Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 20 LA DOCTORA
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CAPÍTULO 20 LA DOCTORA

T eresa Montalvo aceptó declarar en el consultorio porque tenía pacientes hasta las dos.

Luján prefería el cuartel; Vera decidió no convertir el lugar en una cuestión de poder.

La consulta era pequeña, demasiado limpia, con un dispensador de gel junto a la puerta y una camilla cubierta de papel blanco.

Fuera, Vera anotó finalmente el olor, pero en una hoja aparte bajo el encabezado «no discriminante». Añadió: hospital, consultorio, residencia, ambulancia, productos de limpieza. El recuerdo de Irene podía conducir a un entorno sanitario; no a una persona concreta.

Luján leyó la nota.

—Eso nos ahorrará enamorarnos de una pista.

—No pienso enamorarme de ninguna.

—Todos pensamos eso al principio.

Antes de entrar, Luján y Vera acordaron el orden. No enseñarían todos los documentos a la vez ni confrontarían a Teresa con nombres que ella no introdujera. Querían medir qué recordaba sin proporcionarle el mapa de la investigación.

Teresa pidió que la entrevista no interrumpiera las consultas urgentes. No solicitó abogado porque, en ese momento, declaraba como persona relacionada con hechos antiguos y no como detenida. Luján dejó constancia de ello y de que podía terminar la conversación cuando quisiera.

Teresa tenía cuarenta y ocho años. En las fotografías antiguas de Santa Brígida apenas superaba los veinte.

Escuchó las preguntas sin pedir que se las repitieran.

Admitió haber colaborado en actividades sanitarias vinculadas a la residencia mientras estudiaba y, más adelante, haber regresado al pueblo como médica en periodos discontinuos.

—¿Examinó a Irene Calvo después de que apareciera?

—Sí.

La respuesta fue inmediata.

—¿Dónde?

—En casa de sus padres.

—El informe no especifica el lugar.

—Los informes de entonces resumían demasiado.

—¿Le administró medicación?

—No que recuerde.

—¿Sedantes?

—No.

Teresa describió a Irene como una niña deshidratada, temblorosa y con una abrasión en la muñeca. El detalle coincidía con el parte médico. Dijo que la vio acompañada por su madre y por Samuel, aunque no estaba segura de si él permaneció toda la exploración.

—¿Le preguntó dónde había estado?

—Claro.

—¿Qué respondió?

—Poco. Que no sabía. Que quería irse a casa.

—¿Dijo que no había hecho nada malo?

Teresa se quedó quieta un instante.

—No lo recuerdo.

Vera no supo si aquella pausa era memoria o cálculo. La dejó sin interpretar.

Vera dejó sobre la mesa una copia de un inventario de Santa Brígida. En una página figuraba «T. Montalvo» junto a material sanitario. La fecha correspondía a un martes en el que, según otro documento, Teresa debía estar estudiando en Granada.

—¿Es su firma?

Teresa la observó.

—Se parece.

—¿Es suya?

—Probablemente.

—Entonces la fecha es imposible.

—O uno de los dos documentos tiene mal la fecha.

Pidieron después los libros académicos y contratos.

La incompatibilidad era real: la fecha manuscrita situaba a Teresa en Santa Brígida durante un periodo en que constaba en prácticas hospitalarias en Granada.

Pero las hojas del inventario no estaban numeradas de forma correlativa y varias parecían haber sido rellenadas después.

—Firmábamos formularios en blanco a veces —dijo Teresa—. Era una mala práctica.

—¿Quién los completaba?

—Quien llevaba almacén. A veces Amadeo. A veces administración.

—¿Y eso le parece normal?

—Ahora no. Entonces nos parecía ahorrar tiempo.

La explicación era plausible y peligrosa: convertía una firma imposible en indicio de falsificación administrativa, no necesariamente en presencia clandestina.

No se defendía de más. Tampoco fingía no recordar el edificio.

Explicó que después del cierre oficial siguieron entrando trabajadores, voluntarios y personal sanitario porque algunos menores fueron alojados allí de manera provisional.

La irregularidad administrativa, dijo, no convertía el lugar en clandestino para quienes trabajaban en él.

—¿Conoció a Sonia Valcárcel?

—De vista.

—¿A Marina Espejo?

—Era del pueblo. La conocía como se conoce a una niña de aquí.

—¿A Marta Vela?

Teresa tardó.

—No recuerdo ese nombre.

—¿Rocío Galán?

—Fue paciente del área sanitaria. No mía de forma estable.

Vera volvió a Marta al final, cuando ya habían cambiado dos veces de tema.

—Ha dicho que no recuerda su nombre. ¿Recuerda una chica de quince años que faltó nueve años atrás?

Teresa respiró por la nariz.

—Recuerdo el caso.

—No es lo mismo.

—No. No lo es.

