Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 15 SIETE NOMBRES
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CAPÍTULO 15 SIETE NOMBRES

L a lista empezó con veintinueve. Luján había pedido anomalías, no certezas, y las anomalías llegaron en cajas de cartón, archivos digitalizados a medias, recortes de periódico y llamadas de puestos donde nadie entendía por qué una muerte ocurrida hacía veinte años volvía a interesar.

A las seis de la tarde quedaban diecisiete.

A medianoche, nueve. Vera durmió una hora en el sofá del despacho y despertó con la marca de una costura en la mejilla.

Cuando regresó a la sala, Luján había reducido la lista a siete nombres.

Los había escrito en una pizarra blanca: Lucía Roldán. Marina Espejo. Sonia Valcárcel. Álvaro Nieto. Eva Santacruz. Marta Vela. Rocío Galán. Al lado de cada nombre figuraban una fecha y una palabra: desaparición, accidente, homicidio, suicidio, desaparición, exposición, homicidio.

—Siete —dijo Vera.

—Siete que merecen ser comprobados. No siete víctimas del mismo autor.

—Tres niñas, un niño y tres mujeres. Veinticuatro años.

—Eso es lo que más me molesta.

Luján repartió los expedientes sin explicar por qué había escogido cada uno.

Darío recibió Álvaro y Rocío; Vera, Sonia y Marta; él se quedó con Eva y Marina.

Lucía permaneció en una carpeta aparte. La regla era sencilla: cada investigador debía intentar encontrar razones para excluir su caso de la supuesta serie.

—Si al final seguimos teniendo siete —dijo—, entonces tendremos algo. Si acabamos con dos, también habremos avanzado.

Luján explicó que la irregularidad era el problema.

No había método repetido, periodicidad ni geografía exacta.

Si existía una serie, el vínculo no estaba necesariamente en la forma de morir.

Vera observó los nombres y comprendió que la palabra «serie» podía ser tan peligrosa como la palabra «culpable»: ordenaba el mundo antes de haberlo entendido.

Sonia Valcárcel tenía veintidós años cuando desapareció veinticuatro años atrás.

Trabajaba por temporadas en la residencia infantil vinculada a Santa Brígida y había dicho a su hermana que se marcharía a Granada.

Nunca llegó. Meses después la familia recibió una postal sin firma desde Almería.

Durante años se consideró una fuga voluntaria.

No había restos identificados. Ni siquiera podían afirmar que estuviera muerta.

En la página anterior había dos matrículas completas y una tercera incompleta.

Una pertenecía a un todoterreno forestal.

Otra, a una furgoneta de Montalvo Maderas.

La tercera empezaba por las mismas cifras que el vehículo sanitario asociado años antes a Santa Brígida.

Vera fotografió las páginas antes de preguntar nada más.

—¿Faltan dos hojas?

Samuel miró el lomo del cuaderno.

—Ya lo veo.

—¿Las arrancaste tú?

—No me acuerdo.

—Eso no es lo mismo que no.

Samuel recogió la bolsa vacía y no respondió.

Por primera vez, Luján pidió que el cuaderno quedara incorporado formalmente como material entregado, con copia íntegra y constancia de procedencia.

No porque Samuel fuera sospechoso, explicó, sino porque a partir de ese momento cualquier página ausente podía convertirse en una discusión futura.

La ficha de Sonia contenía una anomalía que no aparecía en el resumen: había trabajado en Santa Brígida incluso después de la fecha administrativa de cierre.

Eran jornadas sueltas, pagadas mediante una asociación local.

Nadie había explicado qué actividad justificaba aquel personal en un edificio oficialmente clausurado.

Vera anotó el nombre de la asociación y siguió leyendo.

La última persona de la familia que habló con Sonia recordó una discusión sobre «niños que no debían seguir allí».

El testimonio era de años después y podía estar contaminado por rumores.

Aun así, justificaba localizar a la hermana y volver a entrevistarla.

Álvaro Nieto tenía diez años. Murió tres años después, supuestamente al caer por un desnivel durante una excursión familiar.

El padre situó la desaparición del grupo a las cuatro y media; una estimación médica antigua colocaba la muerte antes de las cuatro.

El margen forense de la época impedía convertir la contradicción en prueba, pero bastaba para no olvidarla.

Eva Santacruz, treinta y cinco años, apareció muerta doce años atrás junto a varios frascos de medicación.

Un diagnóstico de depresión facilitó que el caso se cerrara como suicidio.

Una nota toxicológica señalaba que los fármacos encontrados y los detectados no encajaban del todo.

La discrepancia se atribuyó a cambios de tratamiento no actualizados.

Vera leyó dos veces la nota. No demostraba un crimen; demostraba que alguien había decidido que la diferencia no merecía más preguntas.

Marta Vela desapareció con quince años nueve años antes.

