CAPÍTULO 48 EL PADRE
L a estación de bombeo estaba vacía. Había una manta reciente, botellas de agua, una brida cortada y sangre de Nicas. Habían llegado tarde. Vera apartó a su padre de la búsqueda y pidió que Luján presenciara su declaración.
Samuel reconstruyó la noche de Marina. Siguió una furgoneta blanca hacia Santa Brígida y encontró primero a Irene, adolescente, con sangre de Marina en una manga.
—¿La viste junto al cuerpo?
—No. La vi llegar corriendo.
Irene había seguido a alguien porque reconoció la furgoneta de su propia desaparición. Dijo haber visto a una persona moviendo algo, pero no el rostro. Samuel la ocultó de los primeros voluntarios para evitar que la convirtieran en sospechosa y para que no saliera a la luz Santa Brígida.
Nicas también vio la furgoneta y describió a alguien junto a Marina como una persona que «la estaba ayudando», con ropa clara. Samuel admitió que Amadeo conocía la presencia de Irene.
—¿Y la campana? —preguntó Vera. Samuel cerró los ojos.
—La campana era mía. Vera detuvo allí la conversación: aquel detalle necesitaba una declaración separada, completa y grabada.
La furgoneta había estado allí. Las marcas de neumáticos coincidían en dimensiones con las captadas por la cámara, pero no permitían individualización.
Vera regresó al cuartel pasada la medianoche. Samuel seguía esperando.
—Ahora vas a hablar —dijo.
No lo llevó a una sala de interrogatorios. Se sentaron en la oficina vacía. Luján permaneció presente porque aquello ya no era una conversación entre padre e hija.
Samuel empezó por Marina.
La noche en que encontraron su cuerpo, él había seguido la pista de Santa Brígida porque vio la furgoneta blanca. No distinguió conductor. Encontró una marca reciente de neumáticos y descendió por un sendero hasta el barranco.
—La vi antes que nadie.
Vera no preguntó a quién.
—Marina estaba muerta.
Samuel tragó saliva.
—Y había otra persona.
—¿Quién?
—Una menor.
Luján se inclinó.
—Nombre.
Samuel cerró los ojos.
—Irene.
La historia que creía conocer empezó a ceder bajo sus pies.
Irene tenía catorce años entonces. Dos años habían pasado desde sus nueve horas desaparecida.
Samuel explicó que la encontró cerca del barranco, desorientada y con sangre de Marina en una manga.
No dijo que hubiera visto el asesinato. Dijo que Irene llegó corriendo desde la parte alta y que, al preguntarle qué había ocurrido, ella repitió que había intentado ayudar.
La diferencia era fundamental: la sangre podía proceder del contacto con el cuerpo, no necesariamente de una agresión ni de una participación en la muerte.
Vera le pidió que describiera lo que hizo antes de llevarla a casa.
Samuel reconoció que no había avisado por radio, que sacó a Irene por un camino secundario y que pidió a una mujer conocida que la tuviera unas horas hasta que su madre pudiera recogerla.
No quiso dar el nombre al principio. Luján le recordó que ya no podía tratar aquella decisión como un asunto privado: había alterado la cronología y privado a la investigación de un testimonio contemporáneo.
—Pensé que la iban a culpar —dijo Samuel.
—¿Quiénes? —preguntó Vera.
—Los primeros que llegaran. Todos necesitaban una explicación.
La respuesta no lo justificaba. Explicaba por qué había escogido el silencio y por qué ese silencio había sobrevivido tantos años.
Samuel había protegido a Irene de una sospecha inmediata, pero también había permitido que Nicas cargara con una versión incompleta y que la campanilla adquiriera un significado que nunca tuvo.
Luján pidió que identificaran a la mujer que acogió a Irene y que localizaran cualquier registro médico de aquella noche.
La entrevista se suspendió para comprobar esos datos.
Samuel aceptó firmar la declaración, aunque se negó a responder una pregunta sobre la segunda hoja arrancada del cuaderno.
Vera no lo presionó. La búsqueda de Nicas tenía prioridad y el tiempo para recuperar al hombre seguía corriendo.
—¿La mató?
—No.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque la vi llegar.
—¿Desde dónde?
—Desde arriba. Venía corriendo. No sabía que Marina estaba allí hasta que bajó.
Irene aseguró que había seguido a alguien desde Santa Brígida porque reconoció la furgoneta y quería demostrar que no había imaginado lo ocurrido dos años antes. Vio a una persona mover algo en el monte, se asustó y huyó.
