Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 35 EL ASERRADERO
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CAPÍTULO 35 EL ASERRADERO

L a contabilidad del aserradero llegó en doce cajas.

Don Amadeo había conservado facturas, albaranes y libros mayores con una obsesión que contrastaba con el caos documental de Santa Brígida.

Tres días después de la desaparición de Sonia Valcárcel aparecía un pago de doscientas ochenta mil pesetas bajo el concepto TRASLADO / LIMPIEZA.

El administrador jubilado no reconoció el concepto hasta que vio una copia del asiento contable.

Recordaba que el proveedor había retirado mobiliario, colchones y material deteriorado, pero no podía asegurar qué parte del trabajo se había realizado en Santa Brígida y cuál en un almacén del aserradero.

La empresa había desaparecido y su archivo estaba repartido entre dos antiguos socios.

Luján solicitó los documentos originales antes de aceptar el recuerdo como corroboración.

La cantidad era alta para una limpieza ordinaria, aunque incluía transporte y retirada de materiales.

El perito comparó el pago con otros trabajos de volumen semejante.

En algunos años había importes parecidos por vaciado de naves; en otros, el mismo concepto se utilizaba para servicios pequeños.

La cifra por sí sola no demostraba un traslado clandestino.

El detalle más útil era la fecha de aprobación.

El asiento se había contabilizado tres días después de la desaparición de Sonia, pero la orden de trabajo parecía anterior.

Una copia tenía una marca de entrada y otra carecía de ella.

El equipo no podía concluir si la fecha se había modificado, si la factura se había recibido tarde o si alguien había usado un documento previo para justificar un gasto posterior.

Vera pidió cruzar el pago con los movimientos bancarios, la matrícula de los vehículos de la empresa y los registros de acceso a la finca.

También solicitó que se comprobara el nombre del empleado que firmó la recepción.

Si el traslado había ocurrido, tendría que haber dejado más de una huella documental; si solo existía un asiento contable, su significado seguiría siendo limitado.

Don Amadeo había conservado los libros con una meticulosidad que podía proteger tanto una operación legítima como una irregular. La contabilidad no estaba confesando nada. Estaba mostrando dónde debía buscarse la siguiente comprobación.

El proveedor era una empresa extinguida hacía dieciocho años. Luján localizó al antiguo administrador en Motril. El hombre necesitó varias horas para recordar el trabajo.

—Retirábamos residuos, muebles, escombros. Lo que saliera.

—¿De Santa Brígida?

—Puede ser.

—¿Un cadáver?

El hombre soltó una risa nerviosa.

—Si hubiera transportado un cadáver, creo que me acordaría.

La factura asociada especificaba «vaciado parcial nave auxiliar y transporte a vertedero autorizado». El vertedero confirmó entradas de madera, colchones y chatarra en aquellas fechas. Nada vinculaba el pago a Sonia.

La pista que Adrián había ofrecido parecía desinflarse.

Hasta que Vera encontró una segunda anotación en el libro de caja: «A.V. — combustible / noche». Las iniciales podían ser Adrián Valenzuela, Antonio Vega, cualquier empleado. Pero el importe coincidía con un repostaje completo de la furgoneta blanca.

—No busquemos nombres a partir de iniciales —dijo Luján.

—Ya lo sé.

El aserradero seguía funcionando, modernizado, en el mismo terreno. Adrián permitió el acceso con orden judicial y acompañó al equipo. El ruido de las sierras hacía imposible hablar dentro de la nave principal. Los llevó a una oficina antigua que había pertenecido a su padre.

En un archivador metálico apareció una libreta de entregas de llaves de vehículos. La furgoneta blanca tenía tres juegos. Uno asignado a don Amadeo. Otro, a «servicios». El tercero, a A.M.

—Adrián Montalvo —dijo Darío.

Adrián negó con la cabeza.

—Mi segundo apellido es Ortega.

Vera miró la ficha.

—¿Quién es A.M.?

—No lo sé.

Teresa era Teresa Montalvo Ortega. Tampoco encajaba.

Un antiguo encargado, jubilado, resolvió parte del enigma. A.M. era Antonio Molina, chófer y mecánico. Había muerto hacía seis años. Conducía para don Amadeo y llevaba suministros a Santa Brígida.

Los archivos laborales de Antonio Molina mostraron que había trabajado para Montalvo Maderas y realizado transportes para Santa Brígida. Murió seis años atrás por una enfermedad pulmonar. Su viuda conservaba dos agendas de bolsillo.

En ellas aparecían viajes anotados con abreviaturas: brIG., CORT., AMAD. y, algunas veces, únicamente una hora. Ninguna entrada coincidía de forma inequívoca con la noche de Sonia. La agenda del año de Marina no estaba.

—Otro muerto que sabía cosas —dijo Darío.

—Otro trabajador viejo en una investigación que cubre veinticuatro años —corrigió Luján—. Que esté muerto no lo convierte en víctima ni en cómplice.

Otra sospecha cómoda se deshizo.

El encargado recordó, sin embargo, que las llaves de «servicios» colgaban en un tablero accesible a capataces y familiares.

—Eso lo cogía cualquiera. Antes no había tanto control.

—¿Teresa?

—Si necesitaba el furgón, sí.

—¿Adrián?

—También.

—¿Samuel Salvatierra?

