CAPÍTULO 10 NICAS
V era no empezó preguntando por Lucía. Esperó a la profesional designada para asistir a Nicas y dedicó los primeros minutos a comprobar que comprendía dónde estaba, por qué y que podía pedir una pausa.
No llevaba esposas. Tampoco había dos agentes frente a él. Solo Vera, la profesional de apoyo y una cámara que registraba la entrevista.
—Si no entiendes algo, dices que no entiendes —explicó Vera—. Si no recuerdas, dices que no recuerdas. No intentes adivinar lo que quiero oír.
Nicas asintió.
—Y si tú dices mal una cosa, ¿qué?
—Me corriges.
Aquello pareció tranquilizarlo.
—Quiero que me cuentes el día de Lucía desde antes de ver la mochila.
Nicas miró sus manos.
—Fui con Moro.
—¿Por dónde?
—Camino viejo. Casa grande.
—¿Santa Brígida?
—Sí.
—¿Por qué fuiste allí?
—Moro tiraba.
—¿Hacia qué?
—Olor.
Vera aceptó la respuesta sin intentar traducirla.
—¿Viste algún vehículo?
—Blanco.
—Descríbelo sin que yo te dé opciones.
Nicas movió una mano por el aire.
—Grande. Atrás cuadrado. Sucio abajo. Una luz mala.
—¿Qué significa una luz mala?
—Una más oscura.
Vera recordó que un testigo de la carretera había descrito un piloto trasero opaco en una furgoneta blanca. No se lo dijo.
—¿Estaba parada?
—Primero.
—¿Después?
Nicas deslizó la mano hacia él.
—Bajó.
—¿Viste al conductor?
—No cara.
—¿Viste a otra persona?
Nicas tardó.
—Sí.
—Cuéntame lo que viste.
—Una persona. Otra pequeña.
Darío no estaba en la sala. Vera lo había decidido para reducir presión y evitar que demasiadas personas interpretaran cada gesto.
—¿Qué hacía la persona grande?
—Ayudaba.
—Explícame «ayudaba».
Nicas se inclinó hacia un lado y colocó los brazos como si sostuviera peso.
—La llevaba.
Vera estuvo a punto de preguntar hacia dónde. Se detuvo.
—Señala en este dibujo dónde estaba cada una.
Le dio una hoja con la pista, sin flechas. Nicas marcó la figura grande en la parte alta y la pequeña junto a ella. Después dibujó la furgoneta más abajo.
—¿La persona pequeña caminaba?
—No sé.
—¿Viste su cara?
—No.
—¿Sabes si era Lucía?
—No.
La respuesta frustraba cualquier deseo de avance y, por eso mismo, aumentaba el valor de lo que sí decía.
—¿Qué hizo Moro?
—Quería ir. Yo no.
—¿Por qué?
—No era asunto mío.
La frase sonaba aprendida.
—¿Quién te dice eso?
Nicas encogió los hombros.
—Todos.
Vera pensó en una vida entera enseñándole que mirar donde no debía traía problemas.
—¿Cuándo viste la mochila?
—Después.
—¿Dónde?
—Piedra silla.
—¿La tocaste?
—Sí.
—¿La llevaste a tu casa?
—No.
—¿La abriste?
—No. Vi nombre.
—¿Cómo viste el nombre sin abrirla?
Nicas dibujó con el dedo un rectángulo.
—Aquí fuera. Rotulador.
La fotografía de la mochila confirmó después que «LUCÍA R.» estaba escrito en una etiqueta exterior.
Vera pidió una pausa.
No porque Nicas la necesitara. Porque ella quería revisar sus propias preguntas.
Había un riesgo evidente: convertir cada ambigüedad en la respuesta que el caso parecía pedir.
Al reanudar, colocó tres fotografías sin personas: la pista, la roca y la entrada a Santa Brígida.
—Ordena lo que viste primero, segundo y tercero.
Nicas puso la pista, luego la roca. Dejó Santa Brígida aparte.
—No entré.
—Bien.
—Moro sí quería.
—¿Lo soltaste?
—No.
—¿Oíste algo?
Nicas miró la fotografía de la pista.
—Puerta.
—¿Una puerta cerrándose?
—Metal.
—¿Voces?
—Una.
—¿Qué decía?
—No sé palabras.
—¿Hombre o mujer?
Nicas se puso tenso.
—No sé.
Vera cambió de asunto.
—Háblame de la horquilla de Marina.
La respiración de Nicas se hizo más rápida.
—La encontré.
—¿Dónde?
—Camino. Mucho antes.
—¿Antes de que encontraran a Marina o después?
Nicas cerró los ojos.
—Después de buscar. Antes de encontrar.
Vera repitió despacio.
—¿Encontraste la horquilla mientras Marina todavía estaba desaparecida?
—Sí.
—¿Se lo dijiste a alguien?
—Samuel.
El nombre la sorprendió.
—¿Mi padre?
—Sí.
—¿Qué hizo?
—Dijo guarda. Luego no. Luego vino otro.
—¿Quién?
Nicas empezó a ordenar las esquinas de una servilleta.
—No quiero.
—No tienes que contestar ahora.
La profesional de apoyo miró a Vera y asintió ligeramente.
Vera dejó la horquilla.
—Volvamos a Lucía. Cuando viste a la persona grande con la pequeña, ¿se movían hacia la montaña o hacia la carretera?
Nicas apretó las manos.
—No llevaba a la niña al monte.
La frase cayó en la sala sin responder exactamente a la pregunta.
—¿Quién no la llevaba?
—La persona.
—¿Qué quieres decir con que no la llevaba al monte?
Nicas se levantó de golpe. La silla retrocedió.
—No. Ya está.
La profesional pidió una pausa y Vera la concedió de inmediato.
Durante veinte minutos Nicas bebió agua y caminó por el pasillo. Cuando regresó, no quiso hablar de la pista.
Vera no insistió.
Una declaración útil no era la que conseguía más palabras, sino la que podía defenderse después sin haber sido fabricada por las preguntas.
Dos horas más tarde revisó la grabación con Darío.
Escucharon varias veces: «No llevaba a la niña al monte».
—Parece que intenta decir que la sacaban —dijo Darío.
—Parece.
—¿No es suficiente?
—No. Porque yo pregunté por la dirección justo antes. Puede estar corrigiéndome o puede estar siguiendo mi pregunta.
Darío cerró la boca.
Después abrió una carpeta.
—He encontrado lo de Marina.
La horquilla figuraba en dos declaraciones. Un voluntario aseguró que Nicas había dicho encontrarla. Otro sostuvo que se la había enseñado. La Guardia Civil registró entonces su casa, pero no apareció.
—¿Lo detuvieron?
—No. Lo interrogaron durante horas.
—¿Coartada?
Darío pasó páginas.
—Aquí pone que estaba ingresado por una intervención en un hospital fuera de la comarca durante parte del periodo crítico.
Vera levantó la cabeza.
—¿Durante parte o durante todo?
—No está claro en este resumen.
—Entonces no quiero el resumen. Quiero historia clínica, registro de ingreso, altas, visitas, traslados. Lo que podamos obtener legalmente.
Darío asintió.
—Si estaba hospitalizado…
—Comprobamos primero.
Vera volvió a la grabación de Nicas. El hombre estaba encorvado, intentando colocar recuerdos de tiempos distintos en el orden que ellos exigían.
La mochila de Lucía en su cobertizo era una evidencia grave. La horquilla de Marina también.
Pero si Nicas no podía haber estado en el monte cuando murió Marina, alguien llevaba diecisiete años utilizando sus objetos para contar una historia falsa.
Y quizá acababa de contarla otra vez.