Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 21 FERMÍN
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CAPÍTULO 21 FERMÍN

F ermín Orduña llamó al cuartel a las siete y doce de la mañana y pidió hablar «con la hija de Samuel». Darío intentó explicarle que debía pedir por la sargento. Fermín respondió que la sargento no había nacido cuando enterraron a la persona por la que llamaba.

Tenía setenta y ocho años, manos deformadas por artrosis y una libreta de tapas negras que había llevado al cementerio durante más de tres décadas.

No era un registro oficial. Anotaba nichos, profundidades, reparaciones, traslados y cualquier problema que pudiera obligarlo a abrir de nuevo una sepultura.

Fermín llegó diez minutos después con barro seco en los zapatos y la libreta metida dentro de una bolsa de supermercado.

Se negó a dejarla sobre la mesa hasta que Vera extendió una hoja limpia debajo.

La trataba con el cuidado de quien había confiado más en sus propias anotaciones que en cualquier archivo municipal.

—Esto no vale como registro —dijo antes de que se lo dijeran—. Ya lo sé. Pero cuando se rompía una lápida a mí me llamaban, no al registro.

—En la tumba de Sonia Valcárcel no está Sonia Valcárcel —dijo.

Vera lo miró.

—Sonia desapareció. No tiene tumba.

—Ahora sí.

Fermín abrió la libreta por una página marcada con hilo.

Señaló un enterramiento realizado veintidós años atrás a nombre de una mujer no identificada hallada cerca del embalse.

Los restos fueron inhumados después de que la investigación no lograra ponerles nombre.

Años más tarde, una reforma del cementerio trasladó el ataúd a un nicho que terminó asignado administrativamente a otra familia.

—¿Y qué tiene que ver con Sonia?

—La ropa.

Luján dejó el bolígrafo.

—Explíquese.

—Cuando trajeron a aquella mujer, la bolsa de efectos venía mal cerrada. Vi una chaqueta verde con un botón de madera. La hermana de Sonia había venido muchas veces a preguntar por ella. Llevaba una fotografía. Sonia tenía una chaqueta igual.

Fermín describió la chaqueta sin consultar la libreta: verde oscuro, cremallera metálica, botones de madera en los puños. Luego permitió que Vera leyera su anotación original. Decía únicamente «chaq. verde / botón madera». La memoria había añadido detalles durante veinticuatro años.

—Esto es importante —dijo Luján—. Lo que escribió entonces pesa más que lo que recuerda ahora.

—Ya me lo imaginaba.

—No significa que mienta.

—Significa que soy viejo. No hace falta que me lo explique.

Antes de abandonar el cuartel, Fermín permitió que fotografiaran las páginas relacionadas con el traslado. Luján le pidió que no añadiera nuevas notas ni reconstruyera los asientos de memoria hasta que el perito hubiera terminado. El anciano se ofendió.

—No voy a tocar nada.

—No dudo de su intención —dijo Luján—. Quiero conservar lo que escribió entonces separado de lo que recuerda hoy.

Fermín tardó en aceptar la distinción. Había llevado la libreta durante décadas porque desconfiaba de los documentos oficiales, y ahora aquellos hombres le pedían que desconfiara también de su propia memoria. Vera le explicó que ambas fuentes podían ser valiosas, siempre que no se mezclaran.

El equipo comparó la anotación de la chaqueta con la lista de efectos conservada en el expediente.

La descripción oficial no mencionaba botones de madera, pero sí una prenda verde.

No estaba claro si se trataba de la misma chaqueta, si el inventario era incompleto o si Fermín había unido dos recuerdos diferentes.

La coincidencia justificaba revisar la documentación; no bastaba para abrir una tumba.

La referencia dental resultó más concreta.

La hermana de Sonia había conservado una ficha del dentista con un esquema de una corona anterior y una ausencia molar.

El documento tenía fecha, sello y el nombre de la paciente, aunque no podía autentificarse plenamente hasta localizar al profesional que lo había emitido o el archivo de la clínica. Luján pidió ambas cosas.

Fermín observó la ficha desde el otro lado de la mesa.

—Yo no quiero que la encuentren porque yo lo dije —murmuró—. Quiero que, si está ahí, no siga siendo una desconocida.

Vera dejó que la frase quedara sin respuesta.

El anciano no estaba ofreciendo una prueba, sino explicando por qué había llamado.

En la solicitud judicial, su recuerdo aparecería como el punto de partida de una comprobación, acompañado por la anotación contemporánea y la ficha dental. No sería la conclusión.

Por primera vez, la posibilidad de una identificación equivocada tenía un camino verificable. También tenía límites claros: el cementerio podía haber registrado mal un número sin que nadie hubiera querido ocultar un cadáver.

La respuesta hizo sonreír a Darío por primera vez aquella mañana.

Vera sintió decepción. Una chaqueta no bastaba para remover una tumba.

—¿Algo más?

Fermín asintió.

—Un diente.

—¿Un diente?

—La mujer del embalse tenía una pieza de metal delante. Se veía cuando abrieron la bolsa para comprobar la identificación. Años después, la hermana de Sonia me enseñó una ficha del dentista porque quería que la Guardia Civil la comparara. Sonia tenía una corona en el mismo sitio.

La familia de Sonia conservaba una factura dental.

La hermana, localizada en Almería, la fotografió y la remitió por conducto formal.

Sonia llevaba una corona metálica anterior colocada dos años antes de desaparecer.

