Donde termina la obediencia (Las tierras rebeldes 1) Capítulo 19. Tinta de imprenta
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Capítulo 19. Tinta de imprenta

Tinta de imprenta

El correo del martes traía dos periódicos de Londres, y el señor Muir los recogió en el muelle antes que nadie porque el señor Muir seguía siendo el factor de Kilmoran.

Ailsa lo supo a las once, cuando el muchacho de la casa subió con la valija abierta y le dijo que el caballero del camino alto se había llevado ya lo suyo y una cosa más.

—¿Qué cosa más?

—Un periódico, señora. Ha dicho que se lo devolvía esta tarde.

El otro ejemplar llegó a la escuela a mediodía, dentro del envío de Màiri, y Flora lo abrió encima del pupitre grande con las manos limpias, porque en aquella habitación los papeles se trataban de una manera determinada desde hacía tres meses.

Antes de leerlo, Ailsa hizo lo que hacía siempre al entrar en aquella habitación: abrir el cuaderno de entregas y comprobar la última página.

La llave de hierro del archivo, copia, figuraba entregada a Flora MacAskill el viernes veinte de abril a las siete y media de la mañana, con la firma de Flora al lado y la anotación de Màiri debajo: recibida, guardada en casa .

Ailsa había dejado la copia dentro de una caja en su cuarto la noche del diecinueve y no había vuelto a verla desde entonces; el papel decía quién se la había llevado y a qué hora, y eso era exactamente lo que el papel tenía que decir.

Cerró el cuaderno.

Estaba en la página cinco, a dos columnas, con fecha del veintitrés de abril y firma desde Skye.

Ailsa lo leyó de pie.

Era bueno. Ese fue el primer pensamiento y no consiguió que fuera otro: estaba bien escrito, era exacto en las cifras, no adornaba nada y no pedía compasión en ninguna línea.

Hablaba de rentas cobradas dos veces en una península del oeste de la isla, de recibos guardados en latas de galletas, de un factor que llamaba disciplina a lo que hacía y de una comisión real que iba a llegar en mayo a un lugar donde el agravio ya llevaba escrito seis meses.

Y en el segundo párrafo estaba Niall.

No estaba su nombre. Estaba un joven pescador de Duirinish, reservista de la Marina Real, de una familia cuyo pago de renta no figura en el libro.

Estaba el humo de un cañonero gobernando una votación sin entrar en el loch.

Y estaba, en cursiva y entre comillas, cerrando el párrafo, una frase de siete palabras que Ailsa había oído decir en aquella misma habitación, a tres metros de donde estaba ahora, un viernes por la mañana.

Flora no dijo nada. Le dio la vuelta al periódico, muy despacio, para que la página no quedara hacia arriba cuando entrara alguien.

Niall vino a la escuela a las dos, después de la faena, porque su madre le había mandado recado.

Leyó de pie, igual que había leído Ailsa. Tardó poco: se ve enseguida lo que a uno le pertenece dentro de un papel. Cuando llegó a la frase se detuvo, y no la dijo, y no volvió atrás para leerla otra vez, y siguió hasta el final de la columna.

Después dobló el periódico por la mitad y lo dejó sobre el pupitre.

—Está entero —dijo.

—¿Cómo?

—Lo que dije, está entero. No ha quitado nada para que suene mejor. —Se pasó la mano por la boca—. Está entero y sin mi nombre, que es lo peor que podía pasar, porque ahora cualquiera de aquí puede decir que soy yo y yo no puedo decir que no lo soy.

Ewan estaba en la puerta. Había llegado detrás de él, sin entrar, con el sombrero en la mano.

—Yo no puedo decir que no lo es —dijo Niall, sin volverse—, y usted tampoco.

—No.

—Váyase.

Ewan se fue.

Muir devolvió el periódico aquella tarde, en persona, como había prometido. Se lo entregó a Ailsa en el vestíbulo, doblado por la página cinco, sin fingir que lo había doblado por otra parte.

—Curioso lo del reservista —dijo—. Un hombre de aquí, seguramente. La Marina paga bien la reserva; no hay tantos en esta finca que puedan permitirse el adiestramiento.

—¿Cuántos hay?

—Que yo sepa, uno. —Se puso los guantes—. Aunque yo no me fío de mi memoria para esas cosas, señora. Yo llevo cuentas, no personas.

Salió. Ailsa se quedó con el periódico en las manos y con la certeza, que no le servía de nada porque no era una prueba, de que aquel hombre acababa de decirle lo que iba a hacer.

El miércoles por la mañana, en el muelle, el señor Muir retiró el trabajo.

