CAPÍTULO 44 LA MUJER DEL PUENTE
Las muestras toxicológicas se tomaron antes de una entrevista extensa. Vera esperó a que el médico autorizara preguntas breves.
—No me secuestraron al principio —dijo Carmen.
Explicó que había recibido una llamada de una mujer que afirmaba tener copias de los registros de Santa Brígida.
La voz conocía el nombre de Sonia y mencionó una lista de entradas posteriores al cierre.
Carmen aceptó reunirse porque creyó que podía recuperar documentos que llevaba años buscando.
No avisó a Amalia ni a la policía: temía que la persona cancelara el encuentro y que los papeles desaparecieran otra vez.
El coche no tenía distintivos. La conductora llevaba el pelo recogido y una chaqueta oscura, pero Carmen no había visto bien su rostro.
Al principio hablaron con normalidad. La mujer le enseñó una carpeta cerrada y dijo que debían desplazarse para comprobar si los documentos eran auténticos.
Carmen preguntó por qué no podían hacerlo en una cafetería.
La conductora respondió que había gente escuchando.
Recordaba una frase que la mujer había pronunciado al citarla: «Los que se corrigen no vuelven iguales».
No era una frase oficial ni aparecía en la prensa.
Carmen la había oído años atrás entre algunos trabajadores de Santa Brígida, como una broma cruel.
La frase sugería conocimiento interno, pero no identificaba a quien la había dicho.
Después, los recuerdos se volvían discontinuos.
Carmen recordaba haber bebido agua de una botella, un olor fuerte, una parada brusca y la sensación de que no podía mantener los ojos abiertos.
Le venían imágenes sueltas: una habitación, frío, una discusión y la carretera.
No podía establecer el orden ni afirmar cuánto tiempo había permanecido inconsciente.
La herida de la frente podía proceder de una caída al salir del vehículo o de otro momento que no recordaba.
Vera preguntó por la carpeta. Carmen dijo que la había tenido sobre las rodillas durante unos minutos, pero después desapareció.
No sabía si la conductora se la había llevado o si había quedado en el coche.
Tampoco podía asegurar que la hubieran golpeado.
Luján detuvo la entrevista cuando las respuestas empezaron a mezclarse con hipótesis y pidió que continuara al día siguiente, después de descansar.
El análisis toxicológico detectó un hipnótico de acción corta que Carmen no tenía prescrito.
La botella recuperada junto a ella contenía restos del mismo compuesto.
La cantidad era compatible con sedación, aunque el momento y la dosis exacta requerían interpretación.
El hallazgo respaldaba que alguien la había drogado; no permitía reconstruir por sí solo el trayecto ni identificar a quien lo hizo.
Cuando la entrevistaron de nuevo, Carmen dijo que la mujer le resultaba vagamente familiar de años atrás, pero no podía ponerle nombre. La investigadora encargada preguntó, después de que Carmen mencionara el entorno sanitario, si podía identificar a Teresa Montalvo. Carmen negó con la cabeza.
—No puedo decir que fuera ella. Tampoco puedo decir que no.
Luján advirtió que la pregunta había sido demasiado directa y no insistió en una identificación. Carmen no podía atribuirle la voz ni el rostro a Teresa.
Recordó también una frase durante la discusión: «No tenías que traerla aquí».
Había al menos dos personas. Una voz era de mujer; la otra no podía distinguirla con seguridad.
No sabía a quién se refería la frase ni quién había llevado a quién al lugar.
La psicóloga no presionó para convertir ese recuerdo fragmentario en una secuencia.
Las cámaras permitieron reconstruir partes de la ruta, hasta perder el vehículo en una carretera secundaria.
Una imagen mostraba una pegatina blanca en la luneta trasera, aparentemente de una antigua asociación de apoyo rural.
La asociación había desaparecido hacía doce años y tenía cuarenta y tres miembros históricos.
Entre ellos figuraban Teresa, Esteban Villalba, varios profesionales sanitarios, Carmen, don Amadeo como benefactor y Samuel como colaborador logístico en emergencias forestales.
Cinco vehículos supervivientes conservaban todavía una pegatina semejante.
El coche de Teresa no la llevaba, tampoco el de Adrián, y Samuel ya no conducía.
Ninguno de los cinco coincidía con claridad con la silueta de la cámara.
La pegatina podía ser auténtica, estar colocada para la ocasión o no tener relación con la desaparición.
Vera pidió que se conservaran las tres posibilidades.
Amalia recordó que Carmen le había hablado años atrás de aquellos vehículos sanitarios. El dato permitió comprobar el listado de miembros, pero no redujo el grupo a una sola persona. La investigación había ganado una referencia que podía cotejarse; no una identidad.
Para Vera, que Carmen hubiera aparecido viva no simplificaba nada.
Alguien la había atraído utilizando conocimiento interno de Santa Brígida, la había sedado y la había abandonado en una carretera.
Eso podía significar que querían asustarla, interrogarla o averiguar qué había contado.
No encajaba de forma sencilla con la idea de un asesino que eliminaba testigos de manera sistemática.
En el aparcamiento, Luján planteó la pregunta que ambos evitaban.
—Si quien hizo esto mató a Lucía, ¿por qué dejar viva a Carmen?
—Porque quizá no quería matarla —dijo Vera—. O porque no es la misma persona.
La posibilidad abrió una grieta en la hipótesis que intentaba unir todos los hechos. Algunas conexiones podían pertenecer a personas distintas. El equipo tendría que investigar el ataque a Carmen sin convertirlo automáticamente en otra pieza de la acusación contra Teresa.
El teléfono de Vera sonó antes de que pudieran abandonar el hospital. Era Julia Roldán.
—Estoy en casa de Nicas. Los perros no paran de ladrar.
—¿Está él?
Hubo un silencio breve.
—La puerta está abierta. Nicas no está.
Vera miró a Luján. Carmen había aparecido. Nicas acababa de desaparecer.