Capítulo 4. Strome Ferry
Strome Ferry
El tren salió de Waverley el miércoles con dos horas de retraso y una capa de hollín en el cristal que no dejaba ver Fife.
Ailsa esperó a Perth para sacar las cuatro hojas. Las había leído dos veces en Edimburgo, la primera por el final y la segunda entera, y aun así las volvió a abrir sobre la manta de viaje porque un papel que se lee en una casa y un papel que se lee en un tren no dicen lo mismo.
El estado de liquidación era limpio. Precio de compra, fecha de la escritura, gastos, honorarios, y después el reparto: tanto al vendedor, tanto a los acreedores del vendedor.
En la penúltima línea, una obligación garantizada sobre la finca, cancelada con el precio y descargada en octubre. Y el nombre de quien la administraba.
Fraser, Kinnaird y Compañía.
Ailsa se quedó con el pulgar debajo del nombre mientras el tren pasaba por un puente.
Fraser, Kinnaird y Compañía llevaban los fondos de su madre desde antes de que ella naciera. Habían pagado dos veces al año, en junio y en diciembre, con la regularidad de una cosa que no depende de nadie, y ella misma había copiado ese ingreso en el libro de casa tres días atrás.
También llevaban los asuntos de media Ciudad Nueva.
En Edimburgo, cuatro o cinco despachos administran todo lo que hay que administrar, y una viuda de Charlotte Square y un propietario de Skye pueden compartir procurador igual que comparten dentista.
Ailsa lo pensó con esas palabras, deliberadamente, porque la otra cosa que se podía pensar exigía preguntarle algo a su madre por carta, y para preguntar por carta hay que saber qué se pregunta.
Dobló las hojas y las guardó en la cartera, entre el pasaporte de equipajes y un sobre en blanco.
Antes de guardarlas hizo una cosa que después le costó explicarse: sacó el libro de cuentas nuevo, todavía sin estrenar, y escribió en la primera página, con la fecha, la lista de lo que quería saber antes de Candelaria.
Le salieron once preguntas. Cuántos arrendamientos hay y cuántos pagan.
Qué se cobra por cada uno y desde cuándo.
Quién decide la cifra. Qué ocurre cuando alguien no puede pagar.
Cuánto cuesta un aviso y quién lo paga. Qué arrienda exactamente el ganadero del sur y hasta qué año.
Qué ha gastado la finca en tejados en tres años.
Quién guarda los libros y dónde duermen.
A quién se le da recibo. Quién no aparece en ningún papel.
Y la última, que escribió despacio y después subrayó: de dónde sale el dinero que entra en mi casa dos veces al año.
Miró la lista un rato con el páramo pasando por la ventanilla.
Después cerró el libro, porque su padre le había enseñado a los catorce años que una lista de preguntas escrita antes de abrir los papeles es la única defensa que hay contra encontrar exactamente lo que uno esperaba encontrar.
—¿Malas noticias? —dijo Lachlan desde el otro asiento.
—Un nombre conocido.
Él esperó. Al ver que ella no seguía, no insistió, y volvió a los planos que llevaba desplegados sobre las rodillas desde Stirling, con la esquina sujeta con el codo porque la mano izquierda no sujeta papel fino.
En Dingwall cambiaron de tren y el país cambió con ellos.
La línea sube y se estrecha, y a partir de cierto punto deja de haber campos y empieza a haber terreno: piedra, agua parada, brezo muerto de diciembre, algún tejo.
Ailsa contó cinco casas en una hora y en tres de ellas salía humo.
En las otras dos no salía y los muros seguían enteros, que es lo que ocurre cuando una casa no se cae, sino que se cierra.
Llegaron a Strome Ferry de noche y durmieron en la fonda del muelle, en cuartos separados, y a nadie le pareció raro porque el vapor salía temprano.
En la sala común de la fonda había cuatro hombres y una mujer con un niño dormido en el regazo, y la conversación llevaba media hora en el mismo sitio: si el invierno traería trabajo en las obras del ferrocarril, si el arenque, si alguien había sabido algo de los de Braes.
Un hombre mayor dijo un nombre y otro le dijo que se callara, y se callaron los dos, y miraron a los recién llegados con la cortesía exacta que se le dedica a quien no se sabe de qué lado está.
Ailsa entendió, mirando el fuego, en qué se había convertido su marido al cruzar Dingwall. En Glasgow era un hombre con las manos quemadas. Aquí era el hombre que había comprado una finca.
Por la mañana hacía un frío distinto: mojado, con sal. El barco era pequeño y negro y llevaba carga a proa, cajas de té y clavos y un arado, y ocho o nueve pasajeros que se conocían entre ellos. Ailsa se quedó junto a la chimenea porque quemaba y porque desde allí se veía la costa.
