Capítulo 5. La autorización general
La autorización general
La marea baja dejó al descubierto la roca que no estaba en el plano.
Lachlan bajó por las piedras con los planos enrollados bajo el brazo y se quedó al borde del agua, mirando aquella lengua de esquisto que salía de la orilla y se metía en la ensenada con una inclinación de once o doce grados.
Le llegaba a media pantorrilla el frío del enero de Duirinish, que no es el frío de Glasgow: es más limpio y entra antes.
—Ahí es donde va el segundo pilote —dijo.
—Ahí es donde no va nada —dijo Niall Beaton.
El muchacho tenía veintisiete años y las manos de quien ha sacado redes desde los doce. Llevaba una chaqueta azul que no era de trabajo, cepillada, y a Lachlan le costó dos días entender que se la ponía para hablar con él y que aquello no era respeto sino otra cosa más incómoda de nombrar.
—Explíquemelo.
—Con marea de cuadratura, el agua sube limpia y usted puede clavar donde quiera. Con marea viva y viento del suroeste, el agua entra por encima de esa roca, gira y sale por ahí. —Señaló un punto a veinte metros—. Todo lo que se ponga en medio hace de proa. Un pilote hace de proa dos inviernos.
—El plano dice fondo de arena.
—El plano lo hizo un hombre en agosto.
Lachlan desenrolló el papel sobre una piedra plana, lo sujetó con dos guijarros y sacó el lápiz. Trazó la lengua de roca a mano alzada, con la escala que le dieron los pasos que había contado al bajar, y movió la línea de pilotes cuatro metros al norte.
—¿Así?
Niall miró el papel más rato del que hacía falta. Tenía delante a un hombre que acababa de cambiar un plano de treinta libras porque un pescador se lo había dicho, y estaba decidiendo qué hacer con esa información.
—Así aguanta —dijo al fin.
—Empezamos en marzo si el hierro llega. —Lachlan enrolló los planos—.
Habrá acarreo desde el vapor hasta la obra durante ocho semanas por lo menos, y descarga de piedra.
Es jornal, se paga los sábados y se paga en dinero.
Se lo ofrezco a usted primero porque conoce la marea y porque va a hacer falta alguien que diga que no cuando yo me equivoque.
El muchacho se metió las manos en los bolsillos.
—¿Cuánto?
Lachlan dijo la cifra.
—Es buena —dijo Niall, y no dio las gracias, y en la manera de no darlas había un cálculo que Lachlan reconoció porque lo había hecho él a los diecinueve años en una puerta de fundición: si acepto esto, ¿qué se me pide después?
—No compra nada más —dijo Lachlan—. Es un jornal por un trabajo.
—Todo compra algo más.
Subieron juntos hasta el camino y allí se separaron sin ceremonia.
En la fragua, Iain Nicolson estaba poniendo una cuaderna nueva a un bote volcado. Tenía treinta y pocos años, el pelo rojo oscuro y los antebrazos de quien golpea hierro seis días por semana. Lachlan entró, saludó y esperó.
—Necesito abrazaderas para dieciocho pilotes —dijo—. Y clavos de barco. ¿Puede?
—Puedo.
—¿Me lo hace?
—Se lo hago. —Iain siguió golpeando—. No le voy a dar la mano y no voy a ir a ninguna cena.
—No le he ofrecido ninguna cena.
—Todavía.
Lachlan dejó la medida escrita en el banco, bajo un formón, para que no se volara.
La casa del factor estaba a diez minutos, junto al camino alto: dos pisos, cortinas gruesas, la chimenea encendida en una casa sin niños. Hugh Muir lo recibió con el libro de gastos ya abierto sobre la mesa y una silla apartada para él, y le sirvió té antes de que se lo pidiera.
—El resumen del trimestre, señor.
Lachlan leyó. Ingresos de renta por debajo de lo previsto, gastos de mantenimiento por encima, un apartado de cercado, otro de drenaje, y al final una relación de atrasos con veintiún nombres.
Beaton. MacAskill. Nicolson. Otros que no sabía pronunciar todavía y que en aquella hoja tenían al lado una cifra y una letra: R de requerido, A de aviso, D de diligencia.
—Veintiuno de veintinueve —dijo.
—Es un mal año, señor. El arenque falló en otoño y el ganado se vendió barato.
—Muir se sentó enfrente—. Y hay algo más difícil de escribir en una columna.
Desde la primavera pasada, con lo de Braes y con lo que se lee en los periódicos, un número de estas casas ha decidido que pagar es una manera de ceder.
