Donde termina la obediencia (Las tierras rebeldes 1) Capítulo 7. Los avisos
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Capítulo 7. Los avisos

Los avisos

Ailsa lo supo porque bajó a la casa del factor sin que nadie la hubiera invitado y se lo encontró poniéndose los guantes en la puerta, con el caballo ya enganchado y un muchacho sujetándolo.

—Voy a acompañarle —dijo.

—El camino está muy malo, señora.

—Traigo botas.

Muir la miró un segundo largo y después le tendió la mano para ayudarla a subir al carro, con una cortesía que no dejaba resquicio. Sabía perder una escaramuza sin gastar una palabra en ella.

Eran seis avisos. Muir los llevaba en una carpeta de tapas duras, cada uno con su copia, y en el trayecto le explicó el procedimiento con la calma de un hombre que explica cómo se poda un manzano: primero el requerimiento, que es una carta; después el aviso, que ya lleva plazo; y solo si el plazo pasa, lo demás, que él confiaba en no tener que usar y que en dieciséis años había usado tres veces.

—¿Con quién?

—Con dos casas que se marcharon a Canadá y una que se marchó a Glasgow.

—¿Y les fue bien?

—No lo sé, señora. No escriben.

La primera casa fue la de los Beaton.

Estaba en la parte baja, con el hastial hacia el mar y un patatal delante cerrado con piedra. Iseabail Beaton estaba ordeñando en el establo pequeño, sentada en un taburete, con la frente apoyada en el costado de una vaca parda, y el sonido del chorro en el cubo llegaba hasta la puerta.

La vaca llevaba un cencerro de hierro atado con una correa de cuero remendada. Cada vez que el animal movía la cabeza, el cencerro sonaba una vez, con un tono grave y sin ninguna gracia. Ailsa lo oyó cuatro o cinco veces durante la conversación y le pareció el ruido más doméstico de toda la isla.

Calum Beaton salió a la puerta con la boina en la mano. Sesenta años, muy delgado, y una manera de quedarse quieto delante del papel que Ailsa reconoció enseguida: era la de un hombre que ha decidido no darle a nadie el gusto de verlo temblar.

Muir le leyó el aviso en voz alta, en inglés, y después se lo repitió en gaélico sin que se lo pidiera, y aquello a Ailsa le pareció lo más frío de toda la mañana.

—Seis libras y doce chelines, término de Martinmas —dijo Muir—. Tiene usted hasta el catorce de febrero.

Calum cogió el papel con las dos manos. Lo leyó despacio, lo dobló en cuatro por los pliegues que ya le venían hechos y se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, no en el del pantalón.

—Yo pagué en noviembre —dijo.

—El libro dice que no.

—Yo pagué en noviembre.

—Calum, todos los años decimos lo mismo y todos los años lo arreglamos.

Iseabail apareció detrás de su marido, secándose las manos. Tenía cincuenta y tantos y los antebrazos de quien lleva cuarenta años cargando cubos.

—¿Cuánto dice ese papel?

—Seis libras y doce.

Entró en la casa. Volvió con una lata de galletas, de las de tapa con dibujo, y la abrió delante de la puerta apoyándola en la cadera. Dentro había papeles: papeles pequeños, doblados, algunos amarillos y otros nuevos. Fue pasándolos con el pulgar, deprisa, hasta que sacó uno.

—Dieciocho de noviembre —dijo—. Diez chelines. Su firma.

Muir lo cogió. Lo miró por delante y por detrás y se lo devolvió.

—Diez chelines a cuenta de seis libras y doce.

—Diez chelines que aquí no están —dijo Iseabail—. Su papel dice seis y doce. Si yo pagué diez chelines, su papel tendría que decir seis y dos.

—Los recibos no siempre se asientan en el mismo término, señora Beaton.

—El dinero se asentó donde usted lo puso.

—Se comprobará —dijo Muir.

Ailsa alargó la mano.

—¿Me deja verlo?

Iseabail miró primero a su marido y después a la señora de la casa grande, que llevaba tres semanas en la isla y estaba subida en el carro del factor. Le pasó el papel sin soltarlo del todo.

Era un recibo pequeño, de talonario, con un número impreso arriba: R-241. La fecha a mano, dieciocho de noviembre. Diez chelines. La firma de Muir, con la M grande. En el borde de abajo, una mancha de grasa que había traspasado el papel y lo había puesto casi transparente.

