Donde termina la obediencia (Las tierras rebeldes 1) Capítulo 11. La venda
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Capítulo 11. La venda

La venda

El agua de la palangana se puso rosa a la primera pasada.

Lachlan estaba sentado en la silla del archivo con el brazo izquierdo extendido sobre un paño doblado, y Ailsa, de pie a su lado, le sostenía la muñeca con la mano izquierda y le limpiaba la palma con la derecha.

La lámpara estaba en el extremo de la mesa, lejos de los libros, porque aquella noche no habían abierto ninguno.

Se había ofrecido el ama de llaves. Ailsa le había dicho que trajera agua caliente, lino limpio y el frasco pequeño del armario del pasillo, y que se fuera a dormir.

—Abra la mano.

—Está abierta.

—Del todo.

Lachlan abrió los dedos. El corte iba en diagonal desde la base del pulgar hasta debajo del meñique, con los bordes limpios: el hierro de la cadena estaba liso y había cortado como corta el metal liso, sin desgarrar.

Los bordes se separaban cuando la mano se abría y se juntaban cuando se cerraba, y esa era toda la lección de anatomía que hacía falta para saber que aquello había que sujetarlo.

Ailsa fue quitando la arena. Había arena en la herida, y una hebra de la cuerda, y algo negro que salió al tercer intento y que podía ser grasa del eje.

Él no se movió ni una vez. Ella lo notó tensar el antebrazo bajo sus dedos, dos veces, y aflojarlo enseguida.

—Puede decir que duele.

—Ya lo sabe usted.

—Lo sé porque le he mirado el brazo. No porque me lo haya dicho.

El pulso de él le latía contra el pulgar. Ailsa lo había estado sintiendo desde el principio sin ponerle nombre, y ahora que le había puesto nombre estaba peor, porque no podía soltarle la muñeca sin que aquello significara algo y no podía seguir sujetándosela como si no significara nada.

Le lavó con el frasco pequeño. Aquello sí lo sintió: la mano se cerró sola sobre el borde del paño.

—Ya está lo peor.

—Siga.

Cortó el lino en tiras con las tijeras de la escribanía.

Puso una compresa doblada a lo largo del corte, cruzó la primera tira por el dorso, la segunda por la muñeca, y fue apretando con dos dedos mientras tiraba, no con toda la mano, como le habían enseñado a los quince años cuando su padre se abrió una ceja con la puerta del coche y en aquella casa no había nadie más que supiera hacer nada.

—Va a tener que dormir con el brazo en alto —dijo—. Y mañana no puede usar esta mano para nada. Ni planos, ni cuerdas, ni puertas.

—Mañana es domingo.

—Mejor.

—¿Y el lunes?

—El lunes tampoco, pero el lunes ya no me va a hacer caso.

Ató el nudo por el lado del dorso, donde no rozara nada, y le puso la palma boca arriba sobre el paño para mirar el trabajo.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que llevaba un rato sin hablar y de que él tampoco.

Lachlan estaba mirándola. No la venda: la cara. Tenía el pelo mojado todavía, pegado en la sien, y el cuello de la camisa abierto y oscuro de agua, y la miraba con una atención tranquila y sin ninguna clase de prisa, como se mira algo que uno tiene delante y sabe que no le pertenece.

—¿Le duele a usted? —dijo él.

—A mí no me ha pasado nada.

—Se ha estado veinte minutos en un cobertizo sin puerta viendo cómo se metía un hombre debajo de un carro, y ha vuelto a subir la cuesta con una caja de ocho kilos, y desde entonces no ha parado. Le pregunto si le duele algo.

Ailsa abrió la boca para contestar lo que se contesta y no le salió.

Le dolían los hombros de sujetar el chal contra el viento. Le dolía el cuero cabelludo, como todos los días, con los alfileres puestos desde las siete de la mañana. Y llevaba tres horas con una cosa apretada debajo del esternón que no era ninguna de las dos.

—Los hombros —dijo.

—Ya.

Él movió la mano derecha. La subió despacio, con toda la lentitud que hacía falta para que ella pudiera apartarse, y se detuvo a un palmo de su brazo.

—¿Puedo?

Ailsa no contestó con palabras. Se quedó donde estaba, que era la respuesta.

La mano de Lachlan se cerró sobre su brazo, por encima del codo, sin apretar.

