Capítulo 20. El precio del pasaje
El precio del pasaje
La cuenta de la casa Beaton ocupó dos hojas y media y la escribieron entre las dos.
Ailsa bajó el viernes por la mañana con el tintero y el cuaderno de tapas duras, y se sentó en el banco de la cocina, que era el único sitio donde había luz suficiente.
Iseabail no se sentó: iba y venía del hogar a la puerta y de la puerta al armario, y dictaba de pie, como se dicta lo que se sabe de memoria.
—El acarreo, veintiocho chelines. Eso ya lo pusimos.
—Está.
—La leche. Yo vendo tres cuartillos tres veces por semana en el camino. En mayo se venden menos porque hay más leche en todas las casas; pon dos veces. —Se detuvo—. Y ahora no voy a vender ninguno, porque si mi hijo no trae jornal, la leche se queda aquí.
—¿Eso lo pongo como pérdida?
—Ponlo como quieras, pero que se entienda que la leche no se pierde: se la bebe mi nieto. Lo que se pierde es el dinero.
Ailsa lo escribió con esas palabras.
—La lana.
—La lana está comprometida contra la renta desde febrero.
—¿Comprometida cómo?
—Hablado —dijo Iseabail—. Con el factor. Sin papel.
Ailsa levantó la cabeza.
—¿Hablado con quién delante?
—Con nadie delante. En la puerta de la iglesia, en febrero. Me dijo que si le llevaba la lana en junio, contaba como pago de parte del atraso.
—Entonces eso no está.
—Está en mi cabeza.
—Su cabeza no cuenta contra el libro de él. —Ailsa dejó la pluma—. Escríbame usted mañana lo que se dijo, con la fecha, tal como lo recuerde, y lo firma. Y si hubo alguien a diez pasos, aunque no oyera, que lo firme también.
Iseabail la miró un momento.
—¿Y eso sirve?
—Sirve más que la cabeza y menos que un papel de él. Es lo que hay.
Al final de la mañana la cuenta cuadraba en dos libras, siete chelines y cuatro peniques de pérdida cierta para mayo, sin contar la lana. Ailsa lo leyó dos veces en voz alta e Iseabail corrigió el verbo de la primera línea.
—Ahí pone que reuní diez chelines en octubre.
—Es lo que me dijo su marido en enero.
—Yo los gané —dijo Iseabail—. Reunir es agacharse a recoger. Yo hice la mantequilla, la llevé andando a la feria y la vendí.
Ailsa tachó reunió y escribió ganó .
Calum entró cuando terminaban. Traía las botas mojadas y el humor de un hombre que ha estado desde las cinco mirando el mar sin echar el bote.
—¿Qué es eso?
—La cuenta de lo que nos cuesta mayo —dijo su mujer.
—Ah. —Se quitó la boina—. ¿Y quién nos paga la cuenta?
Nadie contestó.
Niall llegó a la una, del muelle, donde había estado ayudando en algo por lo que no iba a cobrar. Se sentó a comer y no habló hasta que el padre soltó la cuchara.
—Se acabó —dijo Calum—. Vas a ir el lunes a la casa del factor y le vas a decir que retire lo tuyo del papel del abogado ese. Que no vas a declarar.
—No.
—Es una comisión de caballeros de Londres que vendrá una tarde, escribirá un libro y se irá. Y el señor Muir va a seguir aquí en octubre, y en octubre hay que pagar.
—Y si nadie declara, en octubre hay que pagar igual y además nadie sabrá por qué.
—Tú no tienes casa que perder.
—Tengo la tuya —dijo Niall.
Se quedaron los dos quietos, mirando la mesa. Ailsa, que se había levantado hacía rato y estaba junto a la puerta con el cuaderno bajo el brazo, comprendió que aquella discusión llevaba dos semanas dándose en aquella cocina y que se daba entera cada vez.
—Voy a declarar —dijo Niall—. Y voy a decidir yo lo que se publica y lo que no, que es lo único que he sacado en limpio de todo esto.
Calum se puso la boina y salió a mirar el mar otra vez.
Al subir la cuesta, con las dos hojas y media dentro del cuaderno, Ailsa se hizo la pregunta que llevaba tres días esquivando.
Estaba redactando la cuenta de lo que la finca de su marido le costaba a una casa.
La había escrito con la letra de ella, con el tintero de la casa grande, y se la había leído dos veces en voz alta a una mujer que no sabía leer de corrido.
Si aquella hoja acababa delante de un caballero de Londres con un taquígrafo al lado, sería una prueba, y sería una prueba que llevaría su nombre y el apellido de él.
No encontró ninguna manera de estar en los dos sitios. Lo que encontró, a media cuesta, fue algo más incómodo: que llevaba desde enero eligiendo el mismo sitio todos los días sin decírselo a nadie, ni a él, ni a Màiri, ni a sí misma.
