CAPÍTULO 34 LAS BOTAS
I rene volvió al cuartel cuando Vera le explicó que habían encontrado documentación compatible con su estancia en Santa Brígida.
No le enseñaron la ficha de inmediato. Primero, una psicóloga especializada condujo la entrevista para evitar contaminar lo poco que quedaba de un recuerdo de diecinueve años.
Irene repitió el olor, la luz roja y los pasos. Cuando le pidieron describir el sonido sin nombrar un tipo de calzado, golpeó dos dedos contra la mesa.
—Duro. Regular. No como botas de monte.
La psicóloga le pidió a Irene que describiera el ritmo sin imitarlo otra vez.
La primera vez había dado cuatro golpes, separados de manera casi uniforme; la segunda, tres, con una pausa más larga al final.
La diferencia no invalidaba el recuerdo.
Mostraba que el sonido no estaba fijado como una grabación.
Vera se obligó a no convertir la variación en un dato sobre la persona que caminaba.
Irene dijo que el ruido parecía venir desde el pasillo, pero no sabía si se acercaba o se alejaba.
No recordaba haber visto el calzado. La palabra «botas» la había utilizado Vera en una conversación anterior, y la psicóloga pidió que esa influencia quedara registrada.
A partir de entonces, el equipo se referiría al dato como «sonido de pasos descrito como duro y regular», no como botas.
La fotografía de calzado de antiguos empleados se descartó antes de mostrársela.
Un reconocimiento entre imágenes habría sido poco fiable después de tantos años y podía crear una asociación nueva.
En cambio, Luján pidió revisar los registros de personal para averiguar quién trabajaba en turnos nocturnos y qué tipos de calzado se distribuían.
Si existía una norma de uniforme, podía ayudar a establecer un grupo amplio; no identificaría a un individuo.
Irene aceptó que se le entregara una copia de su declaración y pidió que no se utilizara su testimonio para acusar públicamente a Teresa. No la estaba defendiendo, aclaró. No quería que otra persona decidiera qué había vivido basándose en una palabra que ella misma no podía asegurar.
Vera agradeció la precisión. Irene no era una pieza pasiva del expediente. Tenía derecho a conocer cómo se empleaban sus recuerdos y a corregir las formulaciones que los convertían en certezas ajenas. El caso necesitaba su testimonio, pero no podía exigirle una memoria perfecta.
La psicóloga detuvo la sesión durante varios minutos. Irene bebió agua y fue ella quien decidió continuar. Vera observaba desde otra sala y no formuló preguntas directamente.
Cuando Irene volvió a hablar, describió una superficie fría bajo las piernas y una ventana alta por la que no podía ver el exterior. La habitación doce tenía una ventana elevada, pero también la tenían dos antiguas salas de curas. El detalle servía para orientar, no para identificar.
Le mostraron fotografías de distintos zapatos de la época sin indicarle cuáles habían pertenecido a personal sanitario. Irene descartó varios. Dudó entre unos zuecos blancos y unas botas cortas de goma con suela rígida.
—No puedo elegir —dijo.
—No tiene que hacerlo —respondió la psicóloga.
La prueba no identificaba a nadie. Servía para una cosa más modesta: el recuerdo de «botas» que Irene había usado al principio no era estable. Podía tratarse de calzado sanitario, de trabajo o de una reconstrucción posterior.
Después le mostraron fotografías del edificio sin señalar la habitación doce. Irene reconoció la escalera principal, aunque dijo que podía haberla visto en televisión. No reconoció el patio. Ante el corredor técnico no mostró reacción.
La imagen de la luz roja la hizo apartar la vista.
—Eso sí.
La psicóloga preguntó qué le hacía pensar que la conocía.
—Porque esperaba que se encendiera. Cuando estaba apagada, sabía que podía dormir.
Vera sintió un escalofrío. No preguntó por qué.
Irene lo explicó sola.
—Cuando se encendía, venía alguien.
—¿Quién?
—No sé.
—¿Qué ocurría?
—Me hacían preguntas. Sobre mi madre. Sobre si obedecía. Sobre cosas que había hecho.
No recordó agresiones físicas. Recordó vergüenza y miedo. Recordó que alguien le daba agua en un vaso de plástico y que otra persona discutía fuera.
