ella cogió la derecha y se la puso en la cintura, y después la izquierda, la quemada, la del anular que no se dobla, y se la puso encima del corazón, que era el único sitio de aquella habitación donde ella quería tenerla.

Él la besó como si tuviera todo el tiempo del mundo y todavía no fuera suyo.

No hubo prisa. Hubo, eso sí, una manera de quitar los alfileres uno a uno y de irlos dejando en el mármol de la cómoda, con el ruidito de cada uno, hasta que el pelo cayó entero; y hubo un momento, cuando ella se quedó quieta y él se detuvo también sin preguntar nada, en que Ailsa descubrió que se puede desear a alguien exactamente por lo que no hace.

Después, mucho después, cuando el cuerpo dejó de contar cosas, Ailsa se quedó boca arriba mirando el techo de una habitación que ahora conocía.

Lachlan tenía la mano izquierda abierta sobre la sábana, entre los dos, con la palma hacia arriba y la cicatriz vieja del corte cruzándola en diagonal.

Ella le puso el índice encima, como en febrero, y siguió la línea entera.

—Mañana quiero el título de propiedad, el arriendo entero de Elliot y el original de la autorización general —dijo.

Lachlan se rió por primera vez en toda la noche, bajo y ronco, con los ojos cerrados.

—A las nueve.

—A las ocho.

Al amanecer, Ailsa se levantó y se puso el chal. La llave de latón estaba en la mesilla de él, donde la había dejado al entrar, encima de un libro cerrado.

La cogió antes de salir.