CAPÍTULO 31 EL ALCALDE
A drián Montalvo llegó al cuartel con abogado, sin la seguridad con la que solía atravesar la plaza.
No era un gesto de culpabilidad, sino una reacción razonable para un alcalde cuyo nombre llevaba una semana unido en televisión a una residencia de menores, una exhumación y dos niñas muertas.
Admitió que su familia había permitido usos de Santa Brígida después del cierre.
Vera se recordó que ocultar aquella actividad no demostraba, por sí solo, que supiera de los asesinatos.
Su coartada para la noche de Sonia era débil: una cena en Jaén recordada por dos personas, sin comprobantes conservados. Para otros casos, sin embargo, aparecían ausencias verificables. La figura de Adrián se hacía más oscura sin hacerse necesariamente más compatible con toda la serie.
Amalia publicó que el alcalde había ocultado actividad posterior al cierre. Antes del mediodía, varias televisiones lo llamaban «el hombre de Santa Brígida». Vera vio el titular y sintió la misma incomodidad que cuando el pueblo había elegido a Nicas.
—Mi padre decía que era temporal.
—Duró años —dijo Vera.
—En mi familia lo temporal podía durar una generación.
Reconoció haber tenido llaves y haber entrado durante obras. También admitió una discusión con Sonia pocos días antes de su desaparición.
—Quería denunciar que seguían entrando menores.
—¿La amenazó?
—Le dije que iba a hundir a gente que intentaba ayudar.
—Eso puede sonar a amenaza.
—Ahora sí. Entonces me sonó a argumento.
Luján colocó sobre la mesa la hoja de llaves.
—Esta firma es suya.
—Sí.
—Tenía acceso permanente a observación doce.
—Tenía un llavero con media residencia.
—Nos dijo que se ocupaba de transporte y suministros.
—Eso hacía.
—¿Para qué necesitaba entrar en una sala de observación?
Adrián miró a su abogado.
—Porque si se rompía una tubería, una ventana o una cerradura, alguien tenía que abrir.
—¿Entró alguna vez con menores dentro?
—Probablemente.
—¿Con Irene Calvo?
—No lo recuerdo.
—¿Con Marina Espejo?
Adrián negó.
—A Marina la conocía del pueblo. No recuerdo verla allí.
Vera sacó la fotografía de la furgoneta.
—Este vehículo era de su familia.
—De la empresa.
—Aparece en las notas de Samuel la noche en que Irene fue encontrada y la víspera de la desaparición de Marina.
—Entonces pregúntele a Samuel por qué vigilaba nuestros vehículos.
—Ya se lo hemos preguntado.
—¿Y qué les ha dicho?
—Estamos hablando de usted.
Adrián sonrió sin humor.
—Eso pensaba.
La presión económica apareció cuando preguntaron por el funcionamiento posterior al cierre.
Adrián admitió que su padre había financiado combustible, comida y reparaciones para mantener a menores allí temporalmente.
El ayuntamiento, la parroquia y servicios sociales conocían al menos parte de la situación, aseguró.
El abogado pidió una pausa antes de las preguntas sobre el pago de «traslado / limpieza».
Luján la concedió y dejó constancia de la hora.
Cuando retomaron la entrevista, Adrián distinguió entre los gastos autorizados por la sociedad y los que su padre gestionaba personalmente.
No tenía una lista completa de proveedores ni podía explicar cada asiento.
Aceptó entregar copias de los libros mayores y permitir que un perito contable los comparara con los extractos bancarios conservados.
—¿Está diciendo que no sabía qué hacía su padre? —preguntó Vera.
—Estoy diciendo que no revisaba cada factura. Si eso me hace responsable de no mirar, puedo aceptarlo. No significa que supiera qué estaba pagando.
La respuesta no era una coartada; era una frontera.
El equipo tendría que determinar si los pagos se habían ocultado, si correspondían a servicios reales y quién aprobaba las órdenes.
Luján pidió que la entrevista no se centrara solo en el concepto sospechoso.
También revisarían pagos similares de otros años y facturas de limpieza ordinaria.
Si el concepto era habitual, su valor como señal de encubrimiento disminuiría.
Adrián explicó que su padre temía que una inspección pública destruyera el valor de la finca y revelara que la familia había permitido usos no autorizados.
El alcalde había aceptado mantener la versión del cierre porque, según él, el asunto afectaba a empleos y reputaciones.
No dijo que supiera de asesinatos. Tampoco pudo aclarar quién había pedido que algunas hojas desaparecieran del archivo.
—¿Y Teresa? —preguntó Vera.
—Teresa tenía sus propias razones para volver. No puedo hablar por ella.
Al salir, el abogado entregó una relación de documentos que se comprometía a localizar.
Luján la trató como una promesa de colaboración, no como una prueba de buena fe.
Vera anotó que Adrián había reconocido una ocultación administrativa y evitado confirmar cualquier conocimiento de violencia.
Esa distinción tendría que sobrevivir a las preguntas que vendrían después.
—¿Puede demostrarlo?
—Puedo demostrar pagos. Las conversaciones de hace veinticuatro años no se archivaban en la nube.