Teresa afirmó que en un pueblo conocía de vista a casi todos los menores. No podía asegurar haber tratado a Marta. Luján pidió los listados sanitarios de aquel año y no discutió más. Si Teresa mentía, los documentos debían demostrarlo sin necesidad de que ella se contradijera diez veces.

Luján cambió de asunto y preguntó por la furgoneta.

Teresa confirmó que la había conducido. No pudo fechar cuándo.

Su padre prestaba vehículos a cualquiera que tuviera que llevar alimentos, ropa o medicinas a la residencia.

Adrián también la utilizaba. Varios trabajadores del aserradero tenían llaves.

Al terminar la jornada, Vera pidió a Teresa una segunda conversación breve, limitada a la procedencia de los inventarios y al uso de la furgoneta.

No le mostró la fotografía de la llave que Irene creía recordar.

Quería comprobar primero si existían copias de llaves en los registros del edificio.

Teresa aceptó responder por escrito a las preguntas que no pudiera aclarar de memoria y entregó una lista de antiguos trabajadores sanitarios a los que todavía podía localizar.

—No voy a ayudarles a elegir un culpable —dijo mientras firmaba el recibo de la documentación.

—No se lo estamos pidiendo.

—Eso dice todo el mundo hasta que necesita una historia que pueda contar en una rueda de prensa.

Vera entendió que Teresa no temía solo una acusación penal. También temía que la investigación convirtiera cualquier decisión de una institución antigua en prueba de una intención criminal. Ese temor no la exculpaba. Tampoco la incriminaba.

La lista incluía nombres que no aparecían en los archivos oficiales porque trabajaban como voluntarios o cubrían turnos ocasionales.

Luján los incorporó a la matriz de presencia y solicitó confirmar fechas de residencia, contratos, guardias y desplazamientos.

El número de personas con acceso al edificio creció otra vez.

A solas, Vera revisó la declaración de Teresa.

La doctora había contestado con rapidez sobre la exploración de Irene, pero se había detenido al hablar de Marta Vela y de las reformas de Santa Brígida.

Podía ser una diferencia entre recuerdos familiares y profesionales; también podía ser una selección consciente de lo que prefería no decir.

Vera anotó ambas posibilidades sin elegir.

En el margen escribió una pregunta nueva: «¿Qué podía hacer una persona dentro de Santa Brígida sin dejar constancia administrativa?

». La respuesta no dependía solo de quién estuviera allí, sino de qué tareas se consideraban normales y quién tenía autoridad para convertir una excepción en rutina.

Era una pregunta sobre la institución, no todavía sobre Teresa.

—¿Cree que maté a Lucía? —preguntó de pronto.

Vera no respondió con una negación tranquilizadora.

—Estoy intentando averiguar quién pudo hacerlo.

—Eso no es lo que le he preguntado.

—Y yo no estoy aquí para responder sus preguntas.

Teresa sonrió apenas.

—Se parece mucho a Samuel.

La comparación irritó a Vera más que cualquier evasiva.

—¿En qué?

—En que no sabe dejar quietas las cosas que cree que están mal colocadas.

—¿Conocía bien a mi padre?

—Todo el mundo conocía a Samuel. Otra cosa es que él permitiera conocerlo.

Después de la entrevista, Luján pidió reconstruir los lugares de trabajo, guardias, vacaciones y sustituciones de Teresa durante los veinticuatro años.

El primer cruce fue menos espectacular de lo que Vera esperaba: en seis de las siete fechas Teresa tenía una razón documental para encontrarse en la provincia o en áreas relativamente próximas.

En la séptima no había registro suficiente para situarla.

—Eso parece mucho —dijo Darío.

—Depende del denominador —contestó Luján—. Ha trabajado aquí, en Granada y en centros de la zona durante media vida. Si hacemos el mismo cruce con otros sanitarios, empresarios forestales o trabajadores sociales, quizá obtengamos patrones parecidos.

Ordenó ampliar la comparación a veinte personas. Vera agradeció que lo hiciera. Teresa debía seguir siendo una hipótesis, no el destino al que todas las flechas se obligaran a llegar.

La comparación produjo nueve nombres con presencia documental en al menos dos contextos y tres con vínculos amplios con Santa Brígida, sanidad o servicios sociales.

Teresa no estaba sola. Un administrativo jubilado aparecía en cinco expedientes; una trabajadora social, en cuatro.

Adrián cruzaba tres por razones empresariales y familiares.

Samuel, otros tres por búsquedas forestales.

—Esto es mejor —dijo Vera.

Darío la miró como si no entendiera.

—¿Mejor?

—Sí. Si Teresa sigue apareciendo cuando dejamos de buscarla a ella, entonces empieza a significar algo.

Antes de salir del consultorio, Vera se detuvo junto al dispensador de gel.

El olor era fuerte, medicinal. Durante un instante pensó en Irene y su recuerdo del lugar «limpio».

No anotó nada. Un olor compartido por miles de consultas no era una pista.

Precisamente por eso podía resultar tan peligroso.