CAPÍTULO 33 LA CINTA
A malia llegó con una cinta de casete dentro de una bolsa de congelación. La dejó sobre la mesa como si transportara algo vivo.
—La encontré hace seis años en una caja de un antiguo voluntario de Protección Civil.
—¿La ha reproducido? —preguntó Luján.
—Muchas veces.
—Entonces empezaremos por copiarla de forma forense antes de volver a hacerlo.
La etiqueta decía: BÚSQUEDA M. E. / NOCHE 1. Era una grabación de comunicaciones y llamadas recogidas durante las primeras horas de la desaparición de Marina Espejo. No formaba parte del expediente conservado.
La copia forense se realizó en dos soportes, con huellas digitales y una suma de verificación registrada en el acta.
La cinta original quedó precintada. Antes de reproducir el contenido, el técnico anotó la velocidad, el ruido de fondo y las alteraciones físicas.
La grabación tenía un tramo con pérdida de señal y una oscilación que podía proceder del aparato utilizado, no de una edición deliberada.
En los primeros minutos se oían instrucciones para revisar caminos, el aviso de una linterna encontrada y una discusión sobre qué vehículo debía regresar al puesto.
No había una confesión ni una voz que nombrara a un asesino.
La importancia estaba en la secuencia: una llamada se registraba antes de la hora que figuraba en el resumen oficial, y otra se mencionaba en la cinta sin aparecer en el parte escrito.
Luján pidió una transcripción literal, incluidos los fragmentos ininteligibles.
No permitiría que el equipo completara una palabra porque encajara con una hipótesis.
El técnico preparó una versión con marcas de tiempo y señaló las zonas en que el ruido impedía identificar hablantes.
La voz de Samuel aparecía en una intervención breve, pero no podía determinarse si estaba en el lugar de la búsqueda o hablaba desde el puesto.
La comparación con el registro escrito de comunicaciones produjo una coincidencia parcial.
Dos instrucciones se daban en el mismo orden y una voz repetía el nombre de un camino que figuraba en el parte, pero los relojes de los equipos podían diferir varios minutos.
El técnico no ajustó la cinta a la hora oficial para hacerla coincidir; registró ambos tiempos y calculó un margen.
La grabación permitía cuestionar la cronología resumida, no sustituirla por una nueva hora exacta.
Luján pidió localizar al operador que había transcrito el parte original.
Había muerto, pero en el archivo quedaba una hoja de correcciones firmada por otro agente.
La letra no coincidía con la de Samuel ni con la de los dos agentes presentes en la búsqueda.
Eso no probaba una manipulación: las transcripciones podían revisarse en el turno siguiente.
El documento debía cotejarse con el libro de servicio y con las copias de las llamadas que todavía se conservaran.
Vera registró los dos minutos ausentes como una discontinuidad pendiente de análisis, no como un borrado probado. La cinta podía haber sido editada o deteriorada; el soporte, por sí solo, aún no permitía decidir entre ambas posibilidades.
Amalia aseguró que había recibido la cinta de un voluntario, cuyo nombre no recordaba.
Esa procedencia incompleta obligaba a contrastar el audio con registros de llamadas, diarios de servicio y testimonios independientes.
La ausencia podía ser importante, pero todavía no se sabía cómo se había producido.
Vera pidió que nadie escuchara el fragmento fuera de la sala de análisis. Si el contenido se filtraba, los testigos podrían adaptar sus recuerdos a una versión que todavía no habían verificado.
—¿Por qué la tenía un voluntario?
—Grababan el canal para coordinarse. Nadie pensó que diecisiete años después importaría.
El audio estaba lleno de estática, motores y voces superpuestas.
Durante los primeros veinte minutos no apareció nada nuevo: cuadrillas asignadas, caminos revisados, vecinos ofreciendo tractores, perros y linternas.
Después una voz masculina comunicó que la pista de Santa Brígida estaba cerrada por una cadena.
Otra voz respondió: «Déjala. Ya se ha mirado arriba».
Vera pidió detener la reproducción.
—¿Quién dijo eso?
El técnico aisló el fragmento. La calidad no permitía identificación fiable. Amalia había intentado durante años atribuírselo a un guardia concreto; Luján se negó a escuchar su teoría antes del análisis.
Siete minutos después se oyó a Samuel.
Los partes de la búsqueda confirmaron que el sector del barranco no se asignó oficialmente a Samuel. Dos voluntarios recordaban que se separó del grupo «porque conocía el terreno». Ninguno podía asegurar a qué hora regresó.
Vera escuchó de nuevo la transmisión. Su padre no sonaba nervioso. Eso no significaba nada. Había pasado media vida hablando por emisora en incendios, rescates y búsquedas.
—Si fue hacia Santa Brígida, pudo encontrar algo antes que los demás —dijo Vera.
—O pudo no encontrar nada y mentir después para ocultar otra cosa —respondió Luján—. No confundamos el secreto con el homicidio.
«Voy por el barranco de las cabras. Si no contesto, cobertura.»