El sábado por la tarde, en la tienda, estaba Baird.
Llevaba el mismo abrigo bueno de enero y unas botas nuevas, y esta vez no hablaba con un muchacho: hablaba con Calum, que había ido a por queroseno y llevaba veinte minutos sin comprarlo.
Tenía sobre el mostrador un folleto abierto con un grabado en la cabecera y una hoja impresa con cifras.
—... y no es lo que le contaron a su padre —decía—. Aquello era ir a talar bosque. Ahora se llega en nueve días desde Glasgow, hay tierra medida, con papel, y le adelantan a usted el pasaje contra la primera cosecha si va con dos hijos varones.
—Uno.
—Con uno también, si el uno tiene oficio de mar. —Baird bajó la voz sin bajarla del todo—. En el sitio del que le hablo hay un río y hay pesca. Y no hay factor.
Calum tenía el folleto debajo de la mano. No lo cogía y no lo apartaba.
Ailsa, que estaba al otro lado del mostrador esperando el correo, oyó el precio del pasaje y lo retuvo, y se dio cuenta con incomodidad de que era la segunda vez que retenía aquella cifra y de que la primera había sido en enero y de que la cifra había bajado.
Iseabail entró a por sal en ese momento. Vio el folleto, vio el grabado y vio a su marido.
—¿Cómo se llama eso?
—Manitoba, señora —dijo Baird.
—¿Y las vacas tienen nombre allí?
Baird se rió, cortés, sin entender.
—Las vacas tienen nombre en todas partes.
—Aquí las vacas tienen nombre porque las conoce la misma persona toda la vida —dijo Iseabail—.
La mía es la parda y la ordeño yo desde que nació, y sé por el sonido del cencerro si está en el patatal o en el camino.
Cuando usted le cuente a mi marido lo del río, cuéntele también quién va a ordeñar allí.
Cogió la sal, pagó y salió.
Calum se quedó un rato más. Ailsa vio, al marcharse, que no se había llevado el folleto y que tampoco lo había devuelto: seguía sobre el mostrador, abierto, y Baird lo dejó allí a propósito.
El domingo fue domingo. Hubo culto por la mañana y nada más en todo el día. La reunión se convocó para el lunes.
Vinieron treinta y tantos. Hacía calor dentro por primera vez en el año, con la estufa apagada y la puerta abierta, y Flora escribió en la pizarra la fecha, el número de presentes y los dos asuntos.
El primero era el pasto.
—El siete de mayo —dijo Iain, de pie—. Los de Braes subieron el ganado en abril y ahí siguen. En Glendale llevan desde el otoño. Nosotros llevamos seis meses copiando papeles y este mes nos han quitado un jornal por un papel. Lo digo claro: yo subo el ganado el jueves.
—¿Con quién? —dijo Màiri.
—Con quien venga.
—Ese no es un plan. Es una frase.
—Es lo que hay cuando no queda otra cosa.
Calum habló desde el fondo, sin levantarse.
—Yo tengo una vaca y un aviso suspendido.
Si subo esa vaca al pasto de un arrendatario y el arrendatario pide amparo, el que viene no viene contra Iain: viene contra la vaca, porque la vaca se puede coger y a Iain hay que perseguirlo.
—Miró alrededor—. Y no digo que no haya que subir nunca.
Digo que hay que subir cuando podamos comer un mes sin vender nada.
—Entonces nunca.
—Entonces con harina.
Se discutió una hora larga. Niall dijo lo que había dicho en febrero, con otras palabras: que un barco no hace falta que dispare, y que la comisión llegaba en dos semanas y llegaba con taquígrafo, y que un pasto ocupado el jueves era, el día que se sentaran a escuchar, la excusa perfecta para no escuchar nada.
Se votó. Diecinueve contra doce: no ocupar hasta después de la comisión.
Iain no levantó la mano ni en un lado ni en otro. Cuando Flora terminó de contar, cogió su gorra y dijo, desde la puerta:
—Que conste que he perdido. No que estoy de acuerdo.
—Consta —dijo Màiri.
Flora lo escribió en la pizarra con esas palabras.
El segundo asunto era el término de Whitsunday, que vencía el martes de la semana siguiente.
Calum se levantó y puso encima del pupitre un saco pequeño.
—Dos celemines de harina —dijo—. Es lo que tengo. Si vamos a decirle a la gente que aguante, que haya algo en esta habitación para el que no aguante.
Se abrió el fondo con eso, con seis chelines de la viuda del molino y con una promesa de Niall que era, en aquel momento, una promesa sin jornal detrás.
