Donde termina la obediencia (Las tierras rebeldes 1) Capítulo 6. Viviendas y varios
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Capítulo 6. Viviendas y varios

Viviendas y varios

El resumen ampliado del señor Muir tenía catorce columnas y ni un solo nombre en la última.

Ailsa lo abrió el miércoles por la noche en el despacho de la finca, que era una habitación fría orientada al norte, con una mesa larga de roble, dos sillas y una lámpara de aceite que humeaba si se le subía demasiado la mecha.

Había mandado encender la chimenea y no servía de mucho; el frío subía del suelo.

Trabajó tres horas. A las once entró Lachlan con los planos del embarcadero bajo el brazo.

—¿Le molesto?

—Trabaje.

Él dejó los planos en el otro extremo de la mesa, la parte que quedaba fuera del círculo de luz.

—Voy a necesitar la lámpara en algún momento —dijo—. ¿Puedo mover la silla?

—Muévala.

La movió medio metro hacia el centro. No más. Se sentó de costado, con las piernas fuera de la mesa, y desplegó su papel de manera que el borde no invadiera el de ella.

Aquello se repitió el jueves, y el viernes, y todas las noches de la semana siguiente.

Ailsa acabó por conocer el orden: primero el ruido de los planos, luego la pregunta por la silla, luego el silencio.

Él escribía despacio, apretando, con la mano izquierda sujetando el papel; ella oía el arrastre del anular contra la madera al final de cada línea y dejó de oírlo como un defecto en algún momento de la segunda semana.

La lámpara estaba entre los dos. Si él necesitaba luz, la giraba; si la giraba, se lo decía antes.

El jueves 18, hacia medianoche, Ailsa se apartó del papel y se pasó las manos por la nuca. Un alfiler se soltó y cayó sobre la mesa con un tintineo mínimo. Los dos lo miraron. Ella lo recogió y se lo volvió a poner, y él no dijo nada, y estuvo quince segundos sin escribir.

—Explíqueme una cosa —dijo Ailsa entonces, porque el silencio se había puesto de un tamaño incómodo—. Su embarcadero.

—Diga.

—Jornal de marzo a mayo, ocho semanas de acarreo, después la obra. Bien. ¿Y en junio?

—En junio hay pesca.

—En junio hay pesca si la hay. —Se giró hacia él con el resumen en la mano—.

Mire lo que tengo aquí. Casa número once: renta de tres libras y diez, pagada con lo que dan una vaca, dos cerdos y el arenque.

La vaca no es un salario. La vaca da leche todos los días, da un ternero al año, da estiércol para el patatal, y cuando viene un mal invierno se vende y salva la casa.

Es capital, señor Keir. Usted le ofrece a un hombre catorce chelines a la semana durante ocho semanas y le pide a cambio que deje de reclamar el sitio donde pasta ese capital.

—No le pido eso.

—No se lo pide con la boca.

Lachlan dejó el lápiz.

—Ese pasto está arrendado por veinte años a un ganadero de Roxburghshire. No es mío para dárselo. Lo que puedo dar es trabajo.

—Entonces dígalo así. —Ailsa volvió al papel—. Y no se sorprenda cuando le digan que no.

—Deme las cifras —dijo Lachlan, y sacó la libreta del chaleco.

Ailsa se las dio: lo que da una vaca de leche al año contando la mantequilla vendida, lo que vale un ternero de otoño en Portree, lo que cuesta el pienso comprado cuando no hay pasto, lo que se paga por un becerro al medias.

Iba deprisa y él la seguía sin pedirle que repitiera.

Al llegar a la última cifra, ella se detuvo.

—¿Va a apuntarlo?

—Ya lo he apuntado.

—Entonces apunte también esto: la diferencia entre las dos columnas no es dinero. Un jornal se gasta el sábado. Una vaca sigue estando allí el lunes.

Lachlan escribió eso último con las mismas palabras. Ailsa vio el papel de reojo mientras él lo secaba y reconoció su propia frase en una letra que apretaba tanto que hendía la hoja, y tuvo que apartar la vista de la mano que la había escrito.

Él estuvo un rato callado. Después arrimó la lámpara dos centímetros hacia ella, porque la mecha se había ladeado y le estaba dejando la mitad de la hoja en sombra, y ella lo notó sin levantar la vista y no dijo nada.

La columna estaba en la página once.

Viviendas y varios: 26 libras, 14 chelines.

Ailsa la había visto tres veces en tres versiones distintas del mismo resumen y las tres veces había pasado de largo, porque veintiséis libras en una finca que ingresaba más de setecientas es la clase de cifra que un contable deja para el final. Aquella noche llegó al final.

