Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 47 NO HA HUIDO
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CAPÍTULO 47 NO HA HUIDO

L as marcas de arrastre terminaban a veinte metros de la roca. Después aparecían pisadas irregulares, como si alguien hubiera recuperado el equilibrio o hubiera sido obligado a caminar. Había dos tallas distintas.

La sangre coincidió con Nicas.

—No ha huido —dijo Vera.

Detrás del cobertizo había dos tamaños de calzado, pequeñas gotas de sangre y un surco discontinuo compatible con alguien arrastrado o sostenido. La búsqueda pasó a tratarse como posible privación de libertad.

Una cámara de fauna mostró una furgoneta clara entrando por una pista forestal, con la matrícula oculta y una silueta en el asiento del acompañante. El modelo coincidía con una antigua furgoneta de asistencia domiciliaria vendida a Julián Requena y mal registrada en su herencia.

En el teléfono de Requena apareció una foto con la nota «furgón — llave consulta». En el viejo armario de llaves del consultorio faltaba una. Teresa dijo ignorar qué vehículo abría; la administrativa recordó que Requena había trabajado junto al armario meses antes.

Samuel señaló una carretera de servicio hacia una estación de bombeo abandonada.

—Desde la pista no se ve.

—Pero tú sabes llegar —dijo Vera.

—Y quien siga usando el monte también.

Luján no discutió.

Activaron la búsqueda como posible privación de libertad y riesgo vital. El perímetro se amplió hacia pistas secundarias, cortijos abandonados y la carretera del embalse.

La tormenta había destruido gran parte de la trazabilidad. Sin embargo, una cámara de caza instalada por agentes medioambientales captó un vehículo a las 11:03. Solo se veía la parte trasera. Era una furgoneta clara, antigua, sin distintivos.

La imagen de la cámara de fauna se revisó fotograma a fotograma.

El vehículo entraba por la pista a las 11:03, pero el ángulo solo permitía ver la parte trasera y una silueta en el asiento del acompañante.

La lluvia convertía el color en una mancha clara.

El modelo era compatible con la furgoneta antigua, no exclusivo de ella.

Un perito de imagen advirtió que aumentar el contraste no recuperaría información que la cámara nunca había captado.

Luján pidió comparar la hora del dispositivo con los registros de mantenimiento y con otras imágenes tomadas ese día.

La cámara podía adelantarse o atrasarse varios minutos.

El equipo conservó el intervalo, no una hora exacta.

También comprobó quién conocía su ubicación: la habían instalado agentes medioambientales y dos empleados forestales sabían que funcionaba, aunque no necesariamente dónde estaba orientada.

Vera pensó en la posibilidad de que alguien hubiera usado el vehículo de Requena para llevarse a Nicas.

El problema era que el registro de propiedad estaba incompleto y el vehículo podía haber pasado por varias manos.

Antes de convertir la imagen en una prueba contra Requena, necesitaban saber si él había conducido esa furgoneta, si conservaba acceso a ella y si alguien podía utilizarla sin su conocimiento.

El análisis del terreno tampoco ofreció una ruta única.

Las marcas de arrastre se interrumpían en la roca; las pisadas posteriores podían corresponder a dos personas que se apoyaban mutuamente o a alguien que caminaba con dificultad.

La lluvia había eliminado huellas más finas.

El informe describiría las alternativas, no escogería una por su dramatismo.

Cuando Samuel señaló un camino oculto detrás de los álamos, Vera comprendió que el mapa del monte dependía de la memoria de quienes lo habían recorrido durante años.

Eso lo convertía en una herramienta y en un riesgo: cada acceso señalado podía ayudar a encontrar a Nicas, pero también revelar qué zonas seguían siendo desconocidas para el equipo.

No era la furgoneta histórica de Montalvo. El modelo parecía posterior.

La matrícula estaba cubierta de barro o manipulada.

En un fotograma se distinguía una silueta en el asiento del acompañante.

—Nicas —dijo Darío.

La resolución no permitía confirmarlo.

Vera pidió revisar furgonetas registradas en la comarca, empresas sanitarias, forestales, veterinarias y de mantenimiento. El listado superó las doscientas.