Y entonces Seònaid MacLeod, que llevaba toda la reunión de pie junto a la puerta, dijo:
—Y ahora, antes de que decidan lo del pago, quiero saber una cosa. Si esto sale bien y dentro de un año hay pastos y hay rentas justas, ¿quién cobra eso?
—Los que pagan renta —dijo alguien.
—Ya. —Seònaid se cruzó de brazos—. Somos nueve casas las que pagamos sin arriendo. Estamos en las copias porque esta señora nos puso en tinta en enero. En el memorial que van a llevar ustedes a la comisión, ¿estamos?
Se hizo un silencio incómodo, del que se produce cuando la respuesta honesta es que nadie lo había pensado.
—Que se vote —dijo Màiri.
Se votó. Salió que sí por una mano.
Seònaid no dio las gracias. Se quedó donde estaba, con los brazos cruzados, y dijo:
—Por una mano.
El último acuerdo fue el del pago.
Lo propuso Màiri y lo explicó despacio, dos veces: que el martes que viene nadie entregase la renta de Whitsunday en la casa del factor; que cada casa llevara su dinero al reverendo MacRae, entero y contado; que el reverendo lo guardara y diera un recibo firmado por él y por la señora Keir; y que ese dinero se entregara a la finca en cuanto hubiera un contable de fuera que hubiese revisado los libros y en cuanto se diera recibo doble, uno para la casa y otro para el comité.
—Que quede claro lo que esto es y lo que no es —dijo Màiri—. Esto no es dejar de pagar. Es pagar delante de testigos.
—¿Y si él dice que es dejar de pagar? —preguntó Calum.
—Entonces lo dirá.
—¿Y qué pasa si lo dice?
Màiri miró a Ailsa.
Ailsa se levantó. No había hablado en toda la reunión, porque no le tocaba, y en ese momento le tocó exactamente lo que le tocaba.
—Lo que pasa es esto —dijo—. Un recibo firmado por el ministro y por mí prueba que el dinero existe, que lo llevaron ustedes el día del término y que está contado.
Eso sirve delante de cualquiera que quiera oírlo.
—Se detuvo, porque lo siguiente era lo importante—.
Lo que no sé decirles es si el señor Muir puede seguir escribiendo la palabra atraso en su libro mientras ese dinero está en el arca del reverendo.
Yo creo que no debería. No estoy segura de que no pueda.
—¿Y quién lo sabe? —dijo Calum.
—Un abogado. Y no tenemos ninguno de nuestra parte hasta que llegue la comisión.
—Pues vaya consuelo.
—No es un consuelo —dijo Ailsa—. Es lo que hay, y prefiero decírselo hoy que el martes.
Se votó igualmente. Salió que sí. Calum votó en contra, en alto, y al terminar se acercó al saco de harina y lo colocó mejor sobre el pupitre, que fue su manera de decir que iba a acatarlo.
Se quedó al final con el reverendo MacRae, media hora, redactando el recibo.
Lo hicieron en dos columnas idénticas, en la misma hoja, con una línea de tijera en medio: nombre de la casa, término, cantidad entregada en letra y en cifra, fecha, y dos firmas debajo, la de él y la de ella.
Una mitad para la familia, otra para el comité, y una tercera anotación en el cuaderno de Màiri con el número correlativo.
—Numérelos desde el uno —dijo Ailsa—. Y no se salte ninguno aunque se equivoque. Si se equivoca, tache y anote al lado por qué.
—¿Por qué es tan importante el número?
—Porque un talonario sin huecos es la única cosa que no se puede discutir.
MacRae la miró por encima de las gafas.
—Sabe usted que yo, si el señor Muir viene a esta casa el martes por la tarde y me pide ese dinero, tendré que decirle que lo tengo.
—Claro que lo tiene. No estamos escondiendo nada; estamos contándolo delante de dos personas.
—Y también sabe —siguió él, doblando la hoja por la línea— que estoy guardando en mi arca la renta que le corresponde a su marido.
—Sí.
—¿Y duerme usted bien?
—Duermo poco —dijo Ailsa—, y no es por eso.
Ailsa salió la última, con el cuaderno y el tintero.
Lachlan la estaba esperando en el camino, a treinta pasos de la puerta de la escuela, con las manos a la espalda. No había entrado. No entraba nunca; llevaba tres meses esperando fuera y ninguna de las dos partes había necesitado explicar por qué.
—¿Ha ido bien?
—Han decidido no ocupar. Y no van a pagarle a usted el martes: van a llevar el dinero al reverendo.
Lachlan asintió despacio.
—¿Eso protege a los Beaton?
Ailsa tardó en contestar.
—Protege el principio.
—No es lo que le he preguntado.
—Ya lo sé —dijo ella, y echó a andar cuesta arriba.