Lachlan estaba a proa, sin abrigo, con las manos en la borda.
Llevaba así media hora. No miraba el paisaje: miraba el agua contra el casco, en el punto donde la roda la abre, y de vez en cuando se inclinaba un poco para verla mejor, como se mira una junta que uno mismo ha soldado.
Tenía las orejas rojas de frío y no se movía.
El viento le pegaba la camisa contra la espalda y le sacaba el faldón del chaleco, y en dos ocasiones un golpe de mar le mojó el brazo y él lo dejó mojado.
Ailsa se descubrió midiendo el tiempo que un hombre puede estar quieto a la intemperie: veintiséis minutos desde que ella se colocó junto a la chimenea.
Después se descubrió midiendo otra cosa, la anchura de los hombros contra el marco del palo, y se llamó tonta en voz baja, y siguió mirando igual, con la cara vuelta hacia el mar para que el frío justificara los ojos.
Él se giró en algún momento y la vio. Cruzó la cubierta.
—Va a coger algo —dijo ella.
—Estaba mirando cómo entra en el agua. Es una roda mala. Han puesto motor nuevo a un casco de mil ochocientos sesenta y pico y el casco no lo sabe.
—¿Y eso importa?
—A ellos les cuesta carbón. Cuatro toneladas al año, quizá cinco.
Ailsa hizo la cuenta antes de darse permiso para hacerla.
—Con el carbón a lo que está, es el sueldo de un hombre.
—Es el sueldo de un hombre —dijo él.
Se quedaron los dos mirando la costa, a un metro de distancia, sin decir nada más hasta Portree.
En el muelle de Portree había más ruido del que Ailsa esperaba: barriles, un cargamento de arenque salado, dos hombres discutiendo en gaélico sobre una red, un niño con un cordero al hombro.
Un carruaje los llevó hacia el oeste por un camino que se estrechaba y que en dos sitios era la orilla misma.
El paisaje no se pareció a nada de lo que le habían contado.
Había muros. Eso fue lo primero: muros bajos de piedra seca cruzando la ladera en líneas rectas, cuadrando lo que en el mapa del agente aparecía en blanco.
Dentro de los cuadros había ovejas, muchas, quietas y sucias, con la lana crecida.
Fuera, más abajo, contra el mar, se apretaban las casas: tejados largos y bajos, humo de turba que no sube sino que se tumba y se queda a media altura, campos estrechos como pasillos, patatas ya levantadas, un montón de algas secándose al lado de una puerta.
Contó las casas del lado izquierdo del camino y le salieron veintiuna. Contó las ovejas de la primera ladera y dejó de contar a las trescientas. Entre una cosa y la otra había una franja de tierra alta, ancha, buena y sin nadie: la que en el papel de un agente producía dos veces.
—Ahí arriba no hay nada —dijo.
—Ahí arriba hay cuatro mil ovejas —contestó Lachlan.
—No es lo mismo que nada, pero se parece.
El carruaje pasó junto a una hondonada al noroeste, a media ladera, donde la línea de un muro antiguo cortaba el brezo en ángulo recto.
Dentro del ángulo había cuatro o cinco rectángulos de piedra sin techo, con los vanos abiertos y la hierba crecida por dentro, y una oveja tumbada en lo que había sido un umbral.
Lachlan no dijo nada. Ailsa, que llevaba desde Portree haciendo preguntas cada dos minutos, tampoco hizo esa, porque él había vuelto la cabeza hacia la ventanilla contraria antes de que la hondonada apareciera y la mantuvo así hasta que quedó atrás.
Kilmoran apareció al doblar el último cabo: la casa grande de piedra gris, con el tejado de pizarra nuevo por la mitad, un jardín que había sido jardín, y abajo, en la ensenada, un embarcadero de madera al que le faltaban tablas.
Hugh Muir los esperaba al pie de la escalinata con el sombrero en la mano.
Era un hombre de cincuenta años, seco, con la cara hecha para desaprobar y una manera de estar de pie que colocaba a los demás.
Le dio la bienvenida a Lachlan primero, con una inclinación exacta, y después se volvió hacia Ailsa y le dijo que esperaba que el viaje no la hubiera fatigado y que la señora encontraría el salón muy agradable por las tardes.
—¿Y el despacho de la finca? —dijo Ailsa.
Muir sonrió media pulgada.
—El despacho es una habitación fría, señora.
—Traigo chal.