El lote de la jeringa redujo algo el campo. Una partida había sido suministrada a una clínica veterinaria, un hospital comarcal y dos centros de salud. También a una residencia geriátrica.

La clínica veterinaria era la que atendía a los perros de Nicas.

La veterinaria declaró que faltaban varias jeringas y dos viales de sedante desde hacía semanas. No había denunciado el descuadre porque asumió un error de inventario.

—¿Quién tiene acceso?

—Tres personas. Y cualquiera que entre en la zona de tratamiento si nos descuidamos.

Teresa no tenía relación con la clínica.

Otra ruta que parecía apartarla.

Vera empezó a sospechar de su propia necesidad de que las líneas convergieran. Si el secuestro de Nicas utilizaba material veterinario, podía haber sido improvisado por alguien que conocía sus perros y su rutina.

Julia aportó un dato. Dos días antes, había visto una furgoneta clara detenida cerca de la casa de Nicas. Pensó que era de reparto. No recordaba conductor.

—¿Había algo escrito?

—No.

—¿Alguna marca?

Julia cerró los ojos.

—Una esquina de la puerta trasera estaba hundida.

El detalle permitió revisar cámaras buscando una deformación concreta.

A las siete de la tarde localizaron un vehículo compatible entrando en una carretera secundaria hacia el embalse. Estaba registrado a nombre de una empresa de atención domiciliaria cerrada hacía tres años. El vehículo había sido vendido en subasta.

El comprador era Julián Requena.

El muerto.

—¿Dónde está la furgoneta desde que murió? —preguntó Vera.

Nadie lo sabía.

En el inventario de sus bienes no figuraba porque la transferencia nunca se había formalizado correctamente. Un vecino recordaba verla aparcada en un almacén alquilado por Requena.

El almacén estaba vacío.

La cerradura no había sido forzada.

En el suelo aparecieron marcas recientes de neumáticos.

Luján pidió revisar quién tenía llaves. El propietario del local conservaba una. Requena otra. Existía una tercera copia entregada años atrás a una persona que compartió el alquiler durante unos meses.

—¿Nombre?

El propietario buscó en un contrato viejo.

Antonio Molina.

El chófer de Montalvo, muerto hacía seis años.

Los muertos seguían teniendo llaves en Valdehondo.

Vera sintió una irritación casi física. Cada camino terminaba en alguien que ya no podía responder.

Entonces Darío encontró una anotación en el móvil de Requena. No era un contacto, sino una fotografía de una hoja manuscrita tomada meses atrás. Se leía: «furgón — llave consulta».

—¿Qué consulta?

—No sabemos.

El consultorio de Valdehondo tenía un armario de llaves antiguas para vehículos de atención domiciliaria que habían pasado por el centro. La mayoría ya no servían para nada. El inventario no se actualizaba desde hacía años.

Una llave faltaba.

Teresa afirmó no saber qué vehículo abría. La administrativa recordó que Requena había reparado una persiana meses antes y estuvo cerca del armario.

La llave podía haber pasado de Requena a cualquiera o de cualquiera a Requena.

A las nueve y catorce, un helicóptero no pudo despegar por niebla. Los equipos continuarían a pie.

Vera regresó al mapa y trazó el recorrido probable de la furgoneta desde el cobertizo. Había tres salidas. Dos tenían cámaras. La tercera cruzaba un barranco y terminaba en una pista de servicio del embalse.

—Por aquí —dijo.

Samuel, sentado al fondo, levantó la cabeza.

—Hay una caseta de bombeo abandonada.

—No está en el mapa.

—Porque la cerraron antes de que hicieran ese mapa.

Luján llamó al equipo más cercano.

Samuel se puso en pie.

—Voy.

—No —dijo Vera.

—Sé dónde está.

—Lo explicas y te quedas.

Samuel la miró como si fuera a discutir. Después señaló una curva sin nombre.

—Aquí. El camino parece acabar, pero sigue detrás de los álamos.

Vera salió con Luján.

Mientras bajaban hacia los vehículos, comprendió algo que no había querido admitir: Samuel no solo conocía el escenario de los hechos antiguos.

Conocía la geografía que alguien seguía utilizando en el presente.