—¿Vio la cara?
—Dijo que no.
—¿Por qué ocultaste esto?
Samuel miró a Vera.
—Porque Irene estaba rota. Su madre me pidió que no la metiera otra vez en aquello. Y porque yo había llegado siguiendo una furgoneta sin avisar a nadie. Pensé que podía protegerla y luego contar lo demás.
—No contaste nada.
—No.
—Protegiste a una testigo borrándola del caso.
Samuel aceptó la frase sin defenderse.
—¿Y la campanilla? —preguntó Luján.
Samuel tardó.
—La llevaba yo.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
—¿Por qué?
—Era de un perro de búsqueda que había muerto meses antes. La tenía en el coche. Pensé que, si la dejaba cerca del sendero y hacía sonar otra igual desde arriba, los voluntarios bajarían.
—¿Por qué no llamaste directamente?
—Porque tendría que explicar cómo había encontrado el cuerpo y por qué Irene estaba allí.
—¿Pusiste la campanilla junto a Marina?
—Sí.
La primera campanilla no era del asesino.
Era de Samuel.
Luján permaneció inmóvil.
—¿Quién sabía esto?
—Irene. Yo. Y Amadeo.
—¿Por qué Amadeo?
—Porque me vio salir del monte antes de que llegara la Guardia Civil. Me enfrentó después. Le conté parte.
—¿Parte?
—Lo de la campana. No lo de Irene.
Vera pensó en don Amadeo muerto, en su familia, en los papeles reconstruidos, en las llaves que pasaban de mano en mano.
—¿Alguien más pudo saberlo?
—No lo sé. Nicas oyó la campana cuando llegó la gente. Pero no sabía que la había puesto yo.
—¿Teresa?
Samuel negó lentamente.
—Nunca se lo conté.
Eso no significaba que no pudiera haberlo sabido.
Luján formuló la pregunta que Vera evitaba.
—¿Por qué alguien pondría ahora una campanilla con Lucía?
Samuel miró la mesa.
—Para decirme que sabe lo que hice.
—O para fabricar una relación entre los dos crímenes —dijo Vera.
Samuel asintió.
—O las dos cosas.
La revelación destruía el elemento más sólido de la supuesta serie. Marina y Lucía podían haber sido asesinadas por la misma persona, pero la campanilla ya no lo demostraba. Al contrario: demostraba que quien la colocó con Lucía conocía un secreto que nunca había quedado registrado.
—Irene tiene que saber que nos lo has contado —dijo Vera.
Samuel cerró los ojos.
—Sí.
—Y tendrás que declarar formalmente.
—Sí.
Por primera vez no pidió tiempo.
Antes de terminar, Vera volvió a Nicas.
—¿Qué encontró realmente aquella noche además de la horquilla?
Samuel la miró.
—Vio la furgoneta.
—Eso ya lo dijo.
—No. Vio algo dentro.
—¿Qué?
—A alguien con Marina.
Vera se levantó.
—¿Quién?
—Nunca supo explicarlo. Decía que una persona «la ayudaba». Lo mismo que dijo ahora de Lucía.
La frase atravesó diecisiete años.
Nicas no había inventado un lenguaje nuevo para el caso presente. Estaba describiendo dos escenas con las mismas palabras porque su manera de entenderlas era la misma.
—¿Por qué no consta?
—Porque cuando intentó contarlo, todos estábamos preguntándole por la horquilla.
Vera pensó en interrogatorios que solo escuchaban aquello que confirmaba una sospecha.
Samuel añadió:
—Hay otra cosa. Nicas dijo que la persona llevaba ropa clara. Como de trabajo. Yo pensé que hablaba de un mono del aserradero.
—¿Podía ser ropa sanitaria?
—Podía ser muchas cosas.
No era identificación. Era una posibilidad que llevaba diecisiete años enterrada bajo una interpretación.
El teléfono de Luján vibró.
La Guardia Civil había localizado la furgoneta de Requena en un camino secundario a nueve kilómetros de la caseta.
Estaba vacía.
En el asiento trasero había una de las botas de Nicas.
Y en el suelo, un trozo de papel doblado.
Solo contenía una frase, escrita con rotulador negro:
«ÉL TAMBIÉN RECUERDA».
Vera miró a su padre.
El secreto de Samuel ya no protegía a Irene.
Había puesto a Nicas en peligro.