Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 54 LA QUE AYUDABA
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CAPÍTULO 54 LA QUE AYUDABA

E l laboratorio confirmó que la tierra encontrada en la ropa de Marina no coincidía exactamente con la de la acequia.

La diferencia no era grande.

Pero había semillas.

Una especie que crecía en la parte alta del monte y que no aparecía en cantidad suficiente alrededor del lugar donde habían encontrado el cuerpo.

Vera extendió el informe sobre la mesa.

—Entonces estuvo arriba.

Luján señaló el mapa.

—O pasó por allí.

—Y después apareció abajo.

—Sí.

—¿Por qué?

No había respuesta.

Otra anomalía apareció en los archivos de Santa Brígida.

Una cinta había sido cortada y unida de nuevo.

El empalme no pertenecía a la grabación original.

—¿Quién tenía acceso?

—Varias personas —respondió Luján.

—Incluido Amadeo.

—Sí.

Vera apoyó las manos sobre la mesa.

—Eso significa que cualquiera pudo manipular una copia.

—No necesariamente el original.

—Precisamente.

La investigación se estaba convirtiendo en una tarea distinta.

Luján pidió que las pruebas se organizaran según lo que podían demostrar: la tierra indicaba un entorno compatible; la ropa podía conservar residuos de más de un lugar; la cinta mostraba un empalme posterior; los testimonios describían a una persona con ropa clara.

Ninguna pieza identificaba por sí sola a quien había movido a Marina o a Lucía.

La tarea consistía en buscar un vínculo que no dependiera de interpretar todos los indicios de la misma manera.

El técnico que examinó la cinta comparó el empalme con las marcas del soporte.

El corte era posterior a la grabación inicial, pero no podía fecharse con exactitud.

Había señales de que el material se había reproducido varias veces.

Eso permitía afirmar que alguien había manipulado una copia; no demostraba que el original hubiera sido alterado ni que el corte ocultara una confesión.

Vera pidió localizar equipos que hubieran podido reproducir la cinta y revisar quién tuvo acceso al archivo parroquial y a los registros de búsqueda.

El inventario de Santa Brígida incluía un reproductor antiguo, pero no constaba que se utilizara para grabaciones policiales.

La procedencia del audio seguía incompleta.

Amalia había entregado el objeto de buena fe, aunque no podía reconstruir todos los traslados que había sufrido.

Ya no tenían que descubrir solamente quién había hecho algo.

Tenían que averiguar quién había tocado las pruebas después.

Nicas volvió a declarar por la tarde.

Vera no llevó fotografías.

—Quiero que pienses en Lucía.

Nicas cerró los ojos.

—La vi.

—¿Dónde?

—Arriba.

—¿Estaba sola?

—No.

—¿Quién estaba con ella?

—Una mujer.

—¿Lucía estaba viva?

—Sí.

La respuesta salió inmediatamente.

—¿Caminaba?

Nicas negó.

Movió los brazos.

—La llevaba.

—¿Cómo?

—Así.

Vera observó el gesto.

—¿Dijo algo?

—«Ya está, ya está».

—¿Quién?

—La mujer.

—¿Reconociste su voz?

—No.

—¿La ropa?

—Como cuando curan a alguien.

—¿Bata?

—No sé.

—¿La habías visto antes?

Nicas miró hacia la ventana.

—Con Samuel.

—¿Qué hacía?

—Ayudaba cuando se hizo daño un perro.

Vera no mencionó a Teresa.

No lo hizo porque todavía no podía.

La memoria de Nicas debía permanecer separada de las hipótesis de los investigadores.

Cuando salieron los resultados complementarios de la ropa de Lucía, apareció otra coincidencia.

El informe complementario describía una combinación de sedimentos que podía proceder de la zona alta, pero advertía que varias pistas forestales compartían materiales geológicos similares.

La coincidencia no permitía afirmar que Lucía hubiera muerto allí.

Solo indicaba que su ropa había entrado en contacto con tierra de características compatibles con ese entorno.