No todas. Pero cuando tres dejan de pagar y no pasa nada, la cuarta se lo piensa.
—¿Y qué ha hecho usted?
—Lo que usted me autorizó a hacer.
Muir sacó de la carpeta una hoja que Lachlan reconoció por el papel antes que por la letra. Era del paquete de octubre. La había firmado en Glasgow un jueves a las cinco menos cuarto, con el correo esperando, encima de otras seis.
Autorización general al factor de la finca de Kilmoran para recaudar rentas y atrasos, expedir requerimientos y avisos, y emprender cuantas diligencias necesarias se sigan de ello, sin consulta previa.
Lachlan la leyó dos veces. La segunda, despacio, con el dedo debajo de la línea, como había visto leer a su mujer un contrato durante veintidós minutos en un comedor de Charlotte Square.
No recordaba aquella línea. Recordaba el bramante del paquete, el olor a lacre y la hora.
—«Cuantas diligencias necesarias» —dijo.
—Es la fórmula habitual, señor. Sin ella tendría que escribirle a Glasgow por cada vaca.
—¿Y con ella qué puede hacer usted?
—Requerir. Avisar. Y, cuando el aviso no basta y el tribunal lo permite, ejecutar sobre lo que haya.
—Muir lo dijo sin ninguna clase de placer, con el tono de quien recita el peso de una viga—.
No lo he hecho ni una vez este trimestre.
Estoy convencido de que este año tampoco hará falta si se actúa a tiempo.
Lachlan puso la hoja en la mesa, boca arriba, con su firma hacia él.
—A partir de ahora, ninguna diligencia se ejecuta sin que hablemos usted y yo antes. Ninguna. Ni una vaca.
—Como usted disponga.
—Y quiero ver el arriendo de los pastos altos.
Muir lo trajo del arcón. Era un documento del año setenta y siete, firmado por el antiguo propietario, que arrendaba los pastos altos enteros, ocho mil acres largos, a un ganadero de Roxburghshire llamado Andrew Elliot, con renta fija, por veinte años, prorrogables.
La renta era, ella sola, más de la mitad de lo que producía la finca entera.
—Sin ese arriendo no hay embarcadero —dijo Muir—.
Ni tejado nuevo, ni escuela, ni los jornales que usted quiere pagar en marzo.
Se lo digo con toda claridad porque va a oír otra cosa ahí abajo.
Van a decirle que los pastos altos eran suyos.
Y lo fueron, hace cuarenta años, cuando había la mitad de gente y la mitad de ovejas.
Ahora eso está escriturado y arrendado y nos da de comer a todos, incluidos ellos.
Lachlan tuvo la autorización general debajo de la mano todo ese tiempo.
Pensó en pedirla. Bastaba decir: deme esa hoja, la rompo y hacemos otra que diga lo que quiero que diga. Habría tardado un minuto.
Habría tenido que decir en voz alta, delante de aquel hombre que trabajaba en la finca desde hacía dieciséis años, que había firmado en octubre un papel sin leerlo.
Que era la clase de propietario que firma sin leer.
Se oyó pensarlo y se dio permiso con una palabra: prudencia.
Ya lo había ordenado de viva voz; una orden vale lo que vale el hombre que la recibe, y a Muir se le paga por recibirlas.
Dejó la hoja en la carpeta.
—Le quiero ver el jueves con el detalle de los veintiún nombres —dijo—. Familia por familia. Qué debe, desde cuándo y qué ha pagado.
—Le prepararé un resumen.
—Ya tengo un resumen.
—Un resumen mejor —dijo Muir, y sonrió media pulgada.
Salió a la una y no volvió a la casa. Cogió el camino alto, el que sube entre los muros de piedra seca hasta la divisoria, y anduvo una hora larga con el viento de cara.
La hondonada del noroeste estaba donde decía el mapa del agente.
Se llegaba por una brecha en el muro que alguien había reparado mal y por la que ahora pasaban las ovejas.
Dentro había cinco rectángulos de piedra sin techo, alineados de norte a sur, con los vanos abiertos y las paredes a la altura del pecho.
La hierba de dentro era más verde que la de fuera; siempre lo es.
Quedaban los surcos del cultivo en la ladera, muy claros con la luz baja, como renglones de un libro que sigue abierto aunque nadie lea.
En el tercer rectángulo empezando por el sur había una piedra de umbral entera, gastada en el centro por el paso.
