CAPÍTULO 55 LA BATA
«R opa de curar» no era una identificación.
Vera lo dejó claro desde el principio.
—Puede ser una bata sanitaria. Puede ser ropa de limpieza. Puede ser una chaqueta de trabajo. Incluso puede ser una impresión de Nicas.
Luján asintió.
—Entonces no la convertimos en una persona.
Sobre la mesa había dos cronologías.
La de Teresa.
La de Adrián.
La de Teresa comenzaba en el consultorio y parecía sólida.
Hasta que dejaban de mirar los documentos y empezaban a mirar los minutos.
Última actividad de red del teléfono de Lucía, poco después de las 15:41.
Consultorio hasta las 16:10.
Llamada registrada en el teléfono de Teresa a las 17:05; origen y destino pendientes de identificar.
Farmacia a las 17:42.
No era suficiente para colocar a Teresa con Lucía.
Pero tampoco bastaba para excluirla.
Adrián tenía un hueco mucho mayor.
Vera señaló ambas hojas.
—Los dos tienen oportunidades.
—Sí.
—Y ninguno tiene todavía una prueba que lo sitúe con Lucía en el momento decisivo.
Luján se reclinó en la silla.
—Eso es lo que tenemos que conseguir.
La diferencia entre la medicación utilizada con Carmen y la encontrada en Nicas también impedía establecer un método único.
Carmen había recibido zolpidem.
Nicas había sido sedado con medetomidina.
Dos sustancias.
Dos accesos distintos.
Dos posibles manos.
Vera recordó entonces a Mercedes Ríos.
La antigua auxiliar de Santa Brígida aceptó hablar aquella tarde.
—Teresa tenía acceso a los archivos —dijo—. Más que muchos médicos.
—¿Por qué?
—Porque se encargaba de revisar algunos casos.
—¿Qué casos?
Mercedes dudó.
—Los que podían complicarse.
—¿Qué significa eso?
—Familias conflictivas. Niños que querían irse. Informes que podían provocar preguntas.
Vera la observó.
—¿Teresa controlaba a esos niños?
Mercedes bajó la mirada.
—Ella decía que los vigilaba.
—¿Y tú qué creías?
—Que a veces no sabía distinguir una cosa de la otra.
Mercedes recordó que Teresa había conservado copias de algunos expedientes.
Mercedes explicó que los expedientes no siempre se guardaban en el archivo central: algunos profesionales conservaban copias de trabajo para preparar revisiones, hablar con familias o completar formularios.
Tras el cierre, la orden de destrucción se comunicó verbalmente y no todos entendieron qué documentos incluía.
Teresa había dicho que conservaría ciertos casos hasta resolver las reclamaciones pendientes; después afirmó que los había destruido, aunque Mercedes no lo comprobó ni sabía si se trataba de originales o copias.
—¿Qué clase de casos? —preguntó Vera.
—Los que podían terminar en una queja. Familias que pedían explicaciones. Menores que no querían volver a casa. Incidentes que nadie quería describir con palabras claras.
—¿Sonia?
Mercedes volvió a mirar la fotografía.
—Sonia hacía preguntas. Eso sí lo recuerdo.
No quiso atribuirle una denuncia formal.
Recordaba que Sonia discutió con un responsable por una lista de entradas, pero no podía asegurar la fecha ni quién más estaba presente.
Luján pidió que la declaración distinguiera el recuerdo directo de las conversaciones que Mercedes había oído después.
La mujer aceptó corregir dos frases para que no pareciera que había visto documentos que en realidad le habían descrito.
Vera preguntó si Teresa utilizaba la expresión «ropa de curar».
Mercedes dijo que no la recordaba con esas palabras, aunque el personal hablaba de «la bata» para referirse a prendas sanitarias y de limpieza.
El término podía describir un uniforme, no una persona.
La entrevista no identificó a la mujer que Nicas decía haber visto; sí ayudó a reconstruir cómo se almacenaban los expedientes y quién podía conservar copias fuera del archivo.
Al salir, Mercedes pidió que no se publicara su nombre.
Luján explicó que la confidencialidad no podía prometerse de forma absoluta si la declaración llegaba a ser necesaria en un procedimiento judicial.
Ella aceptó continuar, pero exigió que se registrara esa conversación.
Vera entendió que el miedo no siempre significaba culpabilidad: también podía ser el resultado de años en los que hablar había tenido consecuencias laborales y familiares.
—¿Y después de cerrar Santa Brígida?
—Sí.
—¿Qué dijo que había hecho con ellos?
—Que los había destruido. Yo no vi hacerlo.
Vera dejó una fotografía sobre la mesa.
Era el nombre de Sonia Valcárcel.
Mercedes la miró.
No respondió.
La pausa duró apenas dos segundos.
