Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 39 EL MUERTO
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CAPÍTULO 39 EL MUERTO

E ncontraron a Julián Requena a ciento ochenta metros de la furgoneta, al pie de un talud húmedo, entre jaras y piedras.

Había barro removido, una caída pronunciada y una herida compatible con el terreno.

El médico solo pudo certificar la muerte y preservar la escena; no era posible calificarla de homicidio a simple vista.

El médico forense se negó a adelantar conclusiones. La sangre del asiento podía proceder de un corte reciente en la mano de Requena. En el bolsillo llevaba medicación ansiolítica prescrita por un médico de Granada, no por Teresa.

La zona se cerró en un radio que incluía el talud, el acceso desde la pista y el vehículo.

Los agentes fotografiaron la posición del cuerpo antes de que los sanitarios modificaran el entorno y marcaron las huellas visibles sin pisarlas.

La sangre del asiento y la lesión de la cabeza se documentaron por separado.

No se podía saber todavía si Requena había sangrado dentro de la furgoneta, si había sido herido antes de salir o si la mancha procedía de una lesión menor.

La caída ofrecía una explicación posible, pero la posición del cuerpo no bastaba para reconstruir el movimiento.

El terreno estaba húmedo, las piedras sueltas y las ramas podían haber alterado el trayecto.

El forense pidió radiografías y una autopsia completa antes de hablar de causa de muerte.

Luján ordenó revisar el teléfono, las últimas comunicaciones y el recorrido del vehículo, preservando los datos antes de que se agotara la batería o se sincronizaran de forma automática.

En el bolsillo de Requena encontraron una llave de coche, monedas, un recibo de combustible y un papel doblado con dos cifras.

No había arma ni nota de despedida. El papel se embaló sin interpretarlo.

Las cifras podían ser una referencia de trabajo, un número telefónico incompleto o una anotación sin relación con lo ocurrido.

Vera observó la furgoneta desde el límite de la cinta.

La puerta abierta parecía una invitación a imaginar una persecución, una discusión o una salida precipitada.

Ninguna de esas escenas estaba demostrada.

Pidió que se buscara barro, fibras y posibles marcas de arrastre, pero también que se documentara la ausencia de señales donde correspondiera.

El silencio material de una escena podía ser informativo sin convertirse en una prueba de limpieza deliberada.

La muerte de un testigo no convertía automáticamente en homicidio todo lo que hubiera contado. Primero debían establecer cómo había muerto y qué había ocurrido en sus últimas horas.

—Que aparezca muerto ahora no convierte su muerte en asesinato —dijo Luján.

Nadie necesitaba que lo dijera. Todos necesitaban oírlo.

La primera impresión era un accidente. Requena conocía el monte, pero el terreno estaba húmedo y la pendiente era suficiente. La sangre del asiento procedía de un corte en la mano. Había gotas entre el vehículo y el sendero.

Vera observó el cuerpo desde la distancia marcada por los técnicos. Una muerte en mitad de una investigación no se convertía automáticamente en asesinato. Precisamente por eso debía resistir el impulso.

El forense encontró un traumatismo craneal compatible con la caída. No había signos evidentes de lucha. La hora estimada de muerte situaba el accidente durante la noche anterior.

—¿Alcohol?

—Lo sabremos con toxicología.

En el bolsillo de Requena había un papel doblado con un número de teléfono escrito. Correspondía a Amalia Vega.

La periodista admitió que había hablado con él dos días antes.

—Me llamó él.

—¿Qué quería?

—Preguntarme cuánto sabía de Santa Brígida.

—¿Grabó la conversación?

—Sí.

Amalia entregó el audio.

Amalia entregó un mensaje de voz que Requena le había enviado horas antes: «Lo de Marina fue distinto. Porque esa vez no la devolvieron». La frase parecía decisiva hasta que intentaron definir qué significaba devolver.

Los registros mostraron dos llamadas posteriores: una al consultorio de Valdehondo y otra a Adrián. El número general del consultorio no permitía saber quién contestó.

