Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 32 LA GALERÍA
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CAPÍTULO 32 LA GALERÍA

L a ampliación judicial permitió levantar el resto del tabique y examinar la galería completa. Vera regresó a Santa Brígida con la sensación de que el edificio había aprendido a dosificar sus secretos. Cada puerta que abrían conducía a otra pregunta y ninguna, todavía, a una persona.

Detrás del cuarto de observación aparecía un corredor técnico que no figuraba en los planos municipales más recientes.

Era más estrecho que la galería descubierta junto a las calderas y discurría entre el muro exterior y las antiguas habitaciones.

En algunos tramos solo cabía una persona de lado.

Había conducciones de agua, cableado muerto y tres registros de ventilación.

El corredor se midió en tramos de un metro y se dibujó con dos referencias independientes.

En algunos puntos, el muro exterior tenía una junta de mortero distinta; en otros, la pintura cubría marcas de herramientas.

El técnico no pudo establecer una fecha de construcción solo por el aspecto.

Tomaron muestras de mortero y yeso para compararlas con las reformas documentadas, aunque los resultados quizá solo permitieran situar la obra en un periodo amplio.

La salida al bosque estaba parcialmente bloqueada por ramas y una chapa oxidada.

No había huellas recientes que pudieran individualizarse.

Sí encontraron restos de barro seco en el umbral interior, pero el polvo y la humedad del corredor impedían saber cuándo habían llegado.

Darío propuso seguir la galería hasta la pista y reconstruir un recorrido posible.

Luján lo autorizó después de fotografiar cada tramo y de marcar la posición de los técnicos.

Vera caminó detrás del fotógrafo. La estrechez obligaba a avanzar de lado en dos puntos y hacía imposible transportar una camilla sin desmontarla o utilizar otra ruta.

Ese dato no descartaba que se hubiera movido a una persona por allí, pero limitaba las versiones que podían sostenerse.

El corredor parecía adecuado para evitar la entrada principal; no era una vía cómoda ni rápida.

En una esquina hallaron un fragmento de plástico negro adherido a una astilla.

Se embaló sin asignarle función. Podía proceder de una bolsa, una funda de herramienta o material de obra.

El laboratorio compararía su composición con otros restos recogidos en el edificio, pero no se presentó como parte de una cinta ni de un objeto relacionado con las víctimas.

Al final del recorrido, Vera pidió que el plano incluyera tanto las zonas transitables como las que no lo eran. Un mapa que mostrara solo las conexiones posibles podía convertir el edificio en una red perfecta para cualquier teoría. También necesitaban dejar claro por dónde no se podía pasar.

—Esto explica la diferencia de medidas —dijo el técnico.

—¿Y para qué servía? —preguntó Vera.

—Mantenimiento. Tuberías, calefacción, electricidad. En edificios antiguos era normal dejar pasos de servicio.

Normal. La palabra alivió a Vera. Necesitaban explicaciones ordinarias. Sin ellas, cualquier hueco acabaría convertido en cámara secreta por quienes esperaban fuera.

El corredor desembocaba en una puerta metálica que daba al bosque.

Desde fuera quedaba oculta por un muro de contención y maleza.

La cerradura había sido sustituida alguna vez.

En el suelo interior encontraron barro seco de distintas épocas, colillas, una lata oxidada y una suela parcial marcada en polvo.

Nada permitía fechar el último uso con precisión.

Criminalística separó la colilla reciente del resto del material antiguo. El ADN no coincidía con Nicas, Samuel, Adrián ni Teresa. Tampoco con Darío ni con los agentes que habían entrado durante los registros. Quedó cargado como perfil desconocido para comparación posterior.

La estimación temporal se recibió con cautela.

El estado de una colilla depende de la exposición a la humedad, la luz, el calor y el contacto con el suelo; no permitía asignarle un mes ni una fecha de uso.

El perfil genético se había obtenido de una zona que podía contener saliva, pero el laboratorio advirtió que la calidad era limitada y que cualquier comparación futura debía considerar la posibilidad de contaminación o transferencia secundaria.

Vera pidió comprobar quién había fumado durante la inspección y si alguno de los técnicos había utilizado el corredor antes de que se cerrara el acceso.

Todos negaron haberlo hecho, pero sus declaraciones se incorporaron al registro de entrada.

El hallazgo no se presentó como prueba de que un sospechoso hubiera regresado a Santa Brígida.

Solo demostraba que el objeto no podía descartarse como residuo antiguo sin más análisis.

La colilla también cambió el plan de vigilancia.

Luján solicitó que se documentaran los accesos durante varios días y que se comprobara si la verja, la galería o las puertas interiores habían sido manipuladas.

No organizarían una operación encubierta a partir de un perfil desconocido; primero querían saber si el edificio seguía recibiendo visitas y si el acceso podía registrarse sin alterar la escena.

La casa ya no era únicamente un archivo del pasado.

Había una posibilidad verificable de uso reciente.

El filtro conservaba restos de un broncodilatador inhalado, un dato demasiado común para individualizar a nadie. En el pueblo había decenas de pacientes asmáticos o con enfermedad respiratoria.

Vera añadió una columna nueva en la pizarra: «USO RECIENTE DE LA GALERÍA». Debajo no escribió ningún nombre.

Darío señaló dos arañazos paralelos en la pared, a la altura de una camilla.

—Podrían haber sacado gente por aquí.

—O bombonas, muebles, cajas, calderas —respondió Luján.

Darío asintió. Ya nadie se ofendía cuando una intuición era rebajada a posibilidad.

La salida quedaba a menos de cuatrocientos metros de la pista por la que la furgoneta de Montalvo podía alcanzar el camino del Castañar sin pasar frente a las casas.

Vera recorrió el trayecto con un agente del equipo técnico.

