Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 37 EL CUARTO FRÍO
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CAPÍTULO 37 EL CUARTO FRÍO

E l cuarto frío estaba bajo el aserradero y no aparecía en los planos entregados al juzgado. Lo encontró un técnico al seguir una conducción eléctrica reciente hacia una escalera cubierta por palés.

Al abrirlo, el termómetro marcó nueve grados.

El técnico midió la temperatura en tres puntos y revisó el sistema antes de que nadie sacara conclusiones por el frío.

El compresor había sido sustituido hacía menos de un año, según una factura localizada en el archivo de mantenimiento.

La cámara servía para conservar muestras de madera y productos químicos que debían permanecer estables.

El desagüe, la pintura lavable y la ventilación eran compatibles con esa función.

Aun así, Luján ordenó documentar el espacio como cualquier otro lugar relacionado con la investigación.

Fotografiarían los accesos, comprobarían quién tenía llaves y recogerían muestras solo de superficies que pudieran tener relevancia concreta.

No buscarían rastros humanos en cada esquina por el mero hecho de que el cuarto pareciera inquietante.

La inspección debía distinguir el uso industrial legítimo de cualquier indicio que no encajara con él.

El primer barrido no encontró sangre visible.

La luminolización requería justificar el uso de reactivos y valorar posibles falsos positivos derivados de productos de limpieza.

El forense explicó que la lejía podía alterar o destruir rastros y que una reacción luminosa, por sí sola, no demostraría que allí se hubiera cometido un crimen.

Vera pidió que el informe describiera también los límites de cualquier resultado negativo.

En un armario había guantes industriales, mascarillas y recipientes etiquetados.

Dos etiquetas estaban despegadas, pero las fechas de compra y los lotes coincidían con el inventario de la empresa.

Un recipiente sin etiqueta se aisló para análisis químico; no se abrió en el lugar.

La prudencia irritó a Adrián, que veía cómo una inspección rutinaria se prolongaba, pero no pudo señalar una irregularidad en el procedimiento.

El cuarto frío podía ser parte de la historia del aserradero y no de la muerte de Lucía. El equipo debía estar preparado para aceptar esa conclusión si los resultados no aportaban otra cosa.

Las paredes lavables, el desagüe y el olor tenue a lejía podían parecer hechos para una escena criminal solo si se ignoraba la función industrial del recinto. Vera obligó a fotografiar también fungicidas, termómetros y manuales de conservación.

Una empresa había realizado una limpieza por plagas tres semanas antes de la desaparición de Lucía. El parte llevaba la firma de Julián Requena, antiguo trabajador de mantenimiento de Santa Brígida.

Adrián no fingió sorpresa.

—Era una cámara para conservar muestras de madera y productos de tratamiento. Ya no se usa.

—La instalación eléctrica sí —dijo Vera.

El termómetro marcaba nueve grados. Las paredes estaban revestidas con paneles lavables y el suelo tenía un sumidero central. Había estanterías vacías y un olor tenue a lejía.

Darío miró a Vera. Ninguno dijo lo evidente.

—¿Cuándo se limpió? —preguntó Luján.

Adrián llamó al encargado. El hombre afirmó que una empresa había desinfectado varias zonas después de una plaga de roedores tres semanas antes. Presentó factura.

Tres semanas antes significaba antes de la desaparición de Lucía.

El equipo forense utilizó reactivos y luz forense en superficies seleccionadas. Aparecieron restos biológicos, pero en un espacio industrial antiguo aquello era inevitable. Las primeras muestras correspondían a roedores y a dos trabajadores. No había sangre visible.

Bajo un zócalo apareció una cantidad mínima de sangre humana degradada. El perfil era masculino y no correspondía a Lucía, Marina ni Sonia.

Requena confirmó por teléfono que había limpiado el recinto y que conocía la habitación doce y la galería de Santa Brígida. Cuando Vera preguntó por Irene, dejó de responder con naturalidad.

—La trajeron sin papeles —dijo al fin.

—¿Quién?

—No voy a contestar eso por teléfono.

Pidió abogado para cualquier declaración posterior. Antes de colgar añadió que Teresa le había preguntado meses atrás por los productos peligrosos almacenados allí, durante una revisión de salud laboral. Era una conexión real y, al mismo tiempo, perfectamente explicable.

