CAPÍTULO 49 LA PRIMERA CAMPANA
L a declaración formal de Samuel comenzó a las nueve de la mañana y terminó después de las dos. Vera no la dirigió. Luján pidió que otro instructor formulara las preguntas principales para separar, hasta donde fuera posible, a la hija de la investigadora.
Samuel describió el barranco de Marina con una precisión que no había utilizado en diecisiete años. Llegó siguiendo las marcas de la furgoneta. Vio primero a Irene entre los pinos. Después encontró el cuerpo. No tocó a Marina salvo para comprobar que no respiraba.
La campanilla estaba en su todoterreno forestal. Pertenecía a Bronce, un perro de búsqueda muerto meses antes. Samuel llevaba dos iguales porque las utilizaban para localizar al animal entre matorral espeso.
—¿Por qué no llamó por radio? —preguntó el instructor.
—Porque Irene estaba allí.
—Eso no responde.
Samuel bajó la cabeza.
—Porque pensé que iban a convertirla en sospechosa. Ya había pasado por lo de Santa Brígida. Estaba aterrorizada. Yo creí que podía hacer que encontraran a Marina y sacar a Irene de allí antes.
La primera quedó junto al sendero; él subió con la segunda.
Samuel dijo que utilizó el sonido para atraer a los primeros voluntarios hacia una zona distinta mientras él sacaba a Irene del barranco.
No sabía si alguien más había oído la campana ni cuántas personas cambiaron de ruta por ese motivo.
La maniobra fue improvisada y no tenía la precisión de una firma criminal; fue una decisión desesperada para ganar tiempo y evitar que la niña quedara expuesta junto al cuerpo.
El instructor le preguntó si la campanilla que apareció en la fotografía de Marina era una de las dos que llevaba para Bronce.
Samuel respondió que el tamaño parecía compatible, pero no podía asegurar que fuera la misma.
No había conservado un inventario ni marcas individualizadoras.
El objeto hallado con Lucía tampoco podía vincularse al antiguo solo por su forma.
La semejanza seguía siendo una pista visual débil.
Vera escuchó la declaración desde otra sala.
Cuando Samuel describió cómo se había alejado con Irene, recordó que su padre había convertido un acto de protección en una explicación que todos repitieron sin comprobar.
La primera campana no había sido una firma de quien mató a Marina.
Había sido una señal falsa creada para mover a los buscadores.
Años después, alguien podía haberla reproducido para fabricar una continuidad, aprovechar un rumor o señalar a Nicas.
Luján pidió que la conclusión se formulara con cuidado: la declaración de Samuel ofrecía una explicación alternativa para la presencia de la campanilla en el caso de Marina, pero no identificaba quién la colocó en la escena de Lucía.
Tampoco resolvía qué vio Irene junto al cuerpo ni quién trasladó a Marina.
La revelación quitaba una certeza antigua y dejaba abiertas preguntas nuevas.
Vera comprendió que desmontar una pista no significaba perder terreno. A veces era la única forma de dejar de seguir al culpable que alguien había dibujado para ellos.
—Manipuló una escena.
—Sí.
No había forma amable de nombrarlo.
Samuel aseguró que la campanilla que dejó no llevaba hilo rojo. La había sujetado con un cordel oscuro muy corto, desgastado, que pertenecía al collar del perro.
Vera levantó la vista.
—La de Lucía llevaba hilo rojo reciente.
Luján anotó la diferencia.
El objeto antiguo nunca entró en inventario porque, según Samuel, cuando regresó con los agentes ya no estaba donde lo había dejado. Pensó que un voluntario lo había recogido. No preguntó para evitar revelar su maniobra.
—¿Entonces la campanilla de Marina desapareció aquella misma noche?
—Sí.
Aquello abría una posibilidad distinta. Quien hubiera recogido la primera campana podía haber conservado el objeto o, al menos, conocido su existencia.
Una fotografía de la búsqueda mostraba un reflejo metálico junto a una raíz; otra, cuarenta minutos después, ya no. El objeto no podía identificarse con certeza, pero coincidía con el lugar señalado por Samuel. Alguien pudo retirar la campana después.
La relación manuscrita de apoyo sanitario, añadida días después, incluía a Teresa sin hora de llegada; Adrián figuraba en otra cuadrilla.
Nicas estaba más abajo, retenido informalmente por vecinos tras el reconocimiento de la horquilla.
Samuel dijo que Amadeo estuvo cerca del sendero y que se lo contó esa misma madrugada.
No sabía si Amadeo había visto o retirado la campana.
Irene confirmó que Samuel la sacó antes de que llegara el grueso de voluntarios. Recordaba una persona inclinada sobre Marina, con ropa clara, pero no sexo ni rostro. Oyó la campana después, ya con Samuel.
Vera pidió reconstruir posiciones mediante declaraciones antiguas, fotografías y la cinta. Diecisiete años después, el resultado solo podía ser aproximado.
Samuel añadió algo que no había dicho la noche anterior.
—Cuando volví, Amadeo estaba cerca del sendero.
—¿Vio la campana?
—No lo sé.
—¿Le contó que la había puesto?
—Después. Esa misma madrugada.
Don Amadeo podía haberla retirado antes de conocer la explicación o después. No podían preguntárselo.
Irene recibió la noticia en presencia de la psicóloga. No recordó haber visto a Samuel colocar ninguna campana. Sí recordó que él la sacó del barranco por otro sendero y la llevó a casa de una mujer conocida hasta que su madre pudo recogerla.
—Me dijo que no había visto nada —contó Irene.
—¿Y usted qué respondió?
—Que había visto una furgoneta.
—¿Algo más?
Irene cerró los ojos.
—Una persona inclinada sobre Marina. Pensé que la estaba ayudando.
La misma palabra.
—¿Hombre o mujer?
—No lo sé.
—¿Ropa?
—Clara. Puede que blanca. Puede que gris.
La memoria seguía sin darles un rostro.
Al terminar, Vera colocó dos fotografías sobre la mesa: la campanilla visible en la imagen antigua y la hallada con Lucía.
No podían demostrar que fueran el mismo objeto. La corrosión y la baja calidad de la fotografía impedían comparación suficiente.
Pero podían demostrar algo más importante: el gesto de la campanilla nació después de la muerte de Marina, por decisión de Samuel.
No era la firma original de un asesino.
La firma había sido inventada por un hombre que intentó proteger a una niña.
Diecisiete años después, alguien la había convertido en amenaza.