PARTE II LOS QUE NO VOLVIERON
G abriel Luján llegó a Valdehondo poco después de las nueve, en un coche gris sin distintivos que tuvo que detenerse dos veces antes de alcanzar el cuartel.
La primera, detrás de un camión de pienso que ocupaba media carretera.
La segunda, junto a la plaza, donde una docena de periodistas había aprendido ya a reconocer cualquier vehículo desconocido.
Vera lo vio desde la ventana del despacho.
Luján bajó con una carpeta bajo el brazo, miró la fachada y después el monte.
Se quedó unos segundos observando la línea blanca de nieve que cortaba las cumbres.
—Teniente Luján.
—Sargento Salvatierra.
No se dieron la mano. No por hostilidad, sino porque Vera sostenía una taza y él la carpeta.
Darío apareció en el pasillo y señaló la sala que habían vaciado para la reunión.
Sobre una mesa había dos ordenadores, un mapa del término municipal, tres cajas de archivo y una cafetera que llevaba encendida desde la madrugada.
—Quiero empezar por una cosa —dijo Luján—. No vengo a quitarle el caso.
—Eso suele decirlo quien viene a quitarte el caso.
—Vengo porque tiene una menor asesinada, otra menor asesinada hace diecisiete años, un indicio singular coincidente y un sospechoso que puede quedar excluido de uno de los hechos. Eso no demuestra una serie. Demuestra que debemos comprobar si existe.
—Y si existe, llevamos diecisiete años llegando tarde.
—Si existe —repitió él. La precisión le molestó y, al mismo tiempo, le gustó.
Durante la siguiente hora, Vera reconstruyó el caso de Lucía sin adornarlo.
La bicicleta. El guante. La modificación de la ruta.
La tela en la boca del perro de Nicas. El cuerpo en la acequia.
La campanilla. La mochila en el cobertizo.
Las frases de Nicas. Después colocó sobre la mesa una copia del expediente de Marina Espejo. Luján no interrumpió hasta que terminó.
—¿Quién conocía lo de la campanilla?
—En el caso actual, al principio, cuatro personas. Luego alguien lo filtró.
—¿Y hace diecisiete años?
—No constaba en el inventario de efectos. Aparece en una fotografía.
Luján acercó la imagen de Marina. Había perdido contraste. Junto a la maleza, casi confundida con las hojas secas, se veía la pequeña campana.
—Si no se registró, tenemos que averiguar si estaba allí antes de que llegara la Guardia Civil, si la colocó alguien durante la búsqueda o si simplemente quedó fuera de la cadena de custodia. Las tres posibilidades cambian el caso.
Vera pensó en Samuel.
—Hay una cuarta. Que alguien supiera de ella sin que constara oficialmente.
—Eso sigue siendo una de las tres. Solo empeora la pregunta.
Luján no hablaba como un hombre impresionado por la coincidencia. La desarmaba. Vera llevaba tres días rodeada de personas que necesitaban una respuesta rápida; aquella resistencia a cerrar el significado de las cosas resultaba casi incómoda.
Antes de continuar, Luján pidió una hoja nueva y reconstruyó quién había tenido acceso a cada pieza de información.
No le interesaban solo las pruebas, sino también su circulación.
La campanilla actual la conocieron primero los agentes de la acequia, el forense y Julia.
Después la vieron quienes participaron en el levantamiento.
El detalle de Marina era más difícil: podía haber sobrevivido en fotografías, conversaciones familiares o recuerdos de búsqueda, aunque nunca entrara en el inventario.
Antes de cerrar la reunión, Luján hizo que cada integrante escribiera qué creía saber y de dónde procedía ese conocimiento.
No era un ejercicio de confianza, explicó, sino de higiene.
Una cosa era haber visto una furgoneta; otra, haber oído que la conducía Teresa; otra muy distinta, repetir que Teresa había estado junto a Marina la noche de su muerte.
En el papel, las tres afirmaciones parecían próximas.
En una investigación, podían pertenecer a mundos diferentes.
Vera tuvo que corregir dos anotaciones propias.
Había escrito «Samuel sabía que Irene volvió» cuando lo único acreditado era que la encontró en el camino y que nunca había explicado por qué no dejó constancia de ello en sus cuadernos.
Cambió «sabía» por «declaró saber después».
La frase perdió fuerza, pero ganó precisión.
—¿Siempre trabaja así? —preguntó Luján cuando quedaron solos.
—Intento hacerlo.
—No le he preguntado si lo intenta.
Vera lo miró. La pregunta le molestó porque no era una crítica injusta.
—En este pueblo conozco a demasiada gente para fingir que soy neutral —dijo—. A mi padre, sobre todo.
—Entonces tendrá que documentar también lo que le cuesta creer.
Luján no lo dijo como una advertencia personal.
