CAPÍTULO 36 LA DEUDA
M ateo Roldán tardó menos de una hora en admitir que la llamada anónima no era la única cosa que había ocultado. Lo hizo sentado frente a Vera, con el teléfono precintado sobre la mesa y las manos manchadas de grasa. Julia había decidido no acompañarlo.
Julia recordó una conversación que había descartado como curiosidad adolescente. Lucía le preguntó si un médico podía saber que alguien estaba enfermo antes de que esa persona lo supiera y si podía contar secretos de un paciente a su familia.
Mateo describió la llamada anónima con cuidado: el teléfono había sonado en su taller, una voz masculina le había preguntado si Lucía seguía llevando recados y, cuando él quiso saber quién llamaba, la comunicación se cortó.
No había grabación ni identificación del número.
Mateo no lo había contado porque temió que la pregunta revelara que su hija estaba metida en algo que él desconocía.
La omisión había dejado a Vera sin un dato que podía haber cambiado las primeras horas de la investigación.
—¿Por qué no lo dijo cuando encontramos la mochila? —preguntó Vera.
—Porque entonces ya parecía que todos sabían algo menos yo.
—Eso no responde.
Mateo bajó la cabeza. Admitió que había llamado a un conocido del consultorio para preguntar si Lucía había recogido algún paquete.
El hombre le dijo que eran recados ordinarios y que no debía preocuparse.
Mateo aceptó la explicación porque necesitaba que fuera cierta.
No había seguido la conversación ni conservado una fecha exacta; recordaba que fue semanas antes de la muerte.
Vera pidió que la declaración se contrastara con las llamadas que aún pudieran existir en los registros del taller y con los turnos del consultorio.
La ausencia de datos telefónicos no convertiría el recuerdo en falso, pero impediría tratarlo como una llamada acreditada.
Mateo firmó la declaración completa y aceptó que se examinara su teléfono antiguo si todavía conservaba la tarjeta o alguna copia de seguridad.
Julia, entrevistada por separado, confirmó que Lucía había preguntado por la confidencialidad médica.
No recordaba que nombrara a Teresa ni a un paciente concreto.
La pregunta podía ser señal de una preocupación real, una conversación escolar o simple curiosidad.
Vera anotó que ambos testimonios se referían a contactos con el entorno sanitario, pero ninguno identificaba a una persona como responsable.
La mochila y el consultorio seguían en columnas distintas. La nueva información podía acercarlas; todavía no las unía.
Lucía había llevado algunas veces bolsas de medicación a vecinos mayores por encargo de su madre. El circuito estaba documentado y pasaba por varias manos. Teresa había preparado algunas entregas, pero no todas.
Vera escribió la pregunta de Lucía sin interpretarla. Podía relacionarse con el caso. También podía ser una pregunta nacida de una conversación adulta escuchada a medias.
—Le debía dinero a Adrián —dijo.
—¿Cuánto?
—Más del que podía pagar.
—¿Por qué?
—Camión. Reparaciones. Dos campañas malas. Él adelantó combustible y trabajo.
La deuda no figuraba como préstamo. Estaba repartida entre facturas aplazadas, portes anticipados y combustible cargado a la cuenta del aserradero.
Mateo había trabajado de noche para compensarla.
Algunas cargas procedían de parcelas cuya documentación forestal no coincidía con las fechas reales de tala.
Las cuentas de Mateo no mostraban un préstamo formal. Mostraban reparaciones de camión pagadas por empresas de Adrián, combustible cargado a cuentas ajenas y campañas de madera cobradas por adelantado. Mateo llamaba a aquello favores. Luján lo llamó dependencia.
—¿Le debía dinero al alcalde?
—Le debía trabajo.
—¿Cuánto?
—Lo bastante para no poder decirle que no a algunos portes.
Mateo negó haber transportado personas. Admitió madera sin declarar y rutas fuera de horario.
Una compra con su tarjeta y una cámara privada lo situaban camino de Granada la noche anterior a la desaparición de Lucía.
No limpiaba su historial; sí impedía colocarlo donde algunos rumores ya lo habían colocado.
—¿Adrián traficaba con madera?
—No lo llame así.
—¿Cómo quiere que lo llame?
Mateo bajó la mirada.
—Hacíamos salir madera antes de que estuvieran todos los papeles.
Eso explicaba parte del secreto del alcalde y también por qué Mateo había mentido sobre sus horarios la semana de la desaparición de Lucía. La noche anterior a que la niña faltara, había realizado un porte irregular hasta un almacén de la provincia de Granada.
—Si lo decía, perdía el camión. Y quizá la casa.
—Su hija había desaparecido.
Mateo levantó los ojos, llenos de algo más parecido a vergüenza que a ira.
