Capítulo 9. El archivo #2
Copiaron el talonario. El roce de las plumillas, el agua en los cristales y la respiración de Lachlan formaron un ritmo que la obligó a concentrarse más de lo habitual.
Él escribía despacio, con trazos pesados que parecían hendir el papel.
Usaba la derecha y sujetaba la hoja con la mano herida.
Cada vez que llegaba al final de una línea, el anular se arrastraba sobre la mesa con un sonido leve.
—Está apretando demasiado —dijo Ailsa.
—¿La pluma?
—La mano.
Él aflojó los dedos. La cicatriz seguía blanca.
—No duele.
—No le he preguntado si duele.
—¿Qué me ha preguntado?
Nada. Ailsa no le había preguntado nada. Había observado su cuerpo en voz alta como si le perteneciera hacerlo.
Mojó la plumilla y la descargó con cuidado contra el borde del tintero.
—Le he dicho que afloje.
—Y he aflojado.
La obediencia era una palabra peligrosa en boca de un hombre. En el cuerpo de aquel resultaba peor.
Ailsa inclinó el libro hacia la luz. La entrada de los Beaton tenía un brillo distinto. Pasó la yema del índice por el margen sin tocar la tinta. El papel estaba más delgado debajo de la línea roja.
—Aquí han raspado algo.
Lachlan acercó la lámpara.
—No así. Si la pone encima, el negro se come el relieve. Necesito luz lateral.
Él probó desde la izquierda. Su hombro chocó con el de Ailsa.
No fue más que lana contra lana. El cuerpo de ella lo registró con una minuciosidad ofensiva: calor, peso, la resistencia sólida antes de que él se apartara.
—Perdón.
—Desde allí no sirve.
Lachlan rodeó la silla y quedó detrás de ella. Levantó la lámpara sobre su hombro derecho. El calor llegó primero; después, el olor limpio del jabón sobre el carbón que nunca abandonaba del todo su ropa. La mesa recibió una franja oblicua de luz. Cada fibra del papel proyectó una sombra diminuta.
—Más abajo —dijo Ailsa.
La manga de Lachlan rozó el respaldo. No a ella. No todavía.
—¿Así?
—Un poco más.
La mano izquierda apareció junto a la página para estabilizar el libro. Era tan grande que podía cubrir dos columnas. Ailsa vio las pequeñas quemaduras pálidas en la muñeca, la cicatriz que atravesaba el anular y una mancha reciente de tinta en la base del pulgar.
Había tinta en él por trabajar con ella.
Un alfiler cedió junto a la nuca. Ailsa lo sintió deslizarse entre el cabello y engancharse en el cuello del vestido.
Lachlan inspiró.
Su mano derecha se levantó apenas. Se detuvo antes de tocarla.
—¿Puedo quitarlo?
La pregunta recorrió la distancia que sus dedos no habían recorrido.
Ailsa debía decir que no. Debía incorporarse, recuperar el alfiler y volver a sentarlo al otro lado de la mesa. En cambio, apoyó las dos manos sobre el libro para que él no viera que había tensado los dedos.
—No se mueva.
Lachlan dejó caer la mano. No retrocedió. Sostuvo la lámpara y obedeció con todo el cuerpo.
Ailsa sacó el alfiler por sí misma. El cabello se aflojó, pesado, sobre la nuca dolorida. Un mechón rozó los nudillos de Lachlan, apoyados junto al libro. Él no los retiró. Tampoco cerró la mano.
—¿Quiere que me aparte? —preguntó.
Ella miró la página. Bajo la línea roja empezaba a verse la hendidura de unos trazos borrados.
—Quiero que sostenga la lámpara.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Es la única respuesta que tendrá esta noche.
La luz no tembló.
Ailsa inclinó la cabeza hasta casi rozar la mano de Lachlan con la sien. Había tres caracteres bajo la raspadura. Quizá cuatro. Tomó la lupa de mango de marfil y la acercó al papel.
—Una hache —murmuró.
—Yo veo una raya.
—Porque mira desde arriba.
Lachlan bajó la cabeza. Su aliento alcanzó el cabello suelto junto a la oreja de Ailsa. Ella movió la lupa demasiado deprisa y el aro golpeó la página.
—Ahora veo un diecisiete —dijo él.
Ailsa dejó de respirar.
H. B. 17.
Las letras no estaban completas, pero no necesitaba verlas.
Recordó un lápiz violeta cortado con navaja, el polvo oscuro en los puños de su padre, el verano en que ella había descubierto un penique ausente en una columna de intereses.
Sir Hamish se había reído, orgulloso, y le había enseñado a abrir una cuenta con dos entradas.
Cuatro años después había cerrado la puerta del despacho antes de reunirse con el abogado.
Comprender no es representar.
—Conozco esa referencia —dijo.
Lachlan dejó la lámpara en la mesa, esta vez lejos del papel.
—¿De dónde?
El frío ocupó el espacio que había dejado su cuerpo. Ailsa recogió el cabello y trató de clavarlo con el único alfiler. No se sostuvo. Lachlan miró el intento, pero no ofreció ayuda.
—De las cuentas de mi padre. Marcaba las obligaciones garantizadas en violeta. Hache, be. Heritable bond , creo. El diecisiete era Kilmoran.
—¿Su padre prestó dinero a MacNair con la finca como garantía?