El hombre se rascó la frente.

—Samuel no trabajaba aquí. Pero alguna vez Amadeo le dejó vehículos cuando el todoterreno forestal estaba averiado.

Vera sintió cómo el círculo volvía a ampliarse.

En el patio trasero localizaron el lugar donde se habían almacenado piezas de la furgoneta antes del supuesto desguace. Bajo una cubierta aparecieron dos paneles interiores y un asiento. El laboratorio encontró en una costura cabellos y fibras acumulados durante años. La mayoría estaban degradados.

La comparación posterior del cabello no permitió identificar a una persona concreta. El perfil mitocondrial era compatible con la línea materna de Marina, pero también con familiares por esa línea y con una fracción no despreciable de la población.

Vera hizo que el resultado se escribiera completo en la pizarra, sin abreviarlo como «pelo de Marina». Una formulación imprecisa podía convertirse en una falsa certeza en cuanto saliera del equipo.

Un cabello con raíz produjo un perfil parcial femenino. No coincidía con Lucía. La comparación con restos de Marina y Sonia requería autorización y tiempo. Vera se negó a anticipar nada.

Adrián observaba desde la puerta.

—¿Saben qué es lo peor? —dijo—. Que, si encuentran el pelo de cualquier mujer del pueblo, parecerá una prueba. Esa furgoneta llevó a medio Valdehondo al médico, al monte y a fiestas.

—También a Santa Brígida —respondió Vera.

—También.

El registro encontró una caja de fotografías de empresa. En una, tomada durante una comida, aparecían don Amadeo, Adrián, Teresa, Antonio Molina, Samuel y otras siete personas. Detrás estaba estacionada la furgoneta.

La imagen no incriminaba a nadie. Mostraba algo más difícil: todos los nombres que la investigación separaba habían pertenecido al mismo mundo.

Al final del día, Mateo Roldán apareció en el aserradero. Había ido a cobrar un trabajo atrasado y se encontró con los vehículos oficiales. Vera lo apartó de los periodistas.

—Usted trabajó noches aquí.

—Ya se lo dije.

—Necesito que me diga qué transportaba.

Mateo miró hacia la nave.

—Madera que no debía salir a esas horas.

—¿Ilegal?

—Sin papeles completos. Talas fuera de cupo, partidas mezcladas. Cosas de Adrián.

—¿Personas?

—Nunca.

—¿Por qué mencionó la mochila de Lucía antes de que la encontráramos?

La pregunta llevaba tiempo esperando una respuesta. Mateo se quedó pálido.

—Porque me llamaron.

Mateo reconstruyó la llamada sentado en la oficina del aserradero. Duró menos de medio minuto. La voz no pidió dinero ni amenazó a Lucía. Solo le indicó dónde mirar y cortó.

—¿Dijo mochila?

—No. Dijo «lo de tu hija».

—¿Dijo Nicas?

—Dijo «el tonto».

Vera notó la diferencia. Quien llamó conocía la forma en que el pueblo nombraba a Nicas y sabía que Mateo entendería inmediatamente a quién se refería.

Los registros permitieron aislar una comunicación procedente de una tarjeta prepago utilizada muy pocas veces. No daba un nombre, pero sí un punto de partida para estudiar activaciones, antenas y otras llamadas asociadas.

—Si la mochila fue colocada para incriminarlo —dijo Darío—, esto forma parte del montaje.

—Si fue colocada —respondió Luján—. Todavía tenemos que demostrar quién la llevó al cobertizo y cuándo.

—¿Quién?

—Una voz. Número oculto. Dijo: «Mira donde guarda las cosas el tonto. Allí está lo de tu hija».

Vera sintió que el ruido del aserradero se alejaba.

—¿Por qué no lo contó?

—Porque pensé que era verdad. Y porque si lo decía, ustedes perderían tiempo buscando al que llamó en vez de registrar a Nicas.

—¿Hombre o mujer?

—No sé. Voz baja. Como tapada.

—¿Cuándo recibió la llamada?

—La mañana antes del registro.

Eso cambiaba el origen de la acusación contra Nicas. Mateo no había adivinado la existencia de la mochila. Alguien se la había revelado.

Luján pidió de inmediato los registros de llamadas, aun sabiendo que un número oculto no equivalía a imposible de rastrear. Mateo entregó el teléfono.

Vera miró el aserradero, las cajas de cuentas y la furgoneta desmontada. Habían venido a buscar una prueba contra Adrián y salían con una evidencia de otra cosa: alguien había dirigido deliberadamente la mirada del padre de Lucía hacia Nicas.

El culpable perfecto no había nacido de la crueldad espontánea del pueblo.

Alguien lo había elegido.

Antes de abandonar el aserradero, Mateo pidió ver a Vera a solas.

—Hay otra cosa. La noche anterior a que desapareciera Lucía yo hice un viaje que no declaré.

Vera no respondió.

—Madera. A Granada. Salí tarde y volví de madrugada. Si miran mis horas, parecerá que miento.

—Porque ha mentido.

Mateo bajó la cabeza.

—Sí.

Vera pidió matrícula, ruta, gasolinera y destinatario. La investigación acababa de ganar otra mentira. Todavía no sabía si servía para acercarse a Lucía o únicamente para explicar por qué su padre había tenido miedo de contar dónde estaba.