Capítulo 10. El temporal
El temporal
La copia para Inverness salió de Kilmoran el sábado a las once de la mañana, dentro de una caja de cuero, en el carro del mozo.
Ailsa la había preparado ella misma. Ochenta y una hojas: el talonario copiado, las entradas del libro de rentas que correspondían a los siete recibos, la relación firmada por Lachlan al pie de cada página y una nota de procedencia en la primera, con la fecha y el nombre de quien había prestado cada papel.
La copia de la escuela se había entregado el viernes por la tarde y Flora había firmado el recibo de entrega en el cuaderno de Màiri, en la puerta, sin quitarse el chal.
La segunda copia iba al vapor, y del vapor a un contable de Inverness que no conocía a nadie de aquella isla, que era la única razón por la que servía.
Muir se había presentado el viernes por la mañana, a las nueve, con dos hombres y un carro pequeño.
—Vengo a ordenar el archivo, señora. Está como está porque nadie ha tenido tiempo, y ahora que va a usarse conviene sacar lo que sobra: cajas de humedad, correspondencia vieja del señor MacNair, papel que ya no sirve a nadie.
—Se lo agradezco. No hace falta.
—Son seis años de desorden.
—Seis años y medio —dijo Ailsa—. Los tengo contados. Prefiero desordenado y entero.
Muir se llevó la mano al sombrero y se marchó con los dos hombres y el carro vacío, y en el camino de vuelta iba tan derecho como siempre.
A las once y media del sábado el viento cambió.
No lo hizo despacio. Ailsa estaba en el despacho de la finca y oyó primero que el postigo del norte dejaba de golpear, y después, un minuto entero de calma, y después el mar.
Salió al patio. El agua de la ensenada se había puesto blanca de un extremo a otro, y la lluvia venía plana, de lado, tan cerrada que la escuela, que estaba a quinientos metros, se veía como una mancha.
El mozo llegó a pie a la una y cuarto, empapado hasta el pelo, con la brida en la mano y sin caballo y sin carro.
—La yegua está en la brecha del muro, señora. El carro está atravesado en el camino de la costa, en el paso bajo. Está entrando agua por el paso.
—¿Y la caja?
—En el carro.
Lachlan llegó del muelle dos minutos después, con Niall detrás y con Iain detrás de Niall.
Escuchó al mozo entero, sin interrumpirlo, y después se volvió hacia el camino como quien mira una cuenta.
—Con esta marea, el paso bajo lo cubre a las dos y media —dijo Niall—. Y va a subir más de lo que marca la tabla, con este viento del suroeste.
—¿Cuánto tarda un hombre en llegar?
—Veinte minutos si va deprisa. Veinticinco hoy.
—¿Y el carro sale?
—El carro sale si son cuatro brazos y la yegua tira. Después de las dos y media no sale ni el carro ni nadie hasta la noche.
Iain estaba en el escalón, sin sombrero, con el agua corriéndole por la cara.
—Que se lo lleve el mar —dijo.
Todos lo miraron.
—Digo lo que pienso. Ochenta hojas de papel de esa casa. Que se mojen. Nosotros llevamos veinte años pagando y aquí nadie ha ido corriendo bajo la lluvia por nada nuestro.
—Es tu recibo el que va ahí dentro —dijo Niall.
—Es la copia de mi recibo. La copia es de ellos.
—La copia es lo único que no pueden decir que no existe.
—Niall se volvió hacia Lachlan—. Si esa caja se pierde, mañana el señor Muir tiene el original en su casa, nosotros tenemos siete papelitos en una lata y usted tiene la palabra de su mujer contra la de su factor. Eso no es un empate. Eso lo gana él.
Ailsa vio a Iain morderse la respuesta. No estaba de acuerdo. Tampoco tenía otra mejor.
—Voy yo —dijo Lachlan.
Cogió el capote del gancho del zaguán y se lo puso mientras hablaba, y hablaba con Niall, no con ella.
—Cuerda, la yegua y las dos palancas cortas. Iain, si viene, sujeta el animal; no le voy a pedir que empuje nada.
—Yo empujo lo que haga falta —dijo Iain—. No haga usted teatro conmigo.
Lachlan se volvió hacia Ailsa por primera vez, ya en la puerta.
