Epílogo. Una ley no es un milagro
Epílogo
Una ley no es un milagro
En abril de mil ochocientos ochenta y siete, el despacho de Kilmoran House tenía dos escritorios y una sola lámpara buena, que se turnaban por las tardes sin discutirlo.
El de Ailsa estaba junto a la ventana del norte. El de Lachlan, contra la pared, porque él escribía poco y salía mucho. En medio había una mesa larga con los libros del año abiertos, y en la pared, clavada con cuatro chinchetas, la lista de las solicitudes.
Eran veinticuatro.
Las había escrito Flora MacAskill en enero, con su letra pequeña, en tres columnas: nombre de la casa, fecha de presentación y estado. La tercera columna era la que se miraba.
Presentada. Presentada. Admitida a trámite. Presentada. Admitida a trámite. Presentada.
Ninguna decía resuelta.
La Comisión de Crofters llevaba sesionando desde octubre del ochenta y seis y no había llegado todavía a aquella parte de Duirinish.
Se sabía que había pasado por Lewis, que había estado en Uig y que tenía delante varios miles de solicitudes en las islas y en el continente; y se sabía, porque lo traían los periódicos, que en Londres se estaba discutiendo si aquello iba deprisa o iba despacio, con un diputado diciendo en abril que había miles pendientes y familias a las que seguían reclamando atrasos mientras esperaban, y el Gobierno contestando que se avanzaba con toda la diligencia posible y que muchas estaban ya casi decididas.
En Kilmoran, aquel abril, las veinticuatro seguían diciendo lo que decían.
Ailsa llevaba las cuentas de la finca y las del fondo, cobraba su salario por trimestres y firmaba con el reverendo.
En cuatro años había habido dos reuniones malas, una votación perdida por los arrendatarios y una discusión de tres meses sobre los pastos altos que se había resuelto a medias, que en aquella finca se consideraba un éxito.
El arriendo de Andrew Elliot había terminado, no por la rescisión, que no prosperó, sino porque en el ochenta y cinco Elliot había preferido renegociar dos mil acres antes que pleitear por ocho mil.
Los dos mil de arriba, los de la hondonada, no los llevaba nadie: estaban en la tercera columna de la lista de la pared, en una solicitud colectiva de ampliación presentada en noviembre.
Presentada.
El jueves siete, en la escuela, Flora corrigió a Ailsa delante de todo el comité.
Fue por una cifra del reparto del fondo, que ahora tenía cuarenta y una libras y llevaba dos libros. Ailsa había sumado el saldo de marzo sin descontar una entrega hecha el veintiocho y comprometida el treinta.
—Está usted contando dos veces las mismas cuatro libras —dijo Flora.
Ailsa lo comprobó delante de ella.
—Tienes razón.
—Sí.
—¿Y desde cuándo lo has visto?
—Desde el lunes. He esperado a la reunión porque, si se lo digo el lunes, lo corrige usted sola y nadie se entera de cómo se corrige.
Màiri, que tenía cincuenta y un años y ya no subía a la casa grande porque le dolían las rodillas, se rió una sola vez.
Seònaid MacLeod estaba sentada al fondo, con las manos rojas de la salmuera, y esperó a que terminaran con las cifras.
—Yo tengo una pregunta y la voy a hacer todos los meses hasta que se me conteste —dijo—. De esas veinticuatro solicitudes de la pared, ¿cuántas son de casas como la mía?
—Ninguna —dijo Ailsa.
—Diga por qué.
—Porque la ley del ochenta y seis le da a usted una cosa y le niega dos.
—Ailsa buscó la página y la leyó despacio, como leía todo lo que iba a doler—.
A usted la nombra. La llama cottar. Y dice que el día que la saquen de esa casa, tienen que pagarle las mejoras que hicieron los suyos: la piedra que puso su suegro y el tejado que pusieron su marido y usted el año que se ahogó.
—¿Y lo demás?
—Lo demás es para quien tiene arriendo. Renta justa, no. Derecho a quedarse, no. Eso es de los crofters.
Seònaid tardó un momento en contestar.
—O sea que la ley dice lo que me tienen que pagar cuando me echen y no dice que no puedan echarme.
—Eso dice.
