Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 30 EL INVENTARIO
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CAPÍTULO 30 EL INVENTARIO

E l inventario de la habitación doce ocupó ciento cuarenta y tres entradas.

La mayoría eran objetos sin dramatismo: mantas, tornillos, cajas vacías, lápices, vasos de plástico, cuadernos, una peonza, dos zapatos de tallas distintas, fotografías escolares y material médico caducado.

Luján obligó a que cada objeto recibiera el mismo tratamiento antes de decidir cuál parecía importante.

La numeración se asignó por posición y no por aparente relevancia.

El técnico fotografió el marco de la puerta, las marcas del suelo y los anclajes de las camas antes de que los objetos se movieran.

Había arañazos a distintas alturas, pero no era posible atribuirlos a forcejeos: el mobiliario había podido arrastrarse durante una reforma.

Una zona más clara en la pared indicaba que allí colgó una placa; no conservaba restos suficientes para leer el número anterior.

En la caja de material médico apareció un paquete de etiquetas adhesivas con fechas impresas.

La última correspondía a un año posterior al cierre oficial.

Eso apoyaba que alguien había almacenado suministros en el edificio, pero no demostraba que se utilizaran con menores.

El equipo localizó también un cuaderno de inventario de alimentos cuyo total no cuadraba con las facturas de compra.

Podía ser un error de contabilidad, una entrega parcial o una anotación incompleta.

Vera pidió que las discrepancias se documentaran sin corregirlas.

Un inventario reconstruido para hacerlo legible podía borrar precisamente las señales que necesitaban entender.

Luján ordenó comparar los números de lote de los productos médicos con las fechas de caducidad y con las facturas del aserradero.

No esperaba encontrar un medicamento que resolviera el caso; quería determinar si el material se había adquirido antes o después del cierre y quién lo había pagado.

La peonza y los zapatos se fotografiaron por separado.

No había forma de saber a quién habían pertenecido.

Darío preguntó si debían buscar huellas o restos biológicos.

El técnico explicó que el tiempo, la humedad y la manipulación acumulada hacían improbable obtener un resultado útil, aunque las superficies podían examinarse si surgía una razón concreta.

La habitación no ofrecía una revelación. Ofrecía un registro desordenado de uso, mantenimiento y abandono. Para Vera, aquello era más difícil de convertir en una teoría, pero más valioso que un objeto espectacular sin procedencia.

En la clasificación final, el equipo separó los objetos según su posibilidad de datación y decidió no mostrar fotografías a los familiares hasta registrar primero sus recuerdos espontáneos.

La cronología reveló que algunos cuadernos escolares eran posteriores al cierre y otros anteriores.

El cuarto había seguido utilizándose durante años, quizá con funciones distintas.

En una caja de fichas de mantenimiento apareció una firma de Teresa Montalvo junto a una fecha en la que, según su expediente académico, debía estar haciendo prácticas obligatorias en Granada.

Teresa reconoció su firma en varias hojas y negó haber escrito las fechas de algunas.

—Firmábamos formularios en blanco cuando faltaba el médico —dijo.

—Eso no era correcto.

—No. Tampoco era raro.

El perito documental confirmó que, al menos en una hoja, firma y fecha parecían hechas con útiles distintos. No podía determinar todavía cuánto tiempo las separaba.

Teresa conocía el funcionamiento de la luz roja. Explicó que avisaba desde el pasillo cuando un menor pedía ayuda o cuando alguien quería comprobar si seguía despierto. Vera anotó el dato, pero también que cualquier trabajador habitual podía conocerlo.

Vera llevó ambos documentos al despacho.

—Esta es la firma imposible.

—O la fecha imposible —dijo Luján.

—O alguien firmó por ella.

—Exacto.

Un perito documental comparó copias suficientes para concluir que la firma presentaba rasgos compatibles con la de Teresa, pero advirtió que una reproducción escaneada no permitía atribución categórica. El original sería necesario.

Teresa acudió voluntariamente cuando la citaron.

—Sí, parece mi firma.

—Ese día estaba en Granada.

—Eso dice el registro de prácticas.

—¿Estaba?

Teresa pensó.

—No puedo reconstruir un martes de hace veintitrés años.

—¿Firmaba documentos en blanco?