Lo incorporó al protocolo general: cualquier diligencia relacionada con Samuel tendría que contar con revisión independiente.
Vera aceptó que otro agente verificara los cuadernos y que las entrevistas a su padre se registraran completas.
El precio fue renunciar a una parte del control que había ejercido desde que llegó a Valdehondo.
La ventaja era más importante: si una conclusión resistía ese control, no dependería de la hija de Samuel Salvatierra para sostenerse.
—Si alguien quiere fabricar una continuidad —dijo Vera—, necesita conocer las dos escenas.
—O conocer la primera y controlar la segunda.
—Eso reduce mucho.
—Todavía no. Primero demuéstrelo.
Luján trazó una línea entre MARINA y LUCÍA, pero no escribió el nombre de nadie encima. Vera entendió que aquel hombre desconfiaba incluso de las líneas que dibujaba él mismo.
A media mañana entró Julia Roldán. No había dormido. Se notaba en la piel, no en los ojos. Llevaba el pelo recogido y una carpeta de plástico transparente contra el pecho. Sacó partes del consultorio, autorizaciones escolares y una lista escrita a mano.
—Lucía ayudaba algunos miércoles a llevar medicación a la señora Aurelia. Mi hija no era una santa, sargento. Se enfadaba, mentía por tonterías y escondía el móvil cuando yo se lo pedía. Pero tenía costumbres. Si quieren saber por dónde iba, no miren solo el camino del instituto.
Julia explicó que los recados no seguían un calendario.
A veces Lucía llevaba una bolsa cerrada hasta la casa de una anciana; otras dejaba una receta o recogía un envase.
Nunca debía manipular medicamentos. Vera pidió los nombres de todas las personas a las que había visitado durante los últimos tres meses y las fechas aproximadas.
—No quiero convertir cada favor de mi hija en algo siniestro —dijo Julia.
—Ni nosotros —respondió Vera—. Queremos saber quién podía prever sus recorridos.
La frase cambió el sentido de la lista. Ya no se trataba solo de con quién había hablado Lucía, sino de quién podía saber que determinados miércoles salía del trayecto habitual y caminaba sola.
Luján preguntó quién preparaba aquella medicación. Julia tardó una fracción de segundo.
—El consultorio. Yo algunas veces. Teresa Montalvo otras. No estoy acusando a nadie. Le estoy diciendo que Lucía entraba y salía de casas donde los adultos no siempre recuerdan haberla visto.
Cuando Julia se marchó, Vera permaneció mirando la puerta.
—No me gusta que una madre tenga que reconstruirnos los hábitos de su hija porque nosotros nos quedamos mirando una mochila en casa de Nicas.
—El sesgo de confirmación no desaparece por reconocerlo —dijo Luján.
Luján se levantó y marcó en el mapa Valdehondo, Santa Brígida, el cementerio, el embalse y la acequia.
—Necesito todas las desapariciones de menores, muertes dudosas y accidentes con víctimas vulnerables de los últimos treinta años. Valdehondo y municipios limítrofes. No solo homicidios.
—Eso son cientos de expedientes.
—Por eso no vamos a empezar buscando un asesino. Vamos a buscar anomalías.
—¿Y Nicas?
—Nicas sigue siendo una persona que tenía la mochila de una niña asesinada. Y una persona que no pudo matar a Marina. Una cosa no borra la otra.
A las doce y veinte, Darío recibió una llamada del puesto de entrada. La prensa conocía ya la campanilla del caso antiguo. En la televisión del bar La Parada, un rótulo rojo ocupó media pantalla: DOS NIÑAS. DOS CAMPANAS. ¿UN ASESINO EN SERIE EN VALDEHONDO?
Luján miró el mapa.
—Ahora sí tenemos una serie.
Vera negó con la cabeza.
—No. Ahora tenemos gente que necesita que exista una.
La filtración obligó a modificar las entrevistas. A partir de entonces, antes de preguntar por objetos o sonidos, los agentes debían registrar qué noticias había visto cada testigo. Una memoria posterior al telediario no valía lo mismo que una declaración anterior.
Darío protestó porque aquello ralentizaba todo. Luján le mostró tres llamadas recibidas en menos de una hora: tres vecinos aseguraban recordar campanillas en tres sucesos distintos. Dos de esos sucesos ni siquiera habían ocurrido en el monte.
—Esto es lo que hace una historia cuando entra en un pueblo —dijo—. Empieza a fabricar recuerdos compatibles consigo misma.
La mañana terminó con un registro de llamadas y una instrucción clara: separar cada rumor del dato que pudiera verificarse.
Vera comprendió cuál sería su primera batalla conjunta con Luján: no encontrar conexiones a cualquier precio, sino impedir que el pueblo se las fabricara.
Fuera, las campanas de la iglesia dieron la una.