La tía vivía entonces en un cortijo a once kilómetros. La madre de Irene confirmó que, durante la discusión de aquella tarde, había amenazado con llevar a la niña allí unos días. Lo había dicho delante de dos vecinas y posiblemente en el consultorio.
Eso ampliaba de nuevo el grupo de personas capaces de utilizar aquella excusa. Teresa conocía el conflicto por la consulta; las vecinas también; y en un pueblo como Valdehondo la noticia podía haber circulado antes de anochecer.
Vera anotó una regla al margen de su libreta: conocimiento no es autoría.
—Una voz decía que tenían que llamar a mis padres. La otra decía que primero había que calmarme.
—¿Reconoce alguna?
—No.
La psicóloga le mostró la ficha I.C. después de establecer que las iniciales, edad y fecha coincidían. Irene leyó «desobediencia grave» y empezó a llorar sin ruido.
—Mi madre y yo discutimos ese día. Yo rompí una ventana.
—¿Recuerda que alguien la llevara a Santa Brígida?
—Recuerdo subir a un coche porque me dijeron que íbamos a buscar a mi tía.
Aquello podía explicar por qué no gritó ni huyó. También habría otra pregunta: quién conocía el conflicto familiar y tuvo autoridad suficiente para convencer a una niña.
La familia había acudido aquella tarde al consultorio por un corte superficial en la mano de Irene. El registro médico, recuperado del archivo provincial, estaba firmado por una doctora sustituta: Teresa Montalvo.
Vera no dijo nada hasta que Irene se marchó.
—Ahora sí tenemos un contacto directo —dijo Darío.
—Tenemos una consulta médica horas antes de una desaparición —respondió Luján—. Eso es un contacto directo. No es un secuestro.
La hoja indicaba limpieza de herida, dos puntos de aproximación y alta con la madre. Ningún sedante. Ninguna derivación.
Teresa confirmó la atención.
—No la recordaba hasta que vi el registro.
—¿Sabía que había discutido con su madre?
—Probablemente. En una consulta rural la gente cuenta cosas.
—¿Le dijo que irían a buscar a su tía?
—No.
—¿Quién sabía dónde vivía la tía?
—Medio pueblo.
Vera pidió revisar las agendas de guardia y visitas domiciliarias de aquella tarde. Una hoja situaba a Teresa en otra aldea entre las ocho y las diez de la noche. Si era correcta, reducía el margen para que hubiera trasladado a Irene personalmente.
—¿Quién firmó la visita?
—El paciente —dijo Darío.
—¿Vive?
—Sí.
El hombre, ya anciano, recordó a Teresa porque aquella noche atendió a su esposa durante una crisis respiratoria. No pudo precisar la hora exacta, pero aseguró que estuvo «mucho rato».
La coartada era imperfecta y, aun así, útil.
Vera regresó a las fotografías del calzado. En una imagen antigua de trabajadores de Santa Brígida, Adrián llevaba botas cortas de goma. Samuel, botas forestales. Teresa, zuecos sanitarios. Carmen, zapatos oscuros.
Todos encajaban con algo. Ninguno encajaba lo suficiente.
Al final de la jornada, Irene llamó de nuevo. Había recordado una cosa mientras se duchaba y quería decirla antes de que su cabeza la cambiara.
—La persona de los pasos no era la misma que me hacía preguntas.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque cuando oía esos pasos, la otra persona dejaba de hablar.
Vera escribió la frase literalmente.
Dos personas.
Irene quiso precisar algo más. La persona que preguntaba hablaba despacio y se sentaba cerca. La de los pasos entraba, decía pocas palabras y se marchaba. No recordaba si era hombre o mujer.
—¿La persona que preguntaba era Teresa? —no preguntó nadie.
La ausencia de esa pregunta era deliberada. Si algún día Irene identificaba una voz o una presencia, tendría que hacerlo desde un recuerdo propio, no desde un nombre sembrado por los investigadores.
Eso no demostraba complicidad criminal. En una institución podían intervenir varias personas. Pero destruía una simplificación que empezaba a resultar cómoda: la idea de un único adulto controlándolo todo desde el principio.
Si Teresa era una de aquellas personas, podía haber sido quien entraba o quien callaba. Si Adrián estaba allí, lo mismo. Si Samuel discutía fuera, quizá intentaba detenerlo o quizá formaba parte.
Las botas no dieron un rostro.
Dieron algo mejor: devolvieron incertidumbre a una investigación que empezaba a necesitarla.