Pero Vera la vio.
—¿La conocías?
—No recuerdo.
No era una respuesta.
Pero tampoco era una confesión.
Vera no insistió.
Aquella noche Samuel entregó otro cuaderno.
Faltaba una hoja.
Vera pasó la yema de un dedo por los bordes arrancados.
—¿Quién la quitó?
Samuel estaba sentado junto a la ventana.
—Yo.
—¿Cuándo?
—Hace años.
Vera colocó el papel bajo la luz lateral.
Las marcas de presión permitieron recuperar algunas palabras.
El perito advirtió que la lectura era parcial.
La presión de un bolígrafo podía dejar surcos legibles en la hoja inferior, pero no siempre permitía reconstruir letras completas.
Las palabras recuperadas se fotografiaron con luz rasante y se conservaron junto al documento original.
No se rellenaron los fragmentos ausentes por contexto, aunque «mujer bata clara» pareciera encajar con lo que Irene y Nicas habían contado.
«M. dice que no» podía referirse a Marina, a una persona cuyo nombre empezara por M o a una abreviatura utilizada por Samuel.
«Campana desaparecida» podía describir un objeto perdido, una nota sobre la búsqueda o una referencia posterior.
Vera prohibió que el equipo utilizara el fragmento como si fuera una declaración contemporánea de Nicas hasta comprobar la letra, la fecha y el origen de la hoja.
Samuel reconoció que había arrancado la página años atrás, pero no pudo precisar si lo hizo antes o después de que la investigación de Marina se cerrara.
El cuaderno mostraba señales de haber permanecido abierto y cerrado muchas veces; el borde arrancado no permitía fechar la acción.
El perito compararía la escritura visible con otras anotaciones atribuidas a Nicas, aunque la muestra era demasiado breve para garantizar una identificación.
Luján pidió una entrevista adicional a Samuel centrada únicamente en la hoja y en la petición de Amadeo.
No se mezclaría con las preguntas sobre el camino ni con el recuerdo de Irene.
La separación podía parecer artificial, pero ayudaría a determinar qué afirmación se apoyaba en una fuente y cuál procedía de otra.
Vera dejó el fragmento dentro de una funda transparente.
Era una pista prometedora y peligrosa precisamente porque parecía completar varias historias a la vez.
Si resultaba auténtica, podía demostrar que alguien anotó aquellos detalles.
No demostraría, por sí sola, quién era la mujer, qué hizo ni si estuvo presente cuando murió Lucía.
«mujer bata clara…»
«M. dice que no…»
«campana desaparecida…»
Luján leyó por encima de su hombro.
—¿Quién escribió esto?
Samuel respondió:
—Nicas.
—¿Y por qué lo arrancaste?
—Amadeo me pidió que no entregara la página.
—¿Por qué?
Samuel tardó.
—Porque podía destruir a personas que quizá no tenían culpa.
Vera levantó la mirada.
—También podía proteger a quien sí la tenía.
Samuel no respondió.
Luján cerró la carpeta.
—Tenemos siete historias.
Vera miró la mesa.
Sonia.
Álvaro.
Marina.
Eva.
Marta.
Rocío.
Lucía.
Siete nombres separados por años.
Siete historias que durante mucho tiempo habían parecido accidentes, desapariciones, suicidios o desgracias.
Ahora estaban dentro de la misma investigación.
Pero todavía no de la misma respuesta.
Vera recogió el fragmento de papel.
Vera comprendió que el caso se acercaba a Teresa por varias vías, pero ninguna había cerrado el círculo.
El acceso a expedientes, la ropa clara, los turnos sanitarios y las copias conservadas podían describir una oportunidad y un contexto.
Para demostrar una acción concreta necesitaban algo más: una secuencia que conectara a una persona con una víctima en un momento verificable.
Vera preparó una tabla que separaba oportunidad, conocimiento, conducta posterior y prueba material.
Teresa tenía acceso al archivo y figuraba en registros sanitarios; eso no demostraba que hubiera estado junto a Marina o Lucía en el momento decisivo.
Adrián había reconocido la ocultación administrativa y una discusión con Sonia; tampoco lo situaba junto a los cuerpos.
Samuel había ocultado información y manipulado la búsqueda con la campanilla, pero su declaración no lo convertía en autor de los homicidios. Cada uno podía saber algo distinto.
—No quiero que encontremos a alguien que encaje.
Luján la miró.
—¿Entonces?
—Quiero encontrar a alguien que no pueda dejar de encajar.
Fuera, la lluvia golpeó los cristales del cuartel.
Y por primera vez, Teresa Montalvo dejó de parecer una sombra que aparecía en los márgenes de los expedientes.
Empezaba a convertirse en una pregunta concreta.
Una pregunta que todavía necesitaba una respuesta.