El odontólogo había muerto, pero su antigua clínica conservaba parte del archivo en papel.

La coincidencia anatómica con el recuerdo de Fermín seguía siendo insuficiente. Sin radiografías comparables, una corona frontal no individualizaba a nadie. Sin embargo, justificaba buscar el informe forense de la desconocida del embalse.

El informe apareció en un depósito provincial mal indexado. Describía «restauración metálica anterior» y estimaba una edad compatible con Sonia. La estatura entraba también en rango. No constaba comparación dental con la familia Valcárcel.

Vera volvió a la frase que Fermín había escrito: «forense ya comparó». Alguien había cerrado una puerta que, según el expediente conservado, quizá nunca se había abierto.

—¿Por qué no lo dijo entonces?

—Lo dije.

Fermín empujó la libreta hacia ellos.

—Aquí está a quién.

Había un nombre y una fecha. Un guardia ya fallecido. Debajo, Fermín había escrito: «Dice que forense ya comparó. No coincide». Luján preguntó si había visto el informe de comparación.

—Nunca.

—Entonces puede que sí se hiciera.

—Puede.

—Y puede que la corona no fuera igual.

—Puede.

Fermín se encogió de hombros.

—Por eso he tardado veinticuatro años en volver a decirlo.

La segunda anomalía era más concreta. El ataúd de la desconocida pesaba, según su anotación, mucho menos cuando fue trasladado durante las obras del cementerio.

Fermín había apuntado incluso la protesta del operario: «No puede ser el mismo».

El viejo enterrador no afirmaba que alguien hubiera cambiado un cadáver.

Afirmaba que él había visto dos cosas incompatibles.

Luján pidió cautela con el peso del ataúd. La madera podía haberse degradado, los restos podían haberse reubicado dentro de otra caja y Fermín no había usado una báscula: había anotado la impresión de los operarios. El enterrador aceptó cada objeción sin retirar ninguna de sus sospechas.

—No digo que robaran un muerto —dijo—. Digo que aquel cajón no se sentía igual.

—Y nosotros tenemos que convertir «se sentía» en algo comprobable.

—Por eso he venido.

Vera pidió los registros municipales. El traslado figuraba, pero faltaba una hoja del inventario de restos. El nicho actual constaba a nombre de una mujer fallecida muchos años después. Dos numeraciones se habían corregido a mano. El error podía ser administrativo. También podía ocultar algo.

El archivo municipal añadió un problema.

La orden de traslado estaba firmada por un concejal ya fallecido y acompañada por una relación de nichos mecanografiada.

Los números 47 y 74 aparecían corregidos a bolígrafo en dos copias distintas, pero no por la misma mano.

Una tercera copia, conservada en parroquia, no tenía corrección.

Vera fotografió las tres y pidió originales. No era una prueba de manipulación criminal. En cementerios viejos, explicó Fermín, los errores de numeración eran frecuentes. Lo extraño era que el mismo error hubiera generado documentos incompatibles durante años sin que nadie lo resolviera.

—Quiero solicitar una comprobación documental completa antes de hablar de exhumar —dijo Luján.

Fermín golpeó la mesa con un dedo.

—Si esperan a que los papeles estén de acuerdo, no van a abrir nunca nada.

—Y si abrimos una tumba porque usted recuerda una chaqueta, convertimos un recuerdo en una orden judicial. Necesitamos más.

Fermín no se ofendió. Guardó silencio y sacó del bolsillo una fotografía doblada. Era una imagen de las obras del cementerio. Al fondo se veían tres ataúdes sobre caballetes. Uno llevaba pintado un número blanco: 47. En la libreta, el enterramiento de la desconocida correspondía al 74.

—Los números se pueden invertir —dijo Vera.

—Una vez —respondió Fermín—. No durante veinte años.

Aquella tarde localizaron una copia antigua del plano del cementerio en el archivo parroquial.

El nicho 47 y el 74 estaban en bancales distintos.

El documento no demostraba quién descansaba en ninguno de ellos, pero bastó para que Luján dejara de hablar de un recuerdo de anciano y empezara a hablar de una discrepancia funeraria verificable.

Vera acompañó a Fermín hasta la puerta. Antes de salir, el viejo se volvió.

—Tu padre sabía que aquello estaba mal.

—¿La tumba?

—No. Los muertos.

—¿Qué significa eso?

Fermín se puso la gorra.

—Pregúntale por qué dejó de venir al cementerio después de Marina.

Vera lo vio alejarse por la plaza. En la sala, Luján ya estaba preparando la relación de documentos necesarios para poner el asunto en conocimiento del juzgado.

Sobre la mesa quedaron la fotografía, la libreta y dos números que quizá fueran un error.

En Valdehondo, pensó Vera, casi todas las verdades empezaban pareciendo eso.

La solicitud se preparó sin mencionar una serie de asesinatos.

Exponía una posible identificación errónea de restos humanos, una coincidencia dental, discrepancias documentales y la necesidad de preservar una eventual prueba.

Luján eliminó dos adjetivos del borrador de Darío y cambió «ocultación» por «discordancia».

—Si necesitamos exagerarlo para que parezca importante, no es suficientemente sólido —dijo.

La hermana de Sonia aceptó aportar una muestra de referencia si el juzgado autorizaba la exhumación. Antes de colgar preguntó si aquello significaba que Sonia llevaba todo ese tiempo en Valdehondo. Vera respondió lo único que podía responder.

—Significa que vamos a comprobarlo.