CAPÍTULO 60 EL ALMACÉN
E l almacén estaba a dos kilómetros del pueblo.
Oficialmente llevaba casi tres años cerrado; Teresa Montalvo figuraba como propietaria desde hacía nueve.
Era una construcción baja, de paredes gruesas, con una puerta metálica y un patio lateral.
Nada en el exterior explicaba por qué habían solicitado el registro.
—Está demasiado limpio —dijo Vera.
Luján observó las marcas de fregado del suelo.
El cemento era poroso y tenía zonas reparadas; no podían fechar la limpieza por el aspecto ni atribuirle todavía un propósito.
El equipo fotografió las estancias antes de entrar, numeró cada hallazgo y dejó constancia de quién lo recogía.
La orden judicial estaba sobre la mesa del agente responsable.
En una habitación lateral había una mesa de exploración y una caja con gasas, guantes, envases vacíos y una etiqueta escolar sin nombre legible.
El material sanitario podía tener usos legítimos: el almacén había servido para guardar suministros.
Vera pidió que el inventario describiera los objetos sin llamarlos «material del crimen».
La etiqueta se fotografió y se embaló aparte; aún no podían atribuírsela a Lucía.
En el suelo, junto a la mesa, apareció una mancha oscura.
La prueba de orientación reaccionó como posible sangre.
El agente tomó muestras con material estéril y reservó parte para análisis posteriores.
Las marcas alrededor podían corresponder a una limpieza, a la porosidad del cemento o a una reparación antigua; el resultado preliminar no permitía distinguir entre esas posibilidades.
La muestra quedó pendiente de análisis genético.
Hasta disponer de un resultado validado, no podían afirmar que la sangre perteneciera a Lucía ni utilizarla para fijar una secuencia.
El producto de limpieza había alterado parte de la superficie y no quedaba un patrón fiable para reconstruir movimientos; tampoco podía fecharse la limpieza ni atribuirle una finalidad concreta.
En el borde de la mesa se recogieron fibras amarillas.
El tejido era compatible con el de una prenda de Lucía, pero no exclusivo de ella.
Vera pidió muestras de control de la mesa y del producto químico, además de una descripción de la distribución de las fibras.
No quería que una semejanza se transformara en identificación antes de que el laboratorio pudiera sostenerla.
La cámara agrícola aportó otro dato: a las 17:18 registró el paso por la zona del vehículo inscrito a nombre de Teresa.
La imagen no mostraba al conductor. El coche podía haberlo utilizado su propietaria, alguien autorizado o una tercera persona.
Luján pidió revisar el historial de llaves, los registros de combustible y las declaraciones de quienes tenían acceso a la propiedad.
La titularidad estaba documentada; la presencia de Teresa al volante seguía sin corroborarse.
Vera marcó las rutas posibles en un mapa.
Desde la casa de Lucía se llegaba al almacén por dos caminos; desde el consultorio, por tres.
Ninguna ruta terminaba en una hora confirmada de llegada.
La cámara acotaba un desplazamiento, no una trayectoria continua.
La hora de la farmacia y las llamadas tendrían que cotejarse sin rellenar los intervalos con suposiciones.
Una agente propuso unir los trayectos para que el esquema resultara más legible; Vera dejó las líneas discontinuas.
—No quiero que el dibujo haga parecer probado lo que solo es posible —dijo Vera—. Si alguien mira esto dentro de seis meses, tiene que saber qué parte procede de una cámara y qué parte hemos calculado nosotros.
—¿Y qué nos haría abandonar la hipótesis del almacén? —preguntó Luján.
Vera tardó en responder. No bastaba con que apareciera una explicación alternativa; tenía que poder contrastarse.
Un uso anterior del espacio, una fecha incompatible o una procedencia distinta de la sangre cambiarían el peso de los indicios.
Ninguno de esos datos estaba sobre la mesa todavía.
Lo que sí podían hacer era escribirlos como posibilidades y evitar que la hipótesis principal los borrara antes de tiempo.
—Entonces el registro no nos da una historia —dijo Luján.
—Nos da preguntas que ya no podemos ignorar. Es distinto.
El abogado de Teresa llegó antes de que terminara el registro.
Solicitó que constara el uso sanitario anterior del almacén y advirtió que parte del material podía ser ajeno a la investigación.
Luján incorporó la objeción al acta. No era una razón para descartar la sangre, pero sí para evitar que cada gasa, envase o fibra se interpretara como prueba de una agresión.
Antes de cerrar la diligencia, Vera comprobó que el informe provisional separara los hechos de las hipótesis: la prueba de orientación había reaccionado como posible sangre, pero la identificación genética seguía pendiente; había señales compatibles con una limpieza, sin fecha ni finalidad determinadas; las fibras eran compatibles con una prenda de Lucía, pero no exclusivas; y un vehículo registrado a nombre de Teresa había pasado por la zona sin que la cámara identificara al conductor.
El almacén constituía una posible línea de investigación relacionada con Lucía, no una vinculación todavía confirmada.
Quién la había llevado allí y qué había ocurrido seguían siendo preguntas abiertas.
Vera salió al patio y llamó a Luján.
—Tenemos que decidir qué diligencia puede convertir estos indicios en una secuencia comprobable.