Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 58 LA CARPETA DIGITAL
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CAPÍTULO 58 LA CARPETA DIGITAL

L a carpeta digital apareció en un ordenador antiguo, desconectado de la red y con un sistema operativo que ya no recibía actualizaciones.

Antes de abrir los archivos, el equipo informático creó una imagen forense del disco, registró el número de serie y calculó una suma de verificación.

No volvieron a explorar el aparato original de forma improvisada: cualquier acción podía sobrescribir datos que quizá necesitaran recuperar.

La carpeta figuraba con un nombre corriente: «seguimiento».

Estaba mezclada con documentos de consultas y formularios de derivación.

Cada persona tenía una ficha con fechas, desplazamientos, contactos y anotaciones sobre visitas o incidencias.

Algunos campos parecían administrativos; otros no correspondían a una historia clínica.

Vera pidió una tabla de campos y permisos antes de leer los nombres.

Quería saber qué información se recopilaba de todos los usuarios y qué se añadía solo a determinadas personas.

El técnico encontró entradas para cambios de domicilio, llamadas, visitas y «incidencias», aunque no todos los campos estaban completos.

La base podía haber empezado como una herramienta administrativa y haberse desviado de su finalidad, o podía haber servido desde el principio para una vigilancia informal.

El archivo no aclaraba cuál de esas posibilidades era correcta.

Luján ordenó conservar una copia íntegra y preparar una versión de trabajo que protegiera los datos personales.

Las personas vivas que aparecían allí no podían convertirse en sospechosas solo por figurar en la pantalla.

Al revisar la estructura, Vera entendió por qué había surgido la palabra «modelo».

La carpeta no registraba únicamente lo que había ocurrido; también intentaba anticipar quién podía hacer preguntas, marcharse o hablar.

Había observaciones como «insiste», «no acepta», «riesgo de exposición» y «necesita supervisión».

El técnico comparó los campos con formularios oficiales de protección de menores de la época.

Varios no aparecían en esos modelos. Eso permitía documentar una diferencia, pero no determinar quién había creado las categorías ni atribuirles de antemano una finalidad criminal.

La carpeta contenía cuarenta y nueve nombres.

La mayoría correspondían a personas vivas; algunas habían abandonado Valdehondo y otras seguían allí.

Había anotaciones médicas, familiares y sociales junto a valoraciones sobre riesgo, intervención y seguimiento.

Algunas fichas parecían rutinarias: una mujer con ansiedad, un anciano que necesitaba apoyo, un adolescente derivado a otro centro.

Otras clasificaban a las personas por su resistencia a las indicaciones, la posibilidad de que huyeran o su tendencia a ocultar información.

Cada frase podía parecer razonable aislada.

En conjunto, el sistema permitía decidir quién necesitaba vigilancia y quién podía dejar de ser atendido sin que nadie preguntara demasiado.

—¿Podemos saber quién decidió los criterios? —preguntó Vera.

—Quizá por las versiones del programa y los documentos de mantenimiento —respondió el técnico—. Pero no por esta carpeta sola.

Vera pidió que la búsqueda de versiones antiguas tuviera prioridad.

Las modificaciones podían mostrar cuándo se añadieron los campos más intrusivos y qué cuentas los habían utilizado.

En una tabla creada ocho años atrás aparecían las columnas «Intervención», «Resultado» y «Riesgo restante».

Siete nombres estaban marcados de forma distinta.

R. G. figuraba como «Resuelto»; E. S., también.

M. V. aparecía como «Sin retorno». La ficha de L.

R. había sido modificada pocas semanas antes de la desaparición: «Observa / pregunta demasiado».

Vera sintió un frío seco en la nuca.

—¿Quién modificó esto?

—El archivo dice que se hizo desde este ordenador.

—¿Y quién tenía acceso?

—Teresa. Pero no sabemos si era la única.

El registro conservaba dos accesos antiguos: uno asociado a Teresa y otro a una cuenta administrativa de la residencia.

Esa cuenta se había utilizado después del cierre oficial de Santa Brígida, aunque la fecha exacta de la última sesión no podía establecerse con seguridad porque el reloj del ordenador había sido corregido varias veces.

Un registro de mantenimiento indicaba que el equipo estuvo almacenado durante un periodo y luego volvió a conectarse a una red local.

No constaba quién lo había conectado; solo aparecía el nombre de la cuenta.

Luján pidió facturas de mantenimiento, inventarios de equipos y una comparación entre los usuarios digitales y las firmas de los documentos en papel.

La coincidencia entre una cuenta y una persona no podía darse por hecha.

—Don Amadeo —dijo Vera.

—Probablemente.

—No lo sabemos.

—No.

Vera no quiso convertir una posibilidad en certeza. Pidió que siguieran.

La subcarpeta cifrada contenía fotografías.

Los especialistas la abrieron sobre una copia de trabajo y preservaron los archivos originales.

Había imágenes de puertas, caminos, habitaciones, vehículos y entradas traseras: Santa Brígida, el viejo almacén, la acequia y el refugio de pastores.

No eran fotografías de cadáveres ni de escenas explícitas de violencia.

La fecha de cada archivo se conservó como dato técnico, con una advertencia sobre posibles modificaciones; algunas imágenes tenían metadatos incompletos y otras procedían de cámaras distintas.

Una fotografía mostraba la bicicleta de Lucía apoyada junto a la carretera.

La niña no aparecía. Al fondo se distinguía parte de un vehículo, pero la matrícula quedaba fuera de cuadro.

Los metadatos indicaban las 16:58, sesenta y nueve minutos antes de la llamada registrada a las 18:07.

El archivo no identificaba a quien había tomado la imagen y el reloj del dispositivo aún requería comprobación.

La hora servía para acotar una ventana, no para atribuir la fotografía a una persona.

Vera pidió que un perito comparara la marca visible en el vehículo con imágenes de varios coches, no solo con el de Teresa.

La pequeña señal del lateral era compatible con una marca que aparecía en fotografías del vehículo de la doctora, pero no bastaba para identificarlo de forma individual.

La información podía comprometer a Teresa; también podía conducir a otra persona que hubiera utilizado el coche o tenido acceso a la carpeta.

El técnico contó doscientas treinta y seis fotografías. Cuarenta y nueve mostraban personas: los mismos cuarenta y nueve nombres que aparecían en las fichas. Vera volvió a mirar la bicicleta y después la tabla de seguimiento.

—Entonces ya sabemos qué era esta carpeta.

—¿Qué?

—No un archivo médico. Un modelo de quién podía ser observado y de quién dejó de serlo.

El ordenador no era una confesión guardada en un disco.

Era un registro de prácticas. Para demostrar quién las había utilizado y con qué propósito, tendrían que conectar los accesos digitales con decisiones concretas.

La carpeta ofrecía una estructura y una serie de preguntas; no una autoría cerrada.