Capítulo 12. El humo detrás del cabo
El humo detrás del cabo
El vapor del sábado trajo a lady Honoria Lennox, dos baúles y la noticia.
Ailsa se enteró de las tres cosas a la vez, en el muelle, a las once y veinte de la mañana del diez de febrero, porque su madre venía diciendo la noticia desde la pasarela.
—Un barco de guerra —dijo, mientras el marinero le daba la mano para bajar—. En Glendale. Fondeado ayer por la tarde. Lo supe anoche en Portree; en la fonda no se hablaba de otra cosa y esta mañana en el vapor tampoco. —Se acomodó el manguito—. Hija, tienes mala cara. ¿Es el aire?
—Es la hora.
—Son las once.
—Llevo levantada desde las seis.
Honoria le tomó la cara con las dos manos enguantadas y se la miró como se mira una tela a la luz de la ventana, y después la besó en las dos mejillas y le dijo que estaba delgada y que aquello se arreglaba con leche.
Detrás de ella, Muir bajaba ya un baúl con el mozo. Se había presentado en el muelle sin que nadie lo llamara.
—Señora —dijo, y la inclinación que le hizo a Honoria fue distinta de la que le hacía a Lachlan: más larga, más antigua—. Tenemos aquí un carruaje cerrado.
—Es usted una criatura previsora.
En el camino, Ailsa fue enterándose de lo que se sabía, que era poco y ya venía con forma de cuento: un cañonero de la Marina había entrado en el loch de Glendale la tarde anterior, había fondeado y no había desembarcado a nadie; unos decían que traía policía, otros que no traía a nadie más que a su tripulación; unos decían que venía a prender a los cabecillas de la ocupación de los pastos y otros que venía a que se vieran las chimeneas desde tierra.
—Es una barbaridad —dijo Honoria, con un entusiasmo perfectamente sincero—. Mandar un buque de guerra a unos pastores. Van a salir en todos los periódicos de Londres y van a salir con razón.
—¿Y a usted qué le parece?
—A mí me parece que eso pone nerviosos a los bancos —dijo su madre—. Que es lo único que hay que mirar.
Kilmoran está a dos horas y media de Glendale por el camino alto y a una hora larga en bote si el mar lo permite. Desde la casa no se ve el loch de Glendale; entre una cosa y otra hay un cabo.
Aquella tarde no se habló de otra cosa en toda la finca. Y la finca entera, incluida Ailsa, se pasó el día mirando en la misma dirección: hacia el sur, hacia el cabo, esperando ver salir un humo de carbón por detrás.
Honoria inspeccionó la casa antes de quitarse el sombrero.
Lo hizo con la naturalidad de quien se ha pasado la vida decidiendo dónde va cada cosa: la sala pequeña le pareció fría, el comedor grande le pareció justo, el papel del recibidor le pareció una equivocación del antiguo propietario.
Subió. Recorrió el pasillo de arriba, se detuvo en el centro y miró, sin comentarlo, la puerta de la derecha y la puerta de la izquierda, una enfrente de otra, y la distancia que había entre las dos.
—¿Tú duermes aquí?
—Sí.
—¿Y él ahí?
—Sí.
—Es una casa de campo —dijo Honoria—. En las casas de campo se hace lo que se puede.
Entró en el cuarto de su hija, corrió la cortina, tocó el colchón con dos dedos, miró la ventana. Después dijo, hacia la puerta:
—Agnes, esta habitación tiene humedad. ¿Cuántos juegos de ropa de cama hay en esta casa?
Agnes contestó desde el pasillo, sin asomarse.
—Nueve, señora. Cuatro de la casa y cinco que trajimos.
—¿Y se mudan?
—Los lunes.
—¿Los dos cuartos?
—Los dos cuartos, señora.
—Muy bien —dijo Honoria.
Ailsa estaba junto a la cómoda, con la mano encima del cajón alto, y entendió tres cosas seguidas: que su madre acababa de preguntar por la ropa de cama de una casa que llevaba seis semanas visitando por carta; que la respuesta ya la sabía; y que la había pedido en voz alta, delante de su hija, para que su hija supiera que la sabía.
Por la tarde hubo reunión en la escuela.
No la convocó nadie de la casa grande. Ailsa se enteró por Flora, que vino a por unos huevos que no hacían falta, y bajó con el chal y sin avisar a su madre.
Estaban casi todos. Iain hablaba de pie.
—Ahora —decía—. Mientras el barco está en Glendale. Un buque no puede estar en dos sitios y los policías que hayan traído están allí. Subimos el ganado a los pastos altos el lunes por la mañana, con las mujeres delante, y cuando lleguen ya llevamos tres semanas arriba.
—¿Y cuando bajen? —dijo Calum.