—¿Por qué se reconstruyeron formularios con fechas falsas?
Adrián dejó de moverse.
—No sé de qué habla.
Luján mostró la copia del documento de Teresa.
—Este membrete no existía en la fecha que figura aquí.
El abogado intervino para recomendar que no especulara.
Adrián miró el papel durante mucho tiempo.
—Mi padre regularizó expedientes después.
—¿Regularizó o falsificó?
—Intentó que aquello pareciera menos caótico de lo que había sido.
—¿Por qué?
—Porque había menores alojados sin cobertura administrativa suficiente. Si salía a la luz, podían cerrar programas, sancionar a funcionarios y dejar a familias sin ninguna alternativa.
—Y quizá investigar daños a menores.
—Quizá. No estoy defendiendo lo que hicieron.
Vera vio por primera vez una grieta en la seguridad del alcalde. No parecía miedo a un asesinato. Parecía vergüenza heredada.
—¿Sonia Valcárcel sabía esto?
Adrián respiró hondo.
—Sí.
—¿Amenazó con denunciarlo?
—Sí.
—¿La vio antes de desaparecer?
—Sí.
El abogado giró la cabeza hacia él.
—Adrián.
—Da igual. Lo van a encontrar.
La última vez que vio a Sonia fue la noche anterior a su desaparición. Discutieron junto al aserradero. Sonia quería llevar documentos a Granada. Adrián, entonces de veintiocho años, intentó convencerla de esperar porque su padre estaba negociando el cierre definitivo de la situación irregular.
Adrián pidió que revisaran las cuentas del aserradero.
—Si creen que escondo algo, mírenlo entero.
Entre facturas antiguas apareció un pago autorizado por don Amadeo: «TRASLADO / LIMPIEZA». La fecha era posterior a la desaparición de Sonia.
—¿Traslado de qué?
—No lo sé.
—¿Y limpieza?
—Tampoco.
El concepto era demasiado sugerente para ignorarlo y demasiado vago para interpretarlo. Luján pidió libros auxiliares, proveedores y movimientos de vehículos antes de permitir que nadie escribiera la palabra cadáver junto a aquella factura.
Vera observó a Adrián cuando firmó el acta de entrega. Podía estar ayudándolos porque no tenía nada que ocultar. También podía estar entregándoles el secreto que sabía que encontrarían para mantener fuera de su alcance otro peor.
—Antes dijo que quería convencerla de esperar. ¿Lo que le dijo fue una amenaza?
—Sí. Le dije que podía destruir a mi familia. Pero no la maté.
—¿Dónde estuvo la noche siguiente?
Adrián miró al abogado.
—Con una mujer casada.
El silencio fue casi absurdo después de todo lo anterior.
—Nombre —dijo Luján.
—No mientras siga viva y no sea necesario.
—Lo decidirá la investigación.
La mujer pudo ser localizada. Su identidad quedó protegida en las diligencias. Confirmó haber mantenido una relación con Adrián durante aquellos años, pero no pudo fijar una fecha concreta después de tanto tiempo. El alibi no existía todavía.
El alcalde tenía motivo para silenciar a Sonia, acceso a Santa Brígida, llaves, vehículos y una familia que había falsificado registros. Por primera vez, una hipótesis completa podía construirse alrededor de él.
Y eso preocupó a Vera.
—Encaja demasiado bien —dijo cuando se quedaron solos.
—No existe «demasiado bien» si las pruebas son buenas.
—Pero las pruebas todavía no lo son.
Luján asintió.
—Entonces no tenemos un culpable. Tenemos un sospechoso que acaba de mejorar mucho.
Esa tarde, Amalia publicó que la familia Montalvo había sostenido económicamente Santa Brígida después del cierre. No publicó la discusión con Sonia ni las llaves de observación. Alguien, sin embargo, filtró una fotografía antigua de Adrián junto a la furgoneta blanca.
La plaza se llenó de cámaras. Por primera vez desde la muerte de Lucía, Nicas dejó de ser el rostro que aparecía en televisión.
Vera debería haber sentido alivio. No lo sintió. Habían cambiado un culpable perfecto por otro.
Al anochecer, Adrián llamó directamente a su móvil.
—Sargento, si quieren hundirme, háganlo con lo que hice.
—Eso intentamos.
—Entonces busquen en las cuentas del aserradero del año de Sonia. Mi padre pagó algo tres días después de que desapareciera.
—¿Qué?
—No lo sé. El concepto era «traslado». Nunca me dejó ver la factura.
—¿Por qué me lo dice ahora?
—Porque llevo veinticuatro años pensando que pagó para esconder el escándalo de la residencia. Hoy he empezado a preguntarme si pagó para esconder otra cosa.
La llamada terminó. Vera se quedó mirando el teléfono. Adrián acababa de entregarles una pista que podía incriminar a su propio padre y, por extensión, a él mismo.
En la pizarra, el nombre MONTALVO ocupaba ya demasiadas líneas. Vera tomó un rotulador y escribió al lado una pregunta: «¿SECRETO ADMINISTRATIVO O SECRETO CRIMINAL?».