Vera solicitó muestras de comparación en tres puntos: el barranco, la pista de la cantera y el acceso trasero de Santa Brígida.

El muestreo se realizó en cuadrículas y a distintas profundidades para evitar que una capa superficial alterada por la lluvia representara todo el terreno.

El resultado tardaría días. Mientras tanto, no se utilizaría el informe para justificar una acusación ni para descartar otras rutas.

Luján recordó que la tierra también podía viajar en calzado, neumáticos, herramientas o mantas.

Si alguien había movido a una víctima, la transferencia de sedimentos podía haberse producido en varios momentos.

La ropa no era un mapa perfecto: era un soporte que conservaba parte de su historia, mezclada con la de quienes la manipularon después.

La diferencia entre los dos lugares seguía siendo importante porque cuestionaba una reconstrucción aceptada durante años.

Pero no decía quién había llevado a Marina, quién trasladó a Lucía ni si ambas acciones correspondían a la misma persona.

Vera dejó el informe abierto sobre la mesa, sin trazar ninguna flecha nueva en la pizarra.

La revisión de las muestras se hizo a ciegas: el laboratorio recibió códigos y puntos de recogida, no los nombres de Marina o Lucía ni la hipótesis del equipo.

El objetivo era comparar composición y distribución, no buscar una coincidencia que confirmara una ruta ya elegida.

Las muestras de la zona alta compartían algunos componentes con las de la ropa, pero no eran idénticas.

La lluvia y el paso del tiempo podían haber modificado la superficie.

El informe recomendó no describir el resultado como «procedencia demostrada».

La formulación correcta era «compatible con contacto con suelo de características presentes en la zona alta».

Vera sustituyó la frase en la cronología y pidió que las notas anteriores quedaran conservadas para que el cambio pudiera seguirse.

Corregir una conclusión provisional no era ocultar un error; era parte de la trazabilidad.

La redacción se incorporó al expediente con una nota que explicaba por qué se había sustituido la formulación anterior.

Vera pidió que las copias de trabajo también se actualizarán, pero no que se destruyeran.

Un registro de cambios permitiría saber qué habían pensado al principio y qué dato les obligó a corregirlo.

Ocultar una conclusión provisional equivocada habría sido otra forma de manipular el rastro de la investigación.

El equipo revisó las fotografías del cuerpo de Marina para comprobar si la posición de la ropa coincidía con un traslado.

La imagen no permitía determinar si la manga se había manchado antes o después de la muerte.

El forense recordó que la humedad, el movimiento y el almacenamiento podían modificar los sedimentos adheridos.

La tierra era un indicio de contacto, no una narración del trayecto.

Vera decidió que la próxima reconstrucción se haría con dos equipos: uno defendería la hipótesis del traslado y otro intentaría explicar los mismos datos sin ella.

No era un debate para elegir la versión más convincente, sino una manera de descubrir qué prueba faltaba para discriminar entre ambas.

Hasta entonces, el mapa permanecería abierto.

Luján pidió además que se revisara el recorrido de los equipos que habían trasladado los cuerpos y embalado la ropa.

La contaminación posterior era una posibilidad que debía considerarse, aunque no existiera un indicio concreto de ella.

La ropa de Marina había pasado por varias manos y almacenamientos; la de Lucía, por un procedimiento más reciente, pero tampoco estaba libre de riesgos.

La coincidencia seguía justificando la búsqueda en la zona alta. No bastaba para afirmar que ambas niñas hubieran sido trasladadas por la misma persona. Vera trazó dos líneas discontinuas en el mapa y dejó un espacio entre ellas. Si aparecía una prueba que las uniera, lo harían después.

—Si Nicas la vio viva arriba…

Luján terminó la frase.

—Alguien tuvo que moverla después.

—Y quizá también a Marina.

—Eso no significa que fuera la misma persona.

Vera lo miró.

—No.

Y esa diferencia era importante.

Todavía podían estar buscando una persona.

O podían estar intentando encajar en una sola historia cosas que pertenecían a varias.