CAPÍTULO 18 LOS CUADERNOS
S amuel entregó treinta y dos cuadernos.
Vera los contó dos veces porque su padre había dicho treinta y uno y porque, desde que Irene regresó, cualquier diferencia pequeña parecía capaz de abrir una puerta.
Los extendieron sobre dos mesas del cuartel, ordenados por años.
Algunos olían a humedad; otros conservaban serrín entre las páginas.
Samuel había anotado durante décadas matrículas, incendios, caminos cortados, furtivos, animales muertos, vehículos detenidos donde no debían y luces vistas de madrugada.
Los clasificaron sin arrancar una sola hoja.
Cada volumen recibió un número provisional, una funda y una ficha con el estado en que había llegado.
Luján insistió en que los cuadernos no eran pruebas de un delito por el mero hecho de contener fechas útiles: eran documentos privados que podían orientar diligencias, y cualquier dato relevante tendría que confirmarse por otra vía.
El perito comenzó por lo menos espectacular: tipo de papel, marcas de fabricación, tintas, presión del trazo y continuidad de las anotaciones.
La mayoría de los cuadernos se habían utilizado durante años y contenían cambios de bolígrafo que no permitían fechar una frase con exactitud.
Dos páginas estaban cortadas cerca del lomo.
En una, la fibra mostraba un desgarro antiguo; en la otra, el borde era más limpio, aunque la humedad podía haber alterado su aspecto.
No era posible afirmar cuándo se arrancaron ni quién lo hizo.
Vera observó cómo fotografiaban cada página antes de leerla en conjunto.
La costumbre de Samuel de escribir en los márgenes hacía difícil separar la anotación inicial de las aclaraciones posteriores.
Un «visto» podía significar que había visto un vehículo, que alguien se lo había contado o que había confirmado una información al día siguiente.
El perito no interpretaba el contenido; describía los rasgos físicos y señalaba qué podía y qué no podía concluirse.
En una hoja de hacía veinticuatro años aparecía una hora corregida: primero las 22.
10, después las 22.40. Samuel explicó que solía ajustar las horas al llegar a casa si comprobaba el reloj del coche.
Esa explicación podía ser cierta, pero el equipo buscó otros ejemplos.
Encontraron correcciones parecidas en anotaciones sobre incendios forestales sin relación con Santa Brígida.
El patrón reducía el valor de aquella corrección como indicio de manipulación deliberada.
—No nos ha dado una hora exacta —dijo Luján—. Nos ha dado un margen y un hábito del autor.
Vera pidió que las transcripciones conservaran tachaduras, errores y espacios en blanco.
No quería una versión limpia que hiciera parecer coherente lo que originalmente había sido fragmentario.
En paralelo, Darío preparó una tabla de matrículas con grado de legibilidad y fuente de lectura.
La matrícula incompleta dejó de ser una frase en una libreta y se convirtió en una pieza que podía compararse con fotografías, archivos de tráfico y registros comerciales.
Los cuadernos no hablaban por sí solos. Hacía falta aprender qué clase de documento eran antes de pedirles que contaran una historia.
Darío empezó a leer matrículas en voz alta. A la quinta, Vera le pidió que dejara de hacerlo. Había demasiadas paredes finas en el puesto y demasiada gente entrando y saliendo. Desde la filtración de la campanilla, cada dato nuevo tenía que sobrevivir también al pueblo.
Trabajaron con una hoja de cálculo impresa en papel.
Fecha, hora, lugar, vehículo, persona citada, hecho externo que permitiera comprobarlo.
Cuando una anotación no podía contrastarse, quedaba marcada con un círculo vacío.
Vera descubrió que su padre había sido meticuloso con los incendios y desesperadamente impreciso con las personas.
Escribía «mujer joven», «hombre del médico», «el de la nave».
Como si los nombres fueran más peligrosos que los hechos.
Luján impuso una regla antes de empezar: nadie buscaría únicamente nombres conocidos. Darío fotografiaría las páginas; un equipo en Madrid indexaría fechas, matrículas y lugares; Vera y él trabajarían sobre los originales.
—Si buscamos Montalvo, encontraremos Montalvo —dijo—. Si buscamos Santa Brígida, encontraremos Santa Brígida. Primero averigüemos qué escribió Samuel antes de que nosotros supiéramos qué queríamos encontrar.
El cuaderno de hacía diecisiete años tenía dos páginas arrancadas.
La anotación de la víspera de la desaparición de Marina Espejo seguía allí: una matrícula incompleta, «GR-74», y la palabra brÍGIDA.
Tres líneas más abajo: «furgón blanco, piloto trasero derecho mal».
No había nombres. Vera pasó el dedo por el borde roto de las hojas.
El corte era irregular, antiguo. No se habían desprendido solas.
Documentoscopia confirmó que las dos hojas habían sido arrancadas años atrás, no recientemente.
Bajo luz rasante aparecieron algunas hendiduras transferidas a la página siguiente.
No permitían reconstruir frases completas, pero sí fragmentos: «mujer», una posible M mayúscula, «no quiere» y una secuencia que podía ser una hora.
—No hagamos literatura con cuatro surcos —advirtió Luján.
Vera apartó la ampliación.
—Quiero saber si mi padre recuerda qué escribió.
—Y quiero que primero lo recuerde sin enseñarle esto.
La segunda entrevista a Samuel se grabó.
Vera dejó que la condujera Luján. Su padre admitió que había arrancado más de una hoja a lo largo de los años.