El terreno descendía suavemente. Una persona adulta podía hacerlo en cinco minutos.

Con una niña desorientada o sedada, más.

La palabra sedada apareció en su pensamiento antes que en ninguna prueba. La apartó.

A mitad de la pista encontraron restos de una antigua barrera. Samuel la había anotado en uno de sus cuadernos: «cadena retirada. Brígida. 02:10». La fecha correspondía a cuatro días antes de que Irene desapareciera. No había explicación.

Vera pidió superponer aquella anotación con los turnos forestales de Samuel. La noche de la cadena no estaba de servicio. Había salido de casa, según él, porque un vecino le avisó de luces en la pista. El vecino había muerto y no quedaba forma de comprobar la llamada.

—¿Entraste? —preguntó Vera.

—Hasta la verja.

—¿Viste a alguien?

—Un coche. No la matrícula.

—¿Sanitario?

Samuel tardó demasiado.

—Podía serlo.

Vera escribió la pausa junto a la respuesta. No era prueba de mentira. Era la clase de detalle que, acumulado durante diecisiete años, había convertido a su padre en un testigo difícil de separar de los hechos.

—Tu padre vigilaba esto con mucha atención —dijo Luján.

—Era su zona.

—Sí.

El tono no contenía ironía. Eso hizo que la frase pesara más.

En el archivo de Santa Brígida, el equipo recuperó una caja que el primer registro había considerado vacía. El doble fondo estaba deformado y se había adherido a la base. Dentro había seis sobres pequeños con negativos fotográficos, todos sin fecha.

Los negativos se trataron como evidencia nueva, aunque hubieran permanecido décadas en una caja. La secuencia permitió ordenar algunas imágenes por continuidad: la furgoneta blanca aparecía primero junto a la cocina y después en el acceso de servicio. En ninguna se veía una víctima.

Una ampliación mostró que la puerta trasera tenía entonces una cadena distinta a la encontrada años después. En otra imagen, Samuel y don Amadeo discutían a varios metros de la furgoneta. No podía saberse qué se decían.

—Cada fotografía parece importante porque conocemos el final —dijo Luján—. Hay que mirarlas como si no supiéramos quién desapareció después.

Vera volvió a observarlas. Vistas así, eran fotografías de un lugar mal administrado, lleno de accesos y personas con razones para estar allí. Eso era menos espectacular y mucho más peligroso para la investigación.

Las copias digitales mostraron actividades corrientes: niños plantando árboles, una merienda, personal descargando alimentos, una excursión al embalse. En dos fotografías aparecía la furgoneta blanca. En otra, Samuel discutía con un hombre de espaldas junto a la puerta de servicio.

Vera reconoció la chaqueta de su padre antes que su cara. El otro hombre llevaba una cazadora de trabajo con el emblema antiguo de Montalvo Maderas.

—¿Adrián? —preguntó Darío.

—No se ve la cara —dijo Vera.

—La altura encaja.

—Con él y con otros cien hombres.

Una fotografía posterior permitió identificar al hombre: don Amadeo Montalvo. Estaba junto a Samuel, ambos mirando hacia el bosque. En el reverso del sobre alguien había escrito «noches».

Samuel observó las copias en el cuartel y no intentó negar que fuera él.

—Amadeo y yo discutíamos mucho.

—¿Por qué?

—Porque usaba las pistas como si fueran suyas.

—¿Y Santa Brígida?

—Porque aquello debía estar cerrado.

—Sabías que seguían entrando menores.

—Sí.

—Sabías que Irene estuvo allí.

Samuel cerró los ojos un instante.

—Sí.

Era la primera admisión completa.

Vera sintió una mezcla de alivio y rabia.

—¿Por qué no lo dijiste cuando desapareció?

—Porque cuando la encontré ya estaba fuera. Porque Amadeo me juró que había sido una intervención de urgencia, que la familia lo sabía y que un error de comunicación había provocado la denuncia.

—La familia no lo sabía.

—Eso lo supe después.

—¿Y qué hiciste después?

—Fui a buscarlo.

—¿A Amadeo?

—Sí. Le dije que, si volvía a ocurrir, lo denunciaba.

Luján preguntó si Teresa estaba presente.

—No.

—¿Adrián?

—No recuerdo.

—¿Carmen?

—Puede.

Samuel explicó que durante meses vigiló los accesos. De ahí las matrículas, las cadenas, las luces. Cuando Santa Brígida dejó de recibir menores, redujo la vigilancia. Dos años más tarde desapareció Marina y volvió a pensar en el edificio.

—¿La buscaste allí?

—Sí.

—¿La encontraste?

Samuel miró a Vera.

—No.

La respuesta era exacta y, por eso, insuficiente.

—¿Encontraste algo?

Samuel se levantó con dificultad.

—Eso no forma parte de la pregunta.

—Ahora sí.

No contestó.

Vera lo dejó marcharse porque no tenían base para retenerlo y porque obligarlo a seguir hablando en aquel momento solo produciría otra capa de medias verdades. Cuando la puerta se cerró, Luján señaló la silla vacía.

—Tu padre no protege a Amadeo. Está muerto.

—Protege lo que hizo él mismo.

—O a alguien que sigue vivo.

La galería había unido físicamente Santa Brígida con el monte. Samuel acababa de unirla con Marina. Pero el vínculo seguía dependiendo de aquello que se negaba a contar.

Esa noche, el laboratorio informó de que una de las colillas recogidas en el corredor era reciente, de menos de un año por su estado de conservación aproximado.

No podían fecharla mejor. El perfil genético obtenido no coincidía con Nicas, Samuel, Adrián ni Teresa en las muestras de referencia disponibles.

Alguien había utilizado el paso mucho después de que Santa Brígida dejara de ser residencia.

La casa del monte no era solo pasado.