—Puede venir hasta el cobertizo de la sal, que está antes del paso y está en alto. De ahí para abajo no. Y no es una orden: es lo que sé del sitio. Si el agua entra por el paso, entra de golpe y no da tiempo a subirse a nada. Decida usted.
Ailsa cogió su abrigo.
—Voy al cobertizo.
El camino de la costa bajaba entre dos muros de piedra seca.
A media pendiente, el viento cambiaba de dirección por el corte del terreno y le dio de frente, y Ailsa tuvo que agarrarse a la piedra con las dos manos y avanzar de lado durante quince o veinte metros.
Llevaba las botas buenas y aun así el barro le llegaba al tobillo.
El cobertizo de la sal estaba a la derecha, sobre una roca, con la puerta arrancada. Desde allí se veía el paso bajo, a unos ciento cincuenta metros, y se veía el carro.
Estaba atravesado, con una rueda metida en la cuneta interior y la caja de la carga inclinada hacia el mar. El agua ya cruzaba el camino en dos sitios, con esa manera que tiene el agua de moverse sin ruido cuando cubre poco.
Estuvo veinte minutos allí sin poder hacer nada, que es un oficio para el que no la habían preparado.
De pie en el hueco de la puerta arrancada, con el chal sujeto bajo la barbilla, se sorprendió haciendo lo único que sabía: contar.
Contó las olas que entraban por el paso, que eran una de cada cuatro.
Contó los segundos entre que el agua cubría el camino y volvía a retirarse: once, doce, once.
Contó el tiempo que llevaban abajo y lo comparó con el tiempo que quedaba hasta la marea alta.
Los vio llegar. Niall se metió delante con la cuerda; Lachlan pasó por detrás del carro; Iain agarró a la yegua por la testera y la puso de cara al viento.
No se oía nada de lo que se decían. Ailsa contó lo que podía contar: dos vueltas de cuerda al eje, la palanca puesta bajo la rueda hundida, tres intentos, el cuarto con la yegua tirando a la vez. El carro se movió medio metro y volvió a caer.
El agua del paso llegaba ya a la altura del radio.
Lachlan se metió por el lado del mar, que era el lado malo, y se agachó entre la rueda y la cuneta. Ailsa vio la espalda del capote y nada más durante unos segundos. Después vio salir la caja de cuero por encima del costado del carro y las manos de Niall recibiéndola.
Y vio a Lachlan quedarse quieto, muy quieto, con el brazo izquierdo estirado hacia abajo.
Una de las cadenas del varal se había soltado y le había cogido la mano contra el hierro del eje.
Ailsa lo entendió por la postura antes que por el gesto: nadie se queda así de quieto por gusto en un sitio donde entra el agua.
Iain dejó la yegua a Niall, se metió debajo y levantó la cadena con las dos manos.
Salieron. La yegua salió detrás. El carro se quedó allí y estuvo tres días allí.
Llegaron al cobertizo de la sal a las dos y veinte, y el paso, cuando Ailsa se volvió a mirarlo desde la altura, ya era mar.
Lachlan dejó la caja en el suelo de piedra.
—Ábrala —dijo.
Ailsa se arrodilló y la abrió. Estaba mojada por fuera y por el borde de abajo.
Sacó las hojas, las separó en dos montones y las contó una por una con las manos frías: ochenta y una.
Los cuatro bordes inferiores estaban corridos; la tinta se había ido hacia dentro un centímetro, dos en la última hoja, y en la nota de procedencia el nombre de una casa se había convertido en una nube azul.
—Se puede leer todo salvo un nombre, y ese lo puedo volver a escribir porque lo sé.
—¿Las firmas?
—Las firmas están arriba. Están enteras.
Entonces miró la mano.
Lachlan la tenía pegada al costado, dentro del capote.
Cuando la sacó, la palma izquierda estaba abierta desde la base del pulgar hasta debajo del meñique, en diagonal, y la sangre le había llegado a la manga por dentro y salía por el puño diluida con el agua de lluvia, de manera que parecía mucha más y más clara.
—Es un corte —dijo él—. Sujétela usted.
—¿La caja o la mano?
—La caja.
Niall le miró la palma de cerca, le hizo abrir y cerrar los dedos, dijo que el hueso estaba entero y que aquello iba a doler mañana más que hoy.
Iain, sin decir palabra, se sacó un pañuelo que no estaba limpio y se lo tendió; Lachlan se lo enrolló él mismo, apretando con los dientes en el nudo, y se lo dejó puesto.
