CAPÍTULO 38 EL CULPABLE PERFECTO
D urante una hora, Vera reunió los indicios contra Adrián y después los sometió a contraste: acceso a Santa Brígida, poder local, secretos familiares, pagos opacos, una coartada débil para Sonia y vehículos compartidos.
Durante una hora, Vera construyó contra Adrián la mejor acusación posible: acceso a Santa Brígida, poder local, secretos familiares, pagos opacos, una coartada débil para Sonia, el aserradero y vehículos compartidos. Después dedicó otra hora a desmontarla.
El pago por «traslado / limpieza» correspondía en parte al vaciado de mobiliario hacia un vertedero autorizado. Los bidones del cuarto frío ocultaban una infracción ambiental, no sangre. Varias llaves habían pasado por empleados, familiares y proveedores.
Luján hizo que el equipo redactara dos columnas sin adjetivos: hechos que sostenían la hipótesis contra Adrián y hechos que la debilitaban.
En la primera estaban su acceso al edificio, la ocultación de usos posteriores al cierre y su presencia en documentos de la empresa.
En la segunda, la explicación parcial del pago, la ausencia de un vínculo forense con las víctimas y el hecho de que varios empleados compartieran vehículos y llaves.
La teoría seguía siendo posible, pero ya no parecía inevitable.
Vera comprobó además qué información se había difundido en los medios.
La fotografía de la verja, el número doce y la existencia de una habitación oculta eran públicos.
La matrícula parcial y la ubicación de la mochila no se habían comunicado oficialmente.
Cualquier testigo que mencionara esos detalles podía haberlos conocido por otra vía, pero el equipo tendría que averiguar cuál antes de valorar la declaración como conocimiento reservado.
Adrián había mentido sobre la extensión del uso de Santa Brígida.
Esa mentira podía proteger a su familia de responsabilidad administrativa, de una investigación por internamientos irregulares o de algo más grave.
No permitía elegir entre esas explicaciones.
Vera pidió una entrevista de seguimiento centrada en las fechas y los documentos que él había reconocido, sin confrontarlo todavía con la información de Requena.
—Si lo interrogamos como culpable, dejará de hablar y nosotros dejaremos de escuchar —dijo.
Luján asintió, aunque advirtió que la cautela no debía convertirse en deferencia. Adrián no era inmune al escrutinio por ser alcalde; tampoco debía ser el centro de todas las diligencias porque su nombre organizara mejor la historia.
La llamada sobre Requena interrumpió la revisión antes de que pudieran cerrar la matriz. La nueva urgencia no borraba lo que habían aprendido: una teoría elegante podía explicar demasiadas cosas precisamente porque había dejado fuera las que no encajaban.
—Es un hombre que ha mentido mucho —dijo Darío.
—Eso no nos dice sobre qué mentira estamos trabajando —contestó Vera.
Acceso a Santa Brígida. Llaves de observación.
Furgoneta familiar. Discusión con Sonia antes de desaparecer.
Falsificación de expedientes por su padre.
Deuda y trabajos clandestinos con Mateo.
Visita a Nicas antes del registro. Cuarto frío bajo el aserradero.
Limpieza reciente. Una estructura económica capaz de silenciar a medio pueblo.
Amalia añadió el ingrediente que faltaba cuando publicó un reportaje titulado «EL ALCALDE Y LA CASA CERRADA». No lo acusaba de matar a nadie. No hacía falta. Las fotografías y fechas permitían que el lector terminara el trabajo.
La plaza amaneció con pintadas contra los Montalvo. Adrián dejó de atender llamadas de prensa. Teresa siguió pasando consulta.
Mateo apareció frente al ayuntamiento y tuvo que ser apartado cuando intentó entrar a buscar al alcalde. Julia lo siguió y le dio una bofetada antes de que la Guardia Civil pudiera detenerlo.
—No vuelvas a usar a nuestra hija para pegarle a nadie —le dijo.
Vera presenció la escena desde la otra acera. Julia era la única persona del pueblo que parecía resistirse a necesitar un culpable rápido.
Luján convocó una reunión y obligó al equipo a construir la teoría contraria: razones por las que Adrián podía parecer culpable sin ser el asesino.
Darío empezó.
—La furgoneta la usaba mucha gente.
—Bien.
—Las llaves también.
—Bien.
—La discusión con Sonia explica un motivo, pero no prueba contacto después.
—Siga.