Lachlan se sentó en el muro y estuvo mirándola un rato. Una oveja de cara negra estaba tumbada justo encima, rumiando, con la lana sucia de turba. Cuando él se movió, el animal se levantó sin prisa y salió por el vano.
Su madre había nacido en una de aquellas cinco casas y nunca le dijo en cuál.
Le contó otras cosas: que había un pozo, que el humo entraba, que su hermano mayor rompió una vez un cántaro y culpó al perro.
Nunca dijo el número de la casa ni la fecha en que salieron, y él no preguntó a tiempo, y ahora la información estaba en un registro de Portree o no estaba en ningún sitio.
Puso la mano en la piedra del umbral. Estaba mojada y era una piedra.
Bajó por el camino alto con la cuenta haciéndose sola, que es como se hacen las que uno no quiere.
La renta de Elliot pagaba más de la mitad de la finca.
De esa mitad salían el tejado, el hierro de los pilotes y los jornales de marzo, incluido el de Niall Beaton, que había aceptado sin dar las gracias.
Elliot pagaba esa renta por ocho mil acres de pasto alto.
Dentro de esos ocho mil acres, en una hondonada del noroeste, había cinco casas sin techo, y de una de ellas había salido su madre andando, con lo que le cupo en las manos, para acabar en una habitación de Govan con la ventana pintada.
De modo que el jornal que iba a darle a un pescador de Duirinish se pagaba con el mismo arriendo que tenía ovejas sobre el umbral de su abuela.
Lachlan hizo el cálculo dos veces por costumbre. Salía igual las dos.
No se lo contó a nadie al bajar. No había manera de contarlo que no sonara a discurso, y él tenía por norma no decir en voz alta lo que no podía sostener con un papel.
En Kilmoran House, Agnes lo esperaba en el vestíbulo con una nota doblada.
Señor Keir: el señor Muir me ha ofrecido por segunda vez un resumen. Le he pedido por segunda vez el libro de rentas. Le agradecería que se lo pidiera usted, ya que a usted se lo entregará. A. K.
Firmaba con las iniciales. Lachlan se quedó un momento con la nota en la mano, en el vestíbulo frío, mirando aquella A y aquella K juntas, que llevaban en el mundo trece días.
Mandó recado a Muir esa misma tarde: entregue el libro de rentas a la señora Keir.
La respuesta llegó a la mañana siguiente, cortés, de tres líneas: el libro de rentas se llevaba en la casa del factor, que era donde se cobraba, y sacarlo de allí en mitad de un término era exponerlo a extravío; entretanto, remitía a la señora un resumen ampliado con los totales por familia, que confiaba en que le resultara más claro.
Adjuntaba el resumen. Tenía columnas, sumas correctas y ni un solo nombre de los que pagan vivienda sin tierra.
Lachlan lo leyó, no encontró en él nada que reprochar y sintió, sin saber ponerle otro nombre, que le habían contestado que no dos veces en dos días con una educación perfecta.
Desde la ventana del despacho vio a Ailsa en el patio.
Estaba hablando con una muchacha delgada de unos veinte años, la hija de la viuda MacAskill, que había venido a traer huevos y llevaba media hora sin marcharse.
Ailsa tenía los guantes puestos y las manos quietas.
Escuchaba con la cabeza un poco inclinada y el peso en el pie derecho, y cada cierto tiempo decía tres o cuatro palabras y la otra volvía a hablar durante un minuto largo.
No tomaba notas. Lachlan se fijó en eso: no sacaba lápiz, no interrumpía, no repetía lo que le decían para demostrar que lo había entendido.
Le llevó un rato reconocer lo que estaba viendo, porque en su oficio lo hacen dos hombres de cada cien y siempre son los mismos dos: estaba dejando hablar a alguien hasta el final para averiguar en qué orden le salían las cosas.
Cuando la muchacha se fue, Ailsa se quedó sola en medio del patio con el viento levantándole la falda contra las piernas, mirando el camino por donde la otra bajaba. Después se subió el cuello del abrigo y entró en la casa.
Lachlan volvió a la mesa. La carpeta del factor seguía allí, con el resumen ampliado encima y, debajo de todo, la hoja de octubre.
La sacó una vez más y la miró hasta que se le quedó fija: su nombre entero, con la firma ancha que usaba para los contratos del Almirantazgo, debajo de la palabra diligencias .
Cerró la carpeta. Sin darse cuenta había metido la mano izquierda en el puño, con el anular fuera, como siempre, porque de otro modo no cierra.