—Sebo —dijo Iseabail—. Lo guardé en la lata de la vela.

Ailsa lo devolvió.

—El dinero de este recibo, ¿de dónde salió?

—Mío. Mantequilla y dos madejas de lana en la feria de octubre.

—El croft está a nombre de Calum.

—El croft, sí —dijo Iseabail, y volvió a guardar la lata.

En el establo, la vaca parda cambió de postura y el cencerro sonó otra vez.

La segunda casa fue la de Iain Nicolson.

No hubo conversación. Muir tendió el aviso, Iain lo cogió, lo abrió, lo leyó por encima y lo metió por la boca de la fragua. El papel se levantó una vez, se puso naranja por los bordes y se fue.

—Tengo copia —dijo Muir.

—Pues métala usted también.

Su primo Niall, que estaba en el patio con una gubia y un remo a medio hacer, dejó el remo y se acercó. Cuando Iain fue a coger la copia de la carpeta, Niall le puso la mano en el brazo.

—Déjalo.

—Es un papel.

—Quemar un papel no borra el libro. —Niall no levantó la voz—. Lo borra de tu casa. En su casa sigue.

Iain se soltó, pero no volvió a alargar la mano. Un trozo del primer aviso había caído fuera de la fragua y seguía ardiendo en el suelo de tierra. Niall lo apagó con el pie, sin prisa, dos veces, hasta que dejó de haber lumbre.

Muir dejó la copia sobre el yunque, con una piedra encima.

Las otras cuatro casas fueron más rápidas y peores por lo callado.

En la tercera no había hombre. La mujer, que tendría cuarenta años y cuatro criaturas detrás de la falda, escuchó el aviso de pie, dijo que su marido estaba en Glasgow desde octubre y que mandaba lo que podía, y preguntó si podía pagar la mitad en febrero y la otra mitad cuando volviera el arenque.

Muir dijo que no era él quien ponía los plazos.

La mujer preguntó quién los ponía. Muir dijo que la finca.

Ailsa, sentada en el carro con la carpeta en las rodillas, comprendió en ese momento que «la finca» era ella.

Era su marido, era la casa grande donde había mandado poner dos chimeneas encendidas aquella misma mañana, era el papel que llevaba en el regazo.

La palabra servía precisamente para que nadie tuviera que decir un nombre.

En el camino, entre la cuarta casa y la quinta, Muir habló sin que ella le preguntara nada.

—Va usted a pensar mal de mí, señora, y es natural.

Se lo voy a poner fácil. —Iba con las riendas flojas, mirando al frente—.

Yo entré en esta finca en el sesenta y seis.

En el sesenta y ocho hubo una mala cosecha y el propietario de entonces perdonó los atrasos de nueve casas.

Le pareció caritativo. En el sesenta y nueve no pagó nadie, porque quien había pagado en el sesenta y ocho se sintió tonto.

En el setenta hubo que vender ganado en catorce casas para ponerse al día, y en tres de ellas no se recuperaron nunca.

Lo que parecía caridad costó tres familias.

—O sea que el aviso es por su bien.

—El aviso es por el bien de la finca, que es lo mismo dicho sin adornos —contestó él—.

Una finca que no cobra no repara tejados, no da jornales y no dura.

Y cuando una finca no dura, la compra alguien de Edimburgo que no ha visto nunca esta ensenada y que sabe muy bien lo que rinde un acre de pasto sin nadie encima.

—Chascó la lengua al caballo—. Yo llevo dieciséis años impidiendo eso. Duermo perfectamente.

A mediodía pararon en la tienda, que era una casa como las demás con un mostrador dentro y olor a jabón y a queroseno.

Había tres mujeres esperando y un hombre al que Ailsa no había visto nunca: cuarenta años largos, abrigo bueno, sombrero mejor, botas limpias en una isla en la que no hay manera de tener las botas limpias.

Estaba hablando con un muchacho de unos veinte años, en un tono de conversación amistosa, y le enseñaba un papel impreso con un grabado arriba.

—... y no es como antes —decía—. Ahora se va desde Glasgow en nueve días. Tierra propia, muchacho. Ciento sesenta acres a tu nombre, con papel, y en tres años ya no le debes nada a nadie. Aquí, con todo respeto, ¿qué tienes? El sitio de tu padre, si tu hermano se muere.

El muchacho miraba el grabado.

Ailsa oyó el precio del pasaje cuando el hombre lo dijo, y lo retuvo, porque era la cifra de una cosa concreta y ella retenía esas cifras sin querer. Al salir, Muir no dijo nada del asunto.