—Faltaría más. —Se volvió otra vez hacia Lachlan—. Tengo el resumen del trimestre preparado para usted. Los atrasos se están regularizando; hay cuatro casas difíciles y con dos de ellas ya he llegado a un acuerdo. Nada que no se arregle antes de la primavera.
—¿Cuántas casas hay en total? —preguntó Ailsa.
—Veintinueve arrendamientos, señora, más las viviendas.
—¿Más las qué?
—Viviendas y varios —dijo Muir, y ya estaba abriendo la puerta.
La casa por dentro estaba fría y limpia y a medio amueblar.
Había un vestíbulo con una consola, un comedor grande, una sala pequeña con dos sillones, un despacho de la finca al lado del comedor, y al fondo del pasillo de la planta baja una puerta estrecha, de madera oscura, con la cerradura nueva y brillante contra el barniz viejo.
—¿Y esa?
—El archivo —dijo Muir—. Libros y papeles de los antiguos dueños.
Está en desorden. Mandé poner cerradura en septiembre porque el tejado de esa parte tenía goteras y entraban las gallinas del arrendatario de abajo.
—Se palpó el bolsillo del chaleco sin sacar nada—.
Es la única llave. Se la traigo cuando esté ordenado.
—¿Y el libro de rentas? —dijo Ailsa.
—El libro de rentas lo llevo yo, señora. Está en mi casa, que es donde se cobra.
—Me gustaría verlo esta semana.
Muir la miró por primera vez de frente. Fue un cambio muy pequeño, del orden de un cubierto movido dos centímetros.
—Le prepararé un resumen —dijo—. Con los totales por término y una nota de los atrasos. Es más cómodo de leer que un libro de rentas; los libros de rentas están llenos de detalle que no significa nada.
—El detalle es lo único que significa algo.
—Como quiera la señora. —Se volvió hacia Lachlan sin esperar respuesta—. Un resumen, entonces.
Lachlan estaba mirando la cerradura nueva del archivo y tardó un segundo en contestar.
—Un resumen para empezar —dijo.
Agnes llegó con el equipaje grande a media tarde, con la cara verde del vapor, y se puso a trabajar sin sentarse. Deshizo baúles, colgó, contó. A las seis apareció en el cuarto de Ailsa con el cuaderno estrecho en la mano.
—Señora, aquí hay ropa blanca de la casa, pero está sin marcar y no sé qué es de la finca y qué vino de Edimburgo. ¿Levanto inventario nuevo?
—Levántelo.
—¿Y el correo? Su señora madre me dijo que le escribiera al llegar.
—Sale los martes y los viernes desde el muelle —dijo Ailsa—. Escriba.
Arriba, los dormitorios eran dos y estaban uno frente a otro.
Ailsa deshizo su equipaje ella misma antes de que subiera Agnes, porque quería colocar tres cosas sin testigos: las cuatro hojas del estado de liquidación en el cajón de arriba de la cómoda, el libro de cuentas nuevo, todavía en blanco, en el de abajo, y la llave de latón en el cajón de la mesilla, junto a la cama.
Se quedó un momento con el cajón abierto y la llave dentro. Al otro lado del pasillo, la puerta que aquella llave abría estaba cerrada y tenía luz debajo.
Antes de bajar a cenar se cruzaron en el rellano.
Él subía con dos cajas de planos, una debajo de cada brazo, y se apartó contra la pared para dejarle sitio de sobra, más del que hacía falta, y esperó a que ella pasara.
Ailsa pasó. Al llegar al primer escalón comprobó que había contado, sin proponérselo, los segundos que él tardó en volver a moverse.
Cenaron los dos solos en un comedor para catorce.
Lachlan habló del embarcadero: pilotes, marea, un contratista de Portree, trabajo pagado para los hombres de la finca a partir de marzo.
Ailsa preguntó cuánto pensaba pagar el jornal y él dijo una cifra, y ella dijo que era buena, y él pareció más contento de eso que del pescado.
Por la noche, el viento buscó las junturas de las ventanas y las encontró todas. Ailsa se quedó despierta oyendo la casa, que era una casa que no conocía: un postigo, la campana del vestíbulo moviéndose sola, el mar abajo, empujando y volviendo.
Y en algún sitio de la ladera, muy lejos, una campana de vaca. Sonaba tres veces, se paraba, volvía a sonar. Ailsa estuvo escuchándola un rato largo, sin saber de qué animal era ni de quién era el animal, ni que aquel sonido acabaría teniendo un nombre, un apellido y una fecha.
En el cajón de la mesilla, la llave de latón estaba fría. La llave del archivo, al fondo del pasillo, estaba en el bolsillo del chaleco de otro hombre.