Donde mueren los cuervos PARTE IV LOS CUERVOS
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PARTE IV LOS CUERVOS

A malia llegó al cuartel con dos carpetas y ninguna intención de sentarse. Había pasado la noche comparando los nombres de los siete casos con hemerotecas, registros públicos y sus propias entrevistas. No traía una teoría. Traía dos muertes que no pertenecían a Valdehondo.

La primera era Beatriz Olmo, treinta y ocho años, encontrada muerta once años atrás en una casa rural de un municipio de Granada.

La investigación concluyó intoxicación accidental por una combinación de medicamentos y alcohol.

La segunda, Nuria Paredes, dieciséis años, fallecida seis años atrás después de aparecer desorientada junto a una carretera comarcal.

Su muerte se atribuyó a hipotermia y complicaciones posteriores.

Amalia aclaró que los dos expedientes se incorporaban como referencias comparativas, no como nuevas víctimas de una serie. Sus notas distinguían las entrevistas directas de los datos tomados de hemerotecas y de terceros; Luján pidió conservar esa separación en el informe.

—Si metemos cualquier muerte rara en la misma caja, fabricaremos el asesino que estamos buscando —dijo Luján.

Amalia dejó sobre la mesa una segunda lista: treinta y cuatro personas atendidas o conocidas por Teresa en contextos parecidos. La mayoría seguía viva y no había sufrido ningún episodio violento. Vera agradeció aquella lista más que la primera.

Al cruzar profesionales, nueve nombres aparecían en dos o más expedientes. Tres alcanzaban varios contextos: Teresa, un administrativo jubilado y una trabajadora social destinada después a Málaga. Adrián desaparecía de los casos fuera de Valdehondo. Samuel solo aparecía en búsquedas.

El doctor Esteban Villalba conectaba Santa Brígida con Beatriz, pero había muerto ocho años antes de Lucía. Carmen Leal solo alcanzaba los expedientes del antiguo centro.

Vera pidió que los expedientes de Beatriz y Nuria se revisaran como casos independientes.

La coincidencia de una profesional sanitaria podía ser relevante, pero también era esperable en una comarca donde los mismos médicos cubrían guardias y programas comunitarios durante décadas.

El equipo comparó el número de consultas, las fechas de atención y los motivos registrados.

En Beatriz, Teresa había intervenido en una consulta ordinaria y no constaba que la viera la noche de la muerte.

En Nuria, su nombre aparecía en una actividad de prevención con decenas de participantes.

—No es un patrón —dijo Luján—. Es una presencia que debemos explicar.

Amalia aceptó la corrección sin discutir.

Había llevado los casos porque sus finales parecían demasiado fáciles, no porque creyera que una misma persona hubiera causado todas las muertes.

Entregó las notas originales de sus entrevistas y permitió que se contrastaran con los recortes que había conservado.

Algunas citas procedían de familiares; otras, de periodistas que habían resumido testimonios de segunda mano.

Luján marcó cada fuente para que nadie utilizara una frase de periódico como si fuera una declaración directa.

La revisión también encontró diferencias importantes.

Beatriz había mezclado alcohol con medicación; Nuria había desaparecido después de salir de una actividad juvenil y su última ubicación estaba a más de treinta kilómetros de Santa Brígida.

Ningún documento las situaba en el mismo lugar ni en el mismo periodo.

Lo que las unía era, por ahora, la aparición de una persona conocida por Teresa en sus historiales.

Vera decidió que ambas quedarían en una columna separada: «casos comparativos pendientes de revisión».

No formarían parte del recuento de homicidios ni del informe público.

Si la investigación encontraba una conexión objetiva, volverían a abrirlos; si no, no permitirían que la sospecha se extendiera solo porque sus historias resultaban inquietantes.

Cuando intentaron localizar a Carmen, su teléfono estaba apagado. La cámara de su calle la mostraba saliendo a las ocho y catorce con un bolso pequeño. A las ocho y treinta y dos pasó un coche oscuro, pero la imagen no permitía afirmar que ella subiera.

No había denuncia de desaparición ni tiempo suficiente para convertir una ausencia en secuestro. Vera activó comprobaciones por vulnerabilidad y por su condición de testigo relevante.

—Primero averiguamos si falta —dijo—. Después averiguamos por qué.

En la pizarra, el mapa empezaba a dejar de seguir lugares. Por primera vez parecía seguir personas.