En un borrador del teléfono aparecía: «No fue Amadeo. Fue después. La muchacha ya estaba…». La frase quedaba cortada. Vera se negó a completar mentalmente el verbo.

Requena sonaba nervioso. Decía que la residencia había seguido funcionando «porque alguien tenía que recoger lo que los demás dejaban». Hablaba de registros falsos y de una noche en la que una niña fue llevada y devuelta. No nombraba a Irene.

Después decía: «Lo de Marina fue distinto».

Amalia le preguntaba por qué.

Requena respondía: «Porque esa vez no la devolvieron».

La grabación terminaba con él diciendo que necesitaba pensarlo antes de hablar más.

Vera sintió una punzada de rabia. Un testigo que por fin parecía dispuesto a diferenciar los hechos acababa de morir.

—¿Le contó que iba a hablar con nosotros?

—Le dije que debía hacerlo.

—¿Se lo dijo a alguien más?

—No lo sé.

Los registros telefónicos mostraron que Requena llamó después a un número del consultorio y, veinte minutos más tarde, a Adrián Montalvo.

Adrián reconoció la llamada.

—Quería saber si ustedes me habían preguntado por él.

—¿Qué le dijo?

—Que sí.

—¿Lo amenazó?

—No.

El consultorio no podía determinar quién atendió la llamada. A esa hora había tres personas trabajando, incluida Teresa.

La toxicología preliminar encontró alcohol en concentración baja, insuficiente por sí sola para explicar una caída. También un ansiolítico prescrito legalmente a Requena. La combinación podía aumentar somnolencia.

—¿Quién se lo recetaba? —preguntó Darío.

La respuesta estaba en su historial: una médica de Granada. No Teresa.

Otra puerta fácil se cerró.

En la furgoneta no aparecieron huellas ajenas útiles. El teléfono de Requena estaba roto al pie del talud. La extracción digital recuperó un borrador de mensaje sin destinatario: «No fue Amadeo. Fue después. La muchacha ya estaba…».

El texto terminaba ahí.

—¿La muchacha es Marina? —preguntó Darío.

—No sabemos —dijo Vera.

La autopsia definitiva aportó una lesión pequeña en el antebrazo compatible con un agarre, pero también con golpearse durante la caída. No había base suficiente para declarar muerte violenta por intervención de tercero.

El pueblo no necesitó esa base. Antes del anochecer circulaba que habían matado al hombre que sabía demasiado.

Amalia se negó a publicar esa versión.

—Si ha sido un accidente, convertirlo en asesinato ayuda al asesino real —dijo.

Luján la miró con sorpresa.

—Eso podría haberlo dicho yo.

—No se acostumbre.

Vera regresó al lugar cuando ya habían retirado el cuerpo. Desde la pista se veía Santa Brígida entre los árboles. Requena había elegido un camino que llevaba hacia el edificio, aunque también hacia su casa por una ruta más larga.

En una piedra, un técnico encontró barro claro adherido a una suela marcada. La composición era similar a la del entorno de Santa Brígida, pero no exclusiva.

El dato más importante no vino de la escena. Vino de un recibo encontrado en la guantera: Requena había comprado dos días antes una cerradura y un candado de la misma marca y modelo que el colocado en la verja de Santa Brígida.

En la guantera encontraron un recibo antiguo de ferretería. Requena había comprado un candado del mismo modelo que el colocado recientemente en Santa Brígida.

—¿Y si no cerró la verja para impedirnos entrar? —preguntó Vera.

Luján la miró.

—¿Para impedir que entrara otro?

—O para que algo permaneciera dentro.

La hipótesis quedó sin dueño. Era demasiado pronto para elegirla.

—Él puso el candado —dijo Darío.

—Probablemente —respondió Luján.

—¿Para impedirnos entrar?

—O para impedir que entrara otra persona.

La inversión dejó a todos en silencio.

Si Requena había cerrado la verja después de su primer registro, quizá no intentaba ocultar Santa Brígida a la Guardia Civil. Quizá sabía que alguien seguía usando el edificio y trataba de mantenerlo fuera.

El testigo muerto no aclaraba la historia.

La volvía del revés.