CAPÍTULO 42 LA MEDICACIÓN
E l informe toxicológico comparado llegó cuarenta y ocho horas después. No decía lo que Darío esperaba y, por eso, Luján lo consideró útil.
Eva Santacruz había muerto con concentraciones compatibles con una combinación de ansiolítico e hipnótico. El supuesto suicidio seguía siendo posible. Lo anómalo era que uno de los principios activos no constaba en su prescripción activa de aquel mes, aunque sí había sido recetado meses antes.
El toxicólogo revisó los casos sin conocer qué nombre ocupaba cada posición en la teoría. En Beatriz, la combinación de alcohol y sedante no permitía reconstruir la intención.
Rocío Galán tenía niveles terapéuticos de un antihistamínico sedante. Podía haber empeorado la desorientación y el frío, pero no explicaba por sí solo su muerte.
El patrón farmacológico era menos limpio de lo que parecía en una tabla. Tres mujeres vulnerables, tres sustancias distintas, tres contextos capaces de producir accidentes sin intervención de nadie.
El toxicólogo pidió los envases originales, las recetas completas y los registros de dispensación, no solo los informes resumidos.
La cantidad de un principio activo en sangre no podía traducirse directamente en el número de comprimidos ingeridos sin conocer el tiempo transcurrido, el metabolismo y la posible interacción con otras sustancias.
La tabla de Darío había convertido datos incompletos en columnas limpias; el especialista devolvió los márgenes de incertidumbre.
En Eva, la prescripción anterior demostraba que había tenido acceso al hipnótico, aunque no que lo tomara en la fecha de la muerte.
En Beatriz, la diferencia entre el envase y el resultado toxicológico podía explicarse por un segundo recipiente que nunca se recuperó, pero esa posibilidad no estaba documentada.
En Rocío, el antihistamínico podía contribuir a la desorientación sin constituir la causa principal del fallecimiento.
—No puedo decir que alguien las medicara —dijo el toxicólogo—. Puedo decir que las explicaciones originales no agotaron todas las posibilidades.
Vera le pidió que especificara qué dato cambiaría su valoración: una receta, un registro de farmacia, una muestra conservada o un informe médico contemporáneo.
El especialista respondió por escrito. Aquella lista serviría para pedir documentos concretos y evitar que cada nuevo hallazgo se interpretara como confirmación de una intervención criminal.
La conclusión no cerraba la puerta a una serie, pero tampoco la abría.
Las tres muertes podían seguir siendo accidentes o suicidios.
La anomalía consistía en que algunos elementos no habían sido comprobados con la profundidad que ahora parecía necesaria.
Luján ordenó solicitar los archivos sanitarios disponibles y limitar la difusión de los nombres hasta que las familias fueran informadas.
No quería que una revisión técnica se convirtiera en una acusación pública antes de tener un resultado que pudiera sostenerse.
—No tenemos un fármaco común —dijo Vera.
—Ni una dosis común —añadió Luján.
—Entonces no hay patrón.
—Hay una pregunta: cómo obtuvieron medicamentos que no encajan del todo con lo documentado.
Revisaron farmacias, recetas y dispensaciones hasta donde los años permitían. En ambos casos existían lagunas. Ninguna llevaba directamente a Teresa. Parte de la medicación podía haber quedado de tratamientos anteriores.
La línea farmacológica parecía deshacerse cuando una técnica señaló algo distinto: Eva y Beatriz habían recibido, semanas antes de morir, recomendaciones para reducir o modificar medicación por riesgo de uso inadecuado.
En ambos expedientes alguien había descrito a las mujeres como poco fiables con el tratamiento.
—Eso puede explicar las muertes sin asesino —dijo Vera.
—Exacto —respondió Luján.
La investigación necesitaba soportar explicaciones que no le gustaban.
El caso de Rocío Galán añadió una variante.
No había tóxicos letales, pero sí un antihistamínico sedante en cantidad terapéutica.
Su coche se había detenido en una carretera secundaria y ella murió expuesta al frío después de alejarse a pie.
La sustancia podía haber aumentado somnolencia y desorientación, pero no era causa suficiente.
Tres mujeres vulnerables. Tres medicamentos. Tres explicaciones ordinarias posibles.
Vera preguntó qué tenían en común fuera de la química.
Darío encontró que las tres habían sido valoradas en algún momento por servicios sanitarios o sociales por situaciones familiares complejas. Teresa aparecía en dos expedientes directamente y en el área sanitaria del tercero.
Luján pidió un análisis de oportunidad: cuántos profesionales podían haber accedido a información equivalente. El resultado devolvió nueve nombres en al menos dos casos y tres nombres en los tres.
Teresa era uno.
Los otros dos eran un administrativo sanitario jubilado y una trabajadora social que vivía en Málaga.
La trabajadora social recordaba a Teresa como una médica que cruzaba con facilidad la frontera entre atender y decidir.
—Se implicaba demasiado. Quería resolver la familia, la escuela, la pareja. Todo.
El administrativo jubilado dio una versión distinta: Teresa protestaba cuando los protocolos devolvían a personas vulnerables a hogares que consideraba peligrosos.
—Decía que a veces cumplir el procedimiento era abandonar a alguien.
Vera anotó ambas declaraciones. Podían describir vocación, arrogancia o necesidad de control. Elegir una palabra antes de tiempo era otra forma de contaminar el caso.
—Ahora tenemos tres personas, no una —dijo Luján.
La trabajadora social aportó documentación que había conservado legalmente de antiguos programas. Recordaba a Teresa como «excesivamente implicada» con algunos pacientes.
—¿Qué significa eso? —preguntó Vera.
—Que quería resolver cosas que no eran médicas. Familias, colegios, parejas. Creía que si veías venir un daño tenías obligación de impedirlo.
—¿Le pareció peligroso?
—Me pareció joven.
El administrativo recordó otra cosa: Teresa había protestado varias veces porque los protocolos permitían que menores o mujeres vulnerables regresaran a entornos que ella consideraba dañinos.
—Decía que el sistema esperaba a que ocurriera una desgracia.
Aquella frase podía describir a una médica comprometida. También podía encajar con alguien que, con los años, hubiera decidido sustituir al sistema.
Vera se negó a escribir la segunda interpretación en el informe.
Esa tarde, Granada confirmó que Carmen Leal no estaba ingresada ni había utilizado sus tarjetas bancarias desde el día anterior. Su móvil permanecía apagado. Una cámara del edificio la mostraba saliendo con un bolso pequeño a las 8:14.
Al mediodía, Carmen seguía sin aparecer. No había movimientos bancarios ni llamadas. Otra cámara confirmó que salió sola. Un vehículo oscuro se detuvo unos segundos fuera del ángulo principal.
Su ausencia dejó de ser una rareza doméstica y pasó a tratarse como desaparición de riesgo. Luján ordenó separar el equipo que la buscaba del que revisaba los homicidios.
—Si está en peligro, no podemos convertirla en una pista antes de encontrarla.
No parecía llevar equipaje.
A las 8:32 una cámara de tráfico captó un vehículo deteniéndose cerca. La imagen no permitía ver matrícula. Era un turismo oscuro.
Carmen desaparecía de la imagen.
No había prueba de que subiera al coche.
Vera pidió activar la búsqueda como desaparición de riesgo atendiendo a edad, contexto y condición de testigo.
Alguien acababa de faltar en el presente.