Teresa era la única persona viva que seguía apareciendo alrededor de varios escenarios. Era una anomalía estadística útil. Todavía no era una explicación.

—No están en nuestra lista —dijo Vera.

—Por eso he venido —respondió Amalia—. Las dos habían pasado por centros donde trabajó Teresa Montalvo.

Luján no tocó las carpetas.

—¿Qué significa «pasado por»?

Beatriz había sido atendida en urgencias por Teresa meses antes de morir. Nuria había participado en un programa sanitario juvenil en el que Teresa figuraba como colaboradora. Contactos reales, pero débiles.

—Si buscamos a cualquier médico rural durante veinte años, encontraremos pacientes muertos —dijo Luján.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué más tiene?

Amalia abrió la segunda carpeta.

En ambos expedientes aparecía una referencia a episodios de «conducta de riesgo» o «entorno vulnerable». En el caso de Beatriz, una trabajadora social había anotado que rechazaba tratamiento. En el de Nuria, el programa recomendaba seguimiento familiar.

Vera sintió la atracción de una idea y la combatió antes de expresarla. Vulnerabilidad. Corrección. Personas que alguien podía considerar incapaces de decidir por sí mismas.

—Esto sigue siendo selección retrospectiva —dijo.

Amalia asintió.

—Sí. Por eso no lo he publicado.

La frase sorprendió a Darío.

Amalia había construido además un control. Buscó otras treinta y cuatro personas atendidas por Teresa en contextos parecidos. La inmensa mayoría seguían vivas o habían muerto por causas sin anomalías conocidas.

—Eso es importante —dijo Luján.

—Ya. Las coincidencias dejan de parecer magia cuando miras todo lo que no coincide.

Decidieron solicitar los expedientes judiciales y médicos disponibles por vía legal, sin incorporar aún las dos muertes a la serie.

Vera pidió revisar también profesionales comunes distintos de Teresa.

El cruce devolvió nombres de enfermeros, trabajadores sociales, conductores y médicos que habían rotado por la comarca.

Uno destacó: el doctor Esteban Villalba, ya fallecido, había trabajado en Santa Brígida y aparecía en el caso de Beatriz. También podía ser la voz médica de la cinta de Marina. Durante unas horas, el muerto se convirtió en una explicación cómoda.

Hasta que las fechas lo destruyeron. Villalba había fallecido ocho años antes de Lucía.

Otro nombre, Carmen Leal, aparecía solo en Santa Brígida. Adrián, únicamente en los asuntos de Valdehondo. Samuel, en las búsquedas del monte. Teresa era la única persona conocida que podía situarse documentalmente, aunque de manera muy desigual, alrededor de varios contextos separados por décadas.

—Eso ya es más que antes —dijo Darío.

—Sí —respondió Luján—. Y todavía no es suficiente.

El expediente de Beatriz aportó una anomalía concreta. La concentración de un sedante detectado en sangre no coincidía bien con el número de comprimidos que faltaban del envase encontrado. El informe lo había atribuido a un segundo envase no localizado.

En el de Eva Santacruz, una de las siete, ocurría algo parecido: medicación presente en toxicología sin correspondencia limpia con los envases recogidos.

Dos muertes, doce años de distancia, dos municipios y una misma clase de discordancia farmacológica.

Vera pidió que toxicología revisara ambos casos sin conocer la hipótesis de los investigadores más allá de la pregunta técnica. No quería un informe escrito para confirmarles.

Al mediodía, Amalia recibió una llamada. Se apartó al pasillo y regresó pálida.

—Carmen Leal no está en casa.

—¿Desde cuándo?

—Una vecina dice que ayer por la mañana.

Vera miró a Luján.

Carmen era una mujer adulta que podía marcharse sin avisar. Pero era también una testigo que acababa de declarar sobre Santa Brígida.

—No la llamemos desaparecida hasta comprobarlo —dijo Luján.

Amalia guardó el teléfono.

—Eso mismo dijeron de Sonia.

La comparación era injusta y eficaz.

Vera pidió a Granada que verificara domicilio, hospitales y movimientos conocidos. Mientras esperaba, observó los nombres de Beatriz y Nuria al borde de la pizarra, separados de los siete casos.

Los otros pueblos ampliaban el mapa.

Y por primera vez el mapa empezaba a seguir a una persona, no a un lugar.