—Precisamente por eso pensé que no podía perder también lo único con lo que buscarla.
Vera no respondió. Las decisiones tomadas bajo miedo económico no se volvían razonables porque pudiera comprenderlas.
Los registros de carretera y una cámara de una gasolinera confirmaron que Mateo estaba fuera del municipio durante parte de la franja crítica. No lo excluía por completo, pero reducía una sospecha que nunca había terminado de desaparecer.
La llamada anónima era otra cosa. La compañía conservaba datos suficientes para determinar que había entrado a través de una tarjeta prepago activada meses antes y utilizada únicamente tres veces.
Las tres conexiones se habían producido en antenas distintas de la comarca. La última fue la llamada a Mateo.
La tarjeta prepago usada para llamar a Mateo había realizado solo tres comunicaciones. Una de las anteriores, de diecisiete segundos, terminó en el número general del consultorio de Valdehondo.
El dato no señalaba a Teresa. Aquel teléfono podía ser atendido por administración, enfermería o cualquier profesional de guardia. Luján pidió cuadrantes y registros antes de cruzar nombres.
—Lo importante no es quién trabajaba allí —dijo—. Es quién pudo usar ese teléfono y quién sabía que Mateo reaccionaría sin pensar si le hablaban de su hija.
—¿Las otras dos? —preguntó Vera.
Darío colocó las fechas sobre la mesa.
—Una el día en que desapareció Lucía. Otra, dos semanas antes.
—¿Destinatarios?
—La primera, un número que ya no existe. La segunda, un fijo.
El fijo pertenecía al consultorio médico de Valdehondo.
La llamada duró diecisiete segundos. No había grabación ni forma de saber quién contestó. En el consultorio trabajaban Teresa, otra médica algunos días, dos enfermeros y personal administrativo.
Luján se negó a convertir el dato en una flecha hacia Teresa.
—Una tarjeta anónima llama a un centro sanitario. Puede ser cualquier cosa.
—Y después dirige a Mateo hacia Nicas —dijo Vera.
—Eso sí sabemos que hizo. Averigüemos quién podía conocer la mochila.
La mochila había sido hallada por Nicas antes de la búsqueda formal, según su declaración. Solo él y quien la hubiera movido desde la caja de escuela hasta detrás del pienso podían saber que estaba en su casa. Si Nicas decía la verdad, alguien había entrado en el cobertizo.
La cerradura era sencilla y la puerta trasera casi nunca se cerraba. Los perros conocían a medio pueblo. No había huellas útiles.
Vera volvió a preguntarle a Nicas quién entraba en su casa. Él enumeró al veterinario, Darío una vez, dos niños que llevaban comida, Julia cuando encontró un cachorro herido y «la doctora» cuando vacunaron a Moro meses atrás.
—¿Qué doctora?
Nicas se encogió de hombros.
—La de personas no. La otra.
Era una veterinaria de un municipio vecino. Otra vía que se cerraba.
Nicas añadió algo sin que se lo preguntaran.
—El señor del coche grande también vino.
—¿Quién?
—El alcalde.
—¿Cuándo?
—Cuando se perdió la niña. Antes de que vinierais todos.
Adrián confirmó la visita. Había ido a pedir a Nicas que se mantuviera lejos de las cuadrillas porque algunos vecinos estaban empezando a señalarlo. Darío recordó haber oído el mismo consejo. La visita era real y, a la vez, podía tener una explicación inocente.
Vera empezó a ver el mecanismo que los atrapaba: cada dato sobre Adrián podía leerse de dos maneras. Tenía acceso, secretos, deudas, vehículos y motivos para mentir. También era alcalde de un pueblo pequeño, empresario y miembro de una familia que llevaba décadas interviniendo en todo.
Al final de la tarde, Julia apareció en el cuartel. No venía por Mateo.
—He recordado algo de Lucía —dijo.
Vera la hizo pasar.
—La semana antes de desaparecer me preguntó si una persona podía saber que estabas enfermo antes que tú.
—¿Qué le contestó?
—Que a veces, con análisis. Pensé que era una pregunta del instituto.
—¿Dijo por qué?
—No. Pero luego preguntó si los médicos podían contar secretos de sus pacientes.
Vera sintió que la investigación cambiaba de temperatura.
—¿Lucía había ido al consultorio recientemente?
—Llevó la medicación de Aurelia dos veces. Ya se lo dije.
—¿Entró sola?
—Sí.
La agenda del consultorio mostraba que uno de aquellos días Teresa estaba de guardia. El otro, no.
Era un contacto. Nada más.
Vera escribió en la pizarra dos palabras separadas: MOCHILA y CONSULTORIO. No trazó una línea entre ellas.
Todavía.