—Pues que conste igual.
Seònaid asintió, como quien recibe una cifra correcta.
—Que conste otra vez.
Flora lo escribió, como todos los meses.
Del señor Hugh Muir se supo lo que se supo.
La liquidación del contable de Inverness se cerró en el ochenta y cuatro y arrojó una cantidad a favor de la finca que él nunca pagó entera.
Hubo dos años de correspondencia entre procuradores, una demanda civil presentada en Portree en el ochenta y cinco y un acuerdo en el ochenta y seis por el que devolvió una parte y se le tuvo por saldado, sin admitir nada.
De lo penal, el fiscal no hizo nada; el expediente que se remitió en el ochenta y tres se archivó sin más explicación que la que se da en esos casos, que es ninguna.
Vive en Dingwall. Lleva las cuentas de dos casas de comercio y, según quien lo cuente, las lleva muy bien.
Ninguno de los once nombres de aquella lista lo ha vuelto a ver, y eso, en aquella parte de la isla, se considera todo el castigo que iba a haber.
Lady Honoria Lennox devolvió el dinero de las remesas en dos plazos, en el ochenta y tres y en el ochenta y cuatro, por medio de sus administradores y sin una sola línea escrita de su puño. La restitución llegó a las once casas con recibo doble.
Vendió la casa de Charlotte Square en el ochenta y cinco y vive en Trinity, en una casa más pequeña y perfectamente decorosa. Sir Oliver Lennox se casó en el ochenta y seis con la hija de un naviero de Leith y no invitó a su hermana.
Ailsa le escribe a su madre dos veces al año, por Navidad y por su cumpleaños, cartas de siete líneas que le contestan cartas de siete líneas. Ninguna de las dos ha vuelto a mencionar el verano de mil ochocientos setenta y cinco.
Por la tarde, Ailsa bajó al croft de los Beaton a llevar el recibo del término.
Calum tenía sesenta y cuatro años y ya no salía a pescar. Iseabail, sesenta, seguía ordeñando.
En el establo había una vaca roja, de cuatro años, que habían comprado en el ochenta y cuatro con lo de la restitución, con dos inviernos de lana y con lo que mandaba Niall del muelle. Daba buena leche.
No llevaba cencerro.
El de la parda seguía colgado del clavo de la cocina, encima de la repisa, con la correa remendada y el hierro oscuro de no tocarse.
—¿No le ponen ninguno? —había preguntado Ailsa una vez, en el ochenta y cinco.
—Esta sabe volver sola —dijo Iseabail—. Y ese es de la otra.
No se volvió a hablar del asunto.
En la escuela, aquel mismo jueves, Flora había leído en voz alta la carta de abril.
Llegaban dos al año, de Manitoba, escritas por la hija mayor de los Nicolson de la costa, que a los once años era la que mejor escribía de la casa. Contaban el trigo, el frío, el precio de una yunta y que el pequeño había empezado la escuela y hablaba inglés mejor que su madre.
En la de aquel abril decían que habían pagado ya la mitad del adelanto del pasaje y que en dos años la tierra sería suya del todo.
Flora la leyó entera y no la comentó. Iain Nicolson, que sigue en la fragua y que sigue perdiendo votaciones, la escuchó de pie y en la puerta, como escucha todo, y cuando terminó dijo una sola cosa:
—Léela otra vez el mes que viene, que se me olvida cómo se llaman los sitios.
El chico de diecinueve años que se quedó tiene ahora veintitrés, trabaja en el muelle y no ha escrito nunca.
En Kilmoran, cuatro años después, sigue sin haber acuerdo sobre si aquella familia acertó o no acertó. Cada uno tiene su opinión, la dice cuando llegan las cartas, y nadie ha convencido a nadie.
Niall Beaton tenía treinta y un años y trabajaba en el muelle, que estaba terminado desde el ochenta y cuatro y daba jornal a nueve hombres ocho meses al año.
Seguía en la Reserva. Bajaba a adiestramiento cuando le tocaba y volvía, y nadie en aquella finca le había vuelto a preguntar qué haría si lo llamaran.
Su nombre estaba impreso en dos actas y en un informe, y no había vuelto a decir aquella frase suya en cuatro años, y nadie se la había pedido.
