Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 19 UNA MATRÍCULA
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CAPÍTULO 19 UNA MATRÍCULA

Un perito de tráfico comparó la fotografía laboral con catálogos del modelo.

El oscurecimiento del piloto podía deberse a una rotura cubierta con cinta o a una pieza de sustitución.

No era una marca individual, pero reducía el conjunto de vehículos posibles cuando se combinaba con el adhesivo y la matrícula parcial.

Para comprobar quién podía conducir la furgoneta, Darío reconstruyó el historial de llaves a partir de declaraciones, facturas y registros laborales.

No existía un libro de préstamo. El taller recordaba haber entregado una copia al padre de Teresa, pero el mecánico que lo atendió no podía asegurar si la segunda llave se hizo antes o después de la fecha de Marina.

En Montalvo Maderas, dos antiguos empleados confirmaron que el vehículo se utilizaba para transportar material y, algunas veces, suministros a Santa Brígida.

Uno recordaba a Adrián al volante; el otro, a un conductor que describió como «un hombre mayor», sin poder identificarlo.

Las declaraciones no se trataron como confirmaciones independientes sin más.

Ambos habían trabajado juntos y podían haber hablado del caso durante los últimos días.

Luján pidió que se registrara esa posibilidad y que los entrevistaran por separado si aparecía una contradicción relevante.

También solicitó los libros de combustible originales, no solo las transcripciones que la empresa había preparado para una inspección fiscal.

El volumen conservado incluía varios repostajes, pero la cantidad de combustible no permitía calcular una ruta única.

Un depósito casi lleno podía corresponder a un trayecto corto o a la preparación de un viaje posterior.

El dato útil era más modesto: la furgoneta estaba en uso durante el periodo que investigaban y no había quedado inmovilizada por la avería del piloto trasero.

Vera añadió tres columnas a la tabla: «vehículo localizado», «conductor acreditado» y «conductor referido». La primera podía marcarse en dos fechas; la segunda seguía vacía; la tercera contenía varios nombres y descripciones incompletas.

—Es frustrante —dijo Darío.

—Es mejor que escribir un nombre porque necesitamos uno —respondió ella.

La matrícula parcial ya no apuntaba a una persona. Delimitaba una red de acceso. El equipo tendría que determinar si alguno de los usuarios tenía una oportunidad concreta, no convertir a todos los que habían tocado el volante en sospechosos equivalentes.

Vera pidió además sanciones, ITV, seguros y partes de accidente. La furgoneta había pasado una inspección con defecto leve en iluminación trasera meses antes. El dato no probaba que fuera la misma avería observada por Samuel, pero eliminaba una coincidencia puramente visual.

Una inspección laboral conservaba fotografías del antiguo aserradero Montalvo.

En una de ellas, tomada meses antes de la muerte de Marina, aparecía al fondo una furgoneta Renault blanca.

El piloto trasero derecho tenía una zona oscura.

En la puerta se veía un adhesivo rectangular del aserradero.

La matrícula empezaba por los caracteres anotados por Samuel.

El vehículo había pertenecido a Montalvo Maderas, empresa fundada por el padre de Adrián y Teresa. Oficialmente fue dado de baja y enviado a desguace quince años atrás. El certificado existía. También una anomalía: el peso registrado en la recepción era demasiado bajo para una furgoneta completa.

—Pudo llegar sin motor, sin puertas, sin media carrocería —dijo Darío.

—Pudo —respondió Luján—. Preguntemos antes de decidir.

El mecánico que figuraba en el documento tenía setenta y seis años y vivía en Guadix.

Recordaba la empresa, no la furgoneta. Explicó que en aquellos años firmaba recepciones que después gestionaban otros empleados.

No podía asegurar haber visto el vehículo ni su destrucción.

La firma demostraba un trámite, no un aplastamiento.

Mateo Roldán reconoció el modelo cuando Vera le mostró una fotografía sin matrícula.

—Había dos como esa.

—Los registros dicen una.

—Los registros dicen muchas cosas.

Mateo había trabajado noches para Adrián transportando madera fuera de temporada. Admitirlo podía costarle una sanción y explicar por qué había mentido sobre algunos de sus movimientos. Vera le preguntó dónde acababan las piezas de vehículos viejos.

—Arriba, en la nave antigua. Se guardaba todo. Puertas, ejes, motores. Don Amadeo no tiraba ni un tornillo.

La nave conservaba un libro de salida de vehículos con años enteros sin completar. En los meses legibles aparecían iniciales, no nombres. A.M. se repetía. También T.M. dos veces, separadas por semanas. Adrián dijo que T.M. podía ser Teresa, pero también Tomás Moreno, un peón eventual ya fallecido.

—¿Quién rellenaba esto?

—Mi padre, los encargados, quien se acordará.