—Cuando bajen ya habrá pasado el invierno.
—Cuando bajen, a ti te llevan a Portree en una noche y a mí me quitan la vaca.
—Calum estaba sentado con las manos entre las rodillas—.
Yo no digo que no haya que hacer nada. Digo que la última vez que en esta isla se subió el ganado sin papeles, en Braes, hubo cincuenta policías traídos de Glasgow y hubo cinco hombres en el juzgado y hubo mujeres con la cabeza rota.
Y ahora hay un barco. Yo tengo sesenta años y una casa.
—Tienes una casa que ese hombre te puede quitar cuando quiera.
—Ya lo sé —dijo Calum—. Por eso quiero llegar a Martinmas con ella.
Niall estaba apoyado en la pared del fondo, con el gorro en la mano.
—Yo he subido esta mañana al alto de la loma —dijo—. Se ve el humo por encima del cabo. No se ve el barco, se ve el humo, y no es humo de vapor de línea porque no se mueve.
—¿Y qué? —dijo Iain.
—Que llevo desde las siete de la mañana viendo un humo quieto.
Se llama Jackal, por si a alguien le sirve saberlo; me lo dijo ayer un hombre de Colbost que lo tuvo delante.
Y he bajado tres veces a mi casa a decirle a mi madre que no vaya al camino.
—Niall se separó de la pared—. Eso hace un barco sin disparar.
Ese barco puede estar tres semanas ahí sin bajar un hombre a tierra y nosotros vamos a votar hoy con el humo delante.
No estoy diciendo lo que hay que hacer. Estoy diciendo que ya nos ha hecho algo.
Muir estaba en la puerta, con el sombrero puesto, y no había entrado.
—Si me permiten —dijo—. Yo no vengo a votar, que no me toca.
Vengo a informar de una cosa que ustedes deberían saber.
Si en esta finca se ocupa un pasto arrendado, el arrendatario tiene derecho a pedir amparo, y quien da amparo no es el propietario: es el sheriff.
Y lo que el sheriff pida después, y a quién se lo pida, ya no lo decide nadie de esta habitación.
—Se tocó el ala del sombrero—. Nada más. Buenas tardes.
Se marchó. El silencio que dejó duró más que sus pasos.
Màiri, que llevaba toda la reunión sentada en el primer pupitre con las manos quietas, habló entonces.
—Votamos.
Flora se levantó y escribió en la pizarra, debajo de las tres columnas de siempre, una cuarta con la fecha del día. Ailsa se fijó en que no apuntaba opiniones: apuntaba quién había hablado y cuántos había en la sala, que eran treinta y uno contando a los dos críos de Seònaid.
Se votó a mano alzada. No ocupar los pastos por ahora; seguir con los papeles; volver a votar el primer lunes de marzo o antes si cambiaba algo.
Iain perdió por cinco manos. Se quedó mirando el suelo mientras Flora contaba en voz alta, y cuando terminó la cuenta cogió su gorra y se fue sin decir que estaba de acuerdo, porque no lo estaba, y nadie le pidió que lo fingiera.
Ailsa volvió a la casa grande a las seis. En el salón, su madre había mandado encender la chimenea, había mandado poner el té y estaba conversando con Lachlan sobre el embarcadero.
—Es una obra magnífica —decía—. Y muy oportuna. ¿Y la finca lo sostiene?
—Lo sostiene el arriendo de los pastos.
—Ah, el ganadero del sur. —Honoria se sirvió—. ¿Y los administradores? Los de mi marido, quiero decir; me contó Ailsa que aparecen en la liquidación de la compra. ¿Siguen recibiendo lo suyo?
Lachlan levantó la cabeza.
—Se les pagó en octubre. Con eso quedó cancelada la garantía.
—Naturalmente. Lo digo por decir. —Removió el té—. Una se acostumbra a leer esos nombres toda la vida y le hace ilusión encontrárselos lejos.
Ailsa, de pie junto a la puerta con el chal todavía puesto, oyó aquella frase completa y la guardó donde guardaba las cifras que cuadran demasiado bien.
—Siéntate, hija, que traes el frío de la calle.
Ailsa entró y se sentó, no en el sillón libre, sino en el extremo del sofá que ocupaba Lachlan, a un palmo de él, porque desde allí veía la cara de su madre.
—Estábamos hablando de su embarcadero —dijo.
—De su embarcadero —corrigió él—. La mitad de lo que hay en ese plano lo cambió su hija en diciembre, y la otra mitad un pescador de la casa de abajo.
—Qué modestia —dijo Honoria.
—No es modestia. Es que en marzo hay que pagarlo y quiero que se sepa quién ha hecho las cuentas.
