Capítulo 13. La mano en la espalda
La mano en la espalda
A Lachlan lo invitaron a la escuela el lunes al mediodía, y en la invitación venía la condición.
—Puede usted venir a oír —le dijo Flora en el patio, con el cesto en la cadera—. Dice mi madre que a oír. Si quiere hablar, que lo pida y ya se verá.
Fue. Se sentó en el último pupitre, que le quedaba pequeño de una manera humillante, y estuvo hora y media sin abrir la boca.
Habló Calum. Quería pagar el término de Whitsunday en dos veces y quería saber si se le permitiría, y quería que constara que él no había pedido que suspendieran nada.
Habló Iain, que llegó tarde y no se sentó. Dijo que el papel del sábado había servido para que un carro se quedara tres días en el barro y para nada más, y que en marzo, cuando bajara el ganado de invierno, él iba a subir el suyo aunque tuviera que subirlo solo.
Habló Seònaid. Dijo que en aquella habitación se estaba discutiendo qué hacer con los pastos altos y que allí había nueve casas que no tenían derecho a pasto ninguno, y que si algún día se ganaba algo, quería saber quién iba a estar dentro del reparto y quién no; y lo dijo mirando a Màiri, no a Lachlan.
Nadie se puso de acuerdo en nada. Al final, Màiri repartió tareas de copia para la semana y todo el mundo se fue a comer.
Lachlan salió el último. En el camino se dio cuenta de que llevaba noventa minutos haciendo lo que en su astillero no había hecho nunca: callar mientras cinco personas discutían de algo que él pagaba.
Y de que su silencio, allí dentro, no había sido neutral. Cada vez que Iain decía «el propietario», los demás miraban un segundo hacia el último pupitre y volvían la cara. Su silencio era una de las cosas que estaban encima de la mesa.
La cena de aquella noche fue idea de lady Honoria.
Habían venido el ministro y su mujer, y Muir, y un primo del comandante que estaba de paso, y la casa se llenó de esa clase de conversación que Lachlan había pagado con la mitad de sus deudas ajenas por tener derecho a soportar.
Ailsa bajó con el vestido gris perla, el que llevaba el día de la boda, con el canesú nuevo. Tenía la espalda descubierta desde la nuca hasta media escápula, y la costura de Agnes se veía si uno sabía dónde mirar, y Lachlan sabía dónde mirar porque llevaba desde diciembre mirándolo.
Honoria dirigió la mesa como se dirige una orquesta pequeña.
—El señor Keir estaba contándome ayer lo del embarcadero. Cuéntelo usted, hija, que lo cuenta mejor.
Ailsa lo contó. Contó los pilotes, el acarreo, las ocho semanas, el jornal en dinero los sábados, y contó también, sin que le temblara la voz, que la línea de pilotes estaba cuatro metros más al norte de donde la había puesto un ingeniero de Glasgow porque un pescador de la casa de abajo conocía la marea.
El primo del comandante se rió.
—¿Y usted le hizo caso a un pescador?
—Le hice caso al que sabía —dijo Lachlan.
—Muy moderno. En mi tierra, si empiezas a hacerle caso a quien sabe, acabas sin tierra.
Muir cortó su carne en silencio y no levantó la vista.
Después de la cena pasaron al salón y Honoria pidió música, y como no había piano decente pidió que alguien recitara, y como nadie recitó se puso a hablar ella de un baile de Charlotte Square del año setenta y tres.
Lachlan estaba de pie junto a la chimenea. Ailsa vino a ponerse a su lado con una taza que no se bebió.
Y entonces ella hizo una cosa muy pequeña: se volvió medio paso hacia él, de manera que quedó de espaldas al fuego y de costado a la habitación, y dejó ese espacio abierto.
No dijo nada. No lo miró. Se quedó así, quieta, dos segundos, tres.
Lachlan había pasado seis semanas aprendiendo a leer a aquella mujer en la manera de dejar una silla, un margen o un metro y medio de pasillo. Levantó la mano derecha y la puso en la espalda de Ailsa, sobre la piel, por debajo de la nuca y por encima de la costura.
Ella no se movió hacia él ni se apartó. Aceptó el peso.
La piel estaba caliente del fuego y, debajo, él sintió lo otro: la respiración de ella, que cambió durante un instante y se recompuso enseguida, y el músculo largo junto a la columna, que se tensó y después cedió bajo su palma.
Habían empezado aquello el sábado anterior delante de Honoria, con un brazo en el respaldo de un sofá y una taza que había que alcanzar. Aquello era una obra de teatro y los dos sabían el papel.
Esto no lo era.
Lachlan lo supo por una razón exacta y poco elegante: porque en cuanto la tocó dejó de acordarse de que había gente detrás.