—¿Quién es? —preguntó ella ya en el carro.

—Baird. Agente de emigración. Viene tres o cuatro veces al año.

—¿Y trabaja para quién?

—Para una compañía. Cobra por cabeza —dijo Muir—. Yo no lo llamo y no lo echo. Si la finca no le da a un hombre lo que necesita, ese hombre es libre de escuchar a quien se lo ofrezca.

La última casa fue la de Màiri MacAskill, y en la última casa Muir no bajó del carro. Mandó a Ailsa el aviso con el muchacho.

Màiri estaba en la puerta con las manos en el delantal.

—Ya sé lo que trae ese papel.

—No lo traigo yo.

—Lo trae usted en la mano. —Cogió el aviso, lo miró y lo dobló sin leerlo entero—. ¿Se acuerda de lo que le dije en el camino?

—Que las cuentas están en las cocinas.

—Le voy a hacer una pregunta y quiero que se la piense antes de contestar, porque de la contestación depende bastante. —Màiri se apoyó en el marco—. Si yo tuviera siete de esos papelitos, de siete casas distintas, ¿usted qué haría con ellos?

Ailsa lo pensó. Se dio tiempo, aunque supiera la respuesta desde la segunda palabra, porque aquella mujer le acababa de pedir que se lo pensara.

—Los cotejaría con el libro de rentas, uno por uno, delante de testigos —dijo—. En una habitación con gente dentro y con el señor Muir presente. Y no me quedaría con ellos ni una noche.

—¿Y si el libro no aparece?

—Entonces el que no lo enseña ya ha contestado.

Màiri se quedó un momento con la mirada puesta en el carro, donde Muir esperaba muy derecho, mirando al frente.

—No le prometo nada —dijo.

—No le he pedido nada.

—Se lo ha pedido a sí misma, que es peor.

Aquella tarde, en Kilmoran House, Ailsa esperó a que Lachlan volviera del muelle y le contó el día entero: el recibo de la lata, el papel en la fragua, el aviso de los seis y doce, la mancha de sebo, la lista de veintiuno.

—Quiero que suspenda los avisos hasta que veamos el libro.

Lachlan se pasó la mano por la cara. Tenía sal seca en las cejas.

—El miércoles vienen a cenar el comandante y su hermana, de la finca del norte, y el procurador de Portree.

—Ya lo sé. He ordenado el menú.

—Si esta semana desautorizo a mi factor por un recibo que ha visto usted en una lata, el miércoles tengo a dos propietarios sentados a mi mesa sabiendo que en esta casa manda cualquiera menos yo. Y en marzo necesito que ese procurador me consiga hierro y un contratista.

—Necesito que me diga que sí o que no, no lo que necesita en marzo.

—Le digo espere. —Lachlan bajó la voz, que en él era la manera de subirla—. Hasta la cena. Cinco días. Después de la cena, si usted me trae un papel que no cuadre con un libro, lo paro todo y me da igual quién esté sentado.

Ailsa se oyó decir que sí.

Subió a su cuarto sin cenar y estuvo un rato de pie junto a la ventana.

Lo que la tenía así no era la espera. Era el sonido exacto de aquella frase: espere, hasta la cena, cinco días .

Su madre le había dicho eso mismo durante cuatro años, con otras palabras y siempre con una buena razón detrás, y las buenas razones eran precisamente lo que hacía imposible discutirlas.

Al día siguiente, en la escalera de la escuela, Flora MacAskill la alcanzó cuando ya se iba. Llevaba un cesto con huevos y el pelo mojado.

—Señora Keir. Mi madre dice que le diga una cosa.

—Dígala.

—Que el miércoles van a tener ustedes invitados que no esperan.

Flora bajó los escalones y echó a andar hacia el camino sin volverse.

Aquella noche el viento cesó, que en Duirinish ocurre tres veces en invierno, y la ladera se quedó tan callada que se oía el mar en la ensenada y poco más.

Ailsa abrió la ventana un dedo y escuchó.

De la parte baja subía un cencerro. Sonaba tres veces, se paraba, volvía.

Ya sabía de qué casa era, y de qué vaca, y quién la ordeñaba a las seis y media de la mañana con la frente apoyada en su costado.

No sabía todavía que aquel sonido, entre todos los de la isla, era el único que iba a poder reconocer con los ojos cerrados.