Lachlan estiró el brazo por el respaldo del sofá para alcanzar su taza del otro lado. Al hacerlo, el antebrazo le quedó detrás de los hombros de Ailsa, sin tocarla, durante el tiempo que tardó en coger la taza y volver.
Ailsa no se apartó. Fue una decisión de medio segundo y la tomó mirando a su madre.
Lo raro, lo que después le costó dejar de pensar, no fue haberla tomado: fue lo poco que le costó. En el pasillo de la noche de bodas habrían tenido que ensayarlo. Aquella tarde, delante de la chimenea, no hizo falta ensayar nada, y esa facilidad la incomodó mucho más que el brazo.
Honoria se retiró temprano, alegando el vapor y el frío, y la casa se quedó con dos personas despiertas.
Se quedaron en el salón. Lachlan echó un tronco con la mano derecha, torpemente, y Ailsa no se movió a ayudarlo.
—¿Se ha votado? —preguntó él.
—No ocupar. Por cinco manos. Iain perdió y no lo disimuló.
—¿Y Muir?
—Fue a la puerta a decir que si se ocupa el pasto, el que da amparo es el sheriff y no el propietario. Y se marchó.
Lachlan estuvo un rato mirando el fuego.
—Tiene razón —dijo—. Eso es lo peor.
—Lo peor es que ha ido a decírselo él. —Ailsa se apretó el chal—. Usted podría haber ido a decirlo. Es su finca.
—Si voy yo, es una amenaza.
—Si va él, también.
—Sí. Pero él la ha hecho gratis. —Se pasó la mano vendada por el muslo, con cuidado—. Mañana pregunto a Portree qué se puede hacer para retirar ese arriendo. No se puede. Lo voy a preguntar igual.
Ailsa lo miró desde su butaca. La luz del fuego le daba en el lado de la venda, que se había manchado por el borde de haberla usado todo el día pese a la prohibición.
Había una distancia de dos metros entre las dos butacas. Llevaban seis días sin hablar de la noche del sábado y los dos se habían pasado la tarde tocándose delante de otra persona con una facilidad de la que ninguno de los dos había dicho nada.
—Tiene que cambiar ese vendaje.
—Mañana.
—Ahora.
—Si me lo cambia usted ahora, señora Keir —dijo él, sin apartar los ojos del fuego—, no vamos a hablar del sheriff.
Ailsa se levantó, le dio las buenas noches y subió sola.
Al pasar por delante del cuarto de invitados, su madre la llamó.
Se sentó en la butaca del cuarto de invitados, se quitó los anillos y los fue dejando en una bandejita, uno por uno, mientras hablaba.
Habló media hora. Habló de una mujer de Moray Place que se había casado en el sesenta y nueve y cuyo marido no la tocó jamás, y de cómo aquello se supo, y de cómo no se supo por un médico ni por un abogado sino por una doncella y una modista, y de cómo la mujer acabó viviendo en Génova.
—No es que pase nada legalmente, hija. Legalmente no pasa casi nunca nada.
—Se quitó el último anillo—. Es que en Glasgow hay ocho hombres que deciden quién construye los barcos del Estado, y esos ocho hombres cenan juntos, y en esas cenas se cuentan cosas.
Y el día en que uno de ellos diga «el bastardo de Braemore, ese que se casó con la niña de los Lennox y duerme solo» y los otros siete se rían, tu marido habrá perdido un contrato y no sabrá nunca cuál.
—¿Y qué debo hacer, madre?
—Nada que no quieras. —Honoria le tomó la mano—. Solo que sepas que existe y que no lo he inventado yo.
Era, palabra por palabra, lo que Ailsa le había dicho a Lachlan en un pasillo la noche de su boda.
Se lo dijo con una ternura que no tenía nada de falso, y le apretó la mano una vez, y la soltó.
—Descansa. Estás delgadísima. —Y ya en la puerta, mientras Ailsa salía—: A mí no me engañas, ¿sabes? Tú siempre quisiste cuartos que fueran tuyos.
Ailsa no se volvió.
Bajó los tres escalones del rellano, entró en su cuarto, cerró la puerta y se quedó de pie en la oscuridad con la mano todavía en el picaporte.
No necesito que los cuartos sean dignos; necesito que sean nuestros.
Lo había escrito una tarde de julio de mil ochocientos setenta y cinco, con lápiz, en el reverso de una cuenta del carbón, sentada en el suelo de su cuarto de vestir.
Después había copiado la carta en limpio y la había entregado, y el borrador había quedado dentro de un devocionario de tapas negras, en el segundo estante de la librería pequeña de Charlotte Square, entre la página del salmo veintitrés y la siguiente.
Nadie más lo había leído. Nadie más había podido leerlo.
Fuera, el viento venía del sur, y por encima del cabo, en algún sitio que desde aquella ventana no se veía, seguía habiendo un humo que no se movía.