En una esquina, detrás de una estantería, encontraron un pendiente infantil de plástico azul. Vera sintió el impulso de convertirlo en Lucía. Julia lo descartó en cuanto vio la fotografía.

—Nunca fue suyo.

El pendiente azul apareció detrás de una rejilla. Julia confirmó que no pertenecía a Lucía. Era viejo, barato y sin marca útil. Se conservó, pero salió de la columna principal de indicios.

Una fibra roja recuperada cerca del desagüe tampoco coincidía con el hilo de la campana de Lucía. Era poliéster industrial.

—Dos objetos que parecen hechos para nosotros y no lo están —dijo Vera.

—Mejor descubrirlo ahora —respondió Luján.

El objeto permaneció en inventario. Podía haber estado allí diez años.

La puerta interior del cuarto tenía un pestillo exterior.

—¿Se podía cerrar a alguien dentro? —preguntó Vera.

—Sí —respondió el técnico—. Igual que en miles de cámaras industriales.

La frase era cierta y no ayudaba.

Adrián empezó a perder la paciencia.

—Están buscando una habitación de tortura debajo de mi empresa.

—Estamos documentando un espacio oculto en los planos —dijo Luján.

—No estaba oculto. Todo el mundo que trabaja aquí sabe que existe.

—Nosotros no.

En el sumidero apareció una fibra roja. El laboratorio preliminar la describió como textil de poliéster. Darío recordó el hilo de la campanilla. Luján ni siquiera permitió que se compararan verbalmente hasta recibir análisis.

No coincidían.

La decepción se estaba convirtiendo en método.

El dato importante llegó de la factura de limpieza. La empresa que había desinfectado el cuarto pertenecía a un autónomo llamado Julián Requena. Era el mismo hombre que, años atrás, había trabajado como mantenimiento ocasional en Santa Brígida.

Requena tenía sesenta y tres años y vivía solo en una pedanía. Cuando lo localizaron, aseguró que Adrián le había encargado limpiar por roedores y humedad. Había utilizado lejía industrial, vapor y desinfectante.

—¿Encontró algo extraño?

—Ratas muertas.

—¿Ropa? ¿Objetos personales?

—Basura.

—¿Qué hizo con ella?

—La llevé al punto limpio.

El registro del punto limpio mostraba una entrega a su nombre. La fecha coincidía.

—¿Trabajó en Santa Brígida?

Requena sonrió con incomodidad.

—Trabajé en todos lados. Fontanería, calderas, electricidad.

—¿Conocía la habitación doce?

—Claro.

—¿La galería?

—Claro.

—¿Quién tenía llaves?

—Demasiada gente.

Era la respuesta que más se repetía en aquella investigación.

Requena reconoció a Sonia, Marina e Irene por fotografías. A Sonia porque trabajó en la residencia. A Irene porque «hubo lío aquella noche». A Marina porque todo el pueblo la buscó.

—¿Qué lío con Irene?

El hombre se humedeció los labios.

—Que la trajeron sin papeles.

—¿Quién?

—No me acuerdo.

—Inténtelo.

—No.

El cambio fue tan brusco que Vera dejó de tomar notas.

—¿No recuerda o no quiere decirlo?

Requena miró hacia la ventana.

—No quiero meterme en eso.

Luján le explicó que podía ser citado formalmente. Requena pidió un abogado.

Antes de terminar, Vera le preguntó si había limpiado el cuarto frío por orden de Adrián o de otra persona.

—Me llamó Adrián.

—¿Y alguien más habló con usted sobre esa limpieza?

Requena tardó.

—La doctora preguntó si había productos peligrosos almacenados. Por salud laboral.

—¿Teresa?

—Sí.

Otra vez estaba allí, en el borde de un hecho explicable.

Dos horas después, el laboratorio encontró en el cuarto frío una mancha mínima de sangre humana atrapada bajo el zócalo, protegida de la limpieza. Era antigua, imposible de fechar visualmente. El perfil genético resultó masculino.

No era Lucía. No era Marina. No era Sonia.

Adrián tenía razón en una cosa: el cuarto podía producir una cantidad infinita de sospechas sin acercarlos a la muerte de una niña.

Pero Julián Requena había tenido miedo.

Y el miedo, a diferencia de la lejía, no se limpiaba con una factura.