No había cuerpo. Había salido de una parada de autobús en un municipio a treinta kilómetros.

Cinco días de búsqueda no produjeron nada.

Rocío Galán, cuarenta y dos, murió cuatro años atrás después de que su coche quedara detenido en una carretera secundaria durante una noche de frío.

Accidente y exposición. Dos historias administrativamente cerradas y narrativamente abiertas.

—No veo el vínculo —dijo Darío.

—Bien —respondió Luján.

—¿Bien?

—Si lo viéramos ya, probablemente estaríamos inventándolo.

La respuesta dejó a Darío callado. Vera pensó que Luján tenía una manera irritante de convertir la duda en método.

Un cruce de personal sanitario, trabajadores sociales, voluntarios y empleados vinculados a los siete entornos produjo decenas de nombres.

Uno aparecía en dos contextos separados por décadas: Teresa Montalvo.

De joven figuraba asociada a un programa sanitario del entorno de Santa Brígida; años después había trabajado en el área donde murió Rocío. Vera señaló el nombre.

—Dos coincidencias —dijo Luján—. Todavía no una conexión.

—Más Lucía.

—Lucía vivía en el mismo pueblo que Teresa. Eso no añade valor por sí solo.

Luján pidió que cada expediente tuviera una hoja de descarte.

No bastaba con anotar por qué un caso parecía conectado; había que dejar constancia de las razones para separarlo de los demás.

En el de Álvaro Nieto, la hora de la llamada de emergencia coincidía con la estimación médica y dos testigos independientes habían visto al muchacho en el camino de regreso.

En el de Eva Santacruz, el informe toxicológico se había perdido, pero la autopsia conservada no mostraba las lesiones que la familia atribuía a una agresión.

La desaparición de Marta Vela seguía abierta en términos administrativos, aunque el último movimiento bancario y una comunicación posterior apuntaban a una salida voluntaria.

Ninguno de esos datos cerraba todas las preguntas; sí impedía tratarlos como piezas intercambiables.

—¿Y si descartamos a alguien que después resulta importante? —preguntó Darío.

—Lo podremos recuperar —dijo Luján—. Lo que no podemos hacer es conservarlo solo porque encaja en una historia atractiva.

Vera añadió al margen las fechas de revisión.

Cada descarte debía poder revisarse si aparecía información nueva, pero no convertirse en una sospecha permanente por simple inercia.

Le sorprendió cuánto alivio le produjo esa regla.

Desde la muerte de Lucía, cada nombre nuevo parecía cargar con la obligación de explicar todos los anteriores.

La lista de siete había empezado a funcionar como una sentencia que nadie había pronunciado.

Aquella tarde llamaron a dos familias para aclarar datos básicos.

La conversación con la hermana de Eva fue áspera: llevaba años oyendo que la muerte de su hermana no interesaba a nadie y creyó que la llamada era una promesa de reapertura.

Vera tuvo que explicarle que revisar un expediente no significaba acusar a nadie ni garantizar una respuesta.

La mujer colgó sin despedirse. En la ficha, Vera escribió «familia informada; expectativas no generadas».

Le pareció una frase fría. También era la única que no mentía.

El cruce produjo también nombres que no conducían a Teresa.

Un médico ya fallecido aparecía en tres expedientes.

Una trabajadora social en otros tres. Adrián Montalvo figuraba en documentación de propiedad, transportes y permisos forestales.

Samuel aparecía en búsquedas y avisos de monte.

La red era tan densa que cualquier vecino con una profesión pública podía parecer central si se escogían bien las casillas.

Vera rodeó a Teresa y luego borró el círculo con la palma.

—Todavía no.

Luján asintió.

—Todavía no.

La puerta se abrió y Samuel apareció con una bolsa de tela.

Vera lo sacó al pasillo. De la bolsa salió un cuaderno verde hinchado por la humedad.

Era del año en que murió Marina. Dos páginas estaban arrancadas.

En una fecha rodeada dos veces con bolígrafo azul, la víspera de la desaparición, figuraban una matrícula y una sola palabra: brÍGIDA.

—¿De quién era esta matrícula?

Samuel se tocó la mandíbula.

—No me acuerdo.

Vera cerró el cuaderno. Su padre siempre se tocaba la mandíbula cuando decidía qué parte de una verdad podía permitirse contar. Luján salió al pasillo.

—¿Le creemos?

—No. Acaba de recordar exactamente qué cuaderno tenía que traernos.

Aquella noche Vera copió los siete nombres en su propia libreta.

Debajo no escribió «víctimas». Escribió «casos».

Era una diferencia pequeña, casi burocrática, pero necesaria.

Convertir demasiado pronto a siete personas en víctimas del mismo asesino sería otra forma de dejar de investigarlas como individuos.

Antes de cerrar la libreta añadió una última línea: averiguar quién podía conocer el detalle de Marina sin haber leído un expediente que nunca lo registró.