Estaba caliente. Aquello fue lo primero, y lo segundo fue la sorpresa de que una mano de ese tamaño se pudiera posar de esa manera, y lo tercero, que llegó después y con retraso, fue que ella se había inclinado ya cuatro o cinco centímetros hacia él sin decidirlo.

—Ailsa —dijo.

Fue el nombre lo que la movió.

Se besaron. Ailsa lo besó a él, para ser exactos, porque él seguía sentado y con una mano vendada boca arriba sobre un paño y la otra en su brazo, y fue ella quien bajó los últimos centímetros.

La boca de Lachlan estaba fría por fuera del frío de la lluvia y caliente por dentro.

No la agarró. No hizo nada de lo que hacen los hombres en las novelas que su madre no le dejaba leer a los diecisiete años: no la atrajo, no le sujetó la nuca, no la levantó.

Solo abrió la mano en su brazo, un poco, y la volvió a cerrar, y ese movimiento mínimo de los dedos le recorrió a ella toda la espalda.

Se apoyó con las dos manos en la mesa, a los lados de él, porque las rodillas le habían dejado de servir.

Fue ella quien lo detuvo.

No hubo un motivo con palabras. Hubo una sensación muy nítida de estar cayendo por un sitio en el que después habría que subir con una cuerda, y una imagen que llegó de ninguna parte: la caja de cuero encima de una estufa apagada, en la escuela, con la marca de sangre en el asa.

—No —dijo, contra su boca.

Lachlan se apartó.

Fue inmediato. Fue tan inmediato que Ailsa se quedó con la palabra todavía en el aire y con el cuerpo inclinado hacia adelante, hacia un sitio que ya estaba vacío.

Él soltó su brazo, puso la mano derecha sobre la rodilla y se echó hacia atrás en la silla lo justo para que entre los dos hubiera aire otra vez.

No preguntó por qué. No dijo que lo sentía, que habría sido peor. No hizo esa media sonrisa que dice que el asunto queda pendiente.

—¿Está bien? —dijo.

—Sí.

—Bien.

Y se quedó allí sentado, con la mano vendada en alto, esperando lo que ella quisiera hacer a continuación.

Y esa fue exactamente la peor parte: que un hombre se apartara de esa manera, y que ella lo estuviera midiendo y encontrándolo perfecto, y que aquello, en vez de tranquilizarla, la dejara mucho más expuesta que el beso, porque un hombre que obedece un no la primera vez que se lo dicen es un hombre al que se le puede decir que sí.

Ailsa recogió las tiras de lino que le sobraban y las fue enrollando por hacer algo con las manos.

—Le va a quedar una cicatriz de un lado a otro de la palma —dijo.

—Ya tengo tres.

—Esta se le va a ver siempre. Cada vez que abra la mano, va a estar ahí.

—Entonces cerraré la mano.

Ailsa dejó el lino en la mesa.

Llevaba cinco meses aprendiendo a leer a aquel hombre por la mano izquierda: el anular que se fuerza cuando está irritado, el puño que la esconde cuando teme romper algo.

Y acababa de entender, con el olor a jabón todavía en los dedos, que a partir de aquella noche esa mano iba a llevar una fecha encima, y que la fecha era esta, y que ella iba a acordarse de todo aquello cada vez que él estirara los dedos delante de cualquiera.

No dijo nada de eso. Se secó las manos en el paño y volvió a su sitio, al otro lado de la mesa, que era donde había estado siempre.

Llamaron a la puerta exterior del archivo.

Tres golpes, espaciados, con la mano abierta y no con los nudillos.

Ailsa se enderezó, se pasó las manos por la falda una vez y fue a abrir con la llave de hierro que llevaba en el bolsillo desde el miércoles. Fuera, en el corredor de servicio, con el pañuelo mojado y una linterna apagada, estaba Màiri MacAskill.

—Perdone la hora.

—Pase.

—No paso. —Miró por encima del hombro de Ailsa, dentro del archivo, y vio a Lachlan sentado con el brazo en alto y la mesa sin libros abiertos—. Vengo por lo del carro. Mi Flora me ha dicho que la caja está en la escuela.

—Está en la escuela. Ochenta y una hojas, dos mojadas por el borde. Aquí tiene la copia del recibo de entrega que me dio su hija.

Màiri lo cogió y lo leyó a la luz que salía por la puerta.

—¿Y lo de hoy? Lo del talonario de esta semana.