—Alguna vez. Todos lo hacíamos. Hojas de recepción, material, partes que se completaban después.

—Eso era irregular.

—Muchas cosas de Santa Brígida lo eran.

No intentó embellecer el pasado. Explicó que su padre presionaba para mantener servicios que el cierre administrativo había dejado sin cobertura. Adrián ayudaba con transporte y suministros. Teresa, estudiante, hacía tareas para las que probablemente no estaba habilitada de forma suficiente.

—¿Y la habitación doce?

—La recuerdo.

—Antes dijo que creía que era un dormitorio.

—He visto las fotografías que han salido en televisión. Ahora recuerdo el indicador rojo. Era observación.

—La prensa no ha mostrado el interior.

Por primera vez, Teresa dejó de responder de inmediato.

Vera sintió cómo la habitación se estrechaba.

—¿Cómo sabe lo del indicador rojo?

Teresa miró a Luján y después a ella.

—Porque estuve dentro.

La doctora explicó que atendió allí a menores con crisis de ansiedad, heridas y episodios de agitación. Dijo que nunca permaneció sola con ellos durante la noche y que no recordaba a Irene en esa habitación.

—¿Y Marina Espejo?

—No.

—Tenemos una ficha con las iniciales M.E.

—Hay muchas personas con esas iniciales.

—En Valdehondo no tantas.

—Eso no convierte una abreviatura en una niña muerta.

Era exactamente el argumento que Luján habría utilizado. Vera lo odió por ser correcto.

El inventario aportó otra pieza: un pequeño rollo de hilo rojo dentro de una caja de costura. Darío lo encontró y el silencio duró demasiado. Vera se acercó sin tocarlo. El color recordaba al hilo de la campanilla de Lucía.

El laboratorio acabó con la emoción horas después. Era un hilo sintético de composición distinta. Más moderno que el cierre de la residencia. Probablemente había llegado allí durante alguna visita o uso posterior. No era la respuesta.

—Esto es lo que va a pasar muchas veces —dijo Luján—. El edificio está lleno de cosas que se parecen a nuestra historia.

—Y alguna pertenecerá a ella.

—Sí. Pero no sabremos cuál si nos enamoramos de todas.

La pieza verdaderamente útil fue una hoja de control de llaves.

Enumeraba accesos al archivo, farmacia, almacén, galería y «Obs.

12». Cuatro personas habían firmado recepción permanente de juegos de llaves durante el último periodo documentado.

Dos estaban muertas. Una era Carmen Leal. La cuarta era Adrián Montalvo.

El registro de llaves era incompleto. Los juegos permanentes habían pasado por don Amadeo, mantenimiento y administración. Adrián figuraba en una entrega durante unas obras. Teresa no aparecía como titular estable, aunque podía haber usado llaves de servicio.

Más importante fue el papel. Una ficha supuestamente redactada antes del cierre utilizaba un membrete que la imprenta municipal no había empezado a usar hasta meses después.

—Alguien reconstruyó documentación —dijo Vera.

—O la copió más tarde para ordenar un archivo —respondió Luján.

Las dos explicaciones quedaron abiertas. La falsedad de una fecha no decía todavía por qué había sido falsificada.

—No Teresa —dijo Darío.

—No en esta hoja —corrigió Vera.

Adrián había dicho que se ocupaba de suministros, no del funcionamiento interior. Tener llave de observación no demostraba que entrara, pero contradecía la distancia que había intentado establecer con el edificio.

Antes de cerrar el inventario, Vera volvió a la firma de Teresa. El membrete permitía fijar un límite para la confección del formulario, pero no demostraba quién había añadido la fecha ni con qué intención.

—La hoja fue rellenada después —dijo.

Luján se inclinó.

—O la fecha fue retrocedida.

Eso cambiaba la pregunta. La firma imposible quizá no situaba a Teresa en Santa Brígida cuando decía el papel. Quizá demostraba que alguien había reconstruido registros a posteriori.

Y quien hubiera hecho aquello no estaba ocultando necesariamente un asesinato. Podía estar ocultando años enteros de funcionamiento irregular.

En Valdehondo, la mentira más grande empezaba a parecer administrativa. Precisamente por eso podía haber servido de refugio a otra mucho más pequeña y mortal.