Buscó a qué correspondía. No había desglose. Buscó los nombres en la relación de arrendatarios: veintinueve, y ninguno con esa renta. Buscó en gastos por si era una devolución. No estaba.

Un importe con dos cifras exactas y sin una sola persona detrás.

Antes de preguntar a nadie hizo lo que habría hecho su padre: buscarlo por el otro lado.

Sacó del arcón del despacho los libros de gasto de los tres últimos años y fue hacia atrás, trimestre a trimestre, con la regla debajo de la línea.

Si veintiséis libras entraban por algún sitio, en algún sitio tenían que haber salido: reparaciones de esas casas, materiales, un tejado, algo.

No salían. En tres años, en el apartado de mantenimiento, no había un solo asiento que pudiera corresponder a una vivienda sin arriendo.

Ailsa cerró el libro de gasto y se quedó con las dos manos encima. Veintiséis libras y catorce chelines entraban cada año en la finca desde unas casas a las que la finca no le había puesto una teja desde antes de que ella se casara.

El viernes se lo preguntó a Muir en el vestíbulo, con el sombrero de él todavía en la mano.

—Viviendas y varios, señor Muir. ¿Qué es?

—Cottars, señora. Gente que tiene casa y no tiene tierra. Pagan por la casa, o por un trozo de patatal, o por el derecho a secar pescado. Cantidades pequeñas.

—¿Cuántos?

—Varía.

—Varía entre qué y qué.

—Entre veinte y treinta almas, según el año. —Muir se puso los guantes—. No procede detallarlo, señora. No son arrendatarios. No figuran en el registro de arriendos porque no tienen arriendo que registrar.

—Pagan.

—Pagan y se les da recibo, naturalmente. Pero el libro de rentas es el libro de los arriendos. Lo otro entra donde entra.

—En «varios».

—En «varios» —dijo él, y se despidió con una inclinación exacta.

El lunes 22 Ailsa fue a la escuela.

Era un edificio de una sola pieza al lado de la Free Church, con estufa, quince pupitres y una pizarra que ocupaba media pared.

Flora MacAskill, que ayudaba con los pequeños tres mañanas por semana, había dividido la pizarra en tres columnas con una regla y una tiza nueva: dicho , copiado , comprobado .

—Es para las cuentas de la tienda —explicó—. Mi madre dice que si no se separa lo que a una le cuentan de lo que ha visto, acaba una discutiendo por lo que no vio.

El reverendo MacRae estaba atizando la estufa. Tenía cuarenta y tantos, la cara ancha y las manos rojas.

—Señora Keir.

—Reverendo. Quiero entender una columna de mis cuentas y nadie me la quiere explicar. Viviendas y varios.

MacRae dejó el atizador.

—Eso, en esta parroquia, son unas nueve familias —dijo—. Le puedo decir los nombres si les parece bien a ellos, que es distinto de decírselos.

—Se lo agradecería.

—Hay una aquí al lado.

Seònaid MacLeod estaba en el cobertizo de detrás, sacando arenque de un barril de salmuera con las mangas subidas y los brazos rojos hasta el codo. Tenía treinta y cinco años y una manera de mirar que no dejaba mucho sitio.

—Ya sé quién es usted —dijo—. Traigo las manos así. No me las voy a lavar para darle la mano y luego volver a meterlas.

—No se las lave.

—¿Qué quiere?

—Saber quién paga veintiséis libras y catorce chelines al año en esta finca y no aparece en ningún papel con su nombre.

Seònaid se limpió los antebrazos en el delantal, despacio.

—Yo pago dos libras y seis. Por la casa, que es de la finca, y por el trozo donde pongo las patatas, que también.

La casa la levantó mi suegro con piedra de la playa y el tejado lo pusimos mi marido y yo el año que se ahogó.

Pago en Martinmas, en la casa del señor Muir, y me dan un papel.

—Se cruzó de brazos—. Y en el libro grande no estoy.

—¿Se lo han dicho?

—Me lo dijo el factor viejo, hace once años, cuando pregunté por qué a mi vecino le habían subido la renta y a mí no. Me contestó que a mí no se me puede subir la renta porque yo no tengo renta. Tengo permiso.

Ailsa se quedó quieta.

—¿Y qué pasa si se acaba el permiso?

—Que se acaba. —Seònaid volvió al barril—.

Si el que manda decide mañana que ese trozo hace falta para pasto, yo no soy nadie a quien haya que avisar por escrito.

Soy una casa que estorba. Su marido puede quitarme de en medio en una tarde y no habrá roto ni un papel, porque no hay papel que romper.