—Los administradores del acuerdo de mis padres lo hicieron. O eso supuse cuando vi los estados. Yo copiaba los totales.
—¿Y nunca me lo dijo?
La acusación fue suave. Ailsa habría preferido un golpe.
—Usted compró la finca. ¿Nunca leyó a quién se pagó el precio?
—Leí que se canceló una obligación administrada por Fraser, Kinnaird y Compañía. No leí el nombre de su madre.
—Ni yo el de Kilmoran. En los estados de casa, el ingreso figuraba como H.B. 17.
—Pero reconoció la clave.
—Mi padre me enseñó a reconocerla.
—¿Y no a preguntar qué significaba?
Ailsa volvió la cabeza.
Lachlan estaba demasiado cerca. El enfado le había quitado la prudencia o se la había devuelto de una forma distinta.
Sus ojos no eran negros, como había pensado en Charlotte Square.
Tenían un borde gris que solo aparecía con la luz lateral.
Una vena le latía en la sien. Ella pudo ver el punto de la garganta que había imaginado al entrar.
—Me enseñó que comprender no era representar —dijo.
La ira desapareció de la cara de Lachlan. No se volvió ternura; eso habría sido más fácil de rechazar. Se volvió conocimiento.
—Mi madre firmaba con una cruz los papeles que decidían dónde podía vivir —dijo él—. A nadie le preocupaba si comprendía.
Ailsa bajó la vista hacia la mano herida. La había colocado entre ambos sobre la mesa, abierta esta vez.
—No es lo mismo.
—No.
—No intente hacer que lo sea.
—No lo intento.
—Entonces ¿qué hace?
—Trato de no cerrar otra puerta mientras estoy enfadado con la anterior.
Ailsa sintió algo bajo las costillas, una cesión pequeña y peligrosa.
Volvió al libro.
—La garantía se canceló con su compra.
—Sí.
—Entonces la referencia no debería aparecer en una renta de noviembre.
—No.
—Y, sin embargo, alguien la escribió junto a los diez chelines de Iseabail antes de rasparla.
Lachlan se inclinó sobre la mesa.
—Llamaré a Muir.
—No.
—Otra vez esa palabra.
—Hasta que la aprenda.
Él giró la cabeza. Estaban lo bastante cerca para que Ailsa viera una línea de cansancio bajo sus ojos; lo bastante cerca para que el siguiente movimiento no pudiera fingirse accidental.
—La aprendí la primera noche —dijo.
La memoria de la llave le pesó de pronto contra la cadera, aunque la había dejado arriba, en el cajón junto a su cama.
La mano de Lachlan seguía abierta sobre la mesa. Ella puso el índice en la base de su anular y guió la yema endurecida hasta el margen raspado.
—Aquí —dijo.
La piel de él estaba más caliente de lo que esperaba. Bajo la cicatriz, el dedo respondió con un movimiento involuntario. Lachlan no miró la página. Miró la mano de Ailsa sobre la suya.
Ella debería haberla retirado cuando él encontró la hendidura. No lo hizo.
—¿Quiere que me mueva? —preguntó él.
Esta vez la pregunta no se refería a la lámpara.
Ailsa levantó la vista. La boca de Lachlan estaba muy cerca y completamente inmóvil. No había triunfo en su cara. No había reclamo. Había deseo, sí, pero contenido con un esfuerzo que ella podía sentir en el tendón bajo sus dedos.
El deseo de Ailsa no se pareció a una rendición. Se pareció al hambre ante una mesa demasiado bien puesta.
—Necesito la lámpara —dijo.
Algo cambió en los ojos de Lachlan. No decepción; aceptación sin alivio.
—Entonces tendrá la lámpara.
Se apartó lo suficiente para que el aire frío volviera entre ambos y colocó la luz donde ella la había pedido. Ailsa retiró la mano. La piel le conservó el calor.
—Copiaremos la marca —dijo, y le disgustó la leve aspereza de su voz—. Después buscaremos la misma referencia en los libros diarios, los comprobantes de gastos y la correspondencia de noviembre.
—Y no llamaremos a Muir.
—No esta noche.
—Mañana los originales irán con Màiri.
—Y una copia a Inverness.
—Con su nombre antes que el mío.
Ailsa lo miró.
—¿Por qué?
—Porque lo encontró usted.
La respuesta era sencilla. Ailsa llevaba toda la vida aprendiendo cuánto podía esconderse dentro de una sencillez bien pronunciada.
Preparó una hoja nueva. Fecha, signatura del libro, folio, titular del croft, persona que había entregado el dinero, importe del recibo, importe del atraso, estado del contrafolio, huella visible en el margen. Mojó la plumilla. Lachlan sostuvo el secante sin invadir la página.
Ailsa copió Beaton, Calum en la primera columna. En la segunda escribió Iseabail Beaton y, después, los diez chelines que ella había reunido.
En la línea siguiente volvió a copiar diez.
Se quedó mirando la cifra duplicada.
No cometía aquel error desde los catorce años.
Lachlan también lo vio. No dijo nada. Giró la lámpara hacia el libro y le concedió la oscuridad suficiente para arrancar la hoja sin que él fingiera no saber por qué.
El papel se rasgó bajo la plumilla.
Fuera, el viento golpeó la casa. Dentro, H.B. 17 esperaba bajo una línea borrada y la mano de Ailsa conservaba el calor de un hombre al que todavía no estaba dispuesta a perdonar que supiera obedecer.