CAPÍTULO 46 EL COBERTIZO
E l cobertizo estaba a seiscientos metros de Santa Brígida, oculto detrás de un talud y una línea de pinos. Había servido para guardar herramientas forestales. Samuel lo reconoció por radio antes de que el equipo llegara.
Sobre una mesa había sangre todavía húmeda; el perfil correspondió a Nicas. Una manta, una botella y barro reciente indicaban uso.
En una bolsa aparecieron cuerda, cinta, chapas, llaves, juguetes rotos y piezas metálicas. Eran compatibles con la costumbre de Nicas de recoger objetos. Vera ordenó que nadie los llamara «trofeos».
Una jeringa sin aguja conservaba residuos de un sedante distribuido a varios centros y clínicas veterinarias. Antes de concluir el laboratorio, una televisión habló de «objetos de las víctimas». La rectificación apenas se emitió.
Samuel explicó que diecisiete años atrás llevó allí a Nicas para que contara dónde encontró el pasador de Marina. Don Amadeo apareció y se llevó el pasador. Más tarde apareció en casa de Nicas.
—No digo que Amadeo lo colocara —precisó Samuel—. Digo que se lo llevó. Lo demás no lo vi.
La puerta estaba entornada.
Vera entró después de los técnicos. En el suelo había barro fresco, una manta, una botella vacía y manchas oscuras sobre una mesa de madera.
La prueba rápida indicó sangre.
—No sabemos de quién —dijo Luján.
Junto a la pared encontraron la linterna de Nicas. Estaba rota. Bajo un banco había una bolsa de tela con objetos: chapas, una pulsera de plástico, llaves sin identificar, dos monedas, una figura de juguete y un botón de nácar.
Vera reconoció el botón. Era similar al que había aparecido entre las cosas de Nicas durante el registro de su casa.
—Parece su bolsa —dijo Darío.
—Parece una bolsa con objetos que él podría recoger —corrigió Vera.
En una esquina había una cuerda cortada y cinta adhesiva. Ninguna mostraba sangre visible. El conjunto podía contar una historia de retención o la historia banal de un cobertizo de herramientas.
La sangre resultó pertenecer a Nicas según una comparación rápida con muestra de referencia. La cantidad era pequeña. Podía proceder de una herida.
La prueba rápida no sustituía al análisis confirmatorio, pero bastaba para tratar el cobertizo como un lugar relacionado con la desaparición.
El equipo documentó la mesa, el suelo y la distancia entre la sangre y la puerta.
No había un charco grande ni un rastro continuo que permitiera estimar cuánto había sangrado Nicas.
La lesión podía ser reciente y superficial, aunque solo el examen médico permitiría establecerlo.
La bolsa de objetos se inventarió por separado.
Algunas piezas parecían recogidas en el monte; otras tenían restos de óxido y procedencias desconocidas.
Un botón era parecido al que había aparecido en el registro de la casa, pero no había base para afirmar que perteneciera a una prenda de Marina o Lucía.
Vera pidió comparar medidas y materiales antes de asociarlo con ninguna escena.
La jeringa no tenía aguja y conservaba una cantidad mínima de residuo.
Se embaló como posible evidencia, sin atribuirle una sustancia hasta el análisis.
La presencia de un sedante veterinario en el contexto podía explicar cómo habían inmovilizado a alguien, pero también podía relacionarse con el cuidado de animales o con el uso habitual de herramientas del cobertizo.
La procedencia y la dosis importaban más que el nombre del compuesto aislado.
Samuel contó que años atrás había llevado a Nicas a aquel lugar para preguntarle por el pasador de Marina.
Dijo que Amadeo apareció y se lo llevó, aunque no podía probar que lo hubiera colocado después en casa de Nicas.
Luján registró la declaración y pidió buscar el pasador en los inventarios antiguos.
No lo trató como una revelación, sino como una línea de investigación que necesitaba corroboración.
La prensa difundió el hallazgo antes de que el equipo terminara de cerrar el perímetro.
Vera se negó a confirmar que hubiera «objetos de las víctimas».
El término no aparecía en el acta y podía convertir chatarra reunida durante años en un conjunto de trofeos.
En el cobertizo, cada objeto debía conservar su identidad hasta que una prueba demostrara lo contrario.
Fuera, los perros de búsqueda marcaron un recorrido hacia el barranco.
La prensa supo del hallazgo antes de que pudieran cerrar la pista. Una televisión anunció que «el principal sospechoso» había huido dejando sangre y objetos de víctimas.
Vera llamó al responsable de comunicación y exigió corrección. Nicas no era el principal sospechoso. Ni siquiera estaba investigado en ese momento como autor de Lucía.
La rectificación llegó una hora después, cuando el daño ya estaba hecho.
Mateo apareció en el control de acceso y gritó que Nicas se había llevado a alguien. Julia llegó detrás y lo obligó a marcharse.
—Si vuelves a hacer esto —le dijo—, no vuelvas a casa.
La investigación del cobertizo encontró algo que no pertenecía a Nicas: una jeringa sin aguja, dentro de una bolsa de basura reciente. El laboratorio de campo detectó restos de un sedante, pero la identificación definitiva requería análisis.
—Carmen —dijo Darío.
—O un animal, un trabajador, cualquier otra persona —respondió Luján.
La fecha de fabricación era reciente. El lote podía rastrearse.
La distribución alcanzaba hospitales, clínicas y centros veterinarios de varias provincias.
Medicina otra vez, pero no solo medicina humana.
Vera salió al exterior. La lluvia había aflojado y el monte respiraba vapor. Desde allí se veía el tejado de Santa Brígida.
Samuel llegó acompañado por un agente, furioso porque Vera había intentado mantenerlo abajo.
—Ese cobertizo no se usaba —dijo.
—Ahora sí.
Samuel vio la puerta y se quedó quieto.
—¿Qué?
—Hace diecisiete años estaba cerrada con una cadena.
—¿Seguro?
—Yo tenía la llave.
—¿Por qué?
—Era forestal.
Vera esperó la siguiente parte.
Samuel miró hacia Santa Brígida.
—Aquí traje a Nicas después de encontrar a Marina.
—¿Por qué?
—Porque estaba asustado y llevaba la horquilla. Quería que me dijera dónde la había encontrado antes de que lo vieran los demás.
—¿Lo interrogaste tú solo?
—Le pregunté. No le hice daño.
—¿Y luego?
—Llegó Amadeo.
Vera sintió que el nombre volvía a abrir una puerta.
—¿Qué hizo?
—Le quitó la horquilla a Nicas. Después apareció en su casa durante el registro.
—¿Estás diciendo que Amadeo colocó la horquilla?
Samuel negó.
—Digo que se la quitó. Yo no vi dónde acabó.
El dato era devastador, aunque incompleto. La primera incriminación de Nicas podía haber sido fabricada.
—¿Por qué callaste?
Samuel apretó los labios.
—Porque yo también había hecho algo que no podía explicar.
Vera miró hacia la bolsa de evidencia donde estaba la fotografía de la campanilla.
—La campana.
Samuel no contestó.
Un agente salió del bosque llamando a Vera. Habían encontrado marcas de arrastre junto al barranco y una mancha de sangre en una roca.
La búsqueda dejó de tratar a Nicas como un hombre que podía haberse marchado.
Por primera vez, Vera tuvo miedo de encontrarlo.