Subieron los cuatro juntos. Iain iba delante con la yegua y no miró atrás ni una vez.
Al llegar a lo alto de la cuesta, Ailsa se puso a su altura.
—Ha empujado usted.
—He empujado el carro. —Iain se pasó el antebrazo por la cara—. No confunda las cosas, señora. Yo estaba diciendo la verdad hace media hora: a mí ese papel no me ha dado de comer nunca. Lo que pasa es que mi primo tenía razón, y mi primo tiene razón unas dos veces al año y hay que aprovecharlas.
—Se lo agradezco igual.
—No me lo agradezca —dijo, y aceleró el paso—. Agradézcamelo cuando su marido devuelva el pasto.
Nadie más habló hasta el patio.
—El vapor no ha salido de Portree —dijo Niall—. Con este viento no sale hasta el lunes.
—Entonces la caja no va a Inverness hoy —dijo Ailsa.
—No.
Se quedó un momento con la caja contra la cadera, calculando dónde duerme un papel por el que un hombre acaba de meter la mano debajo de un carro.
—Puede dormir en la casa —dijo Lachlan—. En el archivo, que tiene cerradura nueva, y la llave la tiene usted.
En la casa grande estaba seco y caliente. En la casa grande también estaba el archivo, cuya llave llevaba ella en el bolsillo desde el miércoles, y una puerta de servicio, y un factor a diez minutos que en dieciséis años había ordenado ese archivo a su gusto.
—A la escuela —dijo.
—La cerradura del archivo la puso él —añadió, antes de que nadie preguntara—. Y la llave la tengo yo desde hace tres días. Las dos cosas son verdad y las dos me estorban.
Lachlan levantó la cabeza.
—Está a quinientos metros y llueve.
—Por eso mismo: está a quinientos metros y no es mi casa. —Ailsa se echó el chal por encima de la caja—. Si mañana esto aparece mojado, quiero que sea porque llovió, no porque durmió bajo mi techo.
Él la miró un momento. Después le hizo un gesto a Niall con la barbilla para que la acompañara y no dijo nada más.
Flora abrió con una vela en la mano y no hizo ni una pregunta.
Lo primero que hizo fue mirar el reloj de la escuela y anotar la hora en el cuaderno de su madre: siete y veinte. Después contó las hojas ella misma, delante de Ailsa, en voz alta y de diez en diez, y solo cuando llegó a ochenta y una escribió el número.
—¿Por qué las cuenta usted si las he contado yo? —dijo Ailsa.
—Porque si mañana faltan tres, la que las contó la última fui yo, y quiero poder decir cuántas había.
Ailsa se quedó un momento con aquello.
Aquella muchacha tenía veinte años, no había salido de Duirinish en su vida y acababa de explicarle, sin darle ninguna importancia, la única regla que de verdad importa en una cadena de custodia.
Sacó del armario un cajón de madera de los de la tiza, puso dentro las ochenta y una hojas separadas de dos en dos con papel de estraza, y lo dejó encima de la estufa apagada, a media altura, donde no había goteras.
Firmó el recibo de entrega en el cuaderno de su madre, con la fecha y la hora, y le dio a Ailsa la copia del recibo.
Al volver, la lluvia había amainado y quedaba el viento.
Lachlan la esperaba en el patio, todavía con el capote puesto, empapado, con la mano izquierda cerrada contra el pecho como quien sostiene un pájaro.
—¿Firmó Flora?
—Firmó Flora. —Ailsa le enseñó el papel—. Y me dio esto.
—Bien.
—Entre en casa.
—Ahora entro.
No entró. Se quedó allí de pie mirando el camino de la costa, donde el paso bajo seguía debajo del agua y el carro estaba atravesado, y Ailsa comprendió que estaba calculando cuánto costaba el carro, cuánto la yegua y cuánto un hombre parado, y que iba a hacer esa cuenta antes de permitirse entrar y sentarse.
En la caja de cuero, en la escuela, entre la hoja doce y la trece, había una anotación de su puño: R-241. Mancha de sebo en el borde inferior, traspasa el papel.
En el asa de la caja, encima del cuero viejo, se había quedado la marca de cuatro dedos en sangre, ya oscura, que la lluvia no había llegado a borrar del todo.