Eso es «varios», señora. No es una columna. Es que a nosotros no nos escriben.

En la puerta del cobertizo, el viento traía el olor del arenque y del humo de turba.

—Voy a hacer una lista —dijo Ailsa.

—Usted verá.

—Con nombres.

—Ya la hicieron una vez con nombres, en el treinta y ocho —dijo Seònaid—. Sirvió para saber a quién se sacaba primero.

Al salir, Màiri MacAskill la estaba esperando en el camino, con el pañuelo atado bajo la barbilla y una cesta vacía en el brazo. No entró en la escuela y no la invitó a entrar en ningún sitio.

—Ha estado usted media hora ahí dentro.

—Sí.

—Le voy a decir dos cosas y después me voy a mi casa, que tengo la lumbre encendida. La primera es que las cuentas que usted busca no están en la casa grande.

—¿Dónde están?

—En las cocinas. —Màiri se ajustó el pañuelo—. Aquí a la gente le dan un papel cuando paga. Un papel pequeño, con un número y una fecha y la firma del factor. Y la gente lo guarda, porque en esta isla ya sabemos lo que vale un papel cuando alguien dice que no pagaste.

—¿Cuántos hay?

—Los que haya.

—¿Me los enseñaría?

—No —dijo Màiri—. Todavía no la conozco a usted. Conozco a su marido lo que se conoce a un hombre en tres semanas, y a usted la he visto escuchar bien una vez, que es más de lo que había visto en seis años. Con eso no se entregan los papeles de nadie.

Se colgó la cesta del otro brazo y echó a andar. A los diez pasos se volvió.

—Cuando el factor le diga que esos recibos no existen o que son de otro año, acuérdese de que se lo dije yo antes que él.

Aquella noche Ailsa escribió a Muir. Redactó tres borradores y mandó el más corto: solicitaba, por escrito, el libro de rentas del término de Martinmas, para su cotejo, en la casa grande, y ofrecía firmar recibo de entrega y devolverlo en cuarenta y ocho horas.

La respuesta llegó el sábado por la mañana, en el mismo papel de siempre, con la misma cortesía.

Los libros de la finca son documento privado del propietario y se custodian por quien los administra.

No es costumbre de esta administración entregarlos a quien no tiene a su cargo la administración.

Queda a disposición de la señora el resumen ya remitido, y cualquier ampliación que la señora tenga a bien pedir por medio del señor Keir.

Ailsa se la llevó al despacho y la puso encima de los planos.

Lachlan la leyó de pie, con el sombrero todavía en la mano, recién llegado del muelle.

—Es una negativa —dijo.

—Es una negativa a mí. A usted no se la ha dado.

—Se la puedo ordenar por tercera vez.

—Y por tercera vez le mandará un resumen mejor. —Ailsa recogió la carta—. No le estoy pidiendo que grite. Le estoy pidiendo que se dé cuenta de lo que acaba de pasar: su factor acaba de decirle por escrito quién administra esta finca, y no ha escrito su nombre.

Él se quedó mirando el papel.

—Le doy hasta el término de Candelaria —dijo—. Si para entonces no lo ha entregado, entro yo en su casa y lo cojo.

—Bien.

—No le gusta.

—Me gustaría más si fuera hoy.

Se sostuvieron la mirada por encima de la mesa y la lámpara. Después él se sentó, sin pedir permiso esta vez, y empezó a leer el resumen desde la primera página, y estuvo con él hasta las dos de la mañana; y cuando terminó le hizo cuatro preguntas, y tres eran buenas.

El domingo no se trabajó. Hubo culto en la Free Church, larguísimo, y Ailsa vio desde su banco cómo se sentaba la gente: a un lado, las familias con arriendo; al fondo y de pie, en el sitio donde no hay banco, algunas de las mujeres que no aparecen en ningún libro.

El lunes, Agnes bajó al muelle con el correo de la casa. Llevaba dos cartas y su cuaderno de la ropa, porque el inventario de Kilmoran había que mandarlo a Charlotte Square para que la señora madre supiera qué se había llevado y qué se había quedado.

Ailsa la vio salir por la ventana del despacho, con el cuaderno bajo el brazo, y volvió a lo suyo.

Delante tenía el resumen abierto por la página once. Destapó el tintero, mojó la plumilla y escribió en el margen blanco, al lado de las veintiséis libras y catorce chelines, el primer nombre de una lista que no le había pedido nadie:

Seònaid MacLeod. 2 £ 6 s. Casa levantada por su suegro. Sin arriendo.

Lo escribió en tinta. En una casa donde el libro grande está en poder de otro, un nombre a lápiz es una intención y un nombre en tinta es un asiento.