Lo hizo bien. Lo hizo delante de tres hombres, con el libro de la finca abierto sobre un barril y una explicación completa: la obra del embarcadero se financiaba con fondos de la finca; los fondos de la finca estaban comprometidos mientras hubiera veintiún atrasos sin regularizar; el acarreo se contrataría cuando la situación se aclarase; y entre tanto no era prudente asignar jornales a casas que figuraban en la relación de morosos.

Al lado del nombre de los Beaton, en la columna de observaciones, había escrito una palabra que Ailsa leyó del revés porque llegó cuando ya estaba escrita: agitadores .

—Retire eso —dijo.

—Es una anotación de administración, señora.

—Es una palabra en un libro que va a leer un juez algún día.

—Precisamente por eso —dijo Muir, y cerró el libro.

Lachlan lo supo una hora después. Ailsa lo encontró en la caseta de la obra, con los planos sujetos con dos piedras y el capataz esperando.

Escuchó entero, como escuchaba siempre, y después estuvo un rato mirando la línea de pilotes.

—No puedo devolverle el jornal.

—Es su obra.

—Es mi obra y el que contrata es el factor.

Si le paso por encima en el muelle, delante de los hombres, y le firmo yo un acarreo, no me queda otra que destituirlo esa misma tarde.

—Se volvió—. Y si lo destituyo esta semana, el archivo se queda sin la única persona que sabe dónde está cada cosa, y a él le da tiempo a llegar a Portree con su versión antes de que llegue la comisión.

—O sea que no.

—O sea que necesito tiempo.

Ailsa miró el mar durante unos segundos.

—Es la segunda vez.

—¿Perdón?

—En enero me pidió cinco días y me los tomé. Ahora me pide tiempo otra vez y otra vez tiene razón. —Se ciñó el chal—. Y mientras tanto, en la casa de abajo, esta semana entran catorce chelines menos.

—Veintiocho —dijo Lachlan—. Iban a ser dos semanas.

—Peor.

El jueves por la mañana, Màiri sentó a Ewan delante de Niall en la escuela.

No convocó a nadie más. Estaban ellos tres, Flora en el rincón con la pizarra a la espalda, Seònaid de pie junto a la estufa porque había venido a otra cosa y se quedó, y Ailsa, a la que Màiri no invitó a salir.

—Cuente usted lo que hizo —dijo Màiri—. Empiece por el día.

Ewan tenía la cartera abierta sobre las rodillas.

—El viernes veinte de abril, a las siete de la tarde, terminé dos versiones del despacho. Una segura y una larga. Habíamos quedado en que usted las leería a las ocho, en esta habitación, y en que decidía usted.

—Sí.

—A las ocho y siete pasé por delante de esta puerta a caballo y no entré. Vi la luz y los vi a ustedes dentro. Seguí hasta Dunvegan por el camino alto y llegué de noche.

Niall no se movió.

—En el camino paré en un cobertizo y corté la versión larga. Quité la edad, quité el importe de la renta, quité el nombre de la finca. Dejé pescador, reservista, la madre y el pago no asentado. Escribí al margen «identidad protegida» y lo taché, porque no era verdad.

—¿Por qué no era verdad?

—Porque al leerlo no veía a un hombre cualquiera. Veía la chaqueta azul cepillada y el paquete de hule encima de esa mesa.

Seònaid soltó el aire por la nariz.

—Por la mañana esperé cuarenta minutos a que abriera la oficina.

Escribí una tercera versión, más corta, en el reverso de un recibo.

Cuando la leí me pareció la correcta. Cuando pensé en mi editor leyéndola, la rompí.

—Ewan sacó dos papeles de la cartera y los puso sobre la mesa—.

A las ocho y media entregué la larga. En el mostrador quité cuatro palabras, «hijo de una mujer», y seguía siendo usted.

Esto es la copia sellada, con la hora. Y esto es la respuesta de mi editor.

Màiri cogió la respuesta y la leyó en voz alta, entera, incluida la palabra columna.

—¿Sabía usted lo que le iban a pagar por eso?

—Sabía que si el despacho abría la serie tendría una columna fija. Lo sabía cuando lo escribí y lo sabía cuando lo entregué.

—Diga entonces las dos cosas juntas.

Ewan levantó la cabeza.

—Envié su testimonio sin su autorización porque creí que publicarlo lo protegía y porque quería la columna. Las dos cosas a la vez. No voy a decirle que una borra la otra, porque he tenido once días para pensarlo y no la borra.

Nadie dijo nada durante un rato. La estufa hizo el ruido que hacen las estufas.

Ewan sacó un tercer papel.

—Escribí esto en Dunvegan aquella mañana. Es para usted. Nunca lo mandé.

—No lo quiero.