Vera añadió que el cuarto frío era un espacio industrial con limpieza documentada antes del crimen de Lucía. La visita a Nicas podía explicarse por la tensión del pueblo. La deuda de Mateo era un secreto económico, no necesariamente criminal.
—¿Qué queda? —preguntó Luján.
—Un hombre que ha mentido mucho —dijo Vera.
—Mentir no es matar.
El problema era que Adrián también había ocultado una cosa nueva. Los registros telefónicos mostraban una llamada suya a Julián Requena la noche posterior a la muerte de Lucía, pese a que la limpieza del cuarto frío había ocurrido semanas antes.
Adrián fue citado de nuevo.
—Le pregunté si había dejado bien cerrada la cámara.
—¿Por qué esa noche?
—Porque vi periodistas cerca del aserradero y pensé que acabarían entrando.
—¿Temía que encontraran algo?
—Sí.
—¿Qué?
Adrián miró a su abogado.
—Bidones.
Los bidones contenían productos de tratamiento de madera almacenados sin la documentación ambiental correcta. Algunos habían sido trasladados antes del registro. La infracción podía ser grave. No tenía relación demostrada con los homicidios.
—Lleva semanas haciéndonos perseguir delitos distintos —dijo Vera.
—Llevo semanas intentando que no destruyan mi empresa mientras buscan un asesino.
—Eso puede haber destruido pruebas.
—De mis irregularidades, sí. De Lucía, no.
El juez autorizó ampliar el registro a documentación ambiental y movimientos de vehículos. La investigación empezó a dividirse en dos: homicidios, por un lado, posibles delitos empresariales por otro.
Adrián parecía cada vez peor en televisión y cada vez menos claro en el expediente de Lucía.
La llamada anónima a Mateo seguía sin encajar. Los análisis de ubicación de la tarjeta prepago no situaban a Adrián de forma concluyente en ninguna de las tres antenas. Tampoco lo excluían.
El perfil parcial del cabello hallado en la furgoneta llegó esa tarde. Era compatible con una línea materna relacionada con Marina Espejo, aunque la degradación impedía una identificación individual definitiva. La madre de Marina seguía viva y aportó muestra.
El laboratorio reiteró que el cabello de la furgoneta era compatible con la línea materna de Marina, no identificativo de Marina. La distinción llegó tarde para la prensa: un titular ya afirmaba que «ADN DE LA NIÑA» había aparecido en un vehículo de los Montalvo.
El acceso histórico a la furgoneta incluía a Adrián, Teresa, Antonio Molina, don Amadeo y, en ocasiones, Samuel durante emergencias forestales. El vehículo unía demasiadas vidas para resolver una muerte por sí solo.
Samuel admitió que vio la furgoneta después de iniciarse la búsqueda de Marina y que la siguió durante un tramo.
—Encontré algo —dijo.
—¿A Marina?
—No esa noche.
—¿Qué encontraste?
—Algo que no debía estar allí.
No quiso continuar hasta ordenar sus recuerdos. Luján aceptó la pausa, pero dejó constancia formal.
Al anochecer, Julián Requena dejó de responder a las llamadas. Su furgoneta apareció abierta junto a una pista. Había sangre en el asiento del conductor.
Si se confirmaba, Marina había estado en la furgoneta.
Adrián tenía acceso.
Teresa también.
Antonio Molina también.
Don Amadeo también.
Samuel, ocasionalmente, también.
El culpable perfecto se multiplicaba.
Vera fue a ver a Samuel. Lo encontró cortando pan con una mano que temblaba.
—Marina estuvo en la furgoneta de los Montalvo.
El cuchillo se detuvo.
—No lo sabes todavía.
—¿Tú sí?
Samuel dejó el cuchillo.
—Vi la furgoneta aquella noche.
—Eso ya estaba en tu cuaderno.
—La vi después de que empezara la búsqueda.
—¿Dónde?
—En la pista vieja.
—¿Quién conducía?
Samuel negó.
—No lo vi.
—¿Y por qué mentiste sobre dónde estabas?
—Porque fui detrás.
—¿Hasta dónde?
Samuel cerró los ojos.
—Hasta donde no debía.
Vera esperó.
—Encontré algo —dijo él.
—¿A Marina?
Samuel abrió los ojos.
—No esa noche.
La precisión le heló la sangre.
Antes de que pudiera continuar, el teléfono de Vera sonó. Darío hablaba demasiado deprisa. Julián Requena no había acudido a una segunda citación. Un vecino había encontrado su furgoneta junto a una pista forestal.
La puerta del conductor estaba abierta.
Y había sangre en el asiento.