La hora registrada era 23:41. En su declaración oficial, Samuel afirmó haber permanecido con el grupo de búsqueda de la carretera hasta pasada la medianoche.
—Otra mentira —dijo Vera.
—Otra contradicción —corrigió Luján.
A las 00:18, una voz preguntó por una luz en la zona alta. Alguien contestó que era «el coche del médico». No se mencionaba matrícula ni nombre. A las 00:26, un voluntario comunicó que Samuel había pedido que nadie subiera por una pista porque el terreno estaba inestable.
Vera sintió calor en la cara.
—Estaba aislando una zona.
—O evitando que voluntarios se despeñaran de noche —dijo Luján.
—Mi padre conoce esa pista. No estaba inestable.
—Eso sí podemos comprobarlo con partes meteorológicos y mantenimiento.
Lo hicieron. No había desprendimientos registrados aquella semana. Había llovido, pero la pista permanecía transitable para vehículos forestales.
El fragmento más inquietante apareció al final. Una voz femenina, lejana, entró en el canal durante apenas cuatro segundos: «La niña no está aquí». Después, un golpe y silencio.
Nadie pudo identificarla. Podía ser una voluntaria hablando de un sector de búsqueda. Podía no tener ninguna relevancia. Amalia aseguró que la frase había sido la razón por la que conservó la cinta.
—¿Por qué?
—Porque nadie había preguntado todavía por Santa Brígida cuando esa voz dijo que la niña no estaba «aquí».
—No sabemos dónde estaba quien hablaba —respondió Luján.
—Exacto. Por eso no publiqué que fuera la residencia.
Vera empezó a respetar de nuevo los silencios de Amalia.
El técnico recuperó una secuencia casi borrada inmediatamente anterior. Una voz masculina decía: «Doctora, repita». Luego la voz femenina: «La niña no está aquí».
El técnico detectó una discontinuidad magnética poco después de la frase y confirmó que el soporte presentaba un empalme físico. No pudo fijar con exactitud la duración del fragmento ausente ni cuándo se había realizado la unión.
—¿Quién la cortó? —preguntó Vera.
—Cualquiera que tuviera la cinta y unas tijeras. Y no sabemos cuántas manos la tuvieron antes de Amalia.
El hallazgo debilitaba la grabación como reconstrucción continua, pero hacía más importante averiguar su procedencia. El antiguo voluntario explicó por teléfono que recibió varias cintas de don Amadeo cuando se desmontó el puesto provisional de búsqueda. No recordaba si aquella estaba ya reparada.
Don Amadeo había tenido acceso al audio. También había conocido el secreto de Santa Brígida. Otra vez, un muerto ocupaba el centro de una pregunta que nadie podía hacerle.
Darío levantó la cabeza.
—Teresa.
—Había más médicos —dijo Vera antes que Luján.
Después de la entrevista, Vera pidió voces de comparación de los profesionales que habían participado aquella noche. El análisis acústico preliminar no permitió atribuir la frase a Teresa ni excluirla. La grabación era demasiado breve y estaba degradada.
El informe utilizaba una expresión que Vera agradeció: «compatibilidad no evaluable». Era exactamente lo contrario de las certezas que empezaban a circular fuera del cuartel.
En el operativo de aquella noche figuraban dos facultativos y una enfermera.
Teresa no constaba oficialmente. El padre de Marina había sufrido una crisis de ansiedad y un médico local había acudido.
La enfermera era una mujer de voz muy distinta en grabaciones posteriores. El segundo médico había muerto.
Vera citó a Teresa para escuchar el fragmento. No le dijeron qué palabra precedía a la voz.
Teresa permaneció inmóvil mientras sonaba.
—¿Es usted?
—No lo sé.
—¿Estuvo en la búsqueda de Marina?
—Pude acercarme. Todo el pueblo salió.
—No figura.
—Tampoco figuran cientos de vecinos.
—¿Entró en Santa Brígida aquella noche?
—No que recuerde.
Vera reprodujo «Doctora, repita». Teresa cerró los ojos.
—Eso aumenta la posibilidad de que fuera yo. No la certeza.
La respuesta era irritantemente razonable.
—¿Por qué diría «la niña no está aquí»?
—Porque estaría buscando a Marina.
—¿Dónde?
—Si pudiera recordarlo, se lo diría.
Después de que se marchara, Luján escribió tres nombres en la pizarra: TERESA / DR. VILLALBA / DRA. RÍOS. Debajo: «voz no identificada».
Vera miró el nombre de Teresa. La investigación empezaba a acercarse a ella por rutas diferentes, pero ninguna terminaba de cerrarse.
Eso podía significar que estaban ante una persona vinculada de forma natural a la vida del pueblo.
O que llevaban semanas rodeando a alguien que había aprendido a estar presente sin parecerlo.
La cinta conservaba una ausencia verificable, pero todavía no una autoría: el empalme podía orientar la investigación hacia su historia material, no identificar a quien lo había hecho.