Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 59 LA BICICLETA BLANCA
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CAPÍTULO 59 LA BICICLETA BLANCA

N o quiero que coincida porque queremos que coincida —dijo Vera.

—Por eso la comparamos con modelos y no solo con el coche de Teresa.

El perito conservó el archivo original y advirtió que la marca blanca de la puerta trasera cambiaba de forma según el tratamiento digital.

Podía corresponder a una reparación, una pegatina o pintura dañada; el coche de Teresa era compatible con la imagen, pero no quedaba individualizado.

La marca no debía usarse para identificar el vehículo sin una comparación física o una imagen independiente.

Luján escribió dos preguntas en la pizarra: quién había hecho la fotografía y quién sabía que existía. Podían ser la misma persona o dos distintas. La imagen no explicaba por qué se había tomado ni qué ocurrió después.

El problema mayor estaba en la cronología.

La primera reconstrucción situaba a Lucía en el instituto a las 15:20, en la gasolinera a las 15:27 y en la plaza vieja alrededor de las 15:34.

Otra cámara, cuyo reloj se había corregido, la mostraba a las 15:38:46; la última actividad de red del teléfono aparecía poco después de las 15:41 y una cámara de carretera había registrado un vehículo claro a las 15:46.

Más tarde, una declaración familiar situaba una salida de casa a las 16:35.

El equipo aún no había documentado de forma clara si Lucía regresó a casa entre ambos recorridos.

—No lo conviertas en una línea continua —dijo Vera—. Cada hora viene de una fuente distinta.

El registro de la fotografía señalaba las 16:58.

La cámara agrícola había captado el vehículo registrado a nombre de Teresa a las 17:18.

En la lista de reconstrucción figuraba una referencia a la farmacia a las 17:42, pero todavía no estaba claro a qué persona ni a qué registro correspondía.

La llamada constaba a las 18:07. Además, entre la última actividad de red de las 15:41 y esa llamada había ciento cuarenta y seis minutos.

Las horas podían ayudar a formular preguntas sobre trayectos y paradas, pero todavía no componían una secuencia completa.

Luján pidió reconstruir los tiempos con tráfico normal y por la ruta secundaria.

El perito indicó que ambas alternativas eran posibles; una requería una parada breve en el almacén.

La posibilidad no equivalía a una reconstrucción confirmada.

También debían aclarar qué evento exacto correspondía a la llamada de las 18:07, porque el primer trabajo policial había empezado antes.

Vera dejó ambos puntos marcados como pendientes, en vez de cubrirlos con una suposición.

—Demasiado tiempo para construir una acusación a partir de una fotografía —dijo Luján.

—Suficiente para que alguien hiciera muchas cosas. No sabemos cuáles.

La segunda imagen apareció en un teléfono antiguo recuperado en una caja de documentos personales.

Mostraba una campana oxidada apoyada contra una piedra y una raíz gruesa.

El metadato indicaba las 15:12 del día de la desaparición.

El cordón quedaba fuera de cuadro; cerca del metal se veía una fibra roja.

Vera se quedó inmóvil.

—Ese día.

Luján amplió la zona inferior. La fibra podía ser el hilo relacionado con la campana hallada junto a Lucía, pero era un material común y no identificaba una cuerda ni una persona.

El teléfono había pasado por varias manos y la fecha podía haberse conservado al copiar la fotografía desde otro equipo.

La procedencia del archivo seguía incompleta.

La comparación física de la campana tardó varias horas.

El perito examinó fotografías calibradas, la deformación del borde y dos arañazos paralelos.

También comparó una zona de corrosión irregular.

Ningún rasgo bastaba por separado; juntos permitían afirmar que la pieza fotografiada podía ser el mismo objeto que apareció junto a Lucía, o una pieza fabricada y deteriorada de manera muy semejante.

El informe no elevó el resultado a identificación absoluta.

Vera pidió comprobar quién tenía acceso al teléfono y si la fotografía podía haberse tomado antes de que empezara la búsqueda.

El objeto parecía estar en el suelo, pero no se veía quién lo había colocado ni quién lo retiró después.

La imagen demostraba que alguien había fotografiado una campana en una hora concreta según los metadatos; no demostraba que esa persona la hubiera llevado hasta Lucía.

Una tercera fotografía, antigua, mostraba a Marina, el equipo de búsqueda y un vehículo sanitario.

Teresa aparecía al fondo, junto al vehículo, no cerca del cuerpo.

Samuel había declarado que colocó una campana y que alguien la retiró después.

Teresa estaba en el lugar durante parte de ese intervalo, pero también lo estaban Adrián, don Amadeo, voluntarios y agentes.

La fotografía permitía sostener que podía conocer la presencia del objeto; no demostraba que lo hubiera retirado ni que supiera cómo Samuel lo había utilizado.

A las cuatro llegó el informe de la fibra roja. El material era poliéster común y no coincidía de forma exclusiva con la cuerda. Vera tachó «hilo» de la pizarra y escribió «fibra roja: no identificativa». Luján la observó.

—Eso también es una prueba.

—¿De qué?

—De que no debemos enamorarnos de una coincidencia.

Más tarde llegó la confirmación de que el vehículo registrado a nombre de Teresa había salido de un camino secundario a las 17:18.

La ruta conducía hacia el antiguo almacén sanitario, donde habían encontrado sangre de Lucía.

La cámara no mostraba al conductor y no permitía afirmar que la doctora hubiera hecho el recorrido.

Vera escribió las horas en una hoja aparte, sin unirlas con una línea: 15:41, 16:58, 17:18, 17:42, 18:07. Debajo anotó las preguntas pendientes sobre el tramo anterior a las 16:35 y sobre la llamada registrada. La cronología empezaba a tener puntos de apoyo, pero aún no tenía todos los puentes.

—Quiero que revisen quién más pudo hacer ese recorrido —dijo.

—¿Adrián?

—Adrián. Y Antonio Molina, si podemos reconstruir sus movimientos aunque esté muerto.

Luján asintió. Vera volvió a mirar la fotografía de la campana.

No le gustaba porque parecía demasiado sencilla: una campana, una fibra roja, una niña.

Durante semanas habían creído que el objeto pertenecía al asesino.

Ahora podían estar descubriendo que había pertenecido primero a una investigación antigua y que alguien había aprendido a utilizar aquella mentira.

Pero todavía tenían que demostrar quién conocía el secreto, quién había preparado la fotografía y quién había llevado la campana hasta Lucía. El objeto ya no era una firma. Era una pregunta.