—¿Y cuando nadie se acordaba?

Adrián miró las páginas vacías.

—Pues esto.

El desorden administrativo era una coartada para todos y para nadie. Permitía que una persona utilizara la furgoneta sin quedar registrada, pero también impedía convertir cualquier inicial en prueba.

Mateo describió la segunda furgoneta como más vieja y sin logotipo. No sabía si pertenecía a la empresa o a un trabajador. Durante campañas fuertes se intercambiaban vehículos, llaves y remolques sin dejar rastro escrito.

—¿Quién podía coger la blanca?

—El que tuviera las llaves.

—Eso ya lo sabemos. ¿Quién las tenía?

Mateo contó con los dedos: Adrián, su padre, Antonio Molina, algún encargado. Después añadió a Teresa.

—Pero ella no trabajaba en el aserradero.

—No. Llevaba cosas a la residencia.

Vera le pidió que distinguiera recuerdo de deducción. Mateo se enfadó.

—La he visto conducirla.

—Eso sí es un recuerdo.

—Pues escriba eso.

La inspección de la nave se hizo con autorización limitada a la documentación y a los elementos relacionados con el vehículo identificado.

Adrián abrió él mismo el candado. No protestó, pero tampoco colaboró más de lo necesario.

Entre estanterías cubiertas de polvo apareció una puerta trasera blanca con restos de adhesivo rectangular.

El número parcial estampado en una pieza era compatible con el modelo y año, no suficiente para individualizar la furgoneta.

—Mi padre desmontaba coches para repuestos —dijo Adrián—. Si buscan un crimen dentro de cada pieza de chatarra, van a necesitar otro invierno.

—Buscamos una furgoneta —respondió Vera.

—Entonces busquen una furgoneta.

Teresa apareció fuera de la nave cuando terminaban. Llevaba una bolsa del consultorio y el cabello recogido. Miró la puerta apoyada contra la pared, después a Vera.

—Supongo que esto tiene que ver con Marina.

Vera no respondió de inmediato.

—¿Por qué Marina?

—Porque todo el pueblo sabe ya lo de la campanilla y porque esa furgoneta dejó de usarse antes de que muriera Rocío Galán.

La precisión llamó la atención de Luján.

—¿Recuerda cuándo dejó de usarse?

—Era de mi padre. Claro que lo recuerdo.

Luján preguntó a Teresa por el defecto del piloto sin mostrarle la fotografía.

Ella recordó una rotura, aunque la situó en invierno y dijo que se reparó «con una pieza de otra furgoneta».

No supo precisar el año. Cuando le preguntaron quién hacía las reparaciones, dio el nombre de Julián Requena, entonces encargado de mantenimiento en Santa Brígida y después trabajador ocasional de Montalvo.

Vera escribió el nombre. Era la primera vez que aparecía en una explicación espontánea, no en un expediente. Luján pidió localizarlo sin convertirlo todavía en sospechoso.

Teresa explicó que la furgoneta había servido para llevar material al aserradero y, durante un tiempo, donaciones a Santa Brígida. También la utilizaban empleados, voluntarios y familiares. No podía decir quién la conducía una noche concreta de hacía diecisiete o diecinueve años.

—¿Usted la conducía?

—Alguna vez.

—¿La noche en que apareció Irene Calvo?

Teresa sostuvo la mirada de Vera.

—No lo sé.

No parecía sorprendida. Eso no era prueba de nada. Vera se obligó a anotarlo como conducta, no como culpabilidad. Cuando Teresa se marchó, Luján dijo:

—La gente tranquila también es inocente.

—Y también culpable.

—Por eso la tranquilidad no sirve.

Antes de cerrar la nave, Darío encontró en una caja un juego de recibos de combustible.

Uno correspondía al mes de la desaparición de Marina y llevaba escrita a mano la misma matrícula completa que buscaban.

El documento no decía quién había repostado, pero permitía cerrar por fin la identificación: la furgoneta de Samuel era de Montalvo Maderas.

El recibo permitió otra comprobación. La estación de servicio conservaba libros contables antiguos por una disputa fiscal.

En ellos figuraba la cuenta de Montalvo Maderas y un repostaje de volumen compatible con la furgoneta.

No había conductor. La hora, sin embargo, situaba el vehículo en carretera la tarde anterior a la desaparición de Marina.

Samuel había anotado la matrícula esa misma noche en el camino de Santa Brígida. Entre ambos puntos había tiempo de sobra para desplazarse. Era una continuidad de vehículo, no de persona.

La matrícula había aparecido dos veces separadas por dos años: la noche en que Irene fue devuelta y la víspera de la desaparición de Marina.

Vera observó la puerta blanca decomisada y pensó que un vehículo podía ser una pista o simplemente una herramienta compartida.

Lo peligroso era confundir propiedad con conductor.