Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 45 LA TORMENTA
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CAPÍTULO 45 LA TORMENTA

L a lluvia empezó antes de que Vera llegara a casa de Nicas y, en menos de veinte minutos, el agua convirtió el camino en una superficie oscura donde las huellas se deshacían.

Moro y los otros perros ladraban desde el patio.

La puerta principal estaba abierta. Una bombilla encendida balanceaba su luz con el viento.

En la cocina había una taza con café seco y pan cortado. La chaqueta gruesa de Nicas no estaba; tampoco sus botas de monte ni la linterna grande. El teléfono permanecía conectado al cargador.

No había muebles volcados ni señales claras de forcejeo. Julia explicó que llevaba comida a los perros algunas veces. Lucía también había dejado bolsas, pero casi siempre esperaba fuera.

El panadero situó a Nicas a las nueve y diez.

Una cámara municipal captó a las nueve y cuarenta y cinco una figura compatible caminando hacia el norte.

A las diez y doce pasó un vehículo oscuro en la misma dirección.

Luján organizó la búsqueda como desaparición de un adulto vulnerable, no como fuga de sospechoso.

Samuel extendió un mapa y dejó fuera Santa Brígida.

—Si ha ido allí, no ha ido a esconderse. Ha ido a buscar algo. Entonces contó que Nicas encontró un pasador de Marina cerca de aquella pista. Amadeo lo sabía. En una cuneta localizaron una bolsa de pan mojada: quedaba una barra; Nicas había comprado dos.

Vera le pidió que empezara por los lugares que conocía sin explicar por qué los consideraba relevantes.

Samuel marcó el abrevadero, una caseta de vigilancia, dos refugios de pastores y un camino que quedaba oculto tras una cantera abandonada.

Solo cuando Luján le preguntó por Santa Brígida, añadió una línea corta hacia el acceso de servicio.

La omisión no demostraba que Nicas estuviera allí; sí mostraba que Samuel había decidido qué parte del mapa ofrecer primero.

Los equipos avanzaron por rutas paralelas y comunicaron cada hallazgo antes de moverlo.

La lluvia borraba los bordes de las huellas y hacía peligroso descender a los barrancos.

Un agente encontró marcas recientes junto a un cercado, pero no pudo distinguir si procedían de botas, calzado de trabajo o una suela gastada.

Se fotografiaron con escala y se protegieron de la lluvia en la medida de lo posible.

En la casa de Nicas, los perros seguían ladrando hacia el camino trasero.

Un veterinario que colaboraba con el equipo comprobó que no presentaban lesiones graves ni señales de haber sido sedados.

La preocupación de Nicas por los animales podía haberlo llevado a salir voluntariamente; también podía haber sido utilizada por otra persona para atraerlo.

Ninguna de las dos hipótesis explicaba aún la sangre encontrada en el cobertizo.

Vera llamó a Julia para preguntarle cuándo había visto a Nicas por última vez.

Julia no pudo precisar la hora, pero sí recordó que la puerta del patio estaba cerrada la tarde anterior.

No vio a nadie llevárselo. Aceptó que su declaración se registrara sin convertir su incertidumbre en una contradicción.

La tormenta no les daba una escena limpia ni una hora fiable.

Les obligaba a trabajar con ventanas temporales y a priorizar los lugares donde el riesgo físico era mayor.

Vera ordenó continuar la búsqueda mientras el agua lo permitiera, con una regla: ningún agente entraría solo en una construcción abandonada.

No había señales claras de lucha. La taza del desayuno seguía sobre la mesa. Una chaqueta colgaba detrás de la puerta. Las botas de monte de Nicas no estaban. Tampoco su linterna grande. El teléfono, un aparato antiguo con la pantalla rota, permanecía cargando junto a la cama.

—Si hubiera querido huir, se habría llevado esto —dijo Julia, que había avisado.

Vera la miró.

—¿Por qué vino usted?

—Traigo comida a los perros algunas veces. Lucía también lo hacía.

La frase añadió otra pequeña conexión que nadie había considerado importante mientras la niña estaba viva. Julia explicó que Lucía no entraba sola en la casa; dejaba bolsas junto a la puerta o esperaba a que Nicas saliera.

Luján organizó la búsqueda sin asumir todavía secuestro. Adulto vulnerable, desaparición no habitual, investigación criminal en curso, tormenta y riesgo físico. Bastaba.

La última persona que reconocía haberlo visto era el panadero, a las nueve y diez. Nicas compró dos barras y preguntó si la carretera de Santa Brígida estaba abierta. A las diez menos cuarto, una cámara privada captó una figura compatible con él caminando hacia la salida norte.

Iba solo.

A las diez y doce, otra cámara mostró un vehículo oscuro en la misma dirección. La lluvia impedía leer matrícula.

—No significa que lo siguiera —dijo Luján.

—No —respondió Vera.

La tormenta cerró el puerto al mediodía. Los equipos se repartieron entre pistas, barrancos y construcciones abandonadas. Samuel insistió en acompañar a Vera hasta que ella se negó.

—Conoces el terreno —dijo él.

—Y tú apenas puedes caminar dos kilómetros sin parar.

—Precisamente por eso sé dónde pararía Nicas.

Vera terminó aceptando que señalara sobre el mapa refugios, corrales y atajos. Samuel marcó una caseta de vigilancia forestal y dos abrevaderos. Evitó Santa Brígida hasta que Luján lo señaló.

—¿Por qué no aquí?

Samuel miró el plano.

—Porque si Nicas ha ido allí, no ha ido a esconderse.

—¿A qué ha ido?

—A buscar algo.

—¿Qué?

Samuel no respondió.

La paciencia empezaba a agotársele.

—Cada vez que callas, alguien paga por ello.

Samuel levantó la vista.

—Nicas recogió algo la noche de Marina. Yo se lo vi después.

—¿Qué?

—Una horquilla.

La misma horquilla que convirtió a Nicas en sospechoso diecisiete años atrás.

—¿Dónde la encontró?

—Cerca de la pista de Santa Brígida.

—¿Por qué no lo dijiste?

—Porque para decirlo tenía que explicar por qué yo estaba allí.

La tormenta golpeó las ventanas del cuartel.

Vera entendió que el pasado había fabricado al culpable perfecto mucho antes de Lucía. Nicas no guardaba un trofeo. Había recogido un objeto, como recogía cientos.

—¿Y quién sabía eso?

Samuel tardó.

—Yo. Nicas. Amadeo, porque se lo conté. Y quizá alguien que nos oyó discutir.

Don Amadeo estaba muerto. Nicas desaparecido. Samuel frente a ella.

—¿Teresa estaba allí?

—No la vi.

—¿Adrián?

—No.

La respuesta no excluía a nadie.

A las cuatro de la tarde, un equipo encontró huellas recientes en una pista que ascendía hacia Santa Brígida. Unas correspondían a botas de talla grande. Otras, parcialmente borradas, a neumáticos.

La lluvia empezaba a convertirlas en barro sin forma.

Vera subió con el primer vehículo disponible.

A mitad de camino encontraron una bolsa de pan empapada.

Dentro quedaba una barra intacta.

Nicas había pasado por allí.

La segunda barra no estaba.