—No hemos copiado nada hoy. Después del temporal, nada.

—Entonces mañana tampoco, que es domingo. —Màiri se guardó el papel en el pecho—. El lunes le mando a Flora a las nueve.

Y se quedó un momento más de lo necesario en el umbral, con el olor a jabón y a sangre saliendo por la puerta abierta y la señora de la casa grande delante de ella con el pelo suelto por un lado.

No dijo nada de eso. Miró la mano vendada de Lachlan por encima del hombro de Ailsa y dijo, hacia dentro:

—Se le va a infectar si mete usted esa mano en agua de mar.

—No pensaba meterla.

—Los hombres nunca piensan meterla.

Se fue. Ailsa cerró y echó la llave.

Cuando se volvió, Lachlan se había levantado y estaba recogiendo el paño y la palangana con la mano buena, torpemente, y ella lo dejó hacer, porque quitárselo habría sido tocarlo otra vez.

Trabajaron media hora más, aunque no había nada que trabajar.

Ailsa pasó a limpio la nota de procedencia de las dos hojas mojadas.

Él le dictó de memoria los nombres de los contratistas de Portree para una carta que no hacía falta escribir esa noche.

La lámpara fue bajando y ninguno de los dos la subió.

A las doce menos cuarto Ailsa recogió sus cosas.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Subió. En el rellano de arriba se detuvo un momento, con la mano en la barandilla, y estuvo escuchando cómo él apagaba abajo y cerraba y subía después, despacio, y pasaba por delante de su puerta sin aflojar el paso ni acelerarlo, y abría la suya y la cerraba.

En su cuarto, se soltó el pelo. Los alfileres cayeron en la bandejita de porcelana, veintitrés, y no los contó porque los contaba Agnes.

En el cajón de la mesilla, la llave de hierro del archivo estaba caliente de haberla llevado toda la tarde en el bolsillo. Al lado, la de latón seguía fría.

Ailsa cerró el cajón y se acostó.

El domingo no se trabajó.

En Duirinish eso no es una manera de hablar.

No se copió, no se cobró, no se reunió nadie, no se sacó un carro del barro; el carro del mozo siguió atravesado en el paso bajo hasta el lunes por la mañana con permiso de todos.

La cocinera dejó hecho lo del domingo el sábado por la noche.

El archivo estuvo cerrado veinticuatro horas con la llave en un cajón.

Fueron al culto. Ailsa no se lo planteó como una decisión hasta que estuvo delante del espejo con el sombrero puesto y comprendió que iba a entrar en aquella iglesia el día después de que su marido se metiera debajo de un carro por una caja de papeles, y que allí iban a estar los que lo habían visto.

La Free Church era una sala encalada con bancos de pino y una estufa que no daba abasto. El reverendo MacRae predicó cuarenta minutos y cantaron un salmo de una manera que Ailsa no había oído nunca, cada uno a su tiempo, muy despacio, con el precentor delante marcando la línea.

Lachlan llevaba la mano izquierda dentro de la chaqueta, sujeta contra el pecho por dentro de la solapa, porque no había querido ponerse un cabestrillo.

Nadie dijo nada. Fue peor y fue mejor que si lo hubieran dicho.

Calum Beaton, en el banco de delante, se volvió al terminar y le hizo a Lachlan un movimiento de cabeza de dos centímetros.

Iseabail miró la venda que asomaba por el puño y después miró a Ailsa, y Ailsa entendió aquella mirada entera: no era simpatía, era el reconocimiento profesional de una mujer que ha vendado muchas manos y sabe cuándo un vendaje lo ha puesto alguien que sabe.

Al salir, Seònaid MacLeod estaba en el camino con dos críos ajenos de la mano.

—Se ha mojado usted el sábado por un papel —le dijo a Lachlan.

—Sí.

—Cuando se moje por una casa, avíseme.

Volvieron andando, con el viento de espaldas y sin hablar. A media cuesta, Ailsa se acordó de la mano en su brazo, por encima del codo, y del movimiento mínimo de los dedos, y tuvo que mirar el suelo durante un rato.

Nadie mencionó el archivo. Nadie mencionó la noche anterior.

Y aquello, en una casa con dos dormitorios enfrentados y veinticuatro horas por delante en las que estaba prohibido trabajar, resultó ser lo más largo que le había pasado a Ailsa desde que llegó a la isla.