Estuvo mirando el nacimiento del pelo de su mujer, donde los alfileres empezaban a ceder a las once de la noche como cedían todas las noches, y tuvo que hacer un esfuerzo deliberado para volver a oír lo que su suegra estaba contando de un baile del año setenta y tres.
No movió la mano. No la subió ni la bajó ni la deslizó. La dejó donde estaba, quieta y abierta, hasta que Ailsa se separó por su propio pie para dejar la taza.
Al pasar por delante de él, sin volverse, ella le dijo en voz muy baja, para él solo:
—Gracias por no moverla.
Media hora después, cuando su suegra afirmaba delante de todos que la vida en las islas rejuvenecía, Ailsa dijo, en un tono absolutamente conversacional:
—Mi marido y yo llevamos siete semanas casados y estamos muy bien, madre. Puede escribirlo así en Moray Place.
Se hizo un silencio de tres segundos. La mujer del ministro se rió con esa risa que sirve para tapar agujeros.
Honoria sonrió sin ninguna incomodidad, dijo que su hija siempre había sido muy directa y cambió de tema con una elegancia que a Lachlan, en aquel momento, le pareció más peligrosa que un grito.
Muir se marchó a las once y media. Lachlan lo acompañó al vestíbulo por cortesía y por costumbre de vigilar las puertas de su casa.
En el zaguán, Honoria le estaba entregando una carta.
Era un sobre cerrado con lacre, no con oblea; Lachlan reconoció el detalle porque en su despacho de Glasgow había una caja de obleas y ninguna vela de lacre, y porque los sobres que llegaban de Charlotte Square venían siempre de una de las dos maneras y él nunca había sabido cuál significaba qué.
—Para el señor Fraser, si tiene usted la bondad, cuando baje a Portree —dijo Honoria—. Cosas de administración.
—Con mucho gusto, señora.
Muir se guardó el sobre en el bolsillo interior y salió a la lluvia.
Lachlan se quedó un momento en el vestíbulo.
Le pareció, sin llegar a formularlo, que había algo torcido en que su suegra mandara correspondencia a Edimburgo por medio de su factor y no por la valija de la casa; y como no tenía manera de decirlo sin acusar a dos personas de algo que no sabía, se fue a dormir.
El martes 13, Honoria se marchó en el vapor de la mañana. Besó a su hija, le dijo que escribiera y le recordó que la leche era muy buena para la cara.
El viernes 16, un vecino trajo de Portree un ejemplar del Inverness Courier de tres días antes. El cañonero seguía en Loch Pooltiel. En Kilmoran, aquella semana, se hicieron nueve copias del talonario de noviembre y no se subió el ganado a ninguna parte.
El 21 llegó la noticia de que tres hombres de Glendale habían bajado a entregarse por su propia voluntad y habían viajado al sur, y de que habían comparecido el día antes.
Lachlan lo supo por Niall, que se lo dijo en el muelle con la cara vuelta hacia el agua, y estuvo el resto de la mañana midiendo pilotes con un hombre al que se le había secado la conversación.
El 9 de marzo empezó el juicio.
Aquel mismo día, Lachlan recibió dos cartas.
Una era del procurador de Portree: no le sería posible atender el asunto del hierro, dado el volumen de trabajo previsible en las semanas próximas, y le recomendaba a un colega de Inverness.
La otra era del contratista, que subía el presupuesto un catorce por ciento por «dificultades de transporte».
Ninguna de las dos mencionaba una cena de enero. Lachlan pagó el catorce por ciento y no dijo nada en la casa.
A finales de marzo se supo que el Gobierno nombraba una comisión para ir a las islas a tomar declaración.
En Kilmoran la noticia se recibió de tres maneras distintas en el mismo día: Iain dijo que era una manera de ganar dos años; Calum preguntó si venir a declarar costaba dinero; Màiri fue a la escuela y empezó una lista de lo que había que tener preparado por escrito.
Los periódicos empezaron a llegar con retraso y en mayor número. Lachlan los compraba todos, incluidos los que le sentaban mal.
Fue en uno de esos, a principios de abril, donde apareció el nombre.
Estaba en la primera columna de la tercera página, al pie de una crónica larga sobre el juicio de los hombres de Glendale, firmada desde Edimburgo: E. Grant.
Lachlan lo leyó por lo que decía, que era bueno y estaba bien escrito y no gritaba en ningún sitio. Después dejó el periódico en la mesa del desayuno y se fue al muelle.
Cuando volvió, a la una, Ailsa estaba de pie junto a la mesa con el periódico en las manos.
No estaba leyendo la crónica. Estaba mirando la firma.