—Está todo escrito. Puede usarlo.

—Ya lo ha dicho delante de mi madre y de tres personas más —dijo Niall—. Eso me sirve. Un papel suyo en mi casa, no. —Alargó la mano—. Deme la copia del telegrama y la carta del editor.

Ewan se las dio.

—Estas sirven —dijo Niall, y las dobló con mucho más cuidado del que había puesto Ewan en doblar nada—. Si el mes que viene alguien me pregunta por qué le retiraron el trabajo a un hombre que iba a declarar, quiero poder enseñar la hora en que salió ese telegrama y quién lo pidió.

Màiri se levantó y cogió el cuaderno de tapas negras de Ewan de encima de la cartera.

—Y esto se queda aquí hasta que termine la comisión.

—Ahí están mis notas de tres semanas.

—Ahí está lo que dijo Niall entero y lo que dijo esta mujer —Màiri señaló a Seònaid con la barbilla— y lo que dijo mi vecina Iseabail sobre su mantequilla.

La versión larga la controla él. Usted escribe lo que él autorice, cuando lo autorice, y si un día no está de acuerdo, escribe usted que no está de acuerdo, pero fuera de sus palabras.

Ewan miró el cuaderno un momento y lo soltó.

Ailsa no medió.

Lo pensó dos veces, que ya era una vez más de lo que debía.

Ewan la buscó con los ojos al menos tres veces en aquella media hora y las tres la encontró mirando a Niall.

Había una parte de ella, muy físicamente localizada debajo del esternón, que quería levantarse y decir que aquel hombre había cruzado el país en tres días y había cortado su propia mejor frase en un cobertizo.

Y había otra parte, que llevaba cuatro meses aprendiendo a leer libros de rentas, que sabía perfectamente qué se estaba pagando allí y con qué.

Se quedó sentada y con las manos quietas.

Ewan la esperó fuera, en el muro bajo, con el sombrero todavía en la mano y el pelo levantado por el viento.

—Podía haber dicho algo ahí dentro —dijo.

—Sí.

—No se lo estoy reprochando. Me interesa saber por qué no.

Ailsa se detuvo a dos pasos, que era la distancia a la que llevaba once días parándose.

—Porque lo único que se me ocurría decir era que usted cruzó Escocia en tres días y cortó su mejor frase en un cobertizo.

—Se puso los guantes—. Y eso, dicho por mí, delante de ese muchacho, no es una defensa de usted.

Es una manera de contarle a Niall Beaton que la señora de la casa grande le tiene simpatía al hombre que le ha costado el jornal.

Ewan bajó la vista al muro.

—Es exactamente lo que habría sido.

—Sí.

—Ailsa.

—Mañana a las nueve —dijo ella—. En la escuela. Con la carpeta de los términos de mil ochocientos setenta y siete, si la señora MacAskill se la deja sacar.

Y echó a andar cuesta arriba antes de que él contestara, porque llevaba once días descubriendo que la parte difícil no era negarse a nada, sino hacerlo deprisa.

Cuando salieron, Iseabail estaba en la puerta con un tarro de leche para la escuela. Lo dejó en el poyete.

—Que le pregunten a esta señora —dijo, a nadie en particular— cuánto vale el acarreo de mayo.

—¿El que le han quitado a Niall?

—Ese. Cuánto vale. Porque en mi casa lo hemos contado con los dedos y nos sale una cosa y a mí los dedos no me valen para hablar con un juez.

Ailsa sacó el lápiz.

Dos semanas de acarreo a catorce chelines, veintiocho chelines.

La leche que Iseabail no vendería en mayo porque tendría que dársela a los cerdos: cuatro chelines.

La lana ya comprometida contra el pago de la renta y por tanto imposible de vender dos veces.

El jornal de un día de Calum, que tendría que ir él al muelle a preguntar y perdería la marea.

Lo escribió en una hoja limpia, con fecha, y le puso arriba el nombre de la casa. Se lo leyó en voz alta a Iseabail dos veces, y a la segunda Iseabail le corrigió una cifra, porque los cerdos comen más de lo que las señoras creen.

—¿Y esto para qué sirve? —preguntó.

—Para que dentro de tres semanas, si alguien pregunta qué costó esto, no lo contemos con los dedos.

Iseabail se guardó la copia en el pecho, debajo del pañuelo.

En la escuela, sobre el pupitre grande, quedó el periódico de Londres doblado por la mitad. Alguien había pasado un lápiz por debajo de la frase de la página cinco, subrayándola de una punta a otra, apretando tanto que el papel se había rasgado en dos sitios.

No fue Niall. Niall no había vuelto a tocar el periódico desde que lo dejó.