En el camino de vuelta pasó por delante de la escuela.
Dentro había luz. Flora daba clase a los pequeños tres mañanas por semana y, desde el ochenta y cinco, dos tardes de contabilidad a quien quisiera ir: aquel invierno iban seis, y cuatro eran mujeres.
En la pared del fondo, donde había estado siempre la pizarra con las tres columnas, seguía la pizarra con las tres columnas.
Dicho. Copiado. Comprobado.
Ailsa se quedó un momento en la puerta, sin entrar, mirando cómo una mujer de la edad de Iseabail copiaba una suma en un cuaderno con la lengua entre los dientes.
Después siguió cuesta arriba.
Ailsa subió a la casa a las seis.
Lachlan estaba en el despacho, con las botas embarradas y el libro del muelle abierto, discutiendo consigo mismo una cuenta de tablones.
—Está mal —dijo ella al pasar, sin pararse.
—Ya lo sé.
—Se ha comido usted el flete.
—Ya lo sé. Llevo veinte minutos sabiéndolo y todavía no sé dónde.
Ailsa dejó el chal, se sentó en su escritorio y trabajó hora y media. En algún momento él le preguntó una cosa y ella contestó sin levantar la cabeza; en algún momento ella le pidió una carpeta y él se levantó a dársela.
A las ocho menos cuarto cerraron los dos libros casi a la vez.
Se quedaron un momento sentados cada uno en su sitio, con la lámpara en medio.
Después Lachlan alargó la mano por encima de la mesa larga y Ailsa puso la suya encima, y estuvieron así el tiempo que tarda en apagarse una mecha bajada.
No hizo falta nada más y no se dijo nada, porque llevaban tres años sin necesitar demostrarlo delante de nadie, ni siquiera el uno delante del otro.
En Edimburgo, el viernes ocho de abril, Ewan Grant subió los tres tramos de su casa de Nicolson Street con el correo de la tarde debajo del brazo.
Llevaba cuatro años escribiendo su columna.
Había cubierto la aprobación de la ley en el ochenta y seis desde la tribuna de los Comunes, había pasado dos meses en Lewis aquel invierno y tenía en la mesa, sin abrir, las pruebas de un libro sobre la comisión que le publicaban en otoño y que iba a llevar su nombre en el lomo.
En la primera página del libro, en la nota del autor, había una línea que le había costado once versiones: que buena parte de los materiales de los capítulos cuarto y quinto procedían de archivos de comités de arrendatarios que le habían dejado consultarlos con condiciones, y que las condiciones se habían cumplido.
Aquella semana había hecho dos cosas de las que se acordaría.
La primera, una columna de doscientas líneas sobre las solicitudes pendientes, con las cifras del Parlamento puestas al lado de las cifras de tres comités de arrendatarios que se las habían mandado.
La escribió el martes y la escribió bien, y cuando la releyó comprobó que no había ni una sola frase en la que se notara que él había estado allí, y aquello, que a los veintinueve años le habría parecido un fracaso, a los treinta y cuatro le pareció el oficio.
La segunda, un párrafo que no escribió.
Le habían pedido, para el libro, un capítulo sobre las mujeres en la agitación de las islas, y tenía material de sobra y sabía exactamente por dónde empezar: una mesa de comedor en una casa de Duirinish, un mantel blanco, siete recibos ordenados por número y una mujer retirando la plata para hacer sitio.
Estuvo dos noches con el cuaderno abierto.
No lo escribió, y no lo escribió por la razón menos noble de todas: no porque se lo hubieran prohibido, que ya no se lo prohibía nadie, sino porque escribirlo bien exigía contar por qué él estaba en aquella isla, y eso no se lo iba a contar a nadie.
Las cuatro hojas de Glendale las había tirado por fin en el ochenta y cinco, un domingo por la mañana, con otros papeles, sin ninguna ceremonia y sin releerlas.
Encendió la lámpara y abrió el correo.
Dos cartas de oficio, una factura y un sobre telegráfico.
Lo abrió de pie, junto a la mesa, con el sombrero todavía puesto.
LEWIS. VENGA AL NORTE. TRAIGA SUS NOTAS. NO TRAIGA PROMESAS. E. KERR.