Tenía el dedo encima de las cuatro letras, quieto, y la cara de una persona que hace una cuenta mentalmente por tercera vez porque las dos primeras le han dado el mismo resultado y no le gusta.
Lachlan se quedó en la puerta el tiempo que tardó ella en darse cuenta de que había alguien. Después entró, cogió una manzana del frutero y dijo que el hierro llegaba el jueves.
Ailsa dobló el periódico y dijo que muy bien.
El sábado anterior, con el correo, había llegado a la casa un paquete pequeño de Charlotte Square.
Lachlan estaba en el vestíbulo cuando Ailsa lo abrió.
Dentro había un libro de tapas negras, muy usado, de los de rezar, y una nota de tres líneas con la letra grande y suelta de su cuñado: no sabía para qué lo quería, lo había encontrado en el segundo estante donde ella decía, y su madre no estaba en casa cuando lo cogió.
Ailsa abrió el libro por la mitad, con las dos manos, y sacó de entre las hojas un papel doblado en cuatro, muy fino, escrito por las dos caras.
Lo miró un momento. No lo desdobló allí.
Volvió a meterlo entre las mismas hojas, cerró el devocionario y se lo subió a su cuarto, y no dijo lo que era, y Lachlan no preguntó, porque llevaba cuatro meses aprendiendo que a aquella mujer se le pregunta una vez y después se espera.
Aquella semana escribió una carta.
Lachlan la vio escribirla un miércoles por la noche, en el despacho de la finca, en el sitio de siempre y con la lámpara entre los dos.
La vio empezar tres veces. La vio romper dos hojas y quemarlas en la chimenea, cosa que no le había visto hacer con ningún papel desde diciembre, ni siquiera con los de Muir.
Cuando terminó, la metió en un sobre, escribió una dirección corta y la dejó en la bandeja del correo de la casa, boca arriba, sin taparla con nada.
Él pasó por delante de la bandeja dos veces aquella noche.
La primera, de camino a su cuarto. La segunda, a las doce y media, cuando bajó a por agua y la casa estaba a oscuras y no había nadie despierto en dos millas para saber lo que hacía un hombre en su propio vestíbulo.
Estuvo delante de la bandeja un rato largo, con la vela en la mano derecha y la izquierda todavía rígida por el corte que ya casi no se veía.
Podía leer el nombre desde donde estaba, sin tocar el sobre.
Lo leyó. Era todo lo que iba a hacer.
Después subió, y el sobre salió con el correo del martes, y Lachlan no le preguntó a su mujer a quién había escrito, y su mujer no se lo dijo.
La respuesta llegó el diez de abril.
Vino en el mismo saco que una factura del contratista y una carta de Glasgow, y Ailsa la abrió en el vestíbulo, de pie, y la leyó dos veces. Después subió a su cuarto y bajó al cabo de veinte minutos con el sombrero puesto y se fue andando a la escuela, sola, con lluvia.
Volvió a las cinco. Encontró a Lachlan en el despacho de la finca, con la puerta abierta, y no se sentó.
—El señor Grant, el que firma las crónicas, va a venir a Skye con la comisión —dijo—. Estará aquí a finales de mes. Ha escrito para pedir acceso a documentos y testimonios.
—Bien.
—Le he contestado que las condiciones de acceso no las pongo yo.
Las pone el comité, y las ha puesto esta tarde: copias en la escuela y no originales; cada testigo decide si autoriza notas, cita o publicación y puede cambiar de opinión antes del envío; y lo que esté en gaélico se revisa con el reverendo y con quien lo haya dicho.
—Me parece bien.
—No le he preguntado si le parece bien. Le estoy diciendo lo que hay.
—Ya lo sé —dijo Lachlan—. Le he dicho que me parece bien porque me lo parece.
Ailsa se quedó un momento en el vano de la puerta, con la lluvia goteándole del ala del sombrero al suelo del despacho.
—Lo conozco —dijo.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque en enero le vi mirar una firma en un periódico. —Lachlan dejó la pluma—. Y porque en marzo escribió usted una carta que empezó tres veces.
Ella no lo negó. Tampoco le contó nada.
Se dio la vuelta y subió a cambiarse la ropa mojada.
Lachlan se quedó solo con las facturas del hierro. Al cabo de un rato abrió el cajón de la derecha, el de los papeles que no van a ninguna carpeta, y sacó el periódico de principios de abril, doblado por la tercera página.
No lo había tirado. Llevaba ocho días allí, con la firma hacia arriba, y él lo había abierto tres veces.
Lo volvió a doblar por el mismo pliegue y lo dejó donde estaba: no escondido, porque en aquella casa no escondía nada; guardado, que es otra cosa, y que sirve para reconocer una letra el día que se te presente delante.