Algunas contenían matrículas de vecinos a los que sorprendió cazando furtivamente; otras, nombres de menores que habían pasado por Santa Brígida después del cierre.
Dijo que temió perjudicarlos cuando comprendió que los cuadernos podían acabar en manos de la Guardia Civil.
—¿Quién te pidió que arrancaras páginas?
—Nadie.
—¿Don Amadeo?
Samuel negó.
—Él me pidió otras cosas.
Luján esperó.
—¿Qué cosas?
—Que no convirtiera a los chicos en un escándalo.
Samuel no quiso concretar más. Vera sintió la vieja tentación de empujarlo con la autoridad de hija y de sargento. No lo hizo. Una confesión obtenida por cansancio podía satisfacerla y estropear el caso.
—¿Quién arrancó esto? —preguntó esa tarde en casa de Samuel.
Su padre miró el cuaderno sin tocarlo.
—Yo.
La respuesta desarmó la pregunta siguiente.
—¿Por qué?
—Porque escribí cosas que no debía.
—¿Sobre Marina?
—Sobre gente que estaba viva.
—Marina también estaba viva cuando las escribiste.
Samuel apretó la boca.
—No puedes administrarme la verdad por dosis, papá.
—No intento proteger a quien mató a Lucía.
Vera se quedó inmóvil. Samuel pareció comprender demasiado tarde lo que acababa de admitir: sí estaba protegiendo a alguien.
Los demás cuadernos aportaron una cronología sin explicación.
Doce años atrás: «ambulancia privada, camino alto, 23:10».
Nueve años atrás, la semana de la desaparición de Marta Vela: «coche médico, residencia».
Cuatro años atrás: «Montalvo, pista aserradero, madrugada».
Cada nota aislada era banal. Juntas formaban una repetición geográfica que todavía podía pertenecer al trabajo forestal, a emergencias médicas o a cualquier otra rutina de un pueblo pequeño.
La cronología reveló también ausencias. En los meses de Eva Santacruz no aparecía Santa Brígida ni una sola vez. En torno a Rocío Galán, el apellido Montalvo surgía ligado al aserradero, no a la carretera donde murió. Aquello enfrió el entusiasmo de Darío.
—Entonces igual no hay nada.
—Eso también sería un resultado —dijo Vera.
Luján negó con la cabeza.
—Hay algo. Lo que no sabemos es si ese algo son siete muertes, una residencia irregular, delitos distintos o una mezcla de todo.
Separaron los expedientes. Ninguna anotación de Samuel pasaría de uno a otro sin una razón concreta. Era una forma de impedir que el pasado se contaminara a sí mismo.
Luján encontró el cuaderno más antiguo cerca de las tres de la madrugada.
Veinticuatro años. La cubierta estaba deformada por agua.
En una página Samuel había dibujado cinco rectángulos que parecían ventanas y había escrito: «S.
Brígida. Niños todavía dentro. Cerrado oficialmente». Vera leyó la frase tres veces.
—La residencia estaba clausurada.
—Sobre el papel —dijo Luján.
—Sonia Valcárcel trabajaba allí por temporadas.
—Eso dicen los registros que conservamos. Esta nota sugiere que había actividad fuera de registro.
Samuel aceptó hablar de aquello al día siguiente.
Dijo que, después del cierre formal, algunos menores habían permanecido temporalmente en el edificio mientras servicios sociales buscaban plazas.
No supo precisar cuántos. Aseguró que era una solución provisional y conocida por «quien tenía que conocerla». Vera le preguntó por Teresa Montalvo.
—Era muy joven —respondió.
—No te he preguntado la edad.
Samuel miró hacia la ventana.
—Ayudaba a veces.
—¿Como qué?
—Como podía.
La página siguiente del cuaderno estaba arrancada.
Vera la sostuvo contra la luz, buscando una presión de escritura en el papel posterior.
Había surcos. Luján pidió que no siguiera manipulándola y la envió a documentoscopia.
No esperaban milagros; quizá solo trazos parciales.
Pero por primera vez tenían algo escrito antes de los crímenes, antes de la prensa y antes de que nadie necesitara fabricar una historia coherente.
Esa noche, Vera regresó sola a la casa de su padre.
Samuel estaba dormido en el sillón. Sobre la mesa había dejado una caja de cartón con fotografías forestales.
Vera no la abrió. La investigación ya había empezado a convertir cada objeto doméstico en un posible indicio, y comprendió que podía terminar registrando la vida de su padre hasta borrar al hombre que había dentro. Se marchó sin despertarlo.
A la mañana siguiente Vera abrió la caja con Luján presente.
Había fotografías de cortafuegos, vertidos, talas y caminos.
En tres aparecía Santa Brígida al fondo.
Una mostraba una furgoneta blanca junto a la entrada lateral; otra, tomada años antes, un grupo de voluntarios descargando cajas.
Teresa era apenas una figura joven con bata clara.
Adrián estaba en otra imagen, cargando sacos. Samuel también.
La fotografía no elegía culpable. Hacía lo contrario: demostraba cuánta gente había compartido aquel lugar.
En el cuartel, Luján había añadido una columna nueva a la cronología: «fuente independiente».
Los cuadernos de Samuel ocupaban ya cuatro líneas.
Ninguna probaba un homicidio. Ninguna señalaba a Teresa, Adrián o Nicas.
Pero todas demostraban algo más incómodo: Santa Brígida